EL PINTOR DE ABANICOS. CAPITULO I

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Desde hacía algo más de cuarenta años, el despertador sonaba, de lunes a sábado, a la misma hora; a las 07:30h. Cuarenta largos años en los que, Francisco escuchaba los primeros avisos para despertar, pero esperaba que Aurora, su mujer, lo sentenciase con unos cuantos golpecitos en su brazo. Entonces se levantaba poniendo, en primer lugar, su pie izquierdo en el suelo, para después, una vez puestas las zapatillas, colocarse las gafas y empezar su día. Cuando salía del cuarto de baño, Aurora ya tenía puesta la radio en la que escuchaba a Luis del Olmo y, al llegar a la cocina, el café ya empezaba a sonar en la vieja cafetera de acero inoxidable. Un ¡buenos días!, el beso de rigor, compartir el desayuno de un buen y cargado café con leche, con tostadas y margarina; había que cuidarse el colesterol (desde hacía mucho tiempo, era su enemigo número dos, el uno era el ácido úrico). Durante esos más de cuarenta años, no había faltado ni un solo día a su trabajo, aquella tienda de abanicos en la calle Tapinería, de Valencia. En uno de los barrios más hermosos y antiguos de la ciudad. Bueno, sí; tan solo una vez. Tuvo un ataque de gota tan agudo, que no se pudo levantar de la cama. Él era el encargado de pintar a mano los abanicos, “el artista” y ella se ocupaba de atender a los clientes con su amabilidad, su rostro repleto de luz, y su sonrisa eterna. Así habían sido sus vidas durante todo ese tiempo.

Sin embargo, aquella mañana oscura de invierno era totalmente diferente. Cuando sonó el despertador, él aún no había cerrado los ojos, no tuvo los golpecitos de su mujer en el brazo y ni siquiera tenía fuerzas para levantarse, y poner el pie izquierdo en primer lugar sobre el suelo. Aurora se había ido para siempre y ella se había llevado su fuerza, su ilusión. El despertador insistió varias veces hasta que, al final y con una profunda desgana, Francisco se levantó. Lo hizo con un suspiro lastimero que le fue saliendo entrecortado. No quiso mirar hacia atrás, cuando salió de la habitación, el lado de Aurora estaba sin deshacer y una inmensa tristeza le embargó hasta llegar a la cocina. Se asomó por la ventana, el cielo estaba gris plomizo, del mismo color que estaba su corazón. No tenía ganas de desayunar, pero le pareció escuchar la voz de su mujer advirtiéndole de que no podía irse a trabajar sin tomar sus pastillas.

Tan solo quince minutos separaban su casa de la tienda. Era el paseo matutino en el que, los vecinos que iba encontrando a su paso, siempre le iban saludando. El Sr. Francisco era muy conocido en su barrio, siempre dispuesto a ayudar. La misma mano que tenía para pintar abanicos, le servía para arreglar desperfectos en tiendas de los alrededores. Sus vecinas de la mercería, habitualmente, requerían de sus servicios. Sr. Francisco, se nos ha estropeado una cerradura. Sr. Francisco, el lavabo no traga, hay algún embozo. Y ahí estaba voluntarioso, el Sr. Francisco, para arreglar las averías con una sonrisa, de oreja a oreja, y un chiste para amenizar el momento. De igual modo, cuando había algún problema de salud, sabían que podían recurrir a él para ayudar a los demás. Aurora le decía que tenía el cielo ganado, había nacido para ayudar al prójimo, aunque él, poco creyente, le restaba importancia a sus actos.

El día anterior, en el tanatorio, se dio cuenta de lo mucho que la gente los apreciaba. Al llegar, pensó que estaría solo acompañando a su mujer, la vida no les había dado la alegría de tener hijos. Y los familiares que les quedaban, dos sobrinas, residían fuera de España. No habían pasado ni cinco minutos, cuando la sala donde velaba a Aurora comenzó a llenarse de gente. Vecinos del barrio, compañeros de las tiendas de alrededor, habían cerrado sus negocios para acompañar en su desgracia al Sr. Francisco. Y, allí, abrazado por unos y por otros, tratando de ser consolado por la gente con la que había compartido la mayoría de aquellos cuarenta años, hizo disminuir su dolor al darse cuenta de lo mucho que la gente quería a Aurora. Se lo merecía ella y se lo merecía él, no estar solos y llorarle desde el corazón.

1 comentario en «EL PINTOR DE ABANICOS. CAPITULO I»

  1. Ánimo, sigue así. A menudo quiero escoger un momento relajado del día para leerte…pero últimemente pocas veces lo encuentro. A veces siento que te fallo, pero despues lo leo todo del tirón y siempre me engancha. Gracias.

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