EL PINTOR DE ABANICOS. IX

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El Abanico valenciano tiene más de 500 años. Su origen data del siglo XV, y su desarrollo se debió en gran medida a la protección de los oficios y gremios artesanos que llevó a cabo en su reinado Jaime I el Conquistador, lo que posibilitó el asentamiento del abanico en la región Valenciana y especialmente en la localidad de Aldaia.

(http://weblidera.com/folgado/es/13-abanicos)

 

Eran las ocho y media de la mañana, el viento azotaba con fuerza la ciudad, las nubes pasaban tan deprisa que era complicado poder disfrutar de sus originales formas. La vida, a veces, pasa de igual manera. En eso pensaba Catalina mientras llegaba a su tienda. Sin embargo, le llamó la atención ver que la tienda del señor Francisco estaba abierta. Era demasiado pronto. Sin dudarlo y con el gesto de preocupación por si habían entrado a robar se dirigió hasta la puerta. Miró pero no vio a nadie en el interior. Asustada sacó su teléfono móvil para llamar a la policía.

El viento azotó con fuerza, tanta que Catalina se tuvo que refugiar entre la puerta y la pared, al hacerlo la abrió y del impulso se quedó en el interior, el pelo revuelto con la bufanda colocada sobre sus gafas, con cierto pánico se quitó apresuradamente el pelo de la cara.

-¡Quién anda ahí! –apareció Alex.

-¿Alex? –lo miró con la mano en el pecho aliviada de verlo.

-¡Qué susto! Juraría haber cerrado la puerta.

-¿Susto? ¡El susto me lo he llevado yo al ver la luz! –replicó con el miedo aún reflejado en su cara.

-¡Mamá! –apareció tras Alex, Begoña.

-¡Pero!… ¿pero qué hacéis?

Su pregunta no era a modo de reproche, más bien, una mezcla de sorpresa y alivio de verlos allí. Estuvieron un rato explicándole el motivo por el que habían abierto la tienda antes de que llegara el señor Francisco. Más tranquila, se fue hasta la mercería. Se colocó el delantal y sin poder evitar lo que su interior había sentido ante lo que había visto, se puso a llorar. Era un llanto emotivo, también nostálgico pero sobre todo necesario para su alma.

El señor Francisco llegó a su tienda sintiendo el frío del día, ¡y eso qué él era caluroso! Pero se sintió aliviado al entrar. Allí en el mostrador ya estaba Alex. Algo en él le llamó, poderosamente, la atención.

-¡Buenos días señor Francisco! –le saludó contento, el señor Francisco pudo captar en él hasta un halo de orgullo.

-¿Qué llevas puesto? –lo miró fijamente.

-¡Me lo ha regalado Begoña! –el señor Francisco sonrió-. ¿Le gusta?

El chico se había recogido el pelo en una coleta, Begoña le había preparado un babero y, en el bolsillo que quedaba sobre su pecho, había puesto el nombre de la tienda y justo debajo, su nombre. A Francisco le pareció todo un detalle.

-Es que ayer, entraron dos vecinas para preguntar por usted, no les gusté, oí como una le decía a la otra ¡vaya greñas lleva! Además, este babero me da un aire más profesional ¿no cree? –lo miraba realmente ilusionado.

-Bueno hijo… no hagas caso a los comentarios y sé tú mismo –le dio dos palmadas en la espalda-. Me gusta ese babero.

-¡No entre al taller! ¡Espere! –sacó su móvil y tecleó algo-. ¿Se acuerda que ayer hablamos de hacer algo para recordar a Aurora? –Francisco asintió con los ojos nublados-. Pues ahora vera.

-¡Ya estamos aquí! –aparecieron Catalina y Begoña con los abrigos encima de sus respectivos delantales-. ¡Vaya frío!

-¿Preparado, señor Francisco? –le preguntó Alex que no podía ocultar su emoción.

El hombre asintió, Alex abrió la puerta, junto a él pasaron las dos mujeres, que en sus rostros llevaban marcado el gesto de la expectación por ver cómo reaccionaría. Francisco se detuvo en seco ante un cuadro, allí, pintada a carbón estaba un excelente retrato de Aurora. Catalina suspiró pasando el brazo por los hombros de su hija. Ambas mantenían una sonrisa que daba una luz especial a aquel lugar. Junto al retrato, había una especie de libro con papel de antaño. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no romper a llorar. Sentía su interior alborotado de emociones y sentimientos. Más que nunca, se dio cuenta que no estaba solo, aquello le provocó que, finalmente, las lágrimas recorrieran las mejillas. Se giró mirando a un Alex que no podía dejar de sonreír y sin mediar palabra lo abrazó.

-¡Gracias, muchacho! –le dijo en aquel abrazo verdadero mientras cerraba los ojos.

-Es mi homenaje a su recuerdo. Era una gran mujer.

-¡Bueno! ¡Pues vamos a ver como colocamos todo! –decía emocionada Catalina, pero como siempre, con una sonrisa tratando de mostrarse fuerte.

Y así fue, la tienda tenía forma rectangular, el mostrador llegaba hasta la mitad de la misma. En la parte que quedaba libre, había una vitrina enorme con los más variados y coloridos abanicos. Allí, pusieron una mesa camilla, Begoña había aprovechado unas telas para hacer un mantel con los colores preferidos de Aurora. Alex puso el retrato y, Catalina el libro de firmas, había sido mucha la gente que se había quedado con las ganas de dedicarle unas palabras y pensaron que era una buena manera de darles esa oportunidad.

-¡Esperar que falta algo más! –Begoña salió corriendo y abrió la mercería, tras un rato volvió con un faro y en el interior una vela rosa-. El color preferido de Aurora… no tiene ningún peligro porque es eléctrica –aclaró ante la mirada de su madre-. ¡Ahora sí!

-Muchas gracias a los tres, de verdad, me siento muy feliz. Habéis conseguido que este momento sea inolvidable para mí.

-¡Pero falta algo más! –agregó Catalina mirándolo con una dulce sonrisa le preguntó-. ¿Cuándo lo tendrá listo?

-Ahora mismo, me faltaba darle los últimos detalles. Muchas gracias, de verdad. Me siento afortunado de contar con vosotros…

-¡Bueno… bueno! Dejemos ya los agradecimientos que hay que trabajar… vamos cariño –le dijo a su hija.

-Sí. Seguimos hablando Alex.

-¡Mmmm! Seguimos hablando ¿eh? –le susurró Catalina divertida.

-¡Mamá! –respondió del mismo modo que su madre.

El señor Francisco se metió en el taller, se quitó las gafas y con el dorso de la mano se apartó las lágrimas. Después, dejó su ropa en el perchero, se puso su bata y se sentó frente al abanico. Cerró los ojos inspirando el aire por la nariz, conforme recorría su tabique nasal, la garganta y hasta los pulmones, iba dándose cuenta de que su vida había cambiado, no tenía a Aurora, pero no estaba solo, tal y como le había dicho Catalina. Pudo sentir algo de tranquilidad en su alma, de repente veía claro que tenía un acometido, formar a Alex que había demostrado tener la sensibilidad suficiente como para convertirse en su sucesor.

Durante la mañana, ambos estuvieron trabajando. Cuando llegó la hora del almuerzo, Alex entró al taller con unos panes integrales y dos tazas de café con leche. Francisco, sonrió. Sabía quién los había llevado.

-¡Señor Francisco, no se podrá quejar usted! ¡Ay que ver lo que le cuidan!

-Amparín, la horchatera. Es un encanto de mujer.

-Me ha mandado decirle que deje lo que está haciendo y se tome el café con leche.

-Pues a Amparín hay que hacerle caso… -sonrió suspirando con fuerza mientras tomaba un abanico en su mano y se lo mostraba a un impresionado Alex-. Los colores preferidos de Aurora, las margaritas que tanto le gustaba tener en casa, y su nombre.

-Una obra de arte, sin duda.

-No menos que la tuya –lo miró con una sonrisa tranquila y amable.

-¡Ya me gustaría a mí poder hacer eso! –sonrió queriendo restar importancia a su cuadro.

-Hay una cosa que no para de darme vueltas en la cabeza, ¿cuándo hiciste el retrato?

-Anoche –le dio su taza de café con leche.

-¿Y cuándo has dormido? –lo miró con el ceño fruncido, se había fijado y Alex parecía algo ojeroso.

-No he dormido… ¡pero no por terminar el cuadro! Es que no puedo dormir.

-¿Y eso?

Notó como el chico parpadeaba con rapidez como si se pusiera nervioso. Después, sonrió levemente y miró al señor Francisco con los ojos repletos de dudas. Agachó la mirada viendo como el humo que salía de su la taza que sujetaba entre sus manos se difuminaba delante de su rostro, casi de la misma manera que él quería difuminar sus recuerdos, sus miedos, sus dudas.

 

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