LA CHICA INVISIBLE

LA VIDA, A VECES, ES DEMASIADO DURA…

En pleno centro de Valencia, en una de las avenidas más importantes y repletas de gente, vi a una chica joven, de rostro angelical, ojos intensamente azules, pelo despeinado y ropa vieja que le quedaba grande; bien por la falta de alimentos o porque había sido donado. Estaba sentada en la acera con un cartel que decía “busco trabajo, por favor ayudadme”.

Hoy, me he agachado para entregarle una moneda, me ha impactado su mirada, era una mirada que me entregaba muchos sentimientos mezclados… miedo, vergüenza, desespero. Me ha impactado tanto, que me he quedado varios segundos enganchada a aquellos ojos y, con apenas un hilillo de voz, me ha dado las gracias. No sé qué era más impactante, aquel rostro con unas ojeras profundas, los ojos repletos de tristeza o el rictus reflejando un interior destrozado.

Esa chica quizá pueda tener mi edad o ser más joven, no soy capaz de calcular los años. El otro día pude escuchar su historia mientras esperaba el autobús. Lo contaba con voz temblorosa, agachando la mirada, azorada y nerviosa, mientras la señora que le preguntó, igualmente que yo, se agachó para escucharla.

Era secretaría y tenía mi sueldo, vivía en una casa que pagaba con una hipoteca a cómodos plazos y, de la noche a la mañana, tras doce años en la empresa, ésta hizo un ere. A partir de aquello, llegaron a mi vida las desgracias. Primero, fue la difícil decisión de comer o pagar la hipoteca, y las facturas. Lo que cobraba de paro era ridículo y no me daba para todo. Llegó el día en que ya no podía pagar y pasé hambre para salvar mi casa. Sin embargo, todo fue como si abrieran una compuerta y mi vida se fuera diluyendo; no reconocía ni mi cara en el espejo. No podía dormir, no veía solución –detuvo el relato para separarse unas lágrimas que caían por sus mejillas-. El banco me avisó del desahucio, me quedé paralizada sin reacción, ni siquiera avisé a los representantes de “STOP DESAHUCIOS”. Perdí mi casa, mi honor, mi vida… ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Si yo pagué mis impuestos cuando pude, si trabajé más horas de las estipuladas, no me importaba, si ayudé a quien pude… y, ahora… me encuentro sentada en esta acera, dándome cuenta de que la gente pasa… y no me ve, que van con sus prisas… y soy invisible. Soy invisible para el resto del mundo, ¡y me da miedo! Duermo en un alberque porque la calle me da pánico. Como en cáritas y me da vergüenza. Nada más quiero trabajar, era feliz con mi trabajo, con mis libros, con mi música. Yo era una trabajadora con sus derechos y, de la noche a la mañana, me quedé sola, desamparada, sin dignidad, sin aliento para seguir. Los días no me importan, las noches son interminables, siempre alerta para no sufrir algún daño. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? Dependo de la caridad de la gente y la gente, hace lo que puede. Soy un desecho más que poco importa; un número más. Una desamparada más de esta maldita crisis.

Con el alma encogida, subí al autobús. Durante el trayecto, mi mente no podía dejar de pensar en todo cuanto había escuchado y, mucho más allá, en cuanto había visto. Porque, a veces, los gestos dicen más que las palabras. Veía mi rostro reflejado en el cristal del autobús, la gente hablaba sin parar, los móviles sonaban, pero mi rostro estaba allí, “impertérrito”. En ese momento, cerré los ojos y me puse en su lugar. ¿Por qué no puede pasarme a mí? Estoy segura de que, muchas de las personas que tenían una vida organizada, cuando veían las noticias, no imaginaban que podía tocarles a ellos. Y me vi en su misma situación, sentí horrorizada el desespero que debe apoderarse de ti, en una situación así. El miedo o, más bien, el pánico. Miles de personas sufren, cada día, la misma situación que nuestra chica de la parada del autobús. Y lo peor, aquello que dijo “soy invisible” a los ojos de la mayoría de la gente. Hemos llegado a ese punto en que no vemos al otro, no nos ponemos en su lugar. No somos capaces de verlos o, realmente, los vemos y nos asustamos; esa es la razón por la que no nos atrevemos, ni tan  siquiera, a desviar la mirada de nuestra ruta, aunque lo estemos viendo por el rabillo del ojo. No queremos saber qué le pasó, no queremos ponernos en su lugar. Lamentable, pero real.

Yo lo veo todos los días en mi trabajo… Lo que peor llevan las personas mayores es perder la dignidad de lavarse solos, de ir al cuarto de baño solos. Depender de alguien es lo peor que soportan. Imagino cómo te debes sentir, cuando eres joven, tienes fuerzas, ganas de vivir y te da un sopapo la vida de esa magnitud, empujándote a pensar que, sin saber cómo, ni por qué, te han quitado tu dignidad y pasas a ser un ser invisible.

Nos creemos fuertes e invencibles cuando, en realidad, en un segundo podemos convertirnos en nada.

Piénsalo la próxima vez que veas a alguien pidiéndote ayuda o en la cola de cáritas o en el banco de alimentos o…

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