ENVIDIA SANA

¿Puede ser sana la envidia? En mi caso, sí. Cada día que veo a una nieta abrazar, besar, o tan solo, charlar con su abuela, siento envidia. Una envidia sana que me hace sonreír, que despierta en mí la ternura. Y cuando yo estaba en disposición de abrazar, besar o reírme con las mías, no era consciente de ello. Como todo en la vida, se aprecia más cuando no se tiene.

Mi envidia es sana, mi consejo también. Aprovechad, aprovechad el tiempo compartido porque después, el alma se te queda un poco más vacía. Tan solo puedes aferrarte a los recuerdos, por eso, abrazad, besad y reír mucho. Haced reír mucho a las abuelas, ya que son un regalo en la vida que hay que disfrutar.

Hoy he querido dejar dos relatos. Uno dedicado a cada una de mis abuelas, que fueron la base de mi educación, de mi fuerza y las que despertaron en mí un sentimiento tan fuerte como es el amor. Pepa y Conchín, Conchín y Pepa, ambas dos mujeres fuertes, dos mujeres luchadoras que no desfallecieron nunca. Una más seria y fuerte que la otra y la otra más divertida y tierna que la una. Sin embargo, juntas eran mis matriarcas, mi espejo en el que mirarme y tratar de sacar lo mejor de cada una. Si las tuviera que definir, diría que Pepa era la fuerza absoluta, Conchín el amor, la ternura.

A ambas las quise, las quiero y las querré, y a ambas las echo de menos cada día de mi vida.

NUNCA FUI NIÑA DE CASTILLOS DE ARENA. SIEMPRE FUI, DE CONCHAS EN LA ARENA

Para Conchín.

Cuando era niña, el mar me embriagaba. Veía en él un poderoso encanto con tantos secretos en sus profundidades, que me pasaba horas sentada en la arena, bajo la sombrilla, acompañada por mi abuela, mirándolo en silencio, imaginando historias en mi mente.

Yo no era de esas niñas que hacían castillos de arena que, después de acabados, se destruían. Mis primos me miraban extrañados porque prefería recoger conchas enterradas en la orilla de la playa, en compañía de mi abuela. Entonces me preguntaban por qué y, con la voz de una soñadora infatigable, les contestaba con mi timidez disfrazada de sonrisa. No me gustan los castillos de arena, al rato se quedan en nada y me provoca tristeza. Sin embargo, me encanta pensar que alguien ha puesto en la arena, escondida para mí, una pechina (nombre que usaba cuando era pequeña). Y me gustaba descubrirlas con la sonrisa de mi abuela como testigo.

Recuerdo cuando el agua bañaba mis pies, siempre aparecía mi sonrisa divertida, y corría y, casi siempre, caía. Me levantaba y jugaba con el mar, que fue amigo de la infancia, y buscaba tesoros en las profundidades de la orilla, pececillos de colores y sirenas. Y lo que más me gustaba, era que ahí estaba mi abuela, sin perderme un segundo de vista, con su sonrisa, siempre a mi lado.

Lo que más nostalgia me provoca, cuando ahora voy a la playa, es recordar cómo entonces nos preparábamos para pasar el día. La sombrilla, los cubos y las palas. Las pipas, las sillitas, las colchonetas y, cada quien, la toalla al hombro. Todos los trastos eran pocos, siempre el mismo ritual, quejas por un lado y por otro pero, al final, llegábamos buscando con ansias un lugar preferente, no como ahora, entonces siempre había sitio. Yo, como siempre, aferrada a la mano de mi abuela Conchín. Llegábamos y mi tío se encargaba de hacer el agujero para colocar la sombrilla, que ninguno de los niños se fuera al agua sin darse cuenta los mayores, dejar la nevera bajo la sombra, sacar la crema para la piel, quitarse las camisetas y echarlas siempre al pringao del primo que era el último, y no se enteraba que teníamos permiso para bañarnos. Quitarse los relojes, abrir las toallas y pisarlas con los pies repletos de arena, poner las sillas para los mayores. Todo aquel ritual del que yo siempre era ajena, porque vivía en mi mundo particular de sueños. Al llegar, el mar captaba mi atención, mis ojos quedaban como hechizados mirando el agua tan azul, ese intenso mar azul que es el Mediterráneo y, entonces, viene a mi memoria la voz de mi abuela rescatándome de mi mundo, poniéndome la crema, después el flotador, dándome el cubo y la pala y yo, como siempre, diciéndole:

-Yaya, no soy de castillos de arena.

Y si cierro los ojos, hoy, muchos años después, puedo escuchar su carcajada y su voz dulce diciéndome mientras me besaba:

-Es verdad, eres de conchas en la arena.

Y, al recordarlo, la nostalgia llega a mí. Tengo el mar, y si busco, encuentro conchas. Pero ya no tengo ni tu sonrisa, ni el abrazo, ni el beso. Ahora, nada más me queda tu recuerdo llevándome de la mano buscando secretos guardados para mí. Y, a pesar del paso del tiempo, tu sonrisa sigue siendo esencial en mi vida.

VIVENCIAS DE UNA MUJER

Para Pepa.

¿Qué será de mi vida sin ti?

Esa fue la primera pregunta que inundó mi mente y mi corazón, cuando fui consciente de que te habías ido. De que mis besos y mis caricias ya no las sentías. Ni siquiera mis lágrimas, que tanto te dolían, podían, en ese instante preocuparte, como siempre hiciste.

Te fuiste entre mis brazos, dejé de notar tus latidos, seguías a mi lado sin ya estar. Te vestí, como hacía todos los días, te puse tu colonia, como siempre me pediste, pero ya no estabas a mi lado, como siempre.

Ante mí, un vacío inmenso se abrió en mi alma. Una nueva vida comenzaba desde el momento en que te llevaron de la que había sido nuestra habitación, nuestra casa, y fue entonces, cuando llegó a mí un dolor penetrante en mi alma, como un rayo partiéndome en dos. Con una ausencia persistente en mi ser. Esa era mi nueva vida en la que faltaba mi base, la que fue mi pilar, mi abuela. Fuiste refugio en mis malos momentos, mi fuente de sabiduría, mi confidente, mi compañera con la que compartir risas o penas. En resumen, la que fue todo para mí.

Como no podía ser de otra manera, tus consejos ante la ausencia, tus clases preparatorias ante el dolor y la marcha, nuestras mil charlas sobre la muerte, tu valentía en la vida, tu lección sobre aprender a apaciguar el dolor, con el paso del tiempo, llegados a este punto las pude entender. Es cierto, como siempre dijiste, “irá doliendo menos y mi presencia a tu lado será diferente porque, a partir de ese momento, estaré en ti y me llevarás en tu corazón”

¿Cuándo dejará de doler?

Muchos días, y noches, he formulado al aire esa pregunta. En muchas ocasiones he cerrado mis puños y apretado las mandíbulas de rabia, de soledad. Y es que, por mucho que me contaras a que sabe la ausencia, desgraciadamente, debía saborear su sabor amargo para entenderte.

Creo que, hace pocas noches, encontré la respuesta y sentí como si fuera tu abrazo. Estoy segura que fuiste tú, eras tú, era tu abrazo y me llenó de tranquilidad. Fue el mismo abrazo que me dabas cuando lo necesitaba, cuando me veías decaída, y eso que tú no eras muy cariñosa, pero siempre estabas ahí cuando lo necesitaba. No es que haya dejado de doler, pero sí he comprendido lo que tantas veces decías, nunca dejaré de sentirte. Siempre estarás a mi lado, aunque no te pueda ver, aunque no te pueda acariciar o escuchar.

Hoy, una vez ha transcurrido mucho tiempo desde que te fuiste, como me dijiste, puedo pensar en ti y sonreír. Ya no siento ese dolor desesperante, sé que estás conmigo, que tú seguirás aquí siempre mientras yo respire, que mientras yo sonría tú lo harás igual, y que, quizá no puedo tocarte, pero puedo cerrar los ojos e imaginar que lo hago, que a partir de hoy, sé que no estoy sola porque tú estarás conmigo día a día y noche a noche.

Gracias a todo cuanto hablamos en vida, he llegado a entender y soportar tu muerte. He llegado a poder hablar de ti sin sentir un nudo en la garganta y el corazón encogido otra enseñanza que me diste en vida, y que sigue sirviendo en mi vida sin ti. Gracias a todo cuanto me diste en nuestros días compartidos, hoy puedo seguir adelante contigo sin ti. Vivir de otra manera, ni mejor, ni peor, diferente.

Y sé que es lo que querías, y sé que es lo que tanto luchaste por hacernos entender. Que, nuevamente, ¡gracias Pepa! Por darme la respuesta a mi pregunta, mientras abrazaba tu cuerpo inerte. Gracias por enseñarme a vivir la muerte, como una parte más de mi vida.

2 comentarios en «ENVIDIA SANA»

  1. El gran error es no valorar a las personas que nos rodean,y la muerte de un ser querido adquiere un significado de reconocimiento tardío.Pero así vamos configurando nuestras vidas,con aciertos y errores,así vamos encontrando la empatia y vamos comprendiendo a los demás,a los vivos.
    Transcurre la vida y la vamos modelando,y vemos que ni el orgullo,ni los rencores sirven para nada,si aprendemos de nuestr@s fallecidos y de lo efímera que es la vida,sabremos ser mejores seres humanos.
    Yo aprendí de mi madre(tu iaia Conchin)la falta de rencor y el amor incondicional,la bondad y la entrega.Y también que su vida era su familia,a veces ,demasiadas,olvidándose de sí misma.
    Las mujeres de esa época fueron valientes y fuertes,no les quedaba otra,en una etapa que una mujer valía menos que un perro,pero que tenían que luchar como leonas.
    Espero que cambien las cosas de verdad,y que el valor de una mujer,le permita ser ella misma,y que la sociedad por fin les ponga en el lugar que les corresponde…que sean un ser humano y no unas auténticas esclavas.
    Un gran recuerdo para dos mujeres luchadoras y maltratadas por la injusticia de una época muy dura.
    Y en especial a mi madre,a la que echo de menos todos los días..

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  2. Espera Luz que ahora igual no paro y te lleno tu blog de mensajes.Como tu dedicación son los mayores,me gustaría señalar el papel que juegan en la sociedad tan importante y lo denostados que estan .En la actualidad el culto a la juventud es tan evidente que poco más o menos ni se les ve,molestan y,no se les reconoce la sabiduría y sus años de lucha en la vida.Parece que San google,ha cambiado la voz de la experienia que antes nos transmitían.No me agradan ciertos comportamientos de la actualidad y uno de ellos es precisamente la poca consideración a estas personas mayores.Os recomiendo la pelicula ARRUGAS,…
    Un beso Luz.

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