EL PINTOR DE ABANICOS. XV

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El despertador tuvo que insistir un cierto tiempo… el señor Francisco hacía poco que había cambiado quedarse dormido en el sillón por la cama. Su cuerpo se resentía, su cabeza también. Pero aquel día iba a ser especial para Alex. Suspiró con fuerza mientras acariciaba la otra almohada que estaba vacía. Sonrió con un gesto repleto de melancolía y, tras un suspiro profundo, hizo el esfuerzo por levantarse. Sabía que si se quedaba pensando en Aurora, le costaría muchísimo empezar el día. Se sentó y como era su costumbre, se calzó el pie izquierdo primero, después el derecho. Giró su cuello varias veces para un lado, varias para el otro para terminar haciendo varias vueltas completas. Después, resopló con fuerza y se levantó.

Al llegar al comedor, acarició con las yemas de los dedos la fotografía de Aurora, estaba sonriente, recordaba que la había sacado en París, aquella ciudad les encantó. Y fue épico el viaje, al recordarlo sonrió, llegaron en Vespa desde Valencia, haciendo innumerables paradas recorriendo toda la costa. Sí, fue un viaje maravilloso. Encendió la radio y puso la cafetera. Durante un rato repasó su vida pasada, le gustaba, había aprendido a sobrevivir la ausencia de Aurora de aquella manera, repasando los momentos compartidos.

No muy lejos de allí, Alex se había levantado sin necesidad de que sonara el despertador, había estado jugando con Margarita, aquella gata era divertida e inteligente. Tras prepararse un colacao bien caliente, cogió su Tablet y comenzó a trabajar en lo que tenía en mente. Necesitaba un poco de libertad en la tienda para llevarlo a cabo, ¡quién sabe! Igual el momento era ese día.

En el mismo instante en que ambos salían de casa, Begoña llegaba a la tienda, aparcaba la bicicleta, y entraba por la puerta lateral. Abrió puntual como era costumbre, disfrutaba tanto de aquel trabajo. Estaba encendiendo el ordenador cuando la puerta se abrió. Una sonrisa enorme marcó su rostro.

El día había decidido regalarles la luz del sol y, esa luz tan imprescindible del mediterráneo, era la que hacía que todo fuera mejor, a pesar, que el aire que recorría las calles era algo fresco, todo parecía más saludable, más animado, el entusiasmo y la alegría eran visibles en los rostros de la gente. Y así llegó Alex al punto de encuentro con el señor Francisco. Se abrazaron y tras contarle que había descansado poco, que tenía los nervios a flor de piel y una ilusión que le desbordaba por los poros, se pusieron en marcha.

Al llegar a la tienda, oyeron como llamaban a Alex, ambos hombres se giraron y se percataron que quien lo reclamaba era Salvadora.

-¡Hijo… hijo…! –Alex abrió sus ojos de par en par, mucho más cuando la mujer lo estrechó fuertemente entre sus brazos-. ¿Cómo estás? ¡Nos tienes preocupadas!

-Bien… Salvadora, bien… -su rostro era un claro reflejo de perplejidad.

-¿De verdad? ¡Malditos hijos del diablo! –se quejó entre dientes.

-Venga Salvadora, el muchacho tiene hoy un día duro…

-¿Otro desahucio? ¡Me apunto! Begoña no me ha dicho nada –decía alterada por la emoción.

-No, no, Salvadora… Voy a pintar mi primer abanico –le dijo Alex sonriente.

-¡Ah! –le mostró su decepción.

-No debería abusar del muchacho después de lo que tuvo que sufrir ayer –le dijo blandiendo su dedo al aire con la mirada clavada en el señor Francisco.

-No se preocupe, Salvadora.

-¡Alex! ¿Qué tal estás, hijo?

-Muy bien, señora Carmen.

-Va a pintar –le dio un pequeño codazo Salvadora.

-¿Qué tal la señora del desahucio?

-¡Vaya… desde cuándo te interesa a ti una pobre desgraciada que no lleva cadenas de oro! –pinchó con sarna, Salvadora.

-¡Ay qué cansina eres! Que no lleve una pancarta reivindicativa no quiere decir que no me preocupen las cosas…

-¡A ti qué te va a preocupar! –le reprochó con acritud.

-A ver señoras… ¡haya paz! –medió el señor Francisco.

-Alex, ¡tú y yo tenemos que hablar al respecto! –le apuntó Salvadora con el dedo.

-De acuerdo…

-¡Bueno y ahora si nos disculpan! Vamos, o no empezamos.

-¡A qué ha venido eso de interesarte por la señora! –le dijo Salvadora con el ceño fruncido.

-¡Y tú… a que ha venido eso de interesarte por Alex! –le respondió de igual modo Carmen.

-Venga… vamos… ¡se avecina tormenta! –le dio un ligero empujón el señor Francisco.

Desde dentro veían como las dos mujeres se enfrascaban en una pelea, Alex las observaba preocupado, entonces el señor Francisco le explicó que aquellas dos mujeres no sabían vivir la una sin la otra, se pasaban el día discutiendo, pero cuando a Carmen le dio un infarto y, tuvo que estar en el hospital, como su hija trabajaba fue Salvadora la que se quedaba por las noches con ella. Y cuando Salvadora dio un traspié y se hizo un esguince en su tobillo, fue Carmen quien le subía la compra. Aquellas dos mujeres y Aurora, eran como tres hermanas siempre unidas, aunque reconoció que era su mujer la que mediaba entre ambas y tenía el don de aplacarlas. Él lo había pasado mal el día anterior porque no había sido capaz. Alex se quedó más tranquilo, aunque allí seguían las dos blandiendo las manos al viento.

Se quitaron los abrigos y bufandas, el señor Francisco comenzó a preparar las cosas mientras Alex preparaba un cartel donde ponía que estaba cerrado por aprendizaje. Le hacía ilusión, mucha. Estaba en ello cuando Begoña entró con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Buenos días, Alex! ¿Qué tal estás?

-Bien, mejor –le sonrió agradecido por su preocupación.

-¿Sabes quién ha venido a primera hora de la mañana a la tienda para interesarse por ti ?

-¿La prensa? –la miró aterrado.

-¡No! ¡Salvadora! Eres su héroe, has pasado de villano a héroe–decía muerta de risa.

-Deberías haberla visto antes con Carmen…

-¡Vaya dos! Son estupendas. Bueno… nada más he venido para desearte mucha suerte en tu aprendizaje.

-Gracias… ¿te puedes creer que estoy nervioso?
-¡Claro que me lo creo! Pero estoy segura que lo vas a hacer muy bien… ¡eres unartista!

Begoña le dio un abrazo, justo en el momento que se abría la puerta y Catalina asomaba.

-¡Vaya! ¿Qué me he perdido?

-¡Mamá… qué haces aquí! –la miró sorprendida.

-Quería ver qué tal Alex. He hecho todas las fotografías que necesitaba… ¡eso sí, aunque me veas aquí… estoy de descanso!

-¡Qué morro! –sonrió la ocurrencia de su madre, en otro momento, se hubiera enfadado por su vuelta, pero en ese, la agradeció.

-Gracias, Catalina, estoy bien. Siento el problema que he ocasionado a Begoña con mi caída pero…

-¡No digas tonterías! ¡Venga mamá… vamos que necesito que calmes a las fieras!

-No me digas más… Salvadora y Carmen… ¡Si es qué son como niñas!

-Gracias… Begoña… gracias por tu apoyo –le entregó una sonrisa repleta de felicidad.

-Gracias por tu apoyo ¿eh? Mmm mmm mmmm –le dio un codazo divertida Catalina.

-¡Ay mamá! No te enteras de nada…

El señor Francisco salió a por Alex, quedó maravillado con el cartel, en un momento había dibujado un abanico espectacular en blanco y negro con el texto en letras perfectas. Lo miró sonriente.

-Begoña tiene razón… eres un artista.

-Señor Francisco no me diga eso que… me da mucha vergüenza.

-Tienes que ir acostumbrándote. ¡Ah mira… Amparigües!

-¡Alex… qué tal! –le dio dos besos dejando la bandeja a un lado.

-Muy bien ¡esto huele que alimenta! –dijo sonriendo.

-Chocolate hechos con todo el amor del mundo con unos buñuelos de calabaza…

-Mmmm –se le hizo la boca agua.

-¡Tienes que estar fuerte y recuperado para sorprendernos con tu arte! –el señor Francisco sonreía viendo a Alex cómo iba sonrojándose.

-Muchas gracias… con esto soy capaz de pintar no un abanico… una pared entera.

Tras unos instantes de cháchara, Alex y el señor Francisco, se metieron en la parte trasera de la tienda donde tenía todo preparado para explicar el proceso.

-Sé que tienes muchas ganas de pintar, pero antes de ello voy a enseñarte algo que es como un tesoro, el pequeño tesoro que después irá a parar a Japón.

Alex observaba como abría una puerta que había en la pared, le daba a un interruptor que podía tener algo más de ochenta años y, al encenderse la luz, ante él los más variados y hermosos abanicos que podía imaginar, repartidos por estanterías que él mismo había ido colocando. Aquel era su rincón, el rincón del arte como lo llamaba Aurora.

-Esto es una pasada… es… -no sabía que decir, estaba realmente impresionado.

-Es trabajo, Alex. Mucho trabajo.

-Son preciosos…

El señor Francisco lo miraba orgulloso, veía como observaba hasta el mínimo detalle,le parecía que el chico tenía interés, cada vez estaba más seguro de que iba a hacer lo correcto.

Tras enseñarle el trabajo de todo un año, se pusieron en su mesa de trabajo. Sobre ella, todos los utensilios y pinturas necesarios para comenzar. Apenas le dio unas cuantas explicaciones técnicas de cómo hacer un abanico y la mejor manera para pintarlo. Tras el cristal, Salvadora, Carmen, Catalina y Begoña observaban atentamente.

-¿En qué se inspira? ¿Qué pinto? –lo miraba con el apósito en la cabeza y una ansiedad reflejada en su mirada.

-Lo que sientas… lo que nazca de tu alma no hay un patrón –se sentó junto a él-. A veces pinto líneas, puntos, árboles, mezclo colores. El mejor secreto está en pintar lo que tu alma te indique, porque lo que haces con el alma siempre llega a los demás.

-¿Sabe una cosa? ¿Se acuerda del abanico que le regalé a mi abuela y no lo encontré? –el señor Francisco asintió con una sonrisa que le transmitía calma-. Si cierro los ojos soy capaz de verlo… quiero pintarlo, al menos, intentarlo.

-¡Claro qué sí! Eso está muy bien… puede ser un gran comienzo. Además, mira toda la expectación que tienes.

Alex giró su cabeza y, al ver que las miraba, todas al mismo tiempo comenzaron a saludarle con sus rostros sonrientes.

-Ánimo, muchacho. Lo primero es ver como quieres las varillas…. troqueladas o recortadas… en los cajones de la derecha están las troqueladas, en los de la izquierda las recortadas.

Alex lo atendía atentamente, seguía sus movimientos y decidido tomó las varillas troqueladas, recordaba que el abanico de su abuela las tenía de ese modo, quería reproducirlo exactamente. Decidido, cogió las varillas y las dispuso sobre la mesa.

-Bien, ahora el siguiente paso es fijarlo, puedes sujetarlo con la otra mano pero para eso tienes que tener mucha práctica, te recomiendo que lo fijes con alfileres este paso es muy importante, siempre tienes que asegurarte que no se va a mover, de lo contrario, puede arruinarte todo el trabajo. Los alfileres los tienes aquí junto a las pinturas, recuerda, antes de empezar a pintar, siempre hay que tenerlo todo a mano solo así adquirirás los movimientos mecanizados hasta hacerlo una y otra vez sin darte cuenta. No quiere decir que debas tener prisas, no, para pintar debes hacerlo con calma y sentimiento, pero sí, tenerlo todo a mano y a tiempo te ayuda a no distraer tu mente.

-Vale… ¡Creo que lo tengo claro! -sonrió nervioso.

-Luego viene el momento en que debes actuar con mucho tiento, puedes colocar un pañuelo debajo de tu mano para no manchar la tela o puedes actuar como lo hago yo, con el brazo cómodamente colocado pero algo alzado para no arrastrar la pintura.

-Prefiero poner un pañuelo… lo he traído -lo sacó de su bolsa que lo acompañaba siempre.

-Perfecto. Ahora si tienes claro el dibujo, coge el lápiz de grafito y hazlo.

-Vamos allá…

Con mucho cuidado, delicadamente, Alex comenzó a trazar con el lápiz unas orquídias, los ojos de el señor Francisco, seguían los pasos de la mano del muchacho, veía con la delicadeza que trazaba las líneas, cada minuto que pasaba estaba más seguro de que aquel chico podía seguir con su legado.

-¡Ya está! Este era el dibujo. ¿Y ahora? -dijo tras exhalar un profundo suspiro.

-Ahora coge el pincel fino, contornea las líneas del dibujo, recuerda siempre hay que tener preparado el balde con agua y un trapo para secar el pincel. El secreto de que la gente se detenga en la cristalera y decida entrar a limpiar, es que vean tu trabajo limpio, delicado, que pintas con el alma no para ganar dinero, si tu idea es hacerte rico con este trabajo, no lo vas a conseguir, hijo y, te invito a que no sigas, si por el contrario, lo que quieres es disfrutar con cada abanico que pintas y sentirte orgullosocada vez que vendes uno, entonces adelante.

-¿Sabe señor Francisco? Mis padres tenían todo el dinero del mundo, ¿y sabe que aprendí? Que el dinero puede ayudarte a tener menos problemas, pero no te hace feliz. Siempre he sido un soñador, pero creo que cumplir los sueños es lo que te hace ser tú mismo, y eso es lo que quiero, no ser millonario.

-Pues entonces… el pincel es todo tuyo -le entregó una sonrisa amplia y repleta de ánimo-. Eso sí… no lo cargues mucho de pintura.

Durante un buen rato, el señor Francisco miraba como pintaba aquel abanico… Alex estaba divirtiéndose, se notaba. Las mujeres se habían retirado de la ventana, habían entrado a la tienda y se les oía cuchichear y reír. Fue entonces cuando Alex se quedó solo ante el abanico. Fuera todos se mostraban contentos, el que más, el señor Francisco. Catalina lo veía con ese gesto feliz y agradecía que Alex encontrara a su hija y ésta, le guiará hasta la tienda.

-¡Ya está! -Alex salió con la mirada repleta de alegría y felicidad-. ¡He pintado mi primer abanico!

Todas lo felicitaron, aplaudieron y quedaron felices al ver el precioso abanico que había pintado con el fondo rosa y las orquídias blancas y rosas. Obtuvo la aprobación notable de todas, el señor Francisco le dio dos golpes en la espalda, tenía un nudo en la garganta, podía verse así mismo el día que hizo su primer abanico, la felicidad y orgullo de su padre y su abuelo, sabía, perfectamente, lo que aquel muchacho delgado, con melena y aspecto frágil debía estar sintiendo.

Todos se marcharon dejando a Alex en la tienda. Había cerrado, se aseguró que nadie estaba observándole, vio como el señor Francisco y Catalina se marchaban con paso lento por la calle, Begoña estaba haciendo caja y la señora Salvadora se había subido a casa. Lo habían dejado solo. Su momento había llegado, abrió los cajones, la caja registradora, entró en el despacho de Francisco, rebuscó los papeles, miró por todos los rincones de la tienda. Tenía la respiración acelerada, ¡por fin podría hacerlo!

 

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