FELICIDADES PAPÁ

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Mi padre es ese hombre trabajador incansable, defensor a ultranza de su familia, artista y con un gran corazón. Si cierro los ojos y dejo que mis recuerdos fluyan por mi mente, veo a mi padre enseñándome a ir en bicicleta, a llevarme todos los domingos a la montaña o el mar. A hacer que el fútbol, con el qué él habría sido un gran jugador si hubiera sabido controlar sus nervios, fuera importante para mí, también. Recuerdo jugar al fútbol contra él, en cualquier sitio, era su manera de hacerme ver que nada era fácil en la vida, que si quería ganarle debía superarme día a día. Era su manera de prepararme para enfrentarme al mundo.

Mi padre también es ese hombre que está para todo, que me enseñó a manejar un martillo y destornillador y crecí viendo cómo lograba inventos imposibles para arreglar cualquier cosa en casa. A crear y modelar, con cualquier instrumento, una estatua, un banco para sentarse, una iluminación… Si me voy a esos tiempos donde él hacía estos inventos, recuerdo que me los explicaba como si yo pudiera ser tan manitas, como él, con la electricidad o el cemento. Aunque, reconozco que no se me daba mal.

Es ese hombre que, con una infancia y adolescencia durísima, y como hijo de mujer maltratada, tenía que enfrentarse a su padre siendo demasiado joven, aún. Siempre ha tratado que sus hijos tuvieran el menor sufrimiento posible, aunque, a veces, no lo logrará, como es lógico.

Es aquel que vi llorar a lágrima viva cada vez que mi madre tenía que pasar por el quirófano, el compañero fiel que aparecía en el hospital cuando debía dormir, que no se separaba de ella y que nos costaba lo nuestro para sacarle de allí. Ese hombre que, con las buenas noticias, lloraba casi hasta desfallecer. Siempre ahí a su lado, sin dejarla un momento, el que le daba la mano sentado en un sillón incómodo para que mi madre no se sintiera sola.

Sé que, como hija, soy muy afortunada y no hace falta que le pida nada, ¡qué lo hago!, para que él siempre se ofrezca a ayudarme. Que pasa por delante de mi trabajo y me trae algo para merendar, y cuando por la noche subo a su casa, me ha comprado algo para cenar. Su apoyo incondicional en un momento en el que lo necesitamos, ¡y ahí estaba él!, a mi lado cuando sabía que estaba pasándolo mal, que las esperas en un hospital son insoportables. ¡Ya teníamos bastante experiencia! Cuando le digo… ¡papá, no me funciona…! Ya ha aparecido antes de que acabe la frase. Si el coche se me queda sin batería, ahí está con los cables para arrancarlo, aunque se quede sin siesta o no tenga muchas ganas de hacerlo. ¡Eso sí! Como esté viendo algo de política… ¡entonces, lo tengo crudo! Se me ha hecho un “yayo flauta” del que estoy orgullosa porque le preocupa el mundo en que vivimos y en el que nos vamos a quedar sus hijos, ¡después de todo lo que han tenido que luchar! ¡Ah!, ¿y qué decir de cuando vemos un partido del Valencia? No nos deja disfrutar del partido, ¡es tan negativo! que, aunque el equipo gane por más de dos goles de diferencia, siempre dice que van a empatar. ¡Cuántos abrazos nos hemos dado celebrando goles! ¡Cuántas emociones hemos compartido!

¡Cuántos miedos, risas y sufrimientos! Pero, en cada uno de esos momentos, también, ha estado ahí.

Mi padre engloba muchas cosas, es el hombre más importante de mi vida. Cuando le he necesitado ha estado. Es uno de esos “hombres buenos” de los que quedan pocos. Siempre pendiente de sus hijos, nos aguanta, nos perdona una y otra vez, lo único que quiere es mantener la unión de “su familia”. Me ha enseñado, no solo ha jugar al fútbol o arreglar desarreglos, me ha enseñado que, a pesar de nuestras jaquecas, hay que levantarse e ir a trabajar, que hay que trabajar muy duro para salir adelante, me ha enseñado a respetar a mis mayores, ¡también, a conducir con un destartalado SEAT Panda! Me ha mostrado, con su actitud, lo mucho que ha querido a lo largo de su vida a su madre y cómo, hasta el final, ha estado a su lado llorando por ella, tratando de no dejarla sola. Nos ha enseñado tantas cosas que, a pesar de haber tenido momentos difíciles y malos, lo bueno queda muy por encima e inclina la balanza, totalmente, hacia el lado del amor que siento por él.

Querido padre, ¡felicidades… por ser tan gran padre! Te quiero.

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