EL PINTOR DE ABANICOS. XI

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Las mujeres más románticas y tradicionales o mismamente las más prácticas, no salen de casa sin llevar su abanico pintado a mano en Valencia. Con una larga historia, los abanicos se han convertido en uno de los complementos de moda más antiguos, con registros de su utilización incluso desde antes la aparición de Cristo.

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Las primeras pinceladas del amanecer, dejaban ver que el gris plomizo que acompañaba a la ciudad últimamente, iba a desaparecer. Un cielo rojizo saludaba e invitaba a levantarse de mejor humor. Las calles todavía mojadas, dejaban cierto olor a alquitrán mezclado con pequeños resquicios aroma de plantas.

Catalina había cogido aquella mañana la bicicleta, aprovechó que no llovía para poder hacer un poco de ejercicio. Estaba abriendo la tienda, cuando a lo lejos vio llegar a su hija que iba caminando mientras llevaba del manillar la bicicleta. Sonrió al ver que iba acompañada por Alex. Ambos parecía que habían congeniado muy bien desde el primer día, iban charlando animadamente, Alex con su bandolera cruzada sobre el pecho y las manos metidas en los bolsillos, su rostro parecía algo diferente y llamó la atención a la mujer que los esperó con una sonrisa en los labios.

-¡Buenos días! -les saludó.

-Buenos días, mamá… ¡hemos coincidido hoy con la bici! –le entregó una sonrisa tan dulce como la suya.

-¡Así es, hay que mantenerse en forma! Buenos días, Alex.

-¿Qué tal, Catalina? –le sonrió con cierto brillo en los ojos.

-¡Venga pasad os invito a tomar unos bollitos de cereales riquísimos!

La pareja pasó a la mercería, durante un buen rato estuvieron hablando, Alex les contó lo que había pasado en casa de sus abuelos, lo mucho que le había ayudado el señor Francisco, pero sobre todo, que después de muchos años podía respirar hondo sin sentir que un puñal se clavaba en su interior. Catalina lo escuchó con un gesto de tristeza reflejado en su rostro, sabía que lo que estaba contando él, podía contarlo su hija, sin embargo, Begoña nunca sacaba hacia fuera ese dolor, esa ausencia que debía dolerle. Siempre había estado muy unida a su padre, esa preocupación fue tan palpable en el rostro de la mujer, que hasta la propia Begoña se sintió algo incómoda.

-Te entiendo perfectamente, Alex–contestó cogiendo a su madre de la mano, sabía que era una conversación que tenían pendiente madre e hija-. Durante mucho tiempo, me ha pasado lo mismo con la pérdida de mi padre. Te preguntas tantas veces ¿por qué? Y lo peor es que la respuesta que obtienes es un abrumador silencio.

-Durante todo este tiempo que he estado en su casa –confesó Alex manteniendo una sonrisa escéptica en sus labios-, sentía que me estaba comportando fatal, que si me estaban viendo no debían estar de acuerdo con mi actitud.

-¿Sabéis? Nos han educado para hacernos creer que en la vida hay que portarse bien siempre, para que desde arriba o desde abajo, mostremos a los que se fueron que somos buena gente y actuamos bien, que no los olvidamos, que somos respetuosos con su ausencia –hizo una pausa para tomar aire y continuó con cieto tono apesadumbrado-. Cuando murió mi marido, hacía las cosas pensando, que esté donde esté, se sienta orgulloso de mí, que no lo engañe, que no haga nada indebido.

-¡Exacto! –exclamó Alex-.Creo que la educación religiosa nos ha marcado, a pesar de que yo no soy creyente, durante esos días he pensado tanto en si hago esto ¿qué pensarán? ¡Cómo si ellos estuvieran delante de un televisor donde ven nuestro comportamiento, toman notas y después nos reñirán o alabaran! ¡Tú lo has dicho, Catalina! –dio una carcajada como si con ella pudiera zanjar todos aquellos pensamientos tan en el fondo ridículos.

-Es cierto… durante mucho tiempo sentía como si mi padre estuviera pendiente de mí, como si estuviera esperando que yo cometiera una falta. ¡No tenía ningún sentido actuar y pensar de esta manera! –mostró el mismo énfasis que Alex-. Mi padre debía estar en otra dimensión, ¡mis actos, mis decisiones, debían estar de acuerdo conmigo! ¡No puedo actuar pensando en hacer siempre lo religiosamente correcto para que un dios o mi padre estén orgullosos o por el contrario, dolidos conmigo! ¡Tengo que vivir la vida por mí misma! Sin olvidarle, sin olvidar a Aurora, a mis abuelos, con respeto hacia ellos pero… ¡vivir mi vida tal y como decía Aurora, la muerte forma parte de la vida, y el que queda, es ley de esa misma vida tratar de vivir al máximo!

-¿Sabéis lo que más me costó durante cierto tiempo quitarme de la cabeza?, que mi marido iba a enfadarse mucho si aparecía otro hombre en mi vida –la pareja la miraron como si pudieran captar su escepticismo-. ¡Recuerdo la cara de Aurora cuándo se lo dije! –dio una carcajada que los dos muchachos acompañaron-. Me miró fijamente y me dijo que me tomaba por una mujer inteligente. Claro mi cara fue ¡soy tan tonta! Mi marido será un hombre muy importante en mi vida, pero, no puedo cerrar mi mundo ¡no puedo ser una muerta en vida!

-Papá estaría muy orgulloso de ti, mamá… -le acarició la cara y Catalina cerró los ojos como si aquel gesto le diera un fogonazo en sus ojos.

-Y de ti, de nosotras… y no lo quiero olvidar pero tenemos que seguir viviendo…

-Anoche por primera vez dormí como un niño, me puse al día con mis emociones y estoy de acuerdo con vosotras, debo seguir viviendo sin esa tristeza perenne en mi alma, debo vivir porque no tengo otra vida, tengo esta y hay que seguir luchando –apuntó Alex.

-Nos estamos poniendo muy místicos… ¿qué tenía estos bollitos, mamá?

-No lo sé, pero me alegro de haber tenido esta conversación, sí, me alegro mucho –le apretó la mano contenta.

-Mamá… yo quiero verte feliz, quiero que sigas viajando, que vivas la vida intensamente, como tú quieras, sola, acompañada, ¡pero vive! Haz cosas que te hagan sentir viva. Quiero que seas una mujer adulta feliz.

La campanilla avisó que una clienta entraba, la conversación había concluido, pero Catalina por unos instantes se quedó mirando a su hija. Recordó la conversación con el señor Francisco y, tantas otras que había tenido con Aurora. Su hija era una mujer excepcional, quizás Alex había llegado en el momento idóneo, pero tanto si era así como si no, entendió que debía aceptar que su hija viviera la vida intensamente sola o acompañada. Que su ejemplo no iba a perjudicarla, su hija tenía las cosas muy claras se lo había demostrado con su consejo. Sin imaginarlo si quiera, habían cerrado una herida sobre la muerte de su padre, de su marido. Y es que la vida era así de maravillosa, tanto tiempo imaginando como sacar el tema, para que de repente todo fluyera como el río avanza hacia el mar para fundirse en él y seguir viviendo.

En la tienda de abanicos, Alex estaba frente a su ordenador trabajando, la puerta se abrió y vio como entraba la señora Salvadora, los ojos saltones de la mujer se quedaron como siempre desafiándole, aquel rostro con nariz prominente, labios gruesos y pómulos bien marcados debido a su delgadez, le hacían ver que ante él se personaba una mujer implacablemente dura.

-¿Está Francisco? –su voz sonaba de igual modo que su rostro, ruda.

-Sí, sí… ahora le aviso –aquella mujer lograba ponerle nervioso-. Señor Francisco, ahí fuera está…

-Salvadora –se adelantó a su anuncio mirándolo por encima de las gafas.

-¿La ha oído?

-No –dio una carcajada-, me lo dice tu cara descompuesta.

El hombre salió para hablar con ella, Alex se separaba de ambos para seguir con su trabajo en el ordenador. La mujer hablaba bajito como si estuviera hablando mal de él, o al menos, eso le parecía. Entonces le sonó el timbre del móvil que le hacía saber que tenía un mensaje de guasap.

-Muchacho en el trabajo ese cacharro no debía de llevarse ¡a mí tenían que dejarme poner las normas!–protestó ante la sonrisa de Francisco.

-¡Déjelo Salvadora! ¡Me tiene usted al chico acongojado!

-¡No me gusta! –dijo elevando un poco el labio superior creando una expresión de profundo desagrado.

-Dele una oportunidad al muchacho, es bueno –le dijo guiñándole un ojo-. No se preocupe, le miraré la cisterna en cuanto termine unas cosas que estoy haciendo.

Al pasar por delante de Alex lo miró como siempre entrecerrando los ojos. Como si de aquella manera pudiera intimidarlo para que no hiciera nada contra quien le había dado la oportunidad en aquella tienda. Salvadora tenía cerca de ochenta años, había sido una mujer de armas tomar dirían muchos, pero ella solía denominarse como una mujer liberal, luchadora y protestona. En el barrio la apreciaban tanto como la temían, excepto las mujeres de su edad con las que muchas veces tenía sus debates políticos o vecinales. Hasta los setenta y cinco años, había estado en la asociación de vecinos defendiendo su barrio, toda su vida había luchado primero contra el franquismo, después contra las políticas nuevas capitalistas, nunca se había quedado en casa callada. Siempre valiente, había ido con Aurora a más de una manifestación, contra la guerra, en las huelgas generales, por la educación, por la sanidad… Ella siempre estaba allí. Tenía en Begoña a una admiradora nata, y aunque Salvadora no sabía demostrar sus sentimientos, esa muchacha de la mercería le tenía conquistado el viejo corazón.

Aquel jueves fue el preludio de un viernes intenso. Catalina se había marchado a pasar el fin de semana en un hotel de Miramar, en la playa, acostumbraba a ir en invierno, le gustaba ver el mar enfurecido, se llevaba su cámara de fotos y se pasaba las horas allí, sentada en cualquiera cala fotografiando la belleza que podían disfrutar sus ojos. Begoña, se quedaba encargada de la mercería, así se turnaban cada fin de semana una. Sin embargo, aquel viernes la mercería estaba cerrada. El señor Francisco había abierto solo, le había dado permiso a Alex porque tenía algo que hacer con Begoña. Y Salvadora después de criticar que le diera la mañana libre, tan pronto sin habérselo ganado se subió a su casa renegando. Se sentó ante su viejo televisor para seguir la actualidad política mientras hablaba o increpaba a los tertulianos. Llegó el turno de sacar unas imágenes de algo que le revolvía las tripas, un nuevo desahucio, éste se estaba produciendo, precisamente, en su ciudad, Valencia.

-¡Desgraciados! ¡Abusadores de poder! ¿Cómo pueden echar a la calle a una mujer tan mayor? No puede ser que… ¡un momento! ¡Oh… no…! ¡Pero… madre mía! -exclamó poniéndose las manos en la cara.

 

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