EL PINTOR DE ABANICOS. VI

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-¿Y qué vas a hacer ahora aquí?

-Buscar trabajo, vivo en la casa de mis abuelos, ellos fallecieron y, ni siquiera pude venir a despedirlos. Tuvieron un accidente y fue… horrible la verdad -apareció una sombra en sus ojos que dejaba ver todavía su dolor.

-Puedo imaginarlo –lo dijo con voz queda, con cierta envidia, lo que tanto había deseado para él y Aurora-. ¿Te gustaría trabajar aquí, conmigo?

-¡¡De verdad!! –no pudo evitar ponerse de pie con un gesto de total sorpresa.

-Sí, claro. Estoy buscando a alguien y Begoña tiene buen ojo. Y quizá esta tienda necesite aire fresco –dijo mirándolo con una sonrisa amable.

-Gracias… gracias… no sabe lo mucho que le agradezco… -le decía atropelladamente feliz.

-Vas a tener que trabajar mucho…

-¿Me podrá enseñar a pintar abanicos? ¡Es mi gran sueño! -la sombra

-Todo a su tiempo… jovencito.

-¿Tengo que cambiarme, cómo vengo vestido?

-Como tú eres, como tú te sientas cómodo.

-No se va a arrepentir, señor Francisco… se lo prometo.

-Lo sé –le sonrió al mismo tiempo que le daba dos golpes en la espalda del muchacho que terminó por abrazarle-. ¡Mañana a las nueve te quiero ver aquí!

-¡Aquí estaré!

La noche había llegado, y la hora de cerrar los comercios, también. El señor Francisco, se puso la bufanda alrededor del cuello y bajó su persiana, la noche se había quedado muy fría. Antes de marcharse a cenar, quiso pasar por la mercería. El cartel de abierto, una reliquia hecha a mano por la abuela de Catalina, seguía pegado al cristal. Al abrir, vio a Catalina arreglando unos cajones de madera donde guardaba las joyas de hilos lo más variados que se podían imaginar, allí estaba, encima de la escalera con toda su atención puesta en el trabajo que hacía con esmero.

-¡Hola, Catalina!

-¡Señor Francisco! Pase…pase…

-¿Qué tal la tarde?

-No voy a quejarme tal y como están las cosas… pero…podría haber sido mejor –le entregó una sonrisa repleta de cariño-. ¿Y su tarde?

-La mía ha sido extraña –Catalina lo observó desde arriba de la escalera, parecía que se había echado varios años encima-. He tenido una visita curiosa.

-¿Una visita? –bajó de la escalera mientras con su exquisito delantal se limpiaba las manos, siempre tan bien cuidadas con una perfecta manicura. Le animó a seguir sin dejar de mirarlo-. Cuente… cuente…

-Tu hija me ha enviado a un muchacho que hacía muchos años no veía.

-¿Mi hija? –lo miró con gesto de asombro. Y con un halo de cierto malestar dio un respingo-. ¡No me ha dicho nada!

-Igual te acuerdas de él, era aquel muchacho que se ponía tras el cristal mientras yo pintaba.

-Ahora mismo, no caigo –enarcó las cejas pensativa.

-Pues mañana empieza a trabajar conmigo.

-¡Cómo! –no pudo evitar dar un grito de asombro. Ni tampoco pudo dejar de mirarlo fijamente.

-Sí, pero eso no es lo más importante, créeme –Catalina apoyó sus codos en el mostrador mientras se sentaba para ponerse a su misma altura-. Me ha dicho algo que me ha dejado helado y me ha hecho pensar.

-Me está poniendo nerviosa –le entregó una sonrisa cálida de las que a veces le hacían parecer un ángel-. Porque si que empiece a trabajar no es lo importante…

-Sabes que Aurora y yo decíamos que mejor morir juntos –Catalina asintió con los ojos brillantes de emoción al recordar a la mujer-. Estoy enfadado porque se ha ido dejándome solo. Siento una rabia con la vida que me hace apretar los puños. Sin embargo, hoy Alex me ha mostrado la verdad –sus ojos al mirar a Catalina, se mostraron vidriosos.

-Está muy enigmático, señor Francisco –Catalina hablaba con su voz aterciopelada, un tono bajo que era como si acariciara sutilmente a su interlocutor.

-Si hubiéramos muerto al mismo tiempo, la tienda hubiera perecido con nosotros. Así, tengo la oportunidad de que perdure en el tiempo. De que nos supere, de que el trabajo de Aurora y mío no haya sido en vano.

Por un momento hubo un silencio entre los dos. Catalina pensaba en agradecer a su hija la ayuda, ese hombre, había cambiado en tan solo unas horas. Su tristeza en los ojos continuaba inerte, sin embargo, había un pequeño rayo de luz que se notaba en sus gestos, en su manera de hablar. Parecía que Francisco había encontrado un aliciente en su nueva vida. Y eso le extrañaba lo suficiente como para sentir confusión ante lo acontecido, porque no era amigo de temas místicos, ni de hados, sinos o destinos. A diferencia de Aurora, que siempre encontraba la explicación de por qué ocurrían las cosas. Fuera como fuese, había encontrado una salida a su vida y sentía que tenía un motivo para aferrarse. Sin embargo, Catalina, no muy dada a los dramas ni las histerias, sintió un pequeño temblor en su corazón, ¿ese Alex… sería de fiar?
Debía hablar con su hija lo antes posible. Pero desde luego, no iba a desconfiar de él ante Francisco, después de lo que había
logrado.

-Aurora creía en el cosmos y en el que las cosas siempre ocurren por algo –continuó como si de un monólogo se tratara, con la frente arrugada por un gesto de incredulidad-. Quizá yo deba dar la continuidad a la tienda que tanto esfuerzo y sacrificio nos costó.

-Me alegro que vea así las cosas, señor Francisco –le entregó su maravillosa sonrisa, amplia y fresca, que parecía capaz de curar todos los males.

-¿Seguro que tú no tienes nada que ver? –le preguntó sonriendo por primera vez.

-Seguro.

-Mañana le daré las gracias a Begoña. Ese chico tiene mimbres.

-¿Y hoy pudo pintar? ¿O con la alegría de haber encontrado sucesor no pintó?

-Ese tema me preocupa. Me siento frente a la tela y nada… no viene nada a mí, mi cabeza se queda tan blanca como la tela.

-¿Por qué no pinta algo para Aurora? –le cogió del brazo apretando como gesto inequívoco de aprecio.

-Lo pensaré esta noche… estoy agotado.

-Descanse.

Lo vio salir con paso lento, Francisco era un hombre de media estatura, algo regordete. Con un bigote ancho y canoso que remarcaba su sonrisa, con los dientes delanteros ligeramente separados. Sus gafas de metal con sus cristales bifocales, el pelo se mezclaba entre un gris y blanco que le daba un color especial. Sus manos pequeñas y gruesas, que parecía imposible fueran capaces de crear no solo abanicos, también en ocasiones colaboraba con la falla haciendo ninots y miniaturas a la antigua usanza. Todo él era un personaje especial, pero lo que más cautivaba era su gran corazón, como Aurora decía, un corazón que no cabía en aquel pecho. Ese pensamiento era el mismo que tenía Catalina. Y que le inundó al verlo marchar cabizbajo.

 

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