HASTA SIEMPRE, CARMEN

Hoy, quiero hacer un pequeño homenaje a Carmen, que estoy segura de que habrá recuperado su alma y estará vigilante desde cualquier estrella, cuidando de los suyos. También, enviarle un enorme abrazo a Manuel y agradecerles que me permitieran abrir este blog con su historia, demostrando con ella que el amor es un sentimiento necesario para superar el dolor que conlleva la enfermedad. Y creo que, también, nos puede ayudar a quienes os hemos conocido y apreciado, para aliviar algo nuestra tristeza.

Gracias a los dos.

El destino quiso que trabajara en un lugar donde las historias son como puñales que te traspasan muchas veces. En otras, tan tiernas que te emocionan, o tan inverosímiles que te crispan. De una u otra manera, siempre he tratado que, estas historias, no me alcancen el corazón porque, poco a poco, acabarían también con mi razón.

He visto personas diferentes, personas con sus historias a cuestas, otras con sus historias sin poderlas recordar. Pero son personas que viven y sienten, una sonrisa, a veces, cura más que una medicación. Eso lo sé a ciencia cierta. Sin embargo, hay una historia que, por sus personajes, me ha hecho pararme y pensar. Enfermedad y amor. Esas palabras que, cuando las dicen en tu casamiento, no sabes lo que, realmente, pesan cuando se hacen realidad. No lo sabes hasta que, una enfermedad como el Alzheimer, llega a tu vida.

Mis personajes, Manuel y Carmen, existen de verdad. Los he ido conociendo poco a poco, con el paso de los días vas viendo la evolución de ambos. En este caso, ella es la enferma. En este caso, él el sufridor. El primer día que lo vi, pensé que no iba a poder sobrellevar esto. Para aquella persona que no tiene a nadie a su alrededor con esta clase de calvario, no es capaz de percibir lo mucho que se puede llegar a sufrir por alguien que amas. Pareja, madre, padre, hermano o hermana. Es una tortura que parece que no pueda tener nada bueno. Sin embargo, Manuel ha conseguido despertar en mí ese lado que trato de preservar para que no me afecten las historias de mi alrededor.

Esta historia consigue hacerme temblar. Hoy, afortunadamente, con trabajo, llevando una vida normal, como cualquier otra persona. Siendo amada y dando amor, cuidando de mis cuatro tesoros, teniendo a mis padres bien, mi hermano empezando su vida, nuevamente. Parece que todo, cotidianamente, correcto. Llegando a casa y recibiendo el beso de mi pareja, haciendo planes de boda, jugando con nuestros gatos y perro. Posiblemente como un día pudieron vivir Manuel y Carmen. Tan enamorada como un día estuvieron ellos, tan ansiosa por llevar a cabo proyectos. Con problemas, como todo el mundo. Con mis huesos que cada vez se quejan más, con las prisas del día a día. Esperando, como ellos, tener mi jubilación para poder disfrutar. Iremos a recorrer el mundo, me inscribiré en clases de pintura porque tendré más tiempo, pasearemos por la playa para ver el atardecer. Y, sin embargo, estos planes míos, que de algún modo, no serán muy diferentes de los que tuvieron ellos, no los han podido llevar a cabo por algo tan terrible como el Alzheimer de Carmen.

Me paré a pensar qué pasaría si mi pareja, o yo, llegáramos a ese punto. La lección viene cuando Manuel habla de volverte a enamorar, de sentir otra clase de amor por tu pareja. De ver sus ojos apagados y tristes, cuando entra por la puerta, tomar luz y brillo cuando la ve. El simple hecho de cogerse de la mano, de una caricia, de mirarla y no cansarse nunca de mirarla, de pasear, aunque sabemos, él y yo, que no le reconoce. También sabemos que queda algo, no se sabe muy bien qué, pero algo que hace que Carmen le dé la mano, lo mire, lo bese de vez en cuando pero, sobre todo, que confíe en él. Y creo que, simplemente, eso es el amor. El más maravilloso de los amores que pueden existir en la vida.

Si un día llega el Alzheimer a mi vida, me gustaría que mi pareja me mirase como Manuel. O si un día llegara a la vida de mi pareja, me gustaría tener la fuerza suficiente para, a pesar de la enfermedad, poder encontrar a su lado, un instante de felicidad.

La tarde en Valencia se había tornado algo fresca. Soplaba un viento frío proveniente de las montañas nevadas. Se agradecía llegar a casa y ponerse cómodo para disfrutar de un rato de lectura frente a la calefacción. Eso pensaba Manuel mientras subía en el ascensor. En su casa, Carmen le esperaría como siempre con la casa caldeada, y la cena a fuego lento. Ese aroma de verduras asadas invadía el olfato de Manuel, nada más abrir la puerta. Sin embargo, aquel día, al abrir, nada parecía como de costumbre. Hacía frío y no estaba la cena preparada. Se alarmó.

-¡Carmen! –la llamó a voz en grito desde la puerta.

-¡Estoy aquí! –llegó su voz desde el fondo de la habitación.

-Cariño… ¿no funciona la calefacción?

-No lo sé.

-¿No la has conectado? –le dio el beso de bienvenida.

-No recuerdo.

-¿Y la cena?

-¿Qué cena? –lo miró con dudas.

Fueron apenas veinte segundos de conversación, sin embargo, Manuel presintió con un nudo en su estómago, que algo estaba pasando. Los ojos de Carmen parecían otros, la mirada no era la misma.

-¿Cariño… te encuentras bien?

-Sí, claro.

Aquel pequeño incidente, se fue repitiendo día tras día, lo que empezó siendo un descuido, acabó siendo un verdadero problema. Olvidos cada vez más notorios y palabras que no salían o incongruencias que llamaban la atención.

Rápidamente, Manuel solicitó visita médica para Carmen. Aquella visita lanzó las primeras hipótesis. Pero no querían confirmar, lo que era evidente, hasta tener pruebas concluyentes.

-Manuel –le dijo el médico-. Tienes que ser muy fuerte para lo que te espera.

-No puedo creerlo… ¡tiene que tratarse de un error!

-Cuanto antes lo aceptes, antes podrás afrontarlo –tras ponerle la mano sobre el hombro, agregó-. Lo siento.

Cada paso que dio, desde la consulta hasta casa, sentía que su vida se desmoronaba. Carmen iba a su lado hablando, pero él no podía escucharla. Nada más existía una palabra que era como un boomerang, aunque trataba de alejarla, una y otra vez, volvía. “Alzheimer”.

Durante los días que siguieron, Manuel no pudo dormir, aunque Carmen no hacía amago alguno de levantarse, estaba inquieto y preocupado. La miraba y no podía hacerse a la idea de que se iba a ir, quedándose nada más con el cuerpo. Que aquella mujer, que lo enamoró y le dio los mejores años de su vida, iba a ir desapareciendo. La idea de verla apagarse le atormentaba. Su vida se había vuelto del revés.

Un día, Manuel salió un momento a la tienda de alimentos, Carmen no le quiso acompañar, prefirió quedarse en casa, como venía haciendo últimamente. Parecía que aquella universitaria, acostumbrada al bullicio y la gente, se había encerrado en sí misma para evitar, precisamente, todo aquello. El método de autodefensa típico de quien sabe que le ocurre algo y no quiere demostrarlo. Cuando Manuel subió de la compra, encontró la puerta sin cerrar. De pronto, su corazón estuvo a punto de detenerse, entró llamando a gritos a Carmen, pero no obtenía respuesta. Quería negar la evidencia de que allí no había nadie. Recorrió la casa, pero no estaba. Medio loco, salió a la calle mientras llamaba a sus hijos, a la policía, preguntaba a los vecinos por si la habían visto, pero ni rastro de su mujer. Movilizó casi al ejército por tierra, mar y aire. Tan desesperado, como acongojado. No sabía qué hacer, ni por donde ir a buscar. La policía le aconsejó que se quedara en casa, lo más tranquilo posible, por si volvía. Ellos ya tenían la fotografía de su mujer y, más pronto que tarde, la encontrarían.

-¡Cómo voy a estar tranquilo! –le dijo al hombre que, a pesar de mirarlo con comprensión, le apremiaba para que se fuera-. Mi mujer está ahí fuera… ¡sola!

-Manuel, intente tranquilizarse, en estos momentos es lo único que puede hacer. Y créame que le entiendo y sé lo mal que lo está pasando. Pero deje que hagamos nuestro trabajo.

-Disculpe, estoy nervioso y… sí, quizá lo mejor que puedo hacer es tranquilizarme.

Salió acompañado por uno de sus hijos, mientras, el otro, acompañado por más familiares, buscaban a Carmen. La noche estaba acercándose y, con la oscuridad, el miedo de Manuel invadía su corazón que latía fuertemente. No pudo subir a su casa, tampoco le hizo falta porque, desde lejos, vio cómo su hijo le hacía señales para hacerle ver que Carmen estaba allí. Fue corriendo hasta ella, la abrazó y la estrechó fuertemente contra su pecho. En ese momento, entendió las palabras del médico, no solo las entendió, sino, también las asimiló y asumió. A partir de ese momento, comenzaba una nueva vida.

En esa nueva vida, el empeoramiento de Carmen iba creciendo por días. Si pudiera compararlo a algo, podría decirse que era el caballo que del trote pasa al galope y mantiene ese ritmo frenético corriendo en libertad. Carmen, cada día se apagaba más y tomaba más distancia. Aquel cuerpo tampoco tenía que ver con la que fue. Su voz fue perdiendo fuerza, se olvidó de todo, lo bueno y lo malo, y llegó un momento en que era, prácticamente, imposible mantenerla sin que pudiera ocurrir alguna desgracia. Pero, a pesar de todo, Manuel siguió ahí, luchando por su mujer. Todos los días la miraba y le dolía la situación porque sabía que, tarde o temprano, debería llevarla a algún lugar donde pudieran cuidar de ella. Donde pudieran darle los cuidados que una persona enferma necesita. Ni siquiera esta opción era una salida para él.

-Tienes que hacerlo, papá, no se puede hacer de otra manera. Desgraciadamente, no se puede.

-Lo sé… lo sé… probemos un mes más.

-No, papá, no. El momento ha llegado –le dijo con calma, pero con contundencia, su hijo mientras le apretaba con cariño el hombro.

-No puedo dejarla allí sola –susurró Manuel notando cómo el corazón se rompía en mil trozos imposibles de recomponerlos-. ¡No puedo!

Una cosa, sin duda, es lo que uno quiere y otra muy distinta, lo que necesita. Manuel veía que cada día era más complicado mantener a Carmen a su lado, era un peligro para ella y para él, pero la sola idea de abandonarla se le hacía una cuesta demasiado dura que subir. Se negaba, una y otra vez, esa posibilidad. Sin embargo, el tiempo le hizo darse cuenta de que no había otra salida. Carmen ya no era Carmen. No era su mujer, al menos no era la mujer con la que había compartido la mayor parte de su vida. Aunque, aquella situación no cambiaba sus sentimientos, la amaba, y estaba seguro de que aquello no cambiaría, a pesar de haber perdido a su compañera.

No fue fácil dejarla, a pesar de que las trabajadoras de la residencia le aseguraron que allí iba a estar mejor. No fue fácil cerrar la puerta y marcharse solo a casa. Las primeras noches no podía dormir. Su cabeza no cesaba en pensamientos sobre si estaría bien, se sentía culpable por abandonarla. Aunque todos le dijeran que era necesario e iba a estar cuidada, él sentía que la abandonaba. Las palabras del médico siempre le acompañaban, debía ser fuerte, pero en ese momento se sentía culpable. Dejarse llevar por el sentimiento de culpa no era lo mejor. Sin embargo, Manuel, lejos de seguir por ese camino, se planteó la situación, no podía decaer, debía seguir con su lucha por Carmen. Sería algo diferente, sería una relación diferente con la misma mujer.

Ese fue el paso clave, entender la situación basándose en el cariño y el amor, ser capaz de seguir queriendo a aquella persona que no hablaba, no reaccionaba, tan sólo quería caminar. Parecía que Carmen lo único que necesitaba, en esa vida nueva, era andar, huir ¿de qué? Nunca lo sabremos. Quizá si podemos saber, que cuando Manuel entra a su sala, ella sonríe. Cuando él la abraza, ella corresponde. Cuando la mima y la acaricia, su mirada se vuelve más serena.

El amor y el cariño, es lo que motivan a Manuel a seguir luchando día a día sin decaer. El sufrimiento que lleva en su interior, con un dolor intenso, lo puede sobrellevar a base de ese cariño. De una mirada de Carmen, depende que su marido se vaya mejor o peor. Aunque, como él dice, siempre se marcha con un halo de tristeza en su corazón

5 comentarios en «HASTA SIEMPRE, CARMEN»

  1. Cariño, te dije que te leía, no siempre puedo pero hoy el título ya me decía que esto si que lo tenía que leer…
    No se puede describir mejor, con más tacto y talento. Manuel es mucho Manuel y Carmen… pobrecita mía, nadie sabe lo que ha pasado más que ella.
    He llorado y me pasa como a ti que intento que no me lleguen a mi corazón pero fallo a diario…
    Eres una mujer especial y te agradezco este rato que he pasado gracias a ti, un beso guapa.

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  2. Hola reina, los q conocemos a esta pareja somos conscientes del cariño q se veía en sus ojos… Un gran homenaje al amor! Mil besos para ti y para Manuel, q estará pasando unos días horribles.

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  3. Gracias a Carmen, Manuel y sus hijos, que nos han acompañado durante el año y medio que mamá lleva en la residencia.Un abrazo muy fuerte. Gracias a vosotros, José, Luz, Nieves y demás, que ayudais día a día y sois tan importantes. Un recuerdo-homenaje precioso, Luz.

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  4. Hola Luz, hoy es un día especial que quiero compartir contigo. Hoy es el cumpleaños de Carmen que coincide, además, con los seis meses pasados desde que nos dejo. Ello hace que a mi mente acudan recuerdos, vivencias, alegrías y tristezas, por eso leer de nuevo, lo he hecho tantas veces!, tú comentario de “Hasta siempre Carmen” me ha hecho muy feliz, dentro de la tristeza. Tu comentario es una descripción perfecta de la realidad de nuestras vidas durante los tres ´últimos años. Cada pasaje, cada situación reflejan el dramatismo y el amor que había en cada situación. Leer tu artículo en un día como hoy me ha dado serenidad y también felicidad al darme cuenta de como han evolucionado las cosas. Me ha reconfortado recordaros a cada uno de vosotros y todo lo que hicisteis por Carmen. Gracias de nuevo, Vuestro cariño, tu cariño me permitirá en este día tan especial decirle a Carmen: Felicidades, te quiero!!

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  5. Hola a todos: Curiosamente ayer recibo un mensaje de mi padre con un enlace a este bello relato. Por algún motivo no me lo había enviado antes pero el caso es que me animo a escribiros (a Luz, Jose, Nieves y Elena) en el día del cumpleaños de mi madre (cumpliría setenta y tres) y justo cuando hace seis meses que nos dejó. Pero siendo estos motivos de peso, os escribo por otros. El primero, sin duda, por la emotividad y el detalle de Luz en tomarse el tiempo de dedicarle esta bonita historia a mis padres. No era consciente del impacto que ambos podían haber generado en gente, que como digo yo, sólo les veía pasear. El segundo, y no menos importante, por los comentarios que, los arriba mencionados, han tenido la amabilidad de publicar y que son, para mí, especialmente impactantes por quienes los escriben y por lo que escriben. Gracias de corazón.
    Quisiera empezar acordándome de los que aun estáis ahí: cuidadores (y personal) y familiares. Mi reconocimiento a ambos. A los primeros agradecerles que las horas en que no podíamos estar con ella hicierais lo posible para tratarla con el cariño que la tratasteis. Hay que ser muy especial para hacer frente a lo que hacéis todos los días. Mi reconocimiento sincero. Y a los familiares por la compañía y las miradas de respecto y comprensión. Gracias por acompañar a mi padre en esas tardes de visita. Pasado el tiempo me doy cuenta de lo importante que ha sido para él teneros ahí.

    Por mi parte, y dado que la distancia me ha impedido estar más tiempo con vosotros quisiera compartir lo siguiente.
    Realmente el Alzheimer es una enfermedad dura o – para ser más preciso- diría cruel y humillante. Lo único bueno que tiene de esa crueldad y humillación el enfermo no es consciente (y cuanto se agradece). Es realmente una enfermedad familiar. La siente y la padece el entorno. Es una situación compleja porque todo lo que sientes no lo puedes compartir precisamente con la persona por la que lo estás sintiendo. También es una enfermedad que te enseña a darte cuenta de que “no somos nadie” y de que nunca es demasiado pronto para decirle a un ser querido “TE QUIERO”. Es verdad que el Alzheimer destruye: al que lo padece, y a los que están con quien lo padece. Solo se puede sobrellevar bajo dos premisas: aceptación y humildad. Sin la primera no hay nada que hacer, aunque esto no es distinto a otras enfermedades. La segunda es más difícil de conseguir, muy difícil. El día que dejas de compadecerte y de preguntarte -¿por qué a mí? ¿por qué a mi madre?- es el día en que pones de verdad atención en lo importante: el paciente. Con esto solo quiero poner de relevancia que TODOS tenemos nuestras historias. Y la nuestra no es distinta ni peor a las de muchas otras que se ven en la residencia. Recuerdo tener cogida a mi madre de la mano sentada en su butaca de planta y pensar ¿a qué se dedicaba aquel señor que no para de caminar? ¿Cuáles eran las aficiones de esa señora que solo mira al suelo? ¿Cómo estarán los familiares de esta mujer que solo quiere irse de aquí? ¿Cambiaría nuestra situación por la de alguna de ellos? Y la verdad era que no por miedo a que fueran peores que la nuestra.
    Mirad, hoy hace medio año que mi madre, en un nuevo acto de generosidad por su parte, decidió marcharse y descansar. Es verdad que la tristeza se nos ha tatuado para siempre en la expresión del rostro pero no puedo evitar pensar que somos afortunados dentro de la desgracia. A mi madre le vino a visitar un cáncer – que acabo quedándose- para acortar una agonía que se nos estaba llevando a todos por delante. Suena raro estar agradecido a una enfermedad tan cruel (y que me perdonen los que la sienten cerca) pero a nosotros, y sobre todo a mi madre, le alivió de una humillación que, de estar en plenitud de facultades, no se la hubiera permitido a sí misma. Hoy, tras seis meses de vacío pienso en lo que nos ha regalado de despedida: mucha paz, mucho amor y más unión entre nosotros. Si apostara, conociéndola, seguro que lo hubiera firmado como mensaje de despedida. Sé que es poco objetivo hablar bien de una madre pero no puedo evitar decir de la mía que es, a día de hoy, la mujer más honrada, humilde y generosa que conozco. Para bien o para no tan bien, soy todo lo que soy es gracias ella. Y creo que no me equivoco si digo que mi padre y mi hermano pensaran igual de ellos mismos. Y la única forma que se me ocurre para honrarla es cuidar de los míos y ser lo más feliz posible.
    A vosotros os agradezco el cariño que le habéis dado a mi padre y me consta que os lleva en el corazón. Yo desde aquí os quiero enviar todo el ánimo posible. A los que cuidáis de personas como mi madre. Sois para mi un ejemplo a seguir y un espejo en el que me gustaría mirarme. Hay que estar hecho de una pasta especial. Gracias por existir.
    A los familiares por la compañía y mi reconocimiento por estar ahí al lado de vuestros seres queridos, sin pedir nada a cambio y como un mero acto de amor.
    Y a Luz por su mirada, por su complicidad, por tener siempre un gesto con mi padre, por romper el blindaje – obligado por tu puesto- y acercarte a una historia de las muchas que han pasado por delante de ti en este tiempo. Gracias por tu relato.
    Lo único que lamento de todo esto es que no hayáis tenido la oportunidad de conocer a Carmen en plenitud, ella sí os habría enamorado. Pero pienso que de haber sido así, no hubiéramos tenido nosotros la oportunidad de conocer a personas tan maravillosas como vosotros. Gracias Mamá por eso también.
    Un fuerte abrazo y mucho ánimo,
    Manuel

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