EL PINTOR DE ABANICOS. VIII

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El entusiasmo del chico, le llegó al alma. Pareció sacudirse aquel ensimismamiento triste que le envolvía, como si fuera un autómata se fue hasta su mesa. Repartió las varillas troqueladas. Con delicadeza tomó el lápiz para trazar las líneas del dibujo, abrió con cuidado los frascos de las pinturas, cogió el pincel y, como si nada más importara lo que estaba a punto de crear, se abstrajo de todo, tanto, que ni siquiera veía a la gente que de golpe se había acercado a la ventana del taller. Incluso algunos hacían fotos. Allí observaban maravillados como sus manos iban trazando unas margaritas sobre un fondo rosa, después, como mezclaba colores, como pintaba con tanto esmero, que a todos les daba la impresión de que la tela era de cristal y en cualquier momento podría romperse.

Desde su tienda, Catalina observaba el remolino de gente que se agolpaba tras el cristal. Sonrió recordando otros tiempos, donde la gente disfrutaba deteniéndose a cada paso que daban por la variedad de tiendas que podían encontrar. Desde que la crisis había llegado a los autónomos, las tiendas habían ido cerrando, marchándose, dejando el barrio triste y apagado. Era como si alguien hubiera echado la primera ficha del dominó y el resto fueran cayendo empujadas por la inercia. Ella misma había visto recortados sus ingresos, como bien decía, la tienda no le daba más que para tapar gastos, pero la amaba tanto que no pasaba por su cabeza cerrarla. Con la ayuda de su hija, Begoña, pudo abrir otro mundo mediante internet que le daba la oportunidad de llegar a más lugares. La gente se había hecho cómoda, prefería comprar desde casa y, a ese nuevo tiempo había que adaptarse. La puerta se abrió y tras ella apareció su hija con una sonrisa.

-¡Has visto como tiene el señor Francisco la ventana!

-Bueno… lo he visto y creo que algo tienes tú que ver –la abrazó con ese amor de madre que se transmite sin ningún esfuerzo.

-¡Mamá que no soy una niña! –protestaba Begoña cada vez que su madre la abrazaba en público.

-¡Claro que no! Y dime una cosa… ese tal Alex… ¿lo conoces bien? –la miró divertida.

-Íbamos juntos al colegio, después se fue, un día en el Facebook apareció preguntándome por la tienda de abanicos… ¡y eso es todo, mamá! –la miró con un gesto de advertencia para que no siguiera por ahí.

-Pues es guapo…

-Eso es todo, mamá –resopló dejando a su madre a un lado y pasando a la trastienda.

-Hija… como diría tu abuela… estás en edad de merecer.

-¡No seas antigua, por favor! –la miró con una sonrisa que demostraba su perplejidad ante el comentario-. No pienso merecer. La vida sola se vive muy bien, no hay más que verte a ti.

-Eso no es verdad –le respondió con gesto algo preocupado por su comentario.

-Mamá… hoy en día no hace falta un hombre para vivir. ¡Y ahora! A casa… que ya es hora.

Catalina se quedó pensativa. La vio salir con una caja tras darle un besy, y notó como si una carga se pusiera sobre sus hombros. En ese instante, se dio cuenta que de haber estado Aurora, habría salido corriendo para hablar con ella como tantas otras veces. Reconocía perfectamente la sensación de pérdida, la sensación de pellizco en el corazón. Y como el precipicio se podía sentir a un paso.

En la tienda del señor Francisco, Alex estaba recogiendo las notas que había preparado, se le había ocurrido una sorpresa después de leer aquella emotiva carta. Desconectó la máquina registradora, estaba empezando a cerrar las luces, cuando oyó el sonido de que se abría la puerta. Al girarse vio allí a Catalina, mirándolo con una sonrisa amable.

-Hola, Catalina! ¿Qué tal?

-Muy bien, gracias. A ti ya te veo… ¡eufórico! –le dijo con su tono amable y cálido.

-¿Ha visto al señor Francisco? Está pintando… vamos a hacer algo muy bonito para Aurora -por su tono se notaba que estaba exultante.

-Me alegro que le hayas devuelto la ilusión –lo miraba con los ojos repletos de esa bondad de quien tiene el corazón limpio, y repleto de cariño para los demás.

-Yo no he hecho nada, verdaderamente, el motivo ha sido recibir una carta de Japón.

-¡Oh, vaya! Entiendo –asintió con un halo de tristeza.

-¿Puedo pedirle un favor?

-Claro.

-¿Podría decirle a su hija si podemos vernos?

-¡Estás pidiendo una cita a la madre de la chica!-su gesto no podía esconder cierto asombro. Al percatarse como el muchacho se ponía colorado sonrió para relajar el momento-. ¡Vamos hombre, es broma! Se lo diré mañana porque hoy ya no la veré.

-Vale… vale… pues ahora… voy a… –decía con cierto azoramiento.

Catalina sonrió.

Alex, entró al taller para avisar que Catalina le estaba esperando, también para decirle que se marchaba. Francisco lo miró por encima de sus gafas, le sonrió y tras un breve saludo siguió pintando. Podía pasarse horas pintando, pensando de qué manera poner un color u otro. Eran tantas las veces que Aurora tenía que entrar y llevárselo. Exhaló un profundo suspiro al recordarlo.

-Buenas tardes, casi noches ya –le saludó Catalina.

-¡Catalina, hija! –le sonrió, aquel mínimo gesto de su sonrisa provocó otra enorme en la mujer-. Pasa… pasa…

-Me alegro mucho de verle tan ensimismado.

-Sí –musitó con su mirada apagada.

-¿Qué te trae por aquí?

Para él era habitual su presencia. Salir de su taller y encontrarla hablando con Aurora mientras tomaban un té. Catalina había formado parte de esa tienda, era para ellos como esa hija que no tuvieron. La habían visto crecer. Sin embargo, su visita, le extrañó. Catalina se acercó sentándose en el taburete alto que solía tener Aurora para acompañar a su marido cuando se quedaba a trabajar y cerraban la tienda. Tiempo que ella aprovechaba para leer que era su mayor pasión.

-¿Puedo invitarle a cenar? –lo miró fijamente.

-¡Por supuesto! Pero… invito yo.

No hicieron falta más palabras, Francisco se levantó dejando todo arreglado para al día siguiente repasar los posibles fallos. Catalina no se acercó hasta el abanico, según Alex era una sorpresa y no quiso incomodar al hombre. Francisco cogió el chaquetón, la bufanda, los guantes y la gorra. Juntos comenzaron a caminar en una desangelada noche. La humedad era  protagonista sobre el asfalto. Llegaron a la cafetería de Ramón, dentro se estaba de lujo, había comprado unas estufas que lanzaban una llama y dejaba el local con una temperatura ideal. Francisco tenía reservada la misma mesa de siempre, cerca de la ventana y cara al televisor. Se sentaron y eligieron de la carta, una sopa bien caliente y para acompañar merluza a la marinera con ensalada.

-Que rico está –dijo Catalina tras dar un sorbo a la taza donde les habían puesto la sopa.

-Sí… ¡y caliente! Que se agradece con esta humedad –sus mejillas se pusieron coloradas nada más beber la sopa-. ¿Qué es lo que te preocupa, Catalina?

-¿Cómo sabe que me preocupa algo? –lo miró sorprendida, estaba acostumbrada a que Aurora con una sola mirada supiera su estado de ánimo, pero siempre pensó que el señor Francisco era más despistado para captar sensaciones.

-Tienes la sonrisa apagada, Aurora siempre me decía la sonrisa de Catalina es su nivel de estado de ánimo –sonrió acompañado por ella-. ¿Qué pasa?

-Es Begoña –hizo una mueca ladeando la cabeza mientras se subía las gafas-. O más que Begoña, soy yo. Tengo la sensación de que he fallado como madre.

-¿Con respecto a qué? –su tono sonó algo incrédulo.

-Igual estoy exagerando, no sé, pero hoy le he dicho de broma que está en edad de tener un chico a su lado, su respuesta ha sido desconcertante para mí –dio un sorbo de agua como si necesitara aclarar su garganta y tras un gesto de cierta melancolía agregó-. Me ha dicho que no necesita a nadie a su lado, que yo no tengo compañero y estoy fantástica.

El señor Francisco se le quedó mirando fijamente, sus ojos transmitían calma, Catalina sintió un cariño en ese hombre que le hizo tiritar. Sintió ganas de llorar, no sabía cómo decirle que echaba de menos a Aurora, que estaba en ese momento sintiendo la misma pena que él, parecido desamparo. Tras un suspiro que remarcó su estilizado cuello se recompuso para continuar.

-No me gusta que piense que la soledad es ideal y fantástica.

-Catalina, siempre has dejado que Begoña, que por cierto, es un ángel, haga su vida, tome sus decisiones y cometa errores. Te he visto preocupada porque sabías que se iba a equivocar pero la dejabas porque sabes que la vida te tiene que dar esas lecciones para crecer. Es inteligente, creo que el momento de enamorarse no ha llegado, pero tu agobio no es por ella sino por ti.

-He tratado de no quejarme nunca de lo sola que me siento, he intentado viajar cuando me aplastaba el miedo, la necesidad de gritar me la he tragado bajo la apariencia de ser fuerte, ¿y si por no demostrar mi soledad, mi miedo, mi angustia le he dado a mi hija una visión equivocada?

-¿Crees que ella no sabe todo eso? –frunció el ceño mirándola fijamente mientras dejaba el trozo de merluza pinchado en su tenedor.

-Creo que… -agachó la cabeza mientras cerraba los ojos con fuerza-. Creo que estoy perdiendo los papeles.

-Totalmente –le sonrió por primera vez con una sonrisa amplia mostrando sus dientes separados bajo aquel bigote blanco.

-¡Se está burlando de mí! –se defendió con otra sonrisa apuntándolo graciosamente con el tenedor.

-No, Catalina, te estás juzgando por proteger a tu hija de tu propio dolor. Y le pasará como a todos… cuando le llegue el momento se enamorara de verdad, se ilusionara, querrá ser madre, tendrás nietos que cuidar…

-¡Pues como no se dé prisa!

-¡Ay Catalina… Catalina! –movió ligeramente la cabeza.

-Es muy duro irse a la cama sola, sin que te abracen cuando estás cansada o tienes miedo de algo… echó de menos el abrazo de mi marido. Pasear sola a veces sin quererlo te da cierta opresión en el pecho.

Tras sus palabras, un silencio se apoderó de la mesa.  Habían pasado diez años, recordaba todos los días a su marido, había vivido de otra manera, hasta se había dado la oportunidad de estar con algún otro hombre, sin embargo, el pellizco de su corazón se quedó ahí atrapado. Francisco suspiró, reconocía aquel sentimiento de vacío, él también lo sentía todos los días.

-¡Me estoy poniendo muy tonta! –dijo de repente dándose cuenta de que no era la mejor conversación para él-. ¡Sabe qué! Tiene razón, llegará ese día ¡sí! Y veré a mi hija feliz. Y seré la mejor abuela del mundo… -volvió a recuperar su fuerza, el color volvió a sus mejillas, la sonrisa a sus perfectos labios, el brillo a los ojos-. ¡Y si mi hija quiere vivir la vida sola! También estaré ahí.

-¡No puedo más que decir, bravo! –le sonrió con cariño.

-Gracias señor Francisco, gracias por escucharme.

-No me las des, eres como de la familia… Aurora te veía como una hija…

-Doy gracias por haberla conocido, haber disfrutado tanto de su compañía.

-Sí, no queda más remedio que seguir, Catalina, tú lo dijiste. ¡La vida no se detiene!

-Tiene toda la razón, hay que disfrutar de cada día, tenemos que hacerlo por ellos y por nosotros.

Cuando Francisco llegó a su casa, dejó el abrigo y demás prendas de abrigo en la entrada colgadas del perchero. Estiró un tanto la espalda, ya no era aquel cuarentón que podía estar horas y horas pintando. Se rascó un poco la cabeza como si de aquella manera pudiera sacudirse los pensamientos que no servían. Abrió la luz del pasillo y llegó hasta la habitación. Al abrir la puerta, el perfume de Aurora lo inundó. Cerró los ojos para captar toda aquella esencia de su mujer. Después, con cuidado y con su meticulosidad, se desnudó dejando la ropa preparada para el día siguiente. Se puso el pijama y la bata. Fue hasta la cocina y se preparó un vaso de leche caliente. Caminó entre la oscuridad y el reflejo que entraba de la luna que se encontraba muy alta en el cielo. Se puso junto a la ventana de la habitación, aún en invierno le gustaba dejarla abierta. Miró aquel cielo cubierto por las nubes, encontrando en un resquicio una estrella que parecía guiñarle un ojo. Se quedó mirándola fijamente y a su mente llegó aquel día en que Aurora que estaba subiendo la persiana de la habitación antes de irse a dormir, le dijo con una sonrisa:

Chato, cariño… si llega el día y, me marcho yo antes que tú, te estaré esperando en una estrella. Me parece un sitio maravilloso para esperarte.

-Aurora… -musitó siendo testigo de cómo aquella estrella le hacía un guiño.

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