EL PINTOR DE ABANICOS. X

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El llamado lenguaje del abanico consiste en una serie de señas que las mujeres de los siglos XVIII y XIX utilizaban para comunicarse con sus pretendientes o amantes.
No tengo novio: Abanicarse lentamente sobre el pecho.
Deseo conocerle o tener novio: Llevar el abanico cerrado, suspendido de la mano izquierda.
Usted me resulta simpático: Darse repetidos golpecitos en la mano izquierda.
O informar a un pretendiente de que está comprometida abanicándose con movimientos cortos y rápidos sobre su pecho, o abriendo y cerrando rápida y repetidamente el abanico.
: Cerrar el abanico lentamente o apoyarlo abierto sobre la oreja o la mejilla derecha.
No: Cerrarlo rápida y airadamente o apoyarlo abierto sobre la mejilla izquierda.

 

Notó como el chico parpadeaba con rapidez, su actitud delataba que estaba nervioso. Después, sonrió levemente y miró al señor Francisco con los ojos repletos de dudas. Agachó la mirada viendo como el humo que salía de la taza que sujetaba entre sus manos, se difuminaba delante de su rostro, casi de la misma manera que él quería difuminar sus recuerdos, sus miedos, sus dudas.

-La verdad que no he sido sincero del todo con usted. Y me gustaría poder serlo sin que eso suponga un prejuicio por su parte hacia mí.

-¡Si hay algo que quieres contar… tranquilo, cuándo estés preparado lo harás sin problema! –le dijo con tono tranquilo al notar como se incomodaba.

-No vine buscando mis raíces, como le dije, vine huyendo de mis padres, más bien, vine huyendo de las ideas de la vida que tienen mis padres.

Francisco captó en seguida la tristeza de Alex, contrarrestaba con su actitud de felicidad desde que había llegado a la tienda, de sentirse satisfecho con lo que estaba haciendo, se mostraba siempre con una sonrisa y hasta preocupado de no estar a la altura. Pero, sin duda, en esa mirada que le ofrecía vio un halo inmenso de tristeza.

-Hijo… -no sabía muy bien qué decirle.

-Para mí, mis abuelos fueron, realmente, mis padres. Ellos me cuidaban y el poco amor que he recibido a lo largo de mi vida, vino por su parte. Al morir, fue como si algo quedara pendiente en mí, es muy loco, lo sé. Lo único que tengo es el piso donde vivo que me lo dejaron en herencia. Sin embargo, cuando entro me acuerdo tanto de ellos que me invaden los recuerdos y la nostalgia. No puedo dormir.

Guardó silencio. Agachó la mirada como si hubiera soltado un peso que cargaba sobre su espalda. Se sentía solo en aquella casa, además, sentía como los recuerdos le golpeaban de manera intensa. Un ligero temblor en sus manos delató sus nervios. Francisco sonrió de lado, lo hizo con tristeza, pareciera que se habían encontrado dos almas pérdidas en la vida, sin embargo, él ya había vivido lo suficiente pero Alex empezaba a vivir la vida y no era justo verle así.

-¿Sabes, hijo? Lo peor que podemos vivir es la perdida de alguien que queremos, lo estoy viviendo en carne propia, me cuesta levantarme, por la noche me cuesta dormir, me siento intensamente solo. Había quitado las fotografías de Aurora, las cosas de Aurora se dieron a Cáritas, tal y como quería, pero de repente ayer me di cuenta que no quiero borrar su presencia de mi lado, que cada vez que miro su foto, me acuerdo del momento exacto que viví y es como vivirlo dos veces. Enfrentarnos a la ausencia es complicado pero necesario para cerrar etapas.

-Ni siquiera he entrado a su habitación. Ni he visto fotos, nada más limpié aquellos lugares donde iba a estar, mi habitación, el comedor y la cocina.

-Deberías pintar lo que sientes… -lo miró fijamente guiñándole un ojo-. Es más… ¡el sábado vamos a cerrar la tienda y empezaremos a pintar abanicos!

-¿De verdad? –lo miró feliz.

-Pero para llegar sin tu alma atormentada, deberías hacerme caso, darle una oportunidad a tus recuerdos y vivencias de niño, aunque eso te lleve a como se dice… derramar lágrimas de sangre.

Francisco le dio dos golpes en la espalda, sacó el abanico de Aurora y lo dejó en aquel rincón que parecía mágico. El retrato era maravilloso, ese chico que había llegado por casualidad… o no… que había llegado oportunamente, tenía un don en sus manos.
Se fueron a comer juntos, bajo la atenta mirada de Catalina. Al volver, vieron que había unas cuantas señoras esperando en la puerta. Entre ellas, Salvadora, la clienta que no veía con buenos ojos a Alex. Abrieron mientras el señor Francisco hablaba con todas ellas, las mujeres, todas mayores querían entrar para ver el altar que habían creado en honor a Aurora. Porque todas ellas sentían un profundo cariño por la mujer. Alguna, incluso, no pudo resistirse a soltar lágrimas de emoción ante el recuerdo. Desde detrás del mostrador Alex las observaba con una sonrisa en sus labios.

-¿Qué tal vas, Alex? –apareció con su rostro sonriente Begoña.

-Bien… ¿y tú?

-Tengo que ir a un taller sobre manualidades pero quería ver que tal funciona nuestra idea.

-De momento funciona, nada más tienes que ver las señoras aquí… ¿Ha visto el abanico que ha pintado el señor Francisco? –le preguntó con una sonrisa.

-¡No! –se quejo, tras hacer un chasquido le dijo-. Tengo tantas cosas en la cabeza que no doy abasto. Ahora con toda esa gente alrededor no voy a poder verlo… luego vendré y hablamos.

-De acuerdo, ahí están, admirando la obra –miró a las mujeres con una sonrisa amable.

-¿Y qué tal con Salvadora? –le guiñó un ojo con un gesto gracioso porque era conocedora de sus comentarios mal intencionados hacia él.

-Fatal… me mira fatal –musitó haciendo un puchero-. No soy de su agrado.

-Yo creo que sé cómo podrías acercarte a ella.

-¿Para qué, para que me dé una colleja como dijo?

-¿Dijo eso? –lo miró abriendo sus ojos como platos manteniendo una sonrisa suave en los labios.

-Sí. Dijo que si se me ocurría aprovecharme del señor Francisco ahora que estaba en horas bajas, o, deshonrar la memoria de Aurora, no tendría calle suficiente para librarme de sus collejas –lo decía bajito como si estuviera realmente asustado.

-¡Qué fuerte! –murmuró divertida y con un divertido movimiento de cejas le advirtió-. Salvadora es una mujer de carácter. Pero también es la típica que hace bueno el dicho de perro ladrador poco mordedor.

-¡Hola jovencito! –apareció Salvadora junto a Begoña.

-Se…señora Salvadora… ¿qué tal está? ¿Qué le parece lo que hemos hecho para…?

-¿Quién ha hecho ese retrato? –no le dejó terminar.

-Yo –le dijo mirándola con recelo.

Hizo un sonido gutural, una especie de gruñido y tras dar un golpe seco con el bastón en el suelo, dio media vuelta y se fue. Begoña miró a Alex, quien mantenía un gesto algo asombrado.

-No hago nada bien para esta mujer –murmuró casi derrotado.

-Dale tiempo. ¡Me voy o no llego!

-Que te vaya bien el taller pero… ¡oye… oye me ibas a contar que…!

-¡No llego! –le dio un grito desde la calle mientras cogía su bicicleta.

La noche cubrió la ciudad, si algo tenía la zona antigua era esa magia especial al recorrer las callejuelas, a pesar de la poca luz, de los rincones recónditos que parecían esconder cualquier sobresalto, pero a su vez, era un paseo tranquilo y relajado, todo aquello tenía un sabor especial para Alex. Se había comprado la cena en una pizzería, aquel día había sido intenso, no habían vendido ni un solo abanico pero las emociones las sentía a flor de piel. Llegó al portal de la finca antigua donde vivían sus abuelos y en ese momento lo hacía él. Abrió la puerta, pasó mientras encendía la luz. Nada más entrar, estaba el recibidor, con una planta artificial que recordaba le regaló a su abuela en uno de sus santos. Le seguía un pasillo largo y estrecho. Las paredes estaban decoradas con fotografías antiguas de la ciudad, su abuelo era un enamorado de la fotografía. Y más si eran en blanco y negro. La primera habitación que había a la derecha, era de ellos, no la había podido abrir, siempre pasaba de largo. Tras ella el cuarto de baño, pequeño, con un lavabo, el retrete y una ducha donde se podía duchar con dificultad. La siguiente habitación era su cuarto, el día que volvió a entrar le pareció volver a su niñez, que el tiempo le había dado una tregua y le había dejado regresar a aquellos días en los que era un niño feliz. Una cama pequeña, sobre la cual había un póster del Valencia, a su abuelo como a Francisco, le apasionaba el fútbol, y él siguió la tradición. De aquellos jugadores ya no quedaba más que su recuerdo. Arias, Tendillo, Sempere, Carrete, Felman… junto a aquel póster, otro de Mario Alberto Kempes. Cuando volvió a ver a aquellos hombres suspiró porque parecía escuchar la voz de su abuelo explicándole lo grandes que eran. Tras su habitación estaba la cocina, era pequeña, con un hornillo de dos fuegos, el termo de butano y la nevera más bien pequeña aunque él la tenía prácticamente vacía. Una botella de leche, café, coca-cola… Y al fondo estaba el comedor, era la estancia más grande de la casa, con cuatro ventanas donde durante el día entraba una luz maravillosa que reanimaba el ánimo de cualquiera.

-Bueno… voy a cenar y a la cama.

El viejo televisor no funcionaba, aquello no le importaba demasiado, no era muy dado a ver la televsión. Se sentó en el sofá y se dispuso con su Tablet a preparar una sorpresa que tenía para Francisco, aunque estaba seguro que no le iba a gustar demasiado. Entre bocado y bocado de pizza Mediterráneo, iba construyendo visualmente lo que deseaba para la tienda. Su cabeza no podía dejar de crear, las horas que no dedicaba a dormir, lo hacía a dibujar. Tras lavarse la boca decidió que aquella noche sí le tocaba dormir, estaba cansado por el estrés emocional que había soportado en tan solo unos días. Por otro lado, estaba la ilusión de saber que el señor Francisco iba a darle la oportunidad de crear su primer abanico. Se metió en la cama, apagó la luz y trató de cerrar los ojos. En la pared que tenía en frente se reflejaba la luz de la luna, la persiana estaba rota y necesitaba arreglarla, pero para eso ya no era tan manitas. Se dio la vuelta mirando la otra pared para no ver así el reflejo, volvió a cerrar los ojos pero parecía que su alma estaba inquieta, ya no eran solamente los latidos alocados de su corazón, algo en su interior se estaba removiendo de manera intensa. Lo conocía bien, tras aquel pequeño temblor en su cuerpo, llegaba el malestar de estómago, parecía mantener un temblor insistente, algo estaba a punto de suceder, algo que no podía controlar. Dio un resoplido para incorporarse en la cama, apartó el edredón, cogió el albornoz con el que se cubría para salvaguardarse del frío y lo hizo. Sabía que debía hacerlo. Abrió la luz del pasillo y después la puerta de la habitación de sus abuelos. Le dio al interruptor y ante él, el mundo que aún a pesar del tiempo mantenía la esencia de ellos. Cerró los ojos como si pudiera atrapar ese aroma que le llegaba. Vio como sobre la mesita de su abuela, lo sabía porque había un jarrón con una rosa seca, estaba una fotografía de su nieto, era él con diez años. Ahí en ese punto, se había detenido el tiempo, en aquella casa, se había parado todo aquel día que salieron para ir al aeropuerto a reunirse con su hijo, su nuera y su nieto. Un loco, en un adelantamiento inapropiado se los llevó por delante. Pero él, seguía estando en la mesita de su abuela. Contuvo la respiración al pasar el dedo por la fotografía, se llevó una buena cantidad de polvo acumulado en el cristal.

-Abuela –murmuró con los ojos cristalinos-. ¡Cómo te echo de menos!

Tras aquella confesión llegaron las lágrimas, a borbotones como si no las pudiera detener, se las apartaba con el dorso de la mano y en una de las veces que lo hizo, vio como en la cómoda había otra fotografía, allí estaban sus abuelos y él, su corazón se alegró de saber que él también había sido tan importante como lo eran ellos en su vida. Que sus abuelos lo tenía presente. Fue hasta aquella fotografía se la quedó mirando, ¡qué guapa estaba su abuela! Siempre maquillada, siempre vestida de manera impecable. ¡Y su abuelo con traje chaqueta y corbata! ¿Qué pensaría de su forma de vestir? Sonrió, por primera vez pudo sonreír al pensar en ellos. Pasó su dedo por encima del cristal, con el mismo resultado que la otra fotografía. Debía limpiar, no podía dejar aquello así. Abrió la puerta del armario y allí estaba toda la ropa, tal y como la dejaron, se notaba que era verano cuando se fueron, había un hueco en los dos armarios, debieron llevarla en la maleta. ¡Qué tristeza de repente! Suspiró con rabia, ¡ojala estuvieran allí! Seguro que le comprenderían todo lo que sus propios padres no habían hecho, le habían dado la espalda, le habían echado de casa sin importarles demasiado donde iba a ir, que iba a hacer.

-Vosotros me habríais entendido…

Fue entonces cuando llegó nítidamente a su cabeza una visión, él de pequeño llegando a la tienda del señor Francisco. Aurora dándole una piruleta y su madre preguntándole que abanico le gustaba más. Recordó que para él ese momento era único, como si estuviera en el lugar de sus sueños. Por primera vez había pasado a la tienda, ya no estaba observando desde fuera, estaba en el interior eligiendo…

-¡Tu abanico, abuela! –exclamó de golpe abriendo mucho los ojos.

Abrió los cajones de la cómoda, encontró sus joyas, cartas que guardaban dibujos hechos por él, un rosario, más fotografías. Pero sabía lo que buscaba y no iba a cesar en su intento de encontrar lo que tantas veces había soñado, aquel abanico que cambió su vida con tan solo nueve años. Tras mirar por varios cajones, finalmente, lo encontró.

-Aquí está… sí… veamos…

Allí seguía en una caja azul con el nombre de la tienda del señor Francisco. Al cogerlo entre sus manos notó como temblaban sus dedos, abrió la caja pero estaba vacía. Dio un respingo, cerró los ojos y recordó la época en la que iban a reunirse con ellos, seguro que lo llevaba. La tristeza se apoderó de él. Suspiró profundamente, si cerraba los ojos podía recordar al milímetro los colores, las formas del abanico. Quizá ese sería el primer paso para avanzar, volver a pintar el primer abanico que causó en él tal impacto que soñó toda su vida en convertirse en abaniquero.

Aquella noche, durmió como un niño.

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