FINAL TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA

 

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PARTE ANUNCIANDO EL FIN DE LA GUERRA, DE PUÑO Y LETRA DE FRANCO.

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COCHE LLAMADO, POPULARMENTE, “LA GUAPA”
http://www.forosocialsierra.org/MemoriagraficadelaguerraenlaSierradeGuadarrama.htm

 

A tu abuelo y a mí, con mi primer hijo, aún bebé, el final de la guerra nos pilló en Caudete, Albacete –cuenta ahora Pepa con la voz entrecortada por el recuerdo de aquel hombre muerto-. Uno de los altos mandos le dijo a mi marido que se entregara, que si lo hacía no le pasaría nada. Así que, decidimos hacerlo tal y como le habían propuesto. Yo me volví con el pequeño en brazos, en un coche que le llamaban “la Guapa”, sin cristales y cubierto con una lona por encima, en puro invierno. Nos pilló una nevada que, por poco, casi me cuesta la vida. Mi hijo envuelto en varias mantas que me dieron algunos vecinos del pueblo, berreando por el hambre y a mí, con el frío y el miedo por si nos paraban, no había manera de que me subiera la leche.

Pasaron unos días, ya en Valencia, recuperándome a base de calditos de las gallinas que teníamos en la azotea, cuando tuve noticias de que lo habían arrestado, ¡estaba justo en el cuartel de mi barrio! Me personé allí para que me dejaran verle y, por supuesto, no me lo permitieron, pero me aseguraron que no tenían ninguna intención de retenerle por mucho tiempo allí, ¡a un “rojo” del montón! Se puede decir que aquel alto mando, que después fue fusilado, le salvó la vida a mi marido; aunque no se libró de estar desnudo en una celda, con el suelo y las paredes de piedra, durante cuatro días, sin comer y escasa agua. Yo iba todos los días, pero no me dejaban entrar. Iba con el niño en brazos, pero parecían inmunes a los sentimientos, ¡no debían tener corazón! Un día llamaron al timbre, y era él. Venía enfermo con una pulmonía que lo tuvo al borde de la muerte, y había adelgazado tanto que no parecía él. Cuando le vi fue tal la impresión que, en lugar de alegría de verle, lo único que sentí fue una inmensa tristeza…

A mí, el final de la guerra –hablaba Conchín, con ese tono apesadumbrado que les provocaban estas historias-, me pilló en Valencia. Lo que más recuerdo era cómo los vencedores estaban en la calle con sus armas, te obligaban a detenerte ante ellos y alzar el brazo para gritar ¡Viva Franco! Recuerdo que una vez nos detuvieron, a mi padre que estaba sordo –reía divertida- y a mí que canto fatal, ya lo sabes… y nos dijeron que cantáramos el cara al sol, ¡fue todo un poema! A mí se me olvidaba la letra, entre el miedo y que no tuve mucha voluntad para aprenderla. Mi padre, el pobre, ¡con la manía que les tenía! trató de hacerles entender que estaba sordo… total… Creo que les dimos “tanta pena”, que nos dejaron ir –todas reían divertidas. Conchín, siempre era la encargada de arrancarnos las sonrisas cuando contaba algo, entre otras cosas, porque reía antes de poder explicarlo-. Después, lo que más recuerdo fueron las colas para poder conseguir comida, las cartillas de racionamiento, ¡el hambre!

Además, llegaron las prohibiciones… se nos prohibió hablar en valenciano, ¡yo nada más sabía hablar así! Imagínate como hablaba en castellano –decía Pepa arrancando a todas una carcajada-. Sí ¿y os acordáis cuando robábamos la luz de la calle? –les  preguntó Dida-. Teníamos tan poco dinero, que no podíamos pagar; entonces, al principio de la calle estaba el que llamábamos “el avisador”, que nos alertaba de si venían a ver los contadores y, de ser así, todos corríamos a desengancharla. Lo peor era el hambre de los niños… –apuntó Pepa-. Yo trabajaba en muchos sitios, pero me pagaban muy poco. Recuerdo que, en una de las casas, me veían tan delgada y sabían el hambre que pasaba, que siempre me preparaban un pequeño bocadillo. ¿Y qué hacía yo? Me iba corriendo a casa para dárselo a mis hijos, que me esperaban sentados en el balcón con las piernecitas colgando. Cuando entraba por la Plaza del Pilar y me veían, empezaban a gritar ¡ya está aquí! ¡Ya está aquí el bocadillo! Para una madre es muy duro ver a sus hijos hambrientos y no poder darles de comer.

Y podríamos contarte muchas más cosas, todas parecidas a éstas, la Guerra nos regaló un alto precio que tuvimos que pagar muchas personas ajenas a todo por cuanto se luchaba, ajenas a ideales de unos o de otros. Por ambos lados fue igual, por ambos lados se sufrió, porque la Guerra deshumaniza a las personas que llevan el mando. ¡Ojalá nunca tengas que pasar por esta pesadilla!

En aquel momento, comprendí todo. Imaginé tantas cosas, y tan malas, que sentía un nudo en el corazón, no podía entender cómo había llegado a ocurrir aquel calvario. No entendía cómo, en un país donde todos somos iguales, se podían hacer dos frentes y luchar hasta la muerte por algo, tan horrible, como imponer una Dictadura. Por algo como privar la libertad de las personas, algo que, para mí, era inimaginable. Pero existió, la Guerra no era un cuento, no era algo bonito de recordar, era un horror y, como tal, mis mayores me lo hicieron ver. Compartir sus vivencias era enriquecedor, pero siempre veía en sus ojos ese miedo, a la vez, mezclado por el orgullo de haber sobrevivido; aunque, pagando un alto precio. Muchas vidas humanas.

1 comentario en «FINAL TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA»

  1. Gracias Luz,me han emocionado mucho los relatos de una misma guerra. De pequeña mi madre también nos decía no queríamos comer “cómo se nota que no habeis pasado una guerra”. Ya adulta he descubierto que las personas de mi generación tenemos la costumbre de no dejarnos nada en el plato; somos hijos de los niños que pasaron la guerra… Como tu, yo también preguntaba a mis mayores por la guerra y escuchaba sus historias con cierta deshazón. Un beso.

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