EL PINTOR DE ABANICOS. CAPITULO II

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En todo aquello iba pensando Francisco mientras trataba de llegar a su tienda. Los pies le pesaban como si las botas estuvieran rellenas de plomo. En un momento dado, una lluvia fina comenzó a caer sobre aquel chaquetón negro que llevaba. Esa manía suya de no coger nunca paraguas…. volvió a escuchar la voz de Aurora regañándole. Al llegar a la tienda, agradeció que alguien pasara primero y retirara el cartel de cerrado por defunción. Con un nudo en la garganta, el estómago hecho trizas y un gran dolor en su corazón, fue a quitar el candado del suelo para poder subir la persiana.

-¡Espere, Sr. Francisco, yo le ayudo! –era Begoña, una de las dependientas de la mercería que llegaba para ayudarle.

-¡Gracias, hija!

-Vamos… le acompaño. Abrir la puerta de cristal fue tan doloroso….

Sentía que, conforme iba entrando en la tienda, su corazón se entristecía más y más. Cerró los ojos como si, de ese modo, pudiera borrar de su mente los últimos acontecimientos vividos en su vida. Quería creer que Aurora saldría de detrás del mostrador con su sonrisa, con sus labios pintados de rojo y sus ojos iluminados por la pasión que le provocaba aquel lugar.

-Sr. Francisco, estoy segura de que, a ella, la gustaría verle bien… ya sabe cuánto le quería y cuánto cuidaba de usted. Ahora, debe ser fuerte –le dijo con voz dulce y ojos acuosos la dependienta de la mercería.

-Lo sé, pero me encuentro perdido… ¿qué se supone que debo hacer?

-¡Sr. Francisco, buenos días! –apareció Catalina, la otra dependienta de la mercería y muy amiga de Aurora. Una mujer de sesenta y pocos años, muy cuidada, que podía presumir de una belleza y figura, de la cual era la envidia de las demás mujeres. Aunque, lo que más apreciaban, tanto Aurora como Francisco, era su enorme corazón-. Aquí le traigo un chocolate caliente.

-Catalina… gracias…

-Vamos… vamos… hace mucho frío y hay que entrar en reacción. Begoña, cariño, vuelve a la mercería, yo me hago cargo.

-Gracias por venir ayer, imagino que tú debiste ser la promotora… -Francisco, dejó a un lado su chaquetón y le dio al interruptor de las luces.

-No, yo no hice nada, Sr. Francisco. Aurora era una mujer muy querida por todos y la gente hizo lo que sintió, dándole a usted apoyo, y el adiós que ella se merecía. Era una persona excepcional y la vamos a echar mucho de menos –dijo Catalina con la voz entrecortada.

-Era una “muy buena” mujer… la mejor que pude tener en mi vida –suspiró cogiendo, por educación, la taza de chocolate. -Estaba muy orgullosa de serlo, y le aseguro que le adoraba. -¿Qué voy a hacer ahora, Catalina? –la miró con sus ojos empequeñecidos por la tristeza, tras aquellas gafas bifocales, con una expresión de desamparo total.

-Continuar viviendo… tal y como ella quería que hiciera.

-Sin ella… no estoy seguro de saber… y mucho menos, ¡de querer! Siempre que nos planteábamos la partida, decíamos… en un accidente los dos juntos –sonrió con tristeza-. Y yo le decía, quiero marcharme yo antes, porque sin ti no sabré cómo vivir. Ella era fuerte y sabría qué hacer, pero yo…

-Usted necesita tener paciencia y el paso del tiempo le ayudará, poco a poco, a superarlo. Nadie cree estar preparado, para seguir viviendo, cuando pierde a su compañera. ¿No se acuerda de mí? –Francisco levantó la mirada encontrándose con aquellos ojos, intensamente negros, que destellaban vida-. Yo perdí a mi marido y aquí estoy, luchando todos los días de mi vida para seguir adelante; de igual modo, lo va a hacer usted.

-Tú eres fuerte, eres mujer y sois de otra pasta –le dijo mostrando en sus palabras la admiración que sentía por las mujeres-. Pero yo…

-Usted nos tiene a todos, ¡y le vamos a ayudar! No va a estar solo., se lo digo yo –le entregó una de esas maravillosas sonrisas que Catalina repartía por doquier.

Las palabras de la mujer fueron ciertas. Durante la mañana no estuvo solo, e iban llegando clientes de toda la vida que se habían enterado. Compañeros de profesión que lo admiraban por su belleza artística, porque lo consideraban un auténtico maestro en la creación de abanicos. Así, entre unos y otros, la mañana se le fue pasando. Agradecía que le hablaran de Aurora, era como tenerla allí. Y agradecía, también, el cariño y respeto que mostraban por ella. No escondió las lágrimas cuando las tuvo al borde de sus ojos e incluso, hubo algún que otro compañero que le acompañó en el llanto.

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