EL PINTOR DE ABANICOS. XVI

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El domingo había sido siempre el día favorito para el señor Francisco, sin embargo, desde la partida de Aurora aquel día se le había vuelto pesado y largo. Quitaba el despertador para tratar de dormir mucho, pero no lo conseguía. A las siete y media, abría sus ojos como platos. Era el momento en que la cabeza se empeñaba en ser protagonista y enviarle, una y otra vez, los recuerdos con Aurora. Debía luchar para borrar los malos, cuando su cuerpo ya no tenía vida, cuando la llamó pero no le contestó, ni siquiera quería recordar el momento que tuvo que vivir en el tanatorio, porque entonces la respiración se le entrecortaba y un nudo se empeñaba en cerrarle la garganta. Trataba de imponer a los malos los recuerdos más hermosos, su sonrisa, sus palabras, sus gestos, los besos que se daban todas las mañanas y todas las noches, ¡ni un solo día dejaron de besarse! Francisco sonrió de lado. Se giró poniendo las manos debajo de la cabeza, mirando el techo fijamente como si fuera una pantalla, y pudiera ver allí reflejadas las imágenes que surgían en su mente. Cuando notó en su corazón que a pesar de intentar ver las cosas positivas de su vida se entremezclaban con ellas, el adiós de Aurora, decidió levantarse. Subió la persiana y abrió la ventana, acostumbraba a dejar un par de dedos abierta aunque fuera invierno. Su gesto se torció al ver que llovía, los cristales empezaron a cubrirse con el agua de la lluvia que formaba unas lágrimas que se parecían demasiado con las que empezaban a caer de sus ojos.

-¡Cómo duele, Aurora! ¡Cómo duele!

Salió de la habitación secándose los ojos, sabía que Aurora no estaría de acuerdo con su llanto, pero al mismo tiempo, le era tan necesario sacarlo fuera para no ahogarse, que no podía ni quería reprimirlo. Y es que desde que estaba solo los domingos eran un calvario. Ya no iba a los jardines de los Viveros, ni a la playa a pasear por el paseo viendo el mar, ni a comer en una terraza con la brisa fresca del mar. No salía de casa ni se quitaba el pijama. Encendía la radio y desayunaba lentamente, no le pasaba el café con leche, ni las tostadas, ni las pastillas. Iba a ser otro domingo más sumido en la depresión. Se sentó en el sillón del comedor, oía como el agua golpeaba el cristal con furia, ¡qué poco le gustaba la lluvia! Cerró los ojos y se dejó llevar quizá si se dormía se olvidaría de la realidad, de todo aquello que le rodeaba para centrarse en los sueños donde siempre aparecía Aurora.
No muy lejos de su casa, Begoña había quedado con su madre Catalina, quería desayunar con ella. Y con algunos nervios la estaba esperando en una cafetería. Había sido una sorpresa para Catalina que su hija le dijera que necesitaba su ayuda, estaba casi segura de que le iba a hablar de Alex, notaba la conexión entre ellos y, contenta, a pesar de la lluvia llegó hasta el lugar. En un rincón vio a su hija estaba enfrascada en una charla por teléfono, pero pendiente de su llegada, sin saber por qué inspiró todo el aire que pudo notando como sus pulmones se ensanchaban.

-¡Hola cariño! –la saludó en voz baja dejándole un beso en el pelo.

-De acuerdo… nos vemos allí. Hola, mamá. Estás muy guapa hoy, ese color te favorece.

-¿Tú crees? –la miró enarcando las cejas.

-Totalmente. ¿Pedimos?

-Sí, claro… tengo hambre… ¿qué vas a pedir tú? –le dijo mientras miraba la carta.

-Dame un momento y te lo digo –Begoña seguía mirando alrededor.

-Creo que un chocolate con buñuelos iría bien… por un día que me salte el desayuno sano y equilibrado no creo que…

-¡Hola Sergio! –escuchó a su hija llamar a alguien con un tono de voz alegre, demasiado alegre, Catalina levantó la mirada y, allí ante ella, vio a un hombre más o menos de su edad con el pelo canoso, barba y bigote-. ¿Qué tal? Mira voy a presentarte a mi madre, Catalina.

-Hola Catalina, Begoña me ha hablado mucho de ti –le dio la mano sus ojos eran azules como el mar, profundos y repletos de calma.

-Hola… encantada –dijo algo titubeante.

-¡Bueno pues vamos a desayunar! ¿Qué habías pedido mamá?

-Un café con leche y una tostada de aceite –la miró intensamente como quien pide explicaciones.

-Mamá… Sergio es monitor de yoga –Catalina dirigió su mirada hacia aquel hombre tan apuesto y le dedicó una de sus más maravillosas sonrisas-. Además nos ayuda con los desahucios…tenemos mucha suerte de contar con él.

-¡Voy a ponerme colorado, Begoña! –sonrió el hombre divertido.

Catalina acompañó la sonrisa de ambos mientras estaba segura que la encerrona era por una buena causa. Así que se relajó y les escuchó.

-Veras… estamos buscando casa para la señora Lola.

-Sí, el problema es que meterla en una casa de ocupa a su edad nos da un poco de miedo, no creo que sea lo mejor.

-Necesito que me ayudes en algo… Salvadora dice que Alex necesita espacio, que es joven y si le surge una conquista ¿dónde la va a llevar con una señora mayor en casa? –Catalina sonrió, eso solo podía ocurrírsele a ella-. Salvadora se ha ofrecido para que la señora Lola viva con ella.

-Pero… creo que es moverla demasiado –agregó Sergio.

-Debería tener un poco de calma en un lugar… con todos los nervios que ha pasado, el miedo…

-¿Y qué quieres que haga yo? –miró a su hija algo contrariada.

-Mamá… tú conoces mejor que nadie a Salvadora, ¿crees que cuajarían?

La pregunta dejó a Catalina algo impactada, no era fácil responder. Tras unos segundos habló con seguridad.

-No conozco a la señora Lola, pero conozco lo suficiente a Salvadora como para decirte que tiene su carácter pero también un gran corazón.

-¿Sergio? –Begoña miró al hombre que se había acodado en la mesa y había posado las manos sobre la barba.

-Si tu madre dice esto, creo que no hay dudas, sería bueno hacer el cambio para que la señora Lola tenga un hogar fijo. Que se acople y pueda sentirse dignamente como en su casa. Y si Salvadora se ha ofrecido… creo que podría ser una buena idea.

-¿Podrías hablar con ella, mamá? Salvadora siempre te hace caso. Estoy tratando de localizar a Alex pero no me contesta.

-De acuerdo.

-Te acompaña Sergio, así podéis ir a casa de Alex para hablar con Lola.

-Estupendo –dijo sonriente el hombre.

Estuvieron durante un buen rato hablando, Catalina se sentía un poco incomoda algo le decía que su hija le había preparado una cita. Aunque cada minuto que pasaba iba sintiéndose más relajada, aquel hombre le daba una profunda calma, su mirada serena unida con una voz gruesa que embaucaba le hicieron relajarse y reírse de buena gana con las ocurrencias de los dos. Begoña por su parte, se sentía contenta, nunca le había preparado a su madre una cita a ciegas, pero desde hacía algún tiempo que pensaba en Sergio como un posible compañero idóneo para acompañar a su madre en la vida. Compartían muchas más cosas de las que podían imaginar. Lo mejor de todo era un buen hombre, con sentimientos nobles siempre dispuesto a ayudar a los demás. Les veía hablar y reírse, y sentía que quizá en aquel instante la vida le daba a su madre una oportunidad de disfrutar del amor. En el fondo era una romántica… aunque no solía aplicarse el mismo pensamiento para ella.

La mañana para Catalina fue intensa, la presencia de Sergio fue una maravillosa sorpresa. La diversión llegó cuando hicieron la visita a Salvadora que le hizo un interrogatorio intensivo al hombre sobre las intenciones que llevaba con Catalina porque aquella mujer era para ella como su hija. Catalina reía entre divertida y avergonzada las ocurrencias de la mujer. Hubo un momento que les dejó solos en el que Sergio resopló con fuerza ante la carcajada de Catalina. Después de darle un codazo a la mujer con el visto bueno para aquel hombre, les invitó a un Nescafé con leche y unas galletitas de coco. Hablaron durante largo rato del 15M donde Salvadora participó, de la política y, cómo no, la corrupción. Sergio se ganó rápidamente el cariño de Salvadora mientras trataban de arreglar el mundo. Después hablaron de la señora Lola, Catalina quería que la conociera porque si iban a vivir juntas deberían valorar las posibilidades de competencia de los caracteres. A lo que algo ofendida Salvadora contestó que ella tenía un carácter muy bueno y noble sin alteraciones que pudieran influir en la mujer. Juntos fueron hasta casa de Alex.

-¡Hola, señora Lola! –la saludó Sergio.

-Pasad, pasad os estamos esperando –les dijo sonriente.

Los tres pasaron, tras las presentaciones Begoña acudió a reunirse con ellos. Mientras todos se marchaban al comedor, apartó a su madre hasta el cuarto de la señora Lola y algo preocupada le dijo:

-Mamá… Alex no está ni me responde a las llamadas.

-¿Y eso? –la miró algo extrañada.

-No sé, me parece raro. La señora Lola dice que se ha marchado muy pronto.

-Bueno… tendría algo que hacer. No tiene por qué darnos explicaciones, cariño.

-Lo sé… pero me extraña.

En su casa, el señor Francisco había logrado dormirse en el sillón. Para cuando despertó, vio que el reloj marcaba las tres de la tarde. Había ganado horas al día. Se levantó con algo de fastidio debía hacerse la comida. Miró por la ventana y la lluvia había desaparecido, el sol asomaba por la calle y al fijarse bien en el cielo vio un arcoíris, sintió un pinchazo en su corazón, aquel era el fenómeno que más le gustaba a Aurora. Fue como una llamada de atención. Al menos, así lo sintió.

-Es hermoso… muy hermoso. No te preocupes, chata, voy a comer y tomarme las pastillas. Me afeitaré y saldré a estirar las piernas un rato. Sé que no te gusta verme así…últimamente veo demasiadas cosas que me hablan por ti –entonces sonó su teléfono-. ¿Diga?

-Soy Catalina, señor Francisco, ¿qué tal está?

-Bien, hija, bien… ¿Pasa algo? Te noto algo intranquila.

-¿Está Alex con usted?

-No, conmigo no.

-¿Le ha llamado?

-No, desde ayer no lo he vuelto a ver. ¿Le pasa algo? –preguntó con algo de inquietud.

-¡No, nada! Que estamos en su casa pero se ha marchado pronto esta mañana, vamos a esperarle porque Salvadora quiere que la señora Lola se vaya a vivir con ella.

-¿Está segura? –preguntó alertado.

-Eso dice.

-En cuanto sepas algo… me llamas, por favor, a ver si le ha pasado algo.

-No se preocupe señor Francisco, las malas noticias ya sabe que son las primeras en llegar.

Al señor Francisco le parecía extraño que Alex hubiera desaparecido sin decir a nadie nada, pero también, era un muchacho que no debía dar explicaciones a nadie. Su corazón por un segundo latió de manera diferente. ¿Estaría en la tienda? No… seguro que había salido a hacer algo. ¿Y si pasaba por la tienda? Quizá estaba allí y quería darle una sorpresa haciendo algo, si iba y lo veía la sorpresa se iría al garete. Así que, decidió quedarse en casa esperando tener noticias suyas.

Sin embargo, eran las diez de la noche y nadie sabía nada de él. Begoña había tratado de ponerse en contacto mediante el watsapp, llamándolo por teléfono pero ni siquiera había leído sus mensajes. Catalina estaba extrañada de no saber nada, había hablado con el señor Francisco quien no se había quedado tranquilo.
-¿Dónde estará este muchacho? –se preguntó algo inquieto mirando por la ventana el cielo negro salpicado con alguna estrella-. ¿Aurora…dónde está? Qué raro que no haya dicho nada…

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