JUEVES 14 AGOSTO

Hoy, ha sido la mañana destinada a corregir.

Quiero compartir el nombre de mi próxima novela:

“Compañera Cándida”

Ayer, alguien me preguntó cómo se me ocurren las historias, cómo las desarrollaba y cómo era eso de escribir. Hacerme esas preguntas, a mí, es un poco peligroso, porque me dan pie para explayarme.

Esta mañana, mientras desayunaba, pensaba en cómo las contestaría. Así que, como hoy no hay mucho que añadir a este diario, he pensado que es un buen momento para contestar a estas cuestiones.

Reconozco que no he ido a la Universidad, como tal, mis conocimientos han sido las experiencias vividas por mis abuelas, mis tías y tíos. Tengo una familia muy singular, en cuanto a vivencias y, de ahí, saco muchas de mis historias. Los mejores recuerdos que guardo, de cuando era pequeña, son aquellos domingos de invierno donde, después de comer, compartiendo el boniato y la calabaza de la sobremesa, mis abuelas junto a mis dos tías y el marido de una de ellas, se pasaban las horas hablando de la guerra, de las historias terroríficas que vivían, del hambre, del miedo; también, de cómo sobrevivían. Lo que más me alucinaba era que, con lo poquito que tenían, lo mucho que se divertían. Esa es mi Universidad. Ahí está la base de mi imaginación. Y, también, los momentos que más echo de menos en mi vida. Ese calor que emanaba mi familia… ¡cuando estaba completa!

También, es cierto que, el día a día, me aporta múltiples historias. Sin ir más lejos, para desarrollar “Compañera Cándida”, me basé en una noticia que dieron los periódicos. Y, como necesitaba, a su vez, otra historia que me llevara a la noticia, tomé prestada la vida de mi tía Cándida, que era todo un personaje. Tenía unas vivencias “bárbaras” y, lo mejor de todo, era su manera de contarlas. Te reías, por muy tristes que fueran, hasta ponerte a llorar de la risa.

Normalmente, las historias surgen en mi cabeza de manera veloz, llegando a desarrollarlas enteras. Ese momento, suele ser cuando sufro una jaqueca; deberían analizar, la actividad de mi cerebro, en esas largas horas. Justo, cuando el dolor se encuentra en su punto álgido y me gustaría desaparecer, rodeada de oscuridad, y un paño bien frío sobre mi frente, es ahí, cuando nacen la mayoría de ellas. Es como si mi cerebro tuviera vida propia. También, cuando me acuesto a dormir, en esa duermevela que todos tenemos, surgen algunas historias. Normalmente, cuando estoy muy metida escribiendo, es cuando mejor las desarrollo. Es curioso, soy bastante olvidadiza en el resto de ámbitos de mi vida y para escribir recuerdo, perfectamente, todo lo que ocurre, cómo se desenlazan las acciones de cada personaje. Es como si se quedaran, en mi disco duro, grabadas a fuego y nada más tuviera que acceder a él para hacer que se accione. Entonces, me pongo a teclear y no paro.

Escribir es, para mí, tan vital como comer. Todos los días, necesito mi hora de trabajo continuo. Tengo muchas cosas empezadas y no acabadas, reconozco que, cuando me pongo a escribir, necesito tener una conexión total, tanto con la historia, como con los personajes. Y, algunas veces, esa conexión se pierde y decido dejarlo por un tiempo. Desaparece de mi mente, como por arte de magia, comenzando otra cosa. Ahora bien, cuando la conexión es total, ahí no hay quien me pare. Sueño con los personajes y parece que me dicten sus actos, son muchas las veces que he trazado la historia pero, a mitad, como si tomaran vida propia, dan un giro y son ellos quienes interactúan conmigo. Soy capaz de reír y llorar con ellos, durante los largos meses que vamos de la mano juntos. Comparto mis momentos en la compra, el autobús, el paseo por la noche, la ducha o mientras cocino y, mentalmente, voy trazando diálogos o acciones. Cuando pongo el punto y final, dejo pasar un par de semanas para retomar la lectura y, nuevamente, empezar a trabajar con las correcciones.

No soy de las que escribe de noche ni necesita silencio para concentrarme. Gracias a los años que conviví y compartí habitación con mi abuela Pepa, que estaba sorda como una tapia, desarrollé la habilidad de escribir escuchando de fondo a la Pantoja o a mi abuela hablando con el presentador de Salsa Rosa, o el de Radio Olé. Puedo escribir, en un tren, en un lugar tranquilo o lleno de gente. Y, normalmente, me gusta dormir bien, por la noche, levantarme pronto y ponerme a escribir con la luz del día. Me enciendo incienso o alguna vela aromática y me pongo música, cualquier tipo. Aunque mis favoritas sean Luz Casal, Rosana, Barbra Streisand y Malú. Me aportan energía y ritmo para teclear y, aunque parezca una tontería, os aseguro que no lo es. A veces, me doy cuenta de que las yemas de mis dedos, rozan las teclas, con tanto cuidado, como si de esta manera pudiera transmitirles la ternura que quiero que adopten mis personajes. En definitiva, es lo que más me gusta, escribir con la mayor ternura que pueda sentir.

¡Me voy a trabajar!

Agradezco, todos los días, trabajar donde trabajo. De verdad, ¡me siento afortunada! Sobre todo, porque la sonrisa de un mayor, sin ninguna duda, es un regalo. Hoy, además, tengo que agradecerle a Paquita su opinión sobre lo que escribo. Me ha emocionado porque es, para mí, un privilegio poder compartir mis emociones con ellos.

¡Gracias de corazón, Paquita!

Gracias a tod@s

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