EL PINTOR DE ABANICOS. XII

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Mientras tanto, en su tienda ajeno a todo cuanto ocurría, se encontraba el señor Francisco. Había atendido a unas señoras, a quienes les había vendido tres abanicos. ¡Aquella mañana empezaba bien! Estaba deseando que Alex volviera para explicárselo. Despidió a las señoras y se disponía a entrar en su taller, cuando el ruido aparatoso de que alguien había abierto la puerta con demasiado ímpetu, le hizo girarse. Ante él, con la respiración totalmente agitada se encontraba la señora Salvadora.

-¿Qué ha pasado? –se precipitó hasta ella preocupado al verla tan nerviosa.

-¡Un drama! ¡Una heroicidad! –jadeaba.

-Espere… espere… -le acercó la silla para que se sentara y salió corriendo en busca de un vaso de agua. Se lo dio y, mientras la mujer bebía para recuperar el aliento, él con la mirada nerviosa le insistió-. ¿Qué ha pasado, Salvadora? ¡No me asuste, mujer!

-Estaba viendo la televisión –decía como si su pecho fuera una locomotora vieja que tratara de abrirse paso en las vías-, esos malditos bastardos… ¡quitándole la casa a una anciana! –dijo con el puño en alto con total indignación.

-¿Un desahucio? –preguntó con el ceño fruncido, a él aquel tema también le provocaba ese mismo sentimiento, aunque no entendía a qué se debía tanta alteración en la mujer-. ¿De alguien que conoce?

-No, no, no hace falta conocer para sentir esta rabia –dijo entre dientes dando otro sorbo.

-Está consiguiendo ponerme nervioso, ¿eh? –le urgió expectante.

-Voy al meollo de la cuestión –entonces tomó aire y con tono solemne dijo-. Allí estaba Alex, ¡nuestro Alex! Y también Begoña…

-¿Alex? –la miró sorprendido, más por el adjetivo que utilizó para hacer referencia al chico que por otra cosa.

-Sí, ¡un héroe! –entonces Francisco enarcó las cejas y mostró total escepticismo ante aquella afirmación rotunda y Salvadora, finalmente, dijo con seriedad-. Le han abierto la cabeza.

-¿Cómo? –su gesto cambió al segundo-. ¡Salvadora quiere explicarme las cosas!

-¡Estoy vieja, coño, un poco de paciencia! –soltó de pronto la mujer con el mismo tono indignado-. Estaba viendo la televisión, iban a desahuciar a una mujer mayor de su casa de toda la vida, a ella y al gato, un prestamista cabrón le había timado, entonces ha llegado la policía y ha comenzado a pegar a unos y a otros ¡malditos sean! Y en una de esas que la cámara ha cogido los golpes, he visto que Alex estaba en el suelo con sangre en la cabeza…

-¡Dios mío! ¿Sangre? –cogió el teléfono con rapidez dejando a Salvadora con sus ataques a los bancos, a los prestamistas, a la fuerza de la policía, al gobierno, a la oposición…- ¡No contesta!

-¡Claro… estará en el hospital o detenido! ¡Con esta gentuza no se sabe nunca!

-¿Y Begoña? ¡Madre mía cuando se entere Catalina!

-No la vi, pero creo que era la que abrazaba a Alex tratando de sacarlo de donde estaba.

-¡Nada… tampoco contesta! –caminaba nervioso de lado a lado.

-¡Están en la comisaría, seguro! –dijo dando un golpe al aire con su puño y gesto de rabia.

-¿Y dónde busco? ¿Dónde era el…?

-¡Lo habéis visto! ¡Lo habéis visto! –entró, Amparín la hornera, tan fuera de sí como estaban ellos.

-¡Claro que sí! ¡Aquí estoy informando al señor Francisco! ¡Tenemos que hacer algo ante tal abuso! –seguía con su discurso Salvadora.

-¡Madre mía! Llevaba la cara llenita de sangre.

-¡Pobre muchacho! –musitó Salvadora afectada ante la mirada incrédula de Francisco que continuaba llamando-. ¡Habrá qué llamar a las comisarías! ¡Yo pagaré su fianza!

-¡Calle Salvadora! No sea pájaro de mal agüero, ¡mujer! –le riñó Amparín.

-¡Tenemos la ley mordaza! ¡Maldita la hora en que se creó! ¡Lo deben de tener en chirona!

-A ver… ¿nos podemos tranquilizar un poco?… -trató Francisco de poner cordura a las reivindicaciones de Salvadora.

-¡Hay que votar a Podemos! –dijo de repente.

-¡Madre mía! –murmuró Amparín ante aquella mujer qué parecía estar fuera de sí-. ¿Sabe algo, ya?

-¡No me contesta ni él, ni Begoña!

-¡Tenían que haberme pillado a mí con veinte años menos! Aún recuerdo aquel policía que trató de pegarme… ¡lo mal que lo pasó el condenado!

-¡Salvadora por favor… cállese! –le rogó Amparín.

Fue entonces cuando sonó el móvil del señor Francisco, en la pantalla leyó el nombre de Begoña, y fue como si sus nervios en lugar de calmarse se dispararan más. Las dos mujeres se pusieron a su lado esperando ver qué le decían. Fueron segundos agotadores para los tres.

-¡Begoña!… ¿cómo?… ¿pero dónde estáis?…

-¿Qué dice? –preguntaba Salvadora estirando del brazo del hombre.

-¡Calle! –le riñó, nuevamente, Amparín.

-¿Cómo qué no quiere? ¡Pero tiene que ir! No os mováis de ahí, voy para allá.

Están bien, Alex tiene una brecha en la cabeza pero no quiere ir al hospital, quiere que lo vea yo, porque Begoña le ha dicho que se me dan bien las heridas… -hablaba mientras desconectaba las luces para salir.

-¡Voy yo también! –dijo Salvadora.

-¿Dónde va usted? ¡Ahora lo que necesitan es calma, no más tensión! –le avisó Amparín-. En cuanto sepa algo… me dice. ¡Ale! Vengase conmigo Salvadora que aún es capaz de llegar allí y liarla.

-¡No hay que rendirse! ¡Nunca hay que bajar los brazos! ¡Avanzar! –salió de la tienda con el puño en alto bramando casi al viento.

El señor Francisco acudió hasta la calle donde habían ocurrido los hechos, estaba relativamente cerca y Alex se había quedado allí. Había cogido su viejo botiquín, solía poner inyecciones. También tenía buena mano para eso. Begoña que había sido una niña frágil con anemias, podía dar fe de su buen hacer. Quizá por eso, Alex, prefirió que viera él su herida. Al llegar vio aún los coches de policía, gente desde la otra parte de la calle gritando consignas contra los desahucios. Pero fue incapaz de ver a los dos jóvenes.

-¡Señor Francisco! ¡Señor Francisco! –apareció Begoña con su camiseta verde manchada de sangre. Los ojos del hombre se contrajeron de temor-. Estamos aquí.

-¡Pero qué hacéis todavía aquí! –le riñó algo disgustado por la situación.

-No podemos irnos aún, Alex está aquí -lo cogió de su pequeña y regordeta mano llevándolo ante él.

-¡Pero…! ¡Madre mía, Alex!

-No se enfade señor Francisco… -mustió él apoyado sobre una pared.

-¡No me enfado, me preocupo!

Y tenía razón, Alex se había quitado la camiseta verde para poder contener la sangre que salía de su cabeza. Y llevaba una camisa que en su momento debió ser blanca pero en ese instante era bastante roja. Le miró la herida, bastante aparatosa y abrió su botiquín. Begoña estaba junto a él cogiéndole la mano.

-Vamos a tener que ir a coserte, tienes una buena brecha.

-¿Coserme? –preguntó con cara de pánico-. ¿Tendrán qué raparme el pelo?

-¿Eso es lo qué te preocupa? –le dijo sin enfadarse pero con cierto reproche.

-¡No puedo estar detrás del mostrador con un trozo de pelo rapado!

-¡Ay muchacho! Vamos… -dijo con una media sonrisa.

-No quiero ir a un hospital, tendría que decir lo que ha pasado y…

-No te preocupes, te llevaré a un amigo que trabaja de enfermero en una clínica privada. Vamos.

-Espere señor Francisco, no podemos irnos aún –le insistió Alex.

-¿Y eso? –lo miró con el ceño fruncido y gesto serio.

-¡Begoña, Alex! –les llamaron unos chicos yendo hacia ellos-. ¡Ya está todo preparado!

Entonces el señor Francisco escuchó una ovación atronadora, giró la cabeza para observar de dónde venían los aplausos, estaba tan centrado en Alex que no sabía qué sucedía. Tres chicos llegaban hacia ellos, llevaban un par de maletas uno, y el otro, un trasportín con lo que le pareció ver un gato dentro. Tras ellos, una mujer de unos setenta años con los ojos hinchados de llorar, unas profundas ojeras que denotaban su falta de sueño, un pañuelo tapándose la boca y un caminar derrotado. Entendió que era la señora que, Salvadora había mencionado, la desahuciada. Lo que no entendía era qué hacían los dos muchachos hablando con Alex, pero lo supo en seguida. La mujer se abrazó a él con un llanto desolador, el gato maullaba nervioso en su encierro, Begoña trataba de contener las lágrimas, hasta el mismo Francisco se le nubló la vista. Y en el fondo… traspasando a la treintena de policías antidisturbios, aplausos… que como si fueran flores de primavera, llegaban frescos hasta la mujer que se giró y levantó el brazo porque a pesar de la derrota, allí, a su lado había un chico dispuesto a ayudarla y, detrás de la treintena de policías, habían vecinos, voluntarios, que durante meses la habían tratado de salvar. Hombres y mujeres que no podían contener la emoción, algunos todavía doloridos por los golpes qué les habían dado, pero todos codo con codo, tratando de respaldar a la mujer que volvía la cabeza para despedirse de la que había sido su casa por más de cuarenta años. Y esa treintena de hombres con escudos, con chalecos antibalas sin sentir vergüenza del acto que habían realizado siguieron allí plantados mientras la mujer que iba acompañada por Begoña pasaba por su lado con la cabeza agachada por el dolor que en ese instante estaba sintiendo.
-¡Levante la cabeza, señora Lola, son ellos quienes deben sentir vergüenza, no usted! –le dijo Begoña con una mezcla de emoción e intenso dolor.

-¿En qué nos hemos convertido, Aurora?

El señor Francisco, con un nudo en la garganta elevó la pregunta al cielo.
 

Stop-desahucios.-Fuente-PAH-Madrid.-Facebook.

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