EL PINTOR DE ABANICOS. XX

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Con el transcurso de la noche, la lluvia fue desapareciendo, hasta que con el amanecer iluminó un cielo tan intenso como bello anaranjado que fue dejando paso a un día donde el sol fue el protagonista, con una aparición radiante con cielos claros y despejados. El frío había dejado paso a una ligera brisa fresca que espabiló de golpe a Alex. No había podido dormir en toda la noche, eran tal los nervios y la mezcla de sensaciones que durante los últimos dos días había tenido. La responsabilidad que acababa el señor Francisco de darle y el secreto que llevaba sobre sus espaldas, mayor si cabe, que la responsabilidad, que necesitó callar su mente. Por todo esto, se había pasado la noche en vela y, cuando eso le ocurría, nada mejor que levantarse de la cama y hacer algo productivo.

Llegó la hora de marcharse hasta el trabajo, caminaba solitario acompañado por un par de gatos que jugueteaban revolcándose en el suelo, aquellos animales libres le hicieron sonreír, iba disfrutando de aquel cielo que parecía mostrarse como un modelo para pintar. Al llegar a la tienda se detuvo frente a la puerta, dio unos pasos hacia detrás hasta que el porta folio que llevaba grande chocó contra la puerta metálica de la mercería, entonces dio un pequeño respingo. Allí ante sus ojos estaba el cartel apagado de ABANICOS MONTÉS, aquel rincón era suyo, tenía por delante un reto maravilloso y desafiante, tan solo había pintado un abanico ¿y si el siguiente no sabía? Nuevamente, el miedo apareció ante él.

-¡Maldito miedo!

Lo dijo con rabia. Durante su existencia aquella emoción le había hecho mucho daño, le había paralizado haciéndole perder muchas cosas. Sin embargo, allí estaba ante su sueño, y no lo iba a desperdiciar por el miedo. Begoña le había ayudado aquella noche que compartieron, era todo lo contrario a él, a pesar de haber vivido una experiencia tan traumática como la muerte de su padre siempre tenía una sonrisa para entregar a los demás, siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. A él lo había ayudado mucho más de lo que ella podía imaginar. Sonrió… no podía fallarle iba a luchar con uñas y dientes por sacar aquel negocio hacia delante, nada era fácil y todo costaba un esfuerzo, pero se convenció que merecía la pena. No iba a permitir perder más cosas por esa emoción que lo superaba hasta ese momento pero a la que quería plantarle cara. Iba a luchar contra ella, empezar una nueva vida y un nuevo proyecto. Era afortunado y no iba a dejarse vencer por nada.

-¡Vamos allá! –exclamó con una gran sonrisa.

El despertador sonó a la misma hora de siempre, sin embargo, aquella mañana cuando el señor Francisco se puso su zapatilla izquierda en primer lugar, sintió que se había liberado de algo que le asfixiaba por las mañanas. Desayunó con la radio puesta escuchando las peleas de unos y otros, las sinvergüencerías de los políticos que pagaban los ciudadanos. Negó con la cabeza ante las barbaridades que cada día iban destapando. Lavó la taza, el plato y la cuchara. Al dejarlo en el banco sintió un pequeño pellizco en el corazón. Faltaba su otra mitad, su otra parte. Como todos los días desde su partida, pasó por delante de la fotografía del día de su boda, acarició su cara ¡cuánto la quiso! ¡Cuánto la quería! De camino a la tienda, su cabeza no paraba de pensar mientras se llenaba la vista de aquel barrio tan peculiar. Saludaba al frutero, departía un poco con la peluquera, le contaba un chiste a la fotógrafa de la esquina que barría la calle y estaba un poco depre… ¡Así era él! Un hombre tan peculiar como aquel barrio. A pesar de su tristeza y, de sus ganas de soledad, no dejó de saludar a la gente, ni tratar de apoyarles.

-¡Señor Francisco! ¡Señor Francisco!

El hombre se giró ante la voz femenina que le requería.

-¡Casi me da un patatús! –dijo la señora Salvadora al llegar a su altura.

-¿Qué pasa, se encuentra bien?

-¡Cómo es eso de que va a dejar la tienda! –lo miraba con el ceño fruncido y sus ojos transmitían una gran preocupación.

-¡Qué susto me ha dado! –le dijo el hombre con gesto tan serio y preocupado como el de ella.

-¡Eso me lo he llevado yo esta mañana! ¡Cómo puede ser que Carmen lo sepa antes que yo! ¡Soy la más vieja del lugar!

-Vamos… Salvadora… se lo habrá dicho Catalina, nosotros hoy tenemos un día complicado y hemos decidido mañana hacer algo para apoyar a Alex. Se lo íbamos a decir como al resto.

-¡Alex! ¡Usted ve a ese muchacho con las agallas suficientes como para sacar la tienda hacia delante! Con los buitres que hay ahora le va a hacer falta un par bien puestos para pagar impuestos… para soportar la factura de la luz –el señor Francisco sonrió-. Está bien… está bien… usted sabe más que yo… pero… ¿no dejara de visitarnos, verdad?

-¿Sabe una cosa Salvadora? Envidio su fortaleza, su fuerza… me encantaría en estos momentos tenerla… no sentirme tan viejo.

-¡Se siente viejo porque no está Aurora! ¡Y además, es hombre! –le guiñó un ojo graciosamente-. Y eso cuenta.

-¡Ay Salvadora! Usted siempre tan directa.

-No quiero verlo mal, y debería prestarse más atención, Aurora no debe estar nada contenta de ver que lleva la bufanda al revés… ¡hombres! ¡Hombres! –elevó las manos al cielo ante la carcajada del abaniquero.

Cuando llegó a la tienda, vio que Alex ya estaba allí con el babero impecablemente limpio y la mirada repleta de ilusión. Salvadora que lo seguía también entró.

-¡Buenos días, Alex! ¡Qué madrugador!

-¡Señor Francisco! Estaba muy nervioso, no podía dormir y vine antes. ¡Salvadora! ¿Qué alegría verla? Tengo algo para usted.

-¿Para mí? –le preguntó la mujer sorprendida, su gesto seguía mostrando un halo apenado.

-Sí, quería darle las gracias por ayudarnos con la señora Lola.

-¡Lo hago encantada! Nos hemos hecho muy buenas amigas… ¡somos la envidia de Carmen! –hizo un chasquido con la lengua a modo de fastidio.

-Imagino –sonrió Alex-. Pero también quería agradecerle que por fin esté tranquila de que no soy mala persona.

-Bueno…

Quiso hacerse la fuerte pero un brillo de ternura en la mirada la delató.

-Espero haber acertado, la verdad que no sabía muy bien qué podía gustarle y se me ocurrió esto.

El señor Francisco seguía atento la escena con una sonrisa divertida que marcaba su rostro. Allí estaba Alex con su portafolio y una gran sonrisa. Por primera vez lo vio relajado, lejos de ese chico que evadía a veces la mirada, se tocaba el pelo o movía ligeramente sus hombros. Parecía que tras el desahucio había dejado a un lado los miedos y preocupaciones, su mirada triste que en innumerables ocasiones había llamado la atención del hombre, aquella mañana irradiaba felicidad. Y fue mayor cuando sacó de su portafolio un retrato hecho a pastel, a la señora Salvadora se le humedecieron los ojos, mujer de impecable firmeza se le vino abajo al ver el retrato de su gata. Se tapó la boca con la mano y no pudo reprimir unas pequeñas lágrimas de felicidad en sus ojos.

-Gracias -acertó a decir.

-No me las dé, lo he hecho con todo mi cariño.

-¡Ya decía yo que eres un ángel! ¡Y no me equivocaba!

Salvadora lo abrazó con fuerza mientras el muchacho le guiñaba un ojo al señor Francisco que sonreía divertido.

-¿Quiere que suba y se lo cuelgue, Salvadora? -le preguntó el abaniquero.

-Sí, sí… -miraba el dibujo encantada-. ¡Eres… eres… nuestro Sorolla!

La vio marcharse feliz, tras ella el señor Francisco que sacó su caja de herramientas. Una sensación de bienestar le inundó el corazón, era algo indescriptible para él.

-¡Vaya cara de bobo qué tienes! -le dijo Begoña riéndose-. Ahora que no me extraña… ver así a la señora Salvadora es… ¡mucho!

-No te burles de mí -sonrió como ella-. Si no me lo hubieras chivado no habría llegado a su corazón.

-¡Bobadas! Esa mujer te admira. Te lo digo yo… ya sabes… ¡perro ladrador poco mordedor! -Alex le dio un abrazo repleto de gratitud-. Ya veo que estás como un flan.

-Me siento feliz… por primera vez en mi vida me pasa algo maravilloso…

-Te entiendo perfectamente, y me alegra saber que lo estás disfrutando.

-No voy a negarte que estoy muerto de miedo pero… el señor Francisco me ha dicho que estará a mi lado.

Begoña lo miró con un gesto más serio de lo normal.

-¿Qué pasa? -le preguntó él.

-Alex… ¿no crees que quizá sería bueno que el señor Francisco viva otras cosas? Esta tienda le sigue provocando un pellizco en su corazón… sigue anclado al recuerdo de Aurora, entiendo que en tu estado de desbordamiento de felicidad no lo hayas pensando.

-No… la verdad que no -su tono se mostró dubitativo.

-Necesita involucrarse en otras cosas, despegarse un poco de esto que le ata inevitablemente a Aurora.

-Tienes razón… he sido un poco egoísta.

-No, para nada, tu presencia aquí le ha ayudado en el peor momento… ahora deberíamos pensar en ayudarle de otro modo.

-¡De acuerdo! -suspiró con fuerza-. ¿Qué propones?

-Nada… tendría que ser él quien elija, pero sí nosotros deberíamos empujarle, suavemente, hacia fuera de la tienda.

Tras colgar el cuadro en casa de Salvadora, Francisco bajó hasta la tienda, Alex había estado preparando las cosas para cuando llegaran las cuatro señoras japonesas y la sorpresa. Pocos días antes había sacado las cien cajas donde irían guardados los abanicos, sabía que iban a pasar gran parte del día en la tienda, era lo que solían hacer con Aurora. Elegían sin prisas con un té en sus manos mientras como podían se iban entendiendo, un poco de español, un poco de inglés y mucho de señas. ¡Hasta chistes les había contado el señor Francisco!

-Estoy nervioso -le dijo al señor Francisco.

-Son gente muy amable, muy simpática no debes preocuparte les vas a caer muy bien, y estoy seguro que vas a trabajar para ellas.

-Pero querrán ver mis trabajos y tan solo he pintado un abanico.

-Es suficiente… con un solo abanico sabes si tus manos están hechas para esto… si tu alma sabe dictarte. No debes preocuparte por nada, Alex, eres un artista y debes empezar a mentalizarte de ello, con humildad pero saber que eres un gran pintor.

-Gracias, señor Francisco -sonrió realmente agradecido.

-No me las des… es la verdad.

-¿Y ha pensado en qué va a ocupar sus ratos libres?

El hombre lo miró algo inquieto.

-Lo digo por…

-¡Tan pronto me quieres perder de vista! -le dijo con el ceño fruncido aunque trataba de quedarse con él.

-No… ¡claro que no! -sonrió algo nervioso-. Pero estaría bien que pudiera hacer cosas que siempre quiso hacer.

-¿Sabes hijo? ¡No sé hacer otra cosa que no sea pintar!

-Bueno… yo creo que sabe hacer muchas cosas, le admiro ¡no sabe cuánto!

-Venga… venga… deja de tratar de arreglarme a mi la vida, que te lo agradezco, pero hay que tenerlo todo preparado para cuando lleguen las señoras.

-Sí, recuerde… Sakura, Honoka, Nnami y Yuuko

-Tiene gracia yo las he llamado siempre, Amparigues, Pepiqueta, Marieta y Concheta

Alex lo miró fijamente abriendo sus ojos.

-No me mires así -elevó los hombros como restando importancia al hecho-… siempre me han entendido ¿eh?

Entonces vieron parar un taxi en la puerta. Tras unos segundos vieron bajar a una señora a la que Francisco reconoció como Marieta, tras ella descendió Concheta y, después, Amparigues. Alex sonreía divertido mientras iban a la puerta para abrirles.

-Anda… tendré que llamar Vicent a ese muchacho… es nuevo nunca había venido.

Y es que del asiento del copiloto bajó un chico. Las tres mujeres llevaban algo en sus manos, al igual que el chico que sacó del interior de la chaqueta lo mismo que las señoras llevaban. Alex abrió e inclinó levemente su cabeza juntando sus manos, el señor Francisco sonrió. La primera mujer le habló en inglés, y él le contestó para seguidamente traducirle al abaniquero.

-Señor Francisco me dice Sakura que antes de nada quieren rendir homenaje a Aurora, si usted da su permiso.

El hombre palideció al segundo, aquel gesto de las mujeres le emocionó de pies a cabeza, las tres lo miraban con tristeza pero una sonrisa tierna dibujada en sus labios.

-Por supuesto -finalmente, lo dijo con un nudo en la garganta.

Las mujeres pasaron por delante del señor Francisco procediendo a su saludo, tras ellas el chico al igual que ellas le saludó, Alex cerró la puerta tras de sí y, entonces, procedieron. Cada uno de ellos llevaba tres varas de incienso, y un sobre decorado en negro y plata. Una de las mujeres con una voz dulce comenzó a cantar, se trataba del canto sutra, un canto budista zen. Después, los cuatro hicieron un saludo ante el retrato de Aurora que erizó la piel a los dos hombres que observaban aquella ceremonia con un nudo en la garganta. Dieron dos pasos hacia detrás para saludar con todos sus respetos al señor Francisco.

-Amparigues le da sus condolencias -dijo Sakura con dificultad pero sus palabras llegaron al corazón del hombre que la abrazó con cariño-. Aurora ser grande.

-Marieta siente marcha de Aurora -lo abrazó y recibió el mismo abrazó por parte del señor Francisco que ya llevaba lagrimas en los ojos-. Ella feliz en estrella.

-Concheta da cariño, Aurora en mi corazón.

-Pepiqueta mostrar respeto por mami Aurora. Gran mujer.

-Kazuma siente la pérdida, señor Francisco.

El hombre se abrazó a aquel muchacho que habló un perfecto español. No pudo
evitar que su barbilla formara un puchero de emoción mientras sus ojos se bañaban de lágrimas, Aurora se merecía aquel respeto que todas le habían mostrado, también en sus gestos emocionados.

-Arigato -era la palabra que mejor manejaba… les dio las gracias desde el fondo de su corazón.

Se recuperaron con una taza de té que Alex tenía preparada. El muchacho que había llegado con ellas se trataba del hijo de Sakura, había estudiado bellas artes y siempre quiso conocer a aquel hombre que le parecía un artista enorme.

-Para mí es un honor conocerlo. Aprendí español con la esperanza de un día poder venir a traducir a mi madre y sus amigas, pero también, porque quería aprender de usted.

-Vaya… parece que dos muchachos cada uno en un punto apartado de la tierra les gusta mi trabajo, ¡eso es para sentirse muy halagado! -las mujeres sonrieron ante las palabras que Kazuma iba traduciendo-. ¿Sabes una cosa, hijo? A partir de hoy esta tienda pasa a ser de aquí el nuevo artista Alex.

-¡Ohhhh! -dijeron las mujeres volviendo todas a la vez la mirada hacia el chico que se sintió nervioso y notó como se ponía colorado-. ¡Artista!

-Bueno… bueno…. -elevó las manos en señal de modestia.

-Artista -insistió el señor Francisco.

Durante un buen rato estuvieron hablando, distendidamente. Después se dispusieron a ver abanicos y a preguntar cuales eran de Alex. El chico sintió que la respuesta iba a decepcionar a las mujeres porque un abanico no le iba a dar mucha propaganda.

-¿Les gusta el retrato de Aurora? ¡Preguntales, hijo!

Le dijo sonriente a Kazuma que tradujo a las mujeres que miraron el retrato y asintieron convencidas de que era una belleza más hecha por el señor Francisco.

-No, no… yo soy incapaz de hacer algo así, es obra de Alex.

-¡Ohhhh! -volvieron a decir las señoras.

-¿Tienes algo que hacer en Japón, Kazuma?

-Yo quería aprender de usted pero… no sé si Alex -lo miró dubitativo pero amablemente sonriente-… podría interesarle que yo pudiera aprender.

-La verdad que podría ser una buena idea -dijo el señor Francisco.

-No, no, pensarlo bien -le contestó Kazuma.

-¡Oh! No pensar -hablo Nanami o Concheta-…. él ser artista también.

-¡Pues… la verdad no puedo ni siquiera decirte si te podría pagar un sueldo, contratarte o…!

-No preocupar… no preocupar eso… ¡dinero no es problema! -añadió Sakura, su madre.

Alex buscó la mirada del señor Francisco tratando de encontrar la respuesta, una sonrisa acompañada por un asentimiento.

-De acuerdo… con la ayuda del señor Francisco será más fácil para los dos.

Las mujeres comenzaron a aplaudir, algo que sorprendió hasta a Alex, las mujeres japonesas siempre solían ser muy discretas, aquella alegría no la entendió pero agradeció. No sabía que iba a pasar con su negocio pero sentirse acompañado en los comienzos por alguien que parecía sentir la misma pasión que él por el arte, era todo un aliento.

Tras la venta de los ciento un abanicos, incluido el que había hecho Alex, las mujeres se fueron al hotel para prepararse, habían invitado a cenar al señor Francisco, Alex y a las dos mujeres simpáticas que siempre tenían el bien de saludarlas. El señor Francisco estaba solo en la tienda miraba alrededor como si tratara de entender que aquel entorno ya no le pertenecía.

-¿Despidiéndose?

-¡Catalina! -le sonrió ampliamente al verla-. Pasa, hija. No… tan solo estaba observando mi vida.

-Intensa vida ¿eh?

-No me puedo quejar. Tuve la mejor mujer que pude tener, el trabajo que me gustaba y la gente que durante tantos años hemos compartido los días fáciles y difíciles. Gente como tú.

-Imagino lo que debe sentir, los sentimientos contradictorios ¿verdad?

-Sí, es una mezcla de pena y alegría. Pero ya no tenía fuerzas para seguir, no tengo fuerzas, Catalina.

-Ahora tendrá que hacer algo nuevo, algo que llene su vida.

-Solo sé pintar.

-¡Ah, no! A mí no me venga con esas…

-¿Qué puedo hacer… ya estoy viejo? No me quedan ilusiones.

-Habrá que buscarlas. Así de fácil -le sonrió.

-No sé como lo haces… tu sonrisa alegra el corazón de cualquiera.

-¿Se puede?

-¡Sergio! ¡Adelante! -le dijo el señor Francisco, sorprendido.

-Pasaba por aquí y me he dicho… ¡voy a saludar al señor Francisco! -le chocó la mano-. ¿Qué tal Catalina?

-Bien, Sergio… aquí estoy con este hombre que dice no tiene ilusiones en su vida.

-Pues habrá que hacer algo con esas ilusiones perdidas. Precisamente vengo de hablar con…

-¡Señor Francisco! -le saludó Salvadora que venía acompañada por Carmen y Lola.

-Ella -le dijo bajito a Catalina que sonrió.

El hombre vio allí a las tres mujeres, en sus gestos podía captar que algo estaban tramando.

-Ustedes dirán.

-Necesitamos un hombre -dijo Carmen.

-¡Mira que eres bruta! ¡Las pijas no tenéis tanto tacto! ¡No sois tan exquisitas! -le recriminó Salvadora.

-Salvadora…

-Haya paz… lo que Carmen y Salvadora quieren decir es que nos hemos afiliado con los yayoflautas y necesitamos un hombre como usted para llevar acabo algunos proyectos.

-¿Tendré que correr delante de la policía? ¡Porque voy a ser presa fácil!

-¡Ojala… ojalá! -bramó Salvadora feliz nada más de imaginarse corriendo tras alguna protesta-. Pero usted ve con pinta de correr a Carmen, se le caería algo del oro y la pillaban fijo.

-¡Ya estamos es que si no se mete conmigo! -protestó la otra.

-Lo siento señoras… pero…

-¡Ni peros ni gaitas! Serán cosas sencillas… el cerebro es Begoña y este caballero tan guapo… quien nos va a decir cómo y qué hacer.

Sergio le sonrió haciendo una pequeña reverencia.

-¡Y esto es una encerrona! -los miró a todos que se hicieron los despistados.

-Sí lo es, porque como usted es tauro y, además, bien cabezón, sabemos que va a seguir erre que erre diciendo que no, y nos va a mandar a hacer gárgaras si se lo decimos uno -Carmen se reía por lo bajo, Salvadora y sus ocurrencias-. Por esa razón estamos aquí todos para arrinconarlo y que no se nos escape.

-Ya veo que va a ser complicado en esta ocasión seguir siendo cabezón… como para decir que no.

-¡Señor Francisco! ¡Señor Francisco! -entró corriendo Alex a su lado como casi siempre Begoña.

-¿Tú también vas a decirme que me haga yayoflauta?

Begoña que se había quedado un paso atrás, sonrió sin poderlo evitar mientras intercambiaba una mirada divertida con su madre.

-No… yo no… de eso estaban encargados ellos -sonrió nervioso-. Es que nos acaban de enviar unas invitaciones para la gala de la asociación de abaniqueros de Valencia, este año se reúnen abaniqueros de varios rincones de España, como está aquí el museo del abanico van a celebrarlo por todo lo alto.

-¡Eso está muy bien, hijo! Así podrás conocer a gente que te va a ayudar.

-¿Usted no va a ir? -lo miró perplejo.

-Yo ya…

-¡Hacer gárgaras! Lo dicho… ¡Ay Aurora que consentido tenías a este hombre!

-Venga señor Francisco -le rogó divertida Begoña-. Alex le va a necesitar.

-¡Creo que todo esto es un complot! Y… estar aquí en la tienda rodeado de mis amigos que se preocupan por mí, bien merece que diga sí a todo. ¡Y a ver si así deja usted de llamarme cabezón!

-Siendo Tauro… ¡difícil lo veo!

Al llegar a casa, tras la cena con sus amigas japonesas, Kazuma, a quien apodó Vicent porque no le salía bien el nombre ante las carcajadas de las mujeres, se preparó el vaso de leche de rigor y como si ya fuera una costumbre que no podía cambiar, se sentó en el sillón junto a la ventana. Allí inamovible la estrella que lo observaba cada noche.

-¿Sabes chata? Estoy contento… sí… sé que desde ahí arriba tú también lo debes
estar… ese muchacho, Vicent, va a terminar trabajando junto a Alex. ¿Te imaginas? Que ambos lleven a nuestro negocio a todos los rincones del mundo como pretenden… deberías haber escuchado la cantidad de ideas que tienen, la expansión que planteaban mediante internet… jamás podríamos haberlo imaginado. Creo que es un buen momento para viajar a tu lado, sí, ¡ya lo he hecho todo! Y me siento feliz y satisfecho, no pensé que podría sentir esto sin tenerte a mi lado -la estrella que todas las noches lo observaba desde el cielo de repente se convirtió en una estrella fugaz que cruzó el cielo y desapareció provocando una angustia en él irrazonable-. No te vayas Aurora…

Entonces sonó el timbre de la calle, eran cerca de las doce y media, se asustó. Habría sucedido algo… La voz de Catalina diciéndole que no pasaba nada le tranquilizó.

-Perdone si vengo tan tarde… pero estoy intranquila -su sonrisa trató de buscar la disculpa perfecta.

-Claro mujer, mañana no madrugo…

-¿Qué le pasa? ¿Le noto apagado?

-No es nada… ¿quieres un vaso de leche?

-Sí, por favor.

El señor Francisco le hizo llegar hasta el sofá mientras él preparaba la leche, sacó unas pastas que le había regalado Alex, y se sentó junto a ella.

-¿Qué te pasa?

-Estoy preocupada por usted, sé que no debería pero… lo estoy.

-Todas las noches me siento en este sillón y observo el cielo -hablaba con calma mientras su mirada se perdía en algún punto imaginario-. Hay una estrella… bueno había una estrella que me sonreía, sé que puedo parecer loco pero…

-Yo también vi esa estrella cuando se murió mi marido -le dijo apoyando su mano sobre la de él-. Y también me reconfortó durante un tiempo.

-Acaba de marcharse… de repente me he vuelto a quedar solo.

Por unos segundos Catalina no supo muy bien qué decirle.

-Pensé que era Aurora, me estaría esperando en ella tal y como quedamos pero ahora… -miró con la mirada ciertamente triste al cielo.

-Ahora le ha dicho que debe seguir viviendo -le dijo con rotundidad. El hombre la miró entrecerrando los ojos-. Sí, es hora que empiece a vivir sin aferrarse a Aurora, ni a esa estrella. Es hora de cambiar el rumbo, señor Francisco. Ella estará siempre en su corazón pero acaba de decirle que siga su camino.

-¿Cómo?

-Viviendo -le dijo regalándole su mejor sonrisa-. ¿Sabe? La soledad es mala pero te hace fuerte porque llegas a conocerte tan bien que puedes analizar lo caprichosa que es la vida. Que no existen las casualidades que todo está preparado no sé por quien. Usted le ha entregado a Alex la tienda, algo que me tiene preocupada -le apuntó con el dedo graciosamente-. Ahora es hora de que haga su vida lejos de allí, porque todo lo que hay le recuerda a su mujer, usted esta vivo y, al menos, el tiempo que espero sea mucho el que viva… tiene que ser usted mismo como individuo que encuentre nuevos retos… la vida es eso, es levantarte y saber que ese día hay algo que hacer, Aurora acaba de decirle que encuentre ese reto, quizá no sea una mala idea ayudar a las señoras del barrio con la idea de Begoña, apoyar a los que necesitan esa ayuda para ayudarse a usted mismo no está mal, señor Francisco.

-Es curioso, alguna vez cuando hablábamos de la muerte ella me hizo prometerle que si era yo el que me quedaba, lucharía día a día por seguir viviendo con dignidad, ayudando a quien lo necesitara, contando chistes, haciendo reír a la gente… entregando amor, pero eso sabía hacerlo ella.

-No se equivoque, señor Francisco, usted es eso… todo corazón. Y no quiero ver tristeza en sus ojos, piense que siguen siendo uno igual que lo fueron en vida. Solo que el camino ahora, le toca hacerlo a usted.

El señor Francisco miró al cielo donde momentos antes había estado observándolo su estrella.

-Gracias, Catalina. Parece que ha sido providencial tu llegada -sonrió emocionado.

-A lo mejor sí, pero sobre todo, lo que quiero es que me prometa que va a seguir buscando la ilusión para vivir.

-Te lo prometo. Gracias.

-Gracias a usted por ayudarme durante toda mi vida, creo que es hora de que se deje querer también.

-Aurora y yo siempre dijimos que te queríamos como esa hija que nunca tuvimos, estará muy orgullosa de ti, te lo aseguro.

-Siempre dije que sin la ayuda de los dos no habría avanzado en mi vida. No hago otra cosa que devolver el infinito cariño que me dieron.

-Mañana hablaré con Salvadora.

-¡Bien! Le aseguro que sabía que lo había dicho por quedar bien -dio una carcajada divertida.

-De abaniquero a yayoflauta… ¡a ver que sale de ahí!

-Todo bueno, estoy segura.

Al acostarse, miró la fotografía en la que Aurora sonreía divertida.

-Me siento orgulloso de nuestra vida, cariño, creo que hoy he recibido más de lo que hubiéramos imaginado. Y mucha culpa de todo esto, la tienes tú. Buenas noches, chata.

Fina, te envío toda mi energía positiva…

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