EL PINTOR DE ABANICOS. XIII

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Había pasado algo más de una hora, los ánimos excepto los de Salvadora, se habían ido apaciguando poco a poco. Lo más importante era que la señora Lola no se quedara, en la calle y desamparada, y eso, lo habían logrado con el esfuerzo de todos. La mujer no sabía cómo agradecer a quienes se habían portado con ella de una manera desinteresada, para apoyarla y darle la oportunidad de seguir viviendo dignamente. Sobre todo, a Begoña quien durante muchos meses había sido la encargada de luchar por frenar su desahucio y, veía derrotada, por no haberlo conseguido. Pero sin duda, a Alex porque no vaciló ni un instante en ofrecerle su casa, sin ninguna objeción.
Cuando se marcharon los voluntarios que habían llevado hasta casa de Alex su ropa, la mujer se bebió una tila doble que le había preparado Begoña. Mientras, Margarita, la gata, husmeaba lo que parecía iba a ser su nuevo hogar.

-Hijo… ve a que te vean esa herida –le dijo la mujer con tono preocupado.

-No se preocupe –le sonrió con amabilidad.

-Creo que será lo mejor, Alex, deberíamos ir –apuntó el señor Francisco con gesto tan preocupado como el de la mujer.

-Vale, pero voy a cambiarme… no puedo ir con la camiseta llena de sangre.

Alex se fue hasta la habitación algo tambaleante, no quería demostrarlo pero estaba asustado. Mientras tanto, el señor Francisco se sentó junto a la señora Lola y Begoña.

-¿Cómo se encuentra? –le preguntó con una sonrisa triste.

-Como si estuviera viviendo una pesadilla… -respondió la mujer con voz quebrada.

-La entiendo –su pequeña sonrisa hizo que la mujer asintiera con una expresión tan triste como estaba su corazón.

-Espero que el muchacho no tenga problemas.

-No se preocupe señora Lola… todo va a ir bien –le cogió de la mano mientras miraba al señor Francisco para preguntarle-. ¿Verdad?

-Claro. Begoña… deberías llamar a tu madre –la joven cerró los ojos asintiendo-. Si ve en la televisión las imágenes que han salido antes, va a preocuparse y es capaz de plantarse aquí.

-Lo sé, pero me da un poco de miedo contárselo, no quiero que interrumpa su descanso.

-Por eso, llámala y que se quede tranquila, que te oiga y eso la calmara.

-Ya estoy –apareció Alex con el rostro pálido y gesto de dolor-. Acabo de verme en el espejo… creo que me va a doler.

-Pobrecito mío –murmuró apenada la señora Lola.

-¡Eh… eh…! –se puso en pie Begoña-. No te preocupes estás en buenas manos, mira… cuando era pequeña me daban pánico las inyecciones, no me las podía poner cualquiera, solo el señor Francisco, me ponía sobre sus rodillas y ¡zasca! Ni enterarme… estoy segura que no te van a hacer daño –le sonrió tratando de insuflarle ánimo.

-¡Me aterra qué me cosan! Lo confieso –dijo con el ceño fruncido y los ojos brillantes, entonces, notó en su pierna algo y miró hacia abajo. Era Margarita rozándose contra él-. ¡Pequeña!

-Te está animando –dijo con una sonrisa la señora Lola-. Es muy lista, ¡y muy buena! No te vas a enterar de que hay una gata.

-¡Pero si a mí me encantan! Nunca pude tener… -la acariciaba con una sonrisa divertida por el ronroneo del animal.

-Venga Alex, vamos que cuanto más tiempo pase ¡será peor!

-¡No me diga eso! –dijo como un niño asustado.

-¡Venga hombre, venga! –le dio dos golpes en la espalda mientras Alex ponía gesto de dolor-. Y tú Begoña, llama a tu madre.

Los dos hombres se marcharon dejando a las dos mujeres y la gata en casa. Begoña sabía que debía hablar con su madre, no quería que se asustara pero era consciente que sería inevitable escuchar su grito de asombro, ¡y sus llamadas de atención sobre el peligro que corría con esos actos solidarios! Resopló antes de llamar para hacerlo de la manera más tranquila posible, no quería delatar con su tono que iba a darle malas noticias.

En la sala de espera de una pequeña clínica, el señor Francisco esperaba que saliera su amigo, Juan, enfermero. Habían hecho la mili juntos, a pesar de que ambos tenían ya edad para estar jubilados, lo habían ido retrasando porque el trabajo era una motivación diaria para ellos. Aunque en el momento en que el señor Francisco se sentaba en la sala de espera acordándose de su buen amigo, a sí mismo se dijo muy convencido, que tras la marcha de Aurora ni siquiera el trabajo conseguía motivarlo. A su lado, Alex mantenía un vendaje que él le había hecho tras curarle la herida para que no se infectara. Allí estaban los dos hombres mirando la televisión, en ella, precisamente, estaban ofreciendo las imágenes del desahucio.

-¡Espero que Catalina no esté viendo la televisión! ¡Para una vez que voy! –su voz reflejo cierto tono de culpabilidad.

-Bueno… tenía que pasar, Aurora decía que las cosas siempre pasaban por alguna razón, por algo poderoso que no éramos capaces de entender pero que tenían toda la lógica del universo –lo dijo, lentamente, como si estuviera oyendo palabra por palabra a su mujer.

-Desde luego que sí, pero… ha sido desagradable para la señora Lola.

-Pero ahora mismo está en tu casa y, con un poco de suerte, le encuentran algo que quizá, ¡quién sabe!, sea mejor de lo que tenía.

-¡Francisco! –salió un hombre regordete con el pelo canoso al igual que su bigote y barba. En su gesto pudo percatarse Alex del aprecio que sentía por él. Se abrazaron con cariño infinito-. ¡Qué alegría verte! Estaba pensando en pasarme mañana para comer contigo.

-¡Claro qué sí, cuando quieras! –sonrió el señor Francisco aunque lo hizo con tristeza.

-¡Y este muchacho con esta venda! –lo miró sorprendido-. Tiene pinta de haber sido curado por ti, ¡siempre te adelantas!

-Es mi ayudante. Le han dado un golpe –le confesó con gesto preocupado.

-Vamos para la consulta.

Los tres recorrieron un pasillo estrecho y largo, hasta llegar a un cuarto pequeño, donde había una camilla, una mesa con todo tipo de vendas, líquidos, tijeras, aquello bastó para que Alex sintiera un mareo. El señor Francisco lo cogió del brazo.

-Cuidado, hijo.

-Estoy bien… estoy bien… -decía con dificultad.

-¿Te has impresionado o mareado? ¡Son dos cosas diferentes! –le sonrió mientras se ponía los guantes, trató de transmitirle calma.

-Estas cosas me dan miedo.

-Bueno… es normal, las mujeres dirían ¡hombres! ¡Qué Dios me dé a pasar a mí lo que tenga que pasar él! –dio una carcajada-. ¿Y sabes qué, hijo? ¡Tienen razón, somos unos gallinas! Venga acuéstate en la camilla.

Durante el rato que duró la cura, Alex sintió el apoyo y la presencia junto a él, del señor Francisco quien de repente empezó a contar anécdotas de fútbol. Allí se enteró de cómo celebraron los títulos del Valencia, aquellos grandes fichajes, los partidos que más disfrutaban era ganando al Madrid y Barcelona, también lo que sufrieron cuando bajo a segunda división. Ellos dos con sus mujeres eran asiduos al campo de Mestalla en cuanto empezaba la temporada.

-¡Ya está!

-¿Ya? –preguntó Alex que casi ni se había enterado.

-Sí, aquí mi amigo Francisco sabe cómo distraer a los enfermos que trae –dio una carcajada-. Ahora te levantas poco a poco ¿eh? ¿Bien?

-Un poco mareado. ¡No me ha afeitado el pelo! –dijo contento ante su mirada agregó-. Es que hay una clienta que me tiene entre ceja y ceja, nada más faltaría que fuera con el pelo rapado…

-¡Salvadora! –dijo el hombre riéndose.

-¡Cómo lo sabe!

-Por lo que veo, no le has contado mucho al chico de Salvadora.

-¡No te lo creerás, pero no doy abasto, Juan! No paran de suceder cosas –decía Francisco elevando los hombros con gesto incrédulo-. Es increíble todo lo que ha sucedido en tan poco tiempo.

-¡Mejor, amigo, mejor! Eso te ayudará. Pero a este muchacho deberíamos explicarle quien es Salvadora.

Aquel enfermero, campechano y socarrón le estuvo contando anécdotas que había sufrido con el carácter de aquella mujer, durante un buen rato, las risas en aquel pequeño cuarto fueron las protagonistas, tanto Alex como Francisco lo agradecieron tras los momentos de tensión que habían vivido.

Ajena a todo cuanto sucedía, se encontraba Catalina. Se había llevado su cámara de fotos para fotografiar lo que más le gustaba, el mar. Estaba en ello cuando sonó su móvil, al ver la pantalla una sonrisa grande que irradiaba felicidad se asomó a su rostro.

-¡Cariño! ¿Qué tal?

-¡Hola, mamá! Bien, bien… ¿y tú? –trataba de mostrarse serena ante la mirada de la señora Lola, y los ronroneos de la gata Margarita sobre sus piernas.

-¿Pasa algo? ¡Lo noto en tu voz! –“¡ay ese detector de madres! Nunca falla”.

-Tranquila, mamá. A mí no me ha pasado nada, hemos estado en un desahucio y la policía ha cargado –Catalina ahogó un grito tapándose la boca-. Pero en una de las cargas han empujado entre dos a Alex y se ha golpeado la cabeza contra el suelo –ya no pudo tapar el grito al escucharlo-. Le han hecho una brecha, y ahora se lo ha llevado el señor Francisco a que Juan le cosa.

-Madre mía… madre mía –repetía poniéndose la mano sobre la frente-. ¿Y cómo está, sabes algo?

-No, no, pero imagino que bien. Yo estoy en su casa con la señora Lola, no hemos podido detener el desahucio –su voz sonó terriblemente apenada.

-Lo siento hija –murmuró mientras se mordía el labio inferior-. Al menos lo habéis intentado.

Durante unos segundos, hubo silencio entre ellas, parecía que estuvieran valorando la situación. Madre e hija sabían que debían demostrarse tras su charla, que habían evolucionado la relación. Finalmente, Catalina habló.

-¿Hace falta que vaya?

-No, no, ni se te ocurra. Solo te llamaba para avisarte por si lo ves en los telediarios. Para que no te asustaras.

-De acuerdo, cuando sepas algo de Alex, por favor, avísame. A parte del ánimo por los suelos, ¿te ocurre algo más? Lo noto en la voz, cariño, no me dejes preocupada.

-Me siento un poco culpable, Alex quiso acompañarme cuando le expliqué a donde iba.

-Vamos cariño… no le obligaste, él eligió.

-Lo sé, lo sé –la señora Lola apretó su brazo como muestra de apoyo y afecto.

-Mantenme informada. Un beso enorme, cariño.

-Otro, mamá.

-¡Ah! Y como imagino que Alex no debe tener demasiadas cosas, en mi casa hay sábanas de sobra, así como, mantas y también una cubertería que todavía no he estrenado y vasos… creo que les vendrá bien.

-Gracias mamá.

Catalina había dejado su mirada fija en sus manos, temblaban, pero quería dar el paso que se había prometido así misma en la relación con su hija. La conversación que habían mantenido en la tienda le había hecho entender, que la vida de Begoña, era suya, que debía vivirla, como alguna vez le había dicho Aurora, debía equivocarse para aprender en la vida. No podía estar ahí en plan “gallina”, su hija debía vivir y sufrir la vida solo así podría evolucionar y formarse. De igual modo que ella había hecho ¡y le insistía! “¿Quieres ser cómo tu madre? ¡Te acuerdas cómo te sentías cada vez que te agobiaba y no dejaba que fueras tú!” Sonrió al recordarla

Por su parte, Begoña había colgado mientras dejaba escapar un leve soplido. Le sorprendió la actitud de su madre, ni un solo reproche, ni un solo “ya te lo decía yo”, pero, sobre todo, lo que más llamaba su atención era que se había mantenido al margen. Desde la distancia, algo que agradecía. Parecía que había entendido que “su vida” era suya. El recuerdo de Aurora le provocó un nudo en la garganta, aquella buena mujer había sido como una abuela para ella, siempre le dijo que debía tener paciencia con su madre, que debía enseñarle que habían unos límites que una madre debe respetar. Catalina le acababa de demostrar que había entendido el mensaje, que lo que debía hacer como buena madre era estar ahí, dejarla libre y estar, porque de ese modo, estaría siempre. Pudo, finalmente, explicarle a la señora Lola que todo estaba bien, su madre avisada, Alex cosido y ella en casa con Margarita. Pero depronto su teléfono móvil sonó, la llamaban desde el horno de Amparín.

-¿Si? ¿Amparín?

-¡Soy Salvadora! ¡Qué pasa que no nos decís nada! ¡Aquí estamos esperando noticias y nada de nada! ¡Consígueme una camiseta verde! ¡Esto está lleno de televisiones y voy a salir! ¡Se van a enterar toda la parentela de chorizos que…!

-Salvadora, ¡ya está bien, collons! –oyó a Amparín con lo que Begoña no pudo más que reírse a carcajadas.

-¡No te rías y ven! ¡El pueblo unido jamás será vencido!

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