EL PINTOR DE ABANICOS. CAPITULO III

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Los dos primeros días, de ausencia, fueron un constante ir y venir de gente que le ayudaron a sobrellevar la pérdida. Después, se fueron espaciando las visitas, porque todos tenían que seguir con sus trabajos; incluido él.

Había decidido no dormir en el cuarto que había compartido con Aurora y dejó la cama hecha con el cojín decorado con sus nombres dentro de un corazón. Sacó la ropa del armario y se dispuso a dormir en el pequeño despacho donde tenían un sofá viejo, pero muy cómodo. Era de tres plazas con los almohadones negros y a cuadros de color rojo, y con la estructura de madera, algo que ya es difícil de encontrar. ¡Toda una reliquia! Catalina se había ofrecido para recoger la ropa de Aurora y donarla a Cáritas, tal y como Francisco quiso; lo haría sin estar él delante. No tenía ninguna motivación, ni alegría y todos los días se preguntaba ¿qué voy a hacer?

No le fue fácil empezar en su taller. Además, era taller y tienda, por lo que, si estaba dentro, no podía atender al público. Su espacio, donde se sentía seguro, una mesa grande de madera donde tenía repartidas las pinturas, las maderas, las telas. Una gran ventana dejaba ver a los curiosos, que se acercaban, cómo realizaba su trabajo. Sus manos habían sido dotadas con un “don exquisito” a la hora de crear los más variados abanicos de la ciudad. Él no tenía una página web donde anunciarse, sin embargo, no le falló nunca la clientela. Aquella mañana, después de atender a un par de clientes, volvió a sentarse en su mesa de trabajo. Allí le esperaba, desde hacía unas horas, una tela blanca y vacía, tan vacía como su mente. Resopló porque notaba cómo su inspiración había huido, y pensó que se había marchado con Aurora.

-No puedo seguir sin ti… -murmuró apenado mirando la tela blanca que se extendía ante él.

Cerró antes de hora. Se fue sin despedirse de nadie, con la misma pesadez en sus pasos, con el mismo sentimiento de soledad absoluta. Llegó a casa y el agobio fue mayor. Había retirado las fotografías, cerrado la habitación; pero no era suficiente. Sentado junto a la ventana y mirando al vacío, ni se percató que había oscurecido, que la noche había caído, poco a poco, sobre su ciudad. Las tripas le crujieron y sintió como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago. ¡Debía hacerse la cena! Ese pensamiento le hizo recordar cuando llegaba de trabajar, con Aurora. A veces, se detenían en una pequeña cafetería que había antes de llegar al Portal de la Vallidgna que era donde vivían. El dueño, que sabía de sus gustos, en invierno les tenía preparado un caldo bien caliente, para después ponerles pescado asado con guarnición de verduras, el postre y un té. Todo esto, amenizado con una buena charla junto al matrimonio, que parecían seguir sintiendo la misma devoción, el uno por el otro, después de tantos años. Francisco sacudió la cabeza, aquella imagen le provocó unas lágrimas rebeldes en sus ojos. Por más que quería “no recordar”, porque le dolía el corazón, no cesaba de revivir sus momentos con ella. Allí estaban otra vez… Cuando él llegaba y le decía a Aurora que se quedara en el sofá tranquila y preparaba la cena para su mujer, que era lo que más le gustaba en el mundo. Cenaban en la, pequeña pero acogedora, salita junto a la estufa de butano, que seguían utilizando, y delante de la televisión. Mientras, comentaban la jornada de trabajo o las noticias que iban dando en el informativo local. Después, se iban al sofá para compartir una película y, al acabar, juntos se marchaban a la cama. Eran como los agapurnis, inseparables. Pero él, estaba allí, solo. Buscando en la nevera algo para hacerse la cena. Sentándose en la cocina con la radio puesta… Aurora había fallado en su apuesta. Ella le dijo que estaba segura de que, con lo mucho que se amaban, terminarían muriendo juntos a la vez. ¡Muy romántico, pero irreal!

La noche no fue mucho mejor, se acostó en el sofá con los brazos cruzados sobre el pecho y, por mucho que tratara de cerrar los ojos, le era imposible. Como si fueran irreverentes hacia sus deseos, se mantenían abiertos de par en par. Rendido, cansado, se levantó a las cuatro de la mañana. Pasó por delante de la puerta de la habitación, deteniéndose en seco. Echaba de menos su cama, su olor, aquellas sábanas aún olían a Aurora, así que, decidió entrar. Retiró el corazón, la colcha la dobló tal y como hacia ella, después de tantos años juntos sus costumbres se habían hecho una y ya no recordaba cuales era suyas, ni cuales las de ella. Se estiró en la cama, refugiándose con la manta y resopló, pues el frío se había apoderado de su cuerpo. Dobló, levemente, la cabeza para girarse hacia su lado izquierdo, ahora vacío, pasó su mano, pequeña pero gruesa, sobre la almohada y lo hizo con tanta sutileza, como si aquella caricia pudiera romper un cristal. Cerró los ojos tratando de controlar su respiración, pero llegó a un punto en que, lo único que pudo hacer fue explotar en el llanto más amargo de toda su vida.

Eran cerca de las nueve de la mañana, el día había vuelto a salir gris y la gente llevaba consigo un accesorio que, en Valencia, no era habitual, el paraguas. Y tras un paraguas, entró en la mercería Catalina. Para ella, no había día triste o alegre. Desde hacía mucho tiempo, su pensamiento consistía en que la vida era lo que tenía en ese instante y lo disfrutaba a manos llenas, y como si fuera el último. Su vocación la hubiera llevado a ser médico, sin embargo, los estudios se le resistían. Eso, y la llegada temprana de un novio, le hicieron rechazar la oportunidad de ser lo que soñaba. A día de hoy, no lo hubiera hecho así. ¡No lo hubiera rechazado así, tan alegremente y tan poco meditado! Pero… era tarde para ponerse a estudiar medicina, aunque Begoña la animaba para que lo intentara. Había tenido suerte con su hija, era una joven emprendedora, estudiosa, amante de los animales y tan independiente que, a veces, le dolía. Pero era consciente de que debía vivir su vida y equivocarse, de igual manera que ella tomó decisiones equivocadas, pero reconocía que era afortunada.

-¡Ya estoy aquí, Bego!

-Mamá… el señor Francisco no ha abierto –fue a su encuentro con la Tablet entre las manos y un gesto preocupado que la acompañaba

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