EL PINTOR DE ABANICOS. VII

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Al día siguiente, pareció que el cielo les daba una tregua. Volvía a resplandecer el sol, como si con él, los males fueran menos, la gente cambiaba su humor, tenía más energía. Cuando Francisco llegó a la tienda, vio allí al joven Alex con un bolso cruzado sobre el pecho, llevaba los cascos de música puestos y de vez en cuando resoplaba sus manos. Le recordó tanto a él cuando su abuelo comenzó a enseñarle el arte de pintar abanicos. Eso sí, sin bolso, ni radio, ni auriculares, aquel muchacho tenía un aire que le transmitía sensibilidad.

-¡Señor Francisco! –lo saludó al verlo, con una sonrisa feliz mientras se quitaba los auriculares.

-¿Qué tal, muchacho? –introdujo la llave en la pared subiendo la persiana metálica.

-Nervioso… pero con muchas ganas –le dijo sin poder dejar de sonreír mientras daba unos pequeños saltitos sobre la punta de sus pies para contrarrestar el frío que sentía.

-Ahora vendrá mi asesor, tenemos que rellenar los papeles para que de inmediato puedas trabajar legalmente.

-Claro que sí –dijo con entusiasmo.

-Aunque la verdad… no te he dicho cuanto voy a pagarte ni nada…

-Tranquilo, tal como están las cosas me siento muy afortunado de poder trabajar donde siempre soñé.

Los papeleos no eran el fuerte de Francisco, por eso, tenía un gestor de confianza, desde hacía tantos años que ni recordaba cuando empezó a trabajar con él. Después, fue convirtiéndose en el asesor de los demás comercios del centro, también de Catalina.

La mujer al ver que ya estaban en la tienda, pasó para dejarle unas tostadas de pan de cereales con aceite para asegurarse que almorzaba. O más bien, para encontrar la excusa perfecta de hablar con ese Alex.

-¡Hola, buenos días! Tú debes ser Alex –su tono de voz, como siempre, era tan dulce que captaba la atención de quien estaba frente a ella.

-Hola… ¿Catalina? –le preguntó el chico.

-Así es.

-¡Encantado de volverla a ver, señora!

-¡Por Dios no me hables de usted que me haces muy mayor! –le sonrió ampliamente mientras estrechaba con educación su mano.

-Tenía muchas ganas de verte… parece que no haya pasado el tiempo

-Gracias, pero te aseguro que sí –le dijo con dulzura y gratitud por el halago-. ¿Dónde está el señor Francisco?

-En el despacho tratando con el gestor algunas cosas.

-Le he traído el almuerzo, te lo voy a dejar a ti, por favor quiero que te asegures de que se lo toma.

-Descuida –le sonrió.

-Espero que mi hija, haya acertado al llamarte. El señor Francisco ahora más que nunca necesita de nuestro apoyo, tratar de ayudarle evitándole cualquier problema

–Catalina tenía una mirada limpia, tan intensa que el muchacho captó aquel mensaje de su voz dulce como una leve advertencia.

-Claro que sí, para mí es todo un privilegio estar aquí, toda mi vida quise trabajar con él, lo admiré, y soñé con aprender su extraordinaria sensibilidad a la hora de pintar.

Y con aquella confesión, Catalina cruzó hasta su tienda mucho más tranquila. No había podido hablar con su hija, así que, decidió ver por sí misma si ese nuevo trabajador era de fiar.

A media mañana, cuando Francisco le había enseñado todo cuanto debía saber para trabajar detrás del mostrador, se metió en su taller. El muchacho estaba feliz, había firmado el contrato que le garantizaba trabajo durante seis meses y, además, su jefe había quedado con él, que cuando cerraran al mediodía iría a por dos bocadillos y comenzaría a explicarle los entresijos de la tienda y las técnicas para pintar abanicos. Lo que no sabía Alex, era que las intenciones de su jefe iban mucho más allá de que aprendiera a pintar.

Francisco, se había puesto, nuevamente, delante de la tela blanca, como solía ser su costumbre a la hora de trabajar, los botes de pintura estaban repartidos por la mesa, el pincel en la mano, los alfileres fijando la delicada tela. Y sus ojos fijos como si aquella tela en lugar de esperar a ser rellena con su pintura y su arte, se estuviera burlando de él.

-Señor Francisco –le llamó, delicadamente, Alex desde la puerta.

-Dime –lo miró por encima de las gafas.

-Ha llegado algo para usted. Viene de Japón.

-¿Japón?

Salió hasta la tienda acompañado por Alex, cuando vio el sobre un temblor se apoderó de su barbilla. El muchacho al ver su reacción le ayudó a sentarse. El señor Francisco sacó de su bolsillo un pañuelo blanco de algodón con su nombre bordado en una esquina, se limpió las lágrimas, tratando de recuperarse mientras su ayudante, le daba un vaso con agua. Alex le dejó beber y esperó sentándose a su lado para que se tomara su tiempo a recuperarse por la impresión que le había causado la llegada de aquella carta. La mañana estaba siendo tranquila, no había entrado nadie paracomprar, tan solo, para preguntar por él.

-No me lo puedo creer –musitó una vez recuperado, hizo otra pausa para tomar aire y le dijo con el tono cargado de emoción-. Estoy seguro de que se han enterado.

-¿Quién, señor Francisco? –lo miraba atentamente.

-Mi mujer era muy buena para el trato con el público, entre otras mil cualidades, claro –sonrió-. Pero un día entraron unas mujeres japonesas que no sabían hablar español, por puesto, mi mujer no sabía hablar japonés. Por señas, entre risas, con mucho cariño por ambas partes, decidieron que nuestros abanicos eran joyas para ellas, nos encargaron cien.

-¡Cien! –silbó impresionado y agregó sonriendo-. ¡No me extraña! Son verdaderas joyas.

-Eso decía Aurora.

-¿Y qué pasó?

-Pues que todos los años vienen a Valencia, son cuatro mujeres, tienen una tienda en Tokio, muy grande, ellas se llevan de aquí siempre cien abanicos. Durante el año, voy pintando y Aurora se encarga de ir guardándolos porque conoce tan bien sus gustos–suspiró profundamente-. Este año…

-¡Vamos… señor Francisco! ¡Este año también los tendrán! –el chico mostró una ilusión en sus ojos y una sonrisa que hizo sonreír a Francisco.

-¿Puedes leerla tú? –le entregó el sobre con las manos temblorosas.

-Claro –el chico desplegó con delicadeza el sobre, sacó la carta, un folio blanco con una letra un tanto especial, trazada con total sutileza:

Señor Francisco, nosotras enterarnos del viaje de señora Aurora, nosotras queremos compartir nuestra pena por su marcha y, nuestra alegría por llegar a su nueva vida. Pronto ir, entonces, tener nuestros respetos. Un abrazo lejano pero con nosotras cercanía.

Alex levantó su mirada y vio como los ojos de Francisco se habían llenado de lágrimas, hasta a él, leerla le había puesto la carne de gallina. Hizo un esfuerzo por tragar saliva para poder dirigirse a él.

-Emotiva. Se nota que les aprecian.

-Aurora era así… imposible que alguien hablara mal de ella –con cuidado se levantó las gafas y secó sus lágrimas.

-¡Sabe qué deberíamos hacer! –apoyó con cariño su mano en el hombro de Francisco.No le contestó, tan solo lo miró con tristeza para escucharle-. Vamos a hacer algo bello de la ausencia de Aurora. ¡Usted debería pintar un abanico que le recuerde a ella! Como homenaje. Además, pondremos esta carta en un marco de cristal para que todo aquel que entre sepa lo mucho que la querían. Vamos señor Francisco… ¡pinte! ¡Pinte lo que más le acerque a ella!

El entusiasmo del chico, le llegó al alma. Pareció sacudirse aquel ensimismamiento triste que le envolvía, como si fuera un autómata se fue hasta su mesa. Repartió las varillas troqueladas. Con delicadeza tomó el lápiz para trazar las líneas del dibujo, abrió con cuidado los frascos de las pinturas, cogió el pincel y, como si nada más importara lo que estaba a punto de crear, se abstrajo de todo, tanto, que ni siquiera veía a la gente que de golpe se había acercado a la ventana del taller. Incluso algunos hacían fotos. Allí observaban maravillados como sus manos iban trazando unas margaritas sobre un fondo rosa, después, como mezclaba colores, como pintaba con tanto esmero, que a todos les daba la impresión de que la tela era de cristal y en cualquier momento podría romperse.

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