EL PINTOR DE ABANICOS. XVII

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“El Portal de Valldigna”

Dejo esta fotografía en recuerdo de un hombre que fue muy especial para nuestra familia. Vivió en esta casa durante mucho tiempo. El personaje de Francisco está inspirado en Joaquín.

Mi tío Joaquín, que fue como un padre para mi padre, un gran apoyo para mi abuela y el abuelo que nunca tuve. En su memoria y su eterna sonrisa creé este personaje que en esencia es él.

El lunes llegó con una fina lluvia. Unido a la lluvia iba la preocupación de todos por la desaparición repentina de Alex. El señor Francisco no había descansado bien, había dado muchas vueltas en la cama, sabía que Alex no debía darle explicaciones a nadie de lo que hacía en su vida, pero nunca antes había desaparecido así de la noche a la mañana. Se levantó algo preocupado, iba hacia la cocina para prepararse el desayuno cuando su teléfono sonó.

-¿Diga?

-¡Señor Francisco! ¡Soy Alex! Siento mucho el revuelo que se ha armado… no tenía operativo el teléfono y… lo siento.

Sabía que debía dar alguna explicación tras las llamadas y mensajes que había en su teléfono.

-Bueno… no pasa nada si estás bien. Pero la verdad que nos preocupaba no saber de ti.

-Sí, sí. Voy a recogerlo y le invito a desayunar.

Así lo hizo, tras tranquilizar a Begoña de que había tenido un problema con el móvil, fue a recoger al señor Francisco. Al verlo sonrió ampliamente, lo llevó hasta la cafetería de su amigo Ramón, al entrar, el hombre salió a darle la enhorabuena por haber luchado por ese desahucio. Después desayunaron juntos y, durante un buen rato, estuvieron compartiendo los tres una charla divertida sobre el fútbol y, menos divertida, al hablar de la situación económica por la que pasaba el país. Salieron a pasear, a pesar de que el día estaba fresco. Era un día de esos que invitaba a caminar por la zona antigua.

-Me ha dicho Begoña que la señora Lola se va a ir hoy a casa de Salvadora.

Apuntó Alex mientras se metía las manos en el bolsillo y el vaho salía de su boca al hablar.

-Lo sé, creo que es una buena idea, hijo.

-Me gustaba tener compañía, la verdad, es muy buena mujer.

-Tu compañía tiene que ser acorde a tu edad.

-Lo sé…

Ambos compartieron un rato más de paseo, hablaron sobre el cambio de casa que iba a hacer la señora Lola. A pesar que Alex se mostraba contento por tenerla en su casa, era consciente que la mujer estaría muchas horas sola, que la compañía de Salvadora podía ser mejor para ella. Las dos compartirían la soledad ¡y quién sabe! Hasta la protestona de Salvadora cambiaba un poco el carácter.

-¿Vendrá señor Francisco?

-Sí, hijo, Catalina me ha dicho que nos invita a todos a chocolate con buñuelos, vamos a participar todo el vecindario.

-¡Me alegro! Así se anima usted también.

-Últimamente estoy abusando de los fritos… tanto buñuelo –se quejó sonriente.

Por la tarde, hicieron el cambio ayudando todos tal y como habían quedado. Al llegar a casa de Salvadora les esperaba la mujer con una cara resplandeciente de felicidad, para Alex verla así era una novedad, ¡mucho más!… cuando entró y lo abrazó. Al pasar con el transportín de Margarita, Alex capturó en su pituitaria el olor a chocolate y buñuelos. Desde que había llegado a la ciudad, era el olor que más intensamente había recuperado. En la mesa del comedor se encontraban vasos de plástico preparados junto a los buñuelos bien tapados para que no se enfriaran. La habitación para la señora Lola preparada con sábanas y cortinas blancas relucientes, el armario con olor a flores blancas y, lo mejor, la sonrisa de las dos mujeres. La gata paseó por la casa reconociendo cada rincón, subió a los sofás, a la librería hizo las delicias de todos repartiendo y buscando mimos por igual. Fue una tarde de acercamiento con la señora Lola, tras la merienda fueron llegando la gente que le había ayudado antes y durante al desahucio, Alex alucinaba con la actitud de Salvadora.

-¡Has visto… ya te dije que perro ladrador poco mordedor!
Begoña le hizo el apunte al ver su gesto de asombro con su comportamiento.

-No sabía que le gustaran los gatos.

-Si te fijas en esa estantería hay una foto de su gata. Cuando vi el retrato de Aurora, pensé que para ganarte su amistad podías regalarle un retrato de su gata Repu.

-¿Repu?

-Republicana –le guiñó el ojo.

Catalina no se perdía detalle de la buena sintonía que había entre Alex y su hija, también estaba contenta de ver allí al señor Francisco que compartía charla con la señora Lola, Carmen y Salvadora, el hombre más que hablar escuchaba pero también reía, para él la tarde se pasó en un suspiro. Los amigos de Begoña que llegaron no lo hicieron solos, cada uno aportó algo de comida, leche, pan, huevos, hasta una botella de vino que fue muy bien acogida por parte de Salvadora y las risas del resto.

-Ha sido un día intenso… hacía mucho que no disfrutaba de compañía –dijo agradecido el señor Francisco.

-Me alegro mucho. ¡Y ya sabe lo que ha dicho Salvadora! Hay que repetirlo más a menudo.

-Señor Francisco, hasta mañana.

-Hasta mañana, Alex.

-Encantado de conocerlo, tanto Begoña como Catalina me han hablado mucho de usted, tengo que pasar por su tienda.
Le decía Sergio mientras le golpeaba amigablemente la espalda.

-Bueno… pues esto parece que marcha –dijo de golpe Catalina-. ¡Ha visto Alex y Begoña! No me diga que no hacen buena pareja.

-¡Ay Catalina! –susurró el señor Francisco con cierto retintín.

-¡Pero qué les pasa a usted y Begoña que cada vez que hago este comentario me contestan de igual modo!

-Mamá… venga que yo acompaño al señor Francisco.

-Una cosa, Catalina, ¿mañana podrías pasar a la tienda cuando esté Begoña?, quiero hablar contigo.

-Claro que sí –le dio un beso-. Descanse.

-¡Verdad que hacen buena pareja! –dijo feliz Begoña.

El señor Francisco sonrió. Madre e hija parecían empeñadas en arreglar la vida de la otra, él que había vivido toda la vida en compañía en ese momento podía entender que la soledad a cierta edad era muy pesada, muy lúgubre. Aunque también entendía a Begoña cuando eres joven no piensas en ello. Su corazón se alegraba de ver a Catalina tan bien acompañada y, sobre todo, con la sonrisa que mostraba un rostro relajado y feliz.

Por el camino hasta casa, Begoña y el señor Francisco, hablaron de muchas cosas pero sobre todo, recordaron anécdotas vividas y compartidas. Una vez llegaron a casa del abaniquero Begoña se fue con la bicicleta hasta la suya. Al llegar vio una silueta que reconocía perfectamente. Bajó de la bici algo extrañada por su presencia.

-¡Alex! ¿Pasa algo?

-¡Necesito hablar contigo! ¿Puedo?

-Claro, claro… vamos.

-Si es mal momento.

Dijo algo apurado al ver que se sorprendía.
-No, venga sube tengo pizza y cenamos juntos… Aunque con todo lo que hemos comido no sé yo si dejarlo estar con un té.

Begoña tenía una casa pequeña, un dormitorio, un salón, un cuarto de baño y la cocina todo en sesenta metros cuadrados. No necesitaba más y estaba muy orgullosa de cómo poco a poco había ido decorándola con sumo gusto. Era una casa muy zen, de eso se dio cuenta rápidamente Alex. Budas por todos lados, cuadros que representaban la armonía, un extraordinario y cuidadoso desnudo de mujer sobre la cabecera de la cama. Alex pudo darse cuenta de lo feliz que era en aquella pequeña casa, sus explicaciones le daban a entender que se sentía unida a ella. Tras poner una pizza mediterráneo al horno, se sentaron en el suelo porque no había sillas ni mesa, en el salón un sofá que parecía muy cómodo y un pequeño pouff de pera de color morado rompía los tonos claros de todo cuanto les rodeaba. También los cuadros que tenía en el comedor, colores vivos totalmente abstractos.
-Me gustan dicen mucho de cómo eres, son vivos, alegres… transmiten lo mismo que tú, fuerza y vida.

-¡Bueno… Alex! Me voy a poner colorada –sonrió-. Me gustaría tener un cuadro tuyo.

Alex agradeció aquel encargo. Sonrió y agachó la mirada.

-¿Pasa algo? –le preguntó Begoña.

-Quiero contarte una cosa…

-Claro. Sacamos la pizza del horno y hablamos.

Tal y como dijo Begoña, pusieron la mesa y prepararon la pizza, se sentaron sobre unos cómodos almohadones grandes y comenzaron a hablar. Begoña miraba fijamente al joven mientras le escuchaba con atención. Su gesto cambiaba según las palabras del chico parecía que había algo que le estaba dejando impactada.

A la mañana siguiente, cuando el señor Francisco llegó a la tienda, le extrañó no ver como siempre a Alex allí, con sus cascos y su bandolera cruzada en el pecho. Abrió con cierta preocupación. Entró encendiendo las luces, como todos los días sus ojos lo primero que buscaban era aquel retrato de Aurora, le sonreía, lo acariciaba y pasaba hasta dentro para dejar el chaquetón. Al colgarlo en el mozo perchero de madera se percató de algo. Francisco era un hombre muy meticuloso en el trabajo, hacia las mismas cosas siempre, dejaba las cosas en los mismos lugares. Por esa razón le extrañó ver como uno de los cajones de la mesa no estaba cerrado del todo, se acercó con el ceño fruncido. Aquello era muy raro… Se había quedado un papel pisado y, por ello, no cerraba del todo. Abrió el cajón y notó que estaba cambiado, los papeles no estaban como siempre su gesto cambió estaba seguro que él no había dejado las cosas así.

-Alguien a entrado…

Entrecerró los ojos pues sabía bien que la unica persona que podía entrar era Alex.

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