EL PINTOR DE ABANICOS. XVIII

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En la Grecia clásica, las sacerdotisas preservaban los alimentos sagrados agitando sobre ellos grandes abanicos de plumas, penachos o flabelos, costumbre ritual que adoptaron luego los romanos, de quienes la imitaría más tarde la liturgia cristiana. El emperador Augusto tenía esclavos que armados de grandes abanicos le precedían para mitigar el calor o espantarle las moscas. También las matronas romanas mantenían entre sus esclavos a una serie de eunucos encargados de abanicarles en el gineceo. Este oficio ya existía en Atenas, según deja ver Eurípides en su tragedia Helena.

Estaba sentado en la silla frente a su escritorio pensativo cuando oyó que se abría la puerta y la voz de Catalina lo llamaba. Cerró el cajón y salió a atenderla.

-¡Buenos días, señor Francisco! ¿Qué tal ha descansado?

-Bien, bien…

-¿Qué le pasa? Le noto algo preocupado.

-No… no es nada.

-Sé que es por Alex, a mí no me engaña.

-Bueno…

Sabía que el pensamiento de Catalina distaba mucho de lo que acababa de ver.

-Voy a regalarle un móvil, señor Francisco, así no tendría que preocuparse usted sin motivo –se lo dijo con la calidez de su sonrisa, capaz de llevarse de un plumazo sus temores-. Ha pasado la noche en casa de mi hija… no sé qué traman esos dos… ¡aunque hacen tan bonita pareja!

El señor Francisco se le quedó mirando con una mirada tierna.

-Ya sé… ya sé… aunque no sé por qué pero ya sé.

Los dos rieron la ocurrencia de Catalina. Después, el señor Francisco se quedó pensativo. No quería pensar mal pero sabía que Alex había estado allí y, además, había estado tocando sus cosas. Por un momento sus pensamientos se vinieron abajo, las dudas se apoderaron de él y, sin saber muy bien por qué, sintió ese nudo en el estómago que aparecía siempre que se ponía en alerta.

El sonido de la puerta le sacó de su ensimismamiento, ante él Salvadora con una sonrisa de oreja a oreja iba acompañada por la señora Lola, querían saludar a Alex de camino al mercado. Se habían pasado buena parte de la noche hablando de sus vidas, había sido como una inyección de tranquilidad para Lola y un borrar la soledad de la vida de Salvadora. Con la promesa de que volverían más tarde para ver al muchacho se marcharon hablando muy animadas.

-¡Ay Aurora! Bien decías siempre que a Salvadora la soledad la volvía huraña…

Nuevamente, la puerta se abría.

-¡Señor Francisco! ¡Buenos días! –apareció Alex con el rostro cansado y una sonrisa nerviosa.

-¿Qué tal, muchacho? Ya me contó Catalina.

-Sí… siento el retraso, de verdad, ¡tengo que regalarle un móvil!

-Deja… deja… que ya con la insistencia de Catalina tengo suficiente.

Alex lo miró porque notó algo extraño en el hombre. Lo veía distinto.

-Han venido Salvadora y Lola, se han hecho muy amigas… ¡es estupendo!

-Me alegro. Señor Francisco –le dijo titubeando-. Vamos a tener mucho trabajo hoy.

-¿Y eso? –lo miró sin entender muy bien a qué se refería.

-He recibido un correo de la señora Saori Cho.

-¿De quién? –le preguntó con el ceño fruncido.

-Una de las señoras que les hacían los encargos de los abanicos…
¿se acuerda? –Francisco asintió con la cabeza-. Llegan mañana. Tenemos que prepararles los cien abanicos, además, me ha dicho que le trae un aprendiz.

-¿Y te lo ha dicho por carta?

-No… ¿puede sentarse un momento? Quiero enseñarle algo.

En la mercería por su parte, Catalina estaba atendiendo un encargo de una vecina del barrio de las de toda la vida, esos encargos que ya nada más hacían ellas. Había terminado de hacer las casi doscientas florecillas a punto de gancho para hacerle una colcha a su nieta, quería que se acordara de ella una vez ya no estuviera entre los vivos. Catalina escuchó las mil veces que le dijo cómo debía coser las esquinas de cada flor, el hilo y los pespuntes. La mujer se marchó tranquila de que había comprendido el encargo que sus ya cansados ojos no le permitían llevar a cabo. Una vez recogió todo el material, Catalina, se fue a la parte del taller, allí estaba Begoña con el ordenador preparando el próximo curso que tenían previsto.

-Bueno… pues ya estoy aquí –Begoña la miró sonriendo-. ¿No me vas a contar?

-Bueno estoy preparándome la parte de la mezcla de lanas…

-No te hablo de eso –Begoña la miró con el ceño fruncido, Catalina sonrió-. ¿Por qué cada vez que digo que haces buena pareja con Alex tú o el señor Francisco me dice? ¡Ay Catalina!

Begoña miró a su madre con un infinito cariño. Una sonrisa mientras cerraba los ojos se dibujó en sus labios.

-¡Bueno si no me lo quieres decir…!

-No es eso mamá. Es algo íntimo de Alex.

-¿Intimo? –la miró fijamente.

-Sí, te lo debería contar él pero creo que le puedes ayudar más si te lo digo yo.

-¿Ayudar? Hija me estás preocupando.

-Aurora tenía razón –dio una carcajada-. ¡Eres sumamente inocente!

La mirada de Catalina rozó el malestar, sin embargo, suspiró con fuerza. Sabía que tenía razón, Aurora siempre se lo había dicho. Al recordarlo sonrió.

-Mamá es algo delicado. ¿Recuerdas que Alex nos contó que había salido de Canadá huyendo de sus padres?

-Sí, claro, no comulgaba con sus ideas.

-Bueno… es una parte, sí, la otra es que Alex es gay.

-¡Ahora lo entiendo! –exclamó con sorpresa.

-Sus padres quisieron que siguiera con su empresa, que estudiara empresariales, económicas y ciencias políticas, Alex es muy inteligente. Pero es mucho más sensible. Él quería dedicar su vida al arte, a la pintura. Estudió bellas artes alternándolo con económicas, pero, se enamoró. Y se dio cuenta que su vida no iba a ser fácil, decidió afrontar el problema y les dijo a sus padres que iba a dedicarse a ser artista y, además, les dijo que era homosexual.

Catalina la miraba fijamente, escuchaba con atención se estaba temiendo lo peor. Quizá por eso, Alex, tenía a veces una mirada melancólica.

-Sus padres lo echaron de casa, lo repudiaron como hijo dándole, totalmente, la espalda.

-Es muy fácil ver la paja en ojo ajeno pero… No sé cómo pueden darle la espalda a un hijo por ese motivo. Un hijo es lo más grande que te da la vida…

-¡Es bueno saberlo, mamá! –dio una carcajada.

-¿Crees que yo te daría la espalda si fuera tú caso? –le preguntó muy seria, casi ofendida.

-Estoy segura que no –le entregó una sonrisa conciliadora repleta de calma.

-Ahora entiendo vuestra respuesta… ¡no entiendo que se lo haya dicho al señor Francisco y a mí!

-No, mamá, no se lo ha dicho.

-¡Pero… entonces! ¡Vaya… pues si soy inocente! ¿Y tiene pareja?

-El chico del que se enamoró, no quiso venir con él.

-Vaya…

-Yo le dije que no lo querría demasiado. Contactar conmigo le dio la fuerza suficiente como para venir, siempre quiso trabajar con el señor Francisco. Era su sueño.

-Pues… ¡lo ha hecho realidad! ¡Y yo qué me alegro!

-¡Y nada de buscarle novios, eh! –le recriminó con el dedo de manera graciosa.

En la tienda de abanicos, habían tenido que dejar la charla para más tarde porque habían entrado unas señoras que hicieron varios encargos. Alex llevaba puesto su babero y había intentado disimular todo lo posible el esparadrapo que aún llevaba en la cabeza. En el momento se quedó solo, se dirigió hacia el interior para hablar con el señor Francisco que estaba ensimismado con un abanico. Su rostro cambiaba mientras pintaba. Sus mofletes regordetes tomaban color, sus labios se extendían formando sin apenas percatarse una sonrisa, se notaba como toda su atención y pasión estaba enfocada a aquella tela. No quiso molestarle, se salió del taller resoplando con algo de nervios.

-¡Alex, hijo! –oyó la voz feliz de Salvadora llamarle-. ¿Cómo estás?

-Bien, mejor –no se acostumbraba a ese “hijo” que venía por parte de Salvadora-. ¿Qué tal señora Lola?

-Muy bien, muy agradecida… tanto Salvadora como Carmen me están ayudando mucho.

-¡Mas yo, eh! Ya sabes que Carmen es muy pija, ¡no como nosotros, hijo!

-Claro, claro –aceptó el muchacho sonriente.

Durante un buen rato estuvo hablando con ellas. Las mujeres terminaron la charla obligadas por la presencia de una señora, ya que ellas querían seguir hablando con Alex.

Terminó de cobrar a la clienta con una sonrisa orgullosa por los dos abanicos que había conseguido vender. En ese momento salió el señor Francisco. Al quedarse solos, Alex le dijo de sentarse en los taburetes para poder hablar tranquilamente. Justo cuando iba a empezar, Catalina pasó.

-¡Hola chicos! –los saludó sonriente con esa energía positiva que lo llenaba todo.

-Hola, Catalina –le sonrió Alex.

-¿Cómo estás guapo?

No pudo resistirse a darle dos besos que sorprendieron al muchacho.

-No hay nada como ser joven para que te den besos…

-¡No proteste señor Francisco! –le dio dos más a él-. ¡Contento!

-Sí, claro –sonrió el hombre agradecido-. Alex… quiero hablar contigo.

-Sí.

Tanto Catalina como el señor Francisco notaron como se ponía tenso, como si le hubieran descubierto y fueran a darle una buena reprimenda, a pesar, que Catalina seguía con su sonrisa.
-Veras, voy a decirte algo y quiero que lo valores, que lo medites que no me contestes ahora si no quieres, pero que seas sincero –lo miraba fijamente provocando los nervios de su ayudante-. Quería que estuviera Catalina delante porque creo que para nosotros, para Aurora y para mí, siempre fue como nuestra hija esa que no pudimos tener.

Catalina no pudo evitar emocionarse, sabía que aquellas palabras eran ciertas.

-Veras… no voy a hacerlo muy largo. Estoy cansando, agotado más bien… sin fuerzas. Tu llegada ha sido primordial, podría creer si alguien me lo dijera que Aurora te buscó desde su estrella y te hizo venir. En estos últimos años, nos preguntábamos que iba a ser de nuestro negocio, lo habíamos echando andar con tanta ilusión, tanto esfuerzo y sacrificio. Era algo que a veces nos quitaba el sueño. Quizá por eso me quedé yo y se fue ella –se detuvo para tomar aire, cada vez que nombraba a su mujer en pasado, le daba el mismo pinchazo en el corazón-. Alex, creo que has venido para continuar con el legado de nuestra tienda, por ese motivo quiero traspasártela a ti.

Las palabras volaron por la tienda como si fueran mariposas de colores, al menos, esa fue la sensación que sintió Alex. Mientras Catalina ahogaba un pequeño quejido de sorpresa. Miró al señor Francisco que a su vez miraba a su ayudante esperando alguna reacción. Tal era su mirada que Catalina de igual manera miró a Alex, se había quedado de una pieza sin reaccionar, casi podía decir… sin siquiera parpadear.

-No quiero que me des una respuesta ahora, quiero que lo pienses y si te ves capacitado para llevar la tienda hacia delante, haremos los papeles. ¿Estás de acuerdo?

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