EL PINTOR DE ABANICOS. CAP. XIX

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Alex no podía contestar había entrelazado sus dedos tratando de controlar el temblor que de pies a cabeza apareció en él. En unos segundos su vida pasó por su mente como si fuera una película, recordó cuando era niño y se detenía ante el cristal de la tienda, viendo como el señor Francisco pintaba, también recordó la sonrisa de Aurora aquel día que le dio una piruleta o el cariño con que hablaba de los abanicos cuando fueron a comprarle uno a su abuela. El dolor al perder a sus abuelos, la doctrina férrea de sus padres, estudiar y estudiar, los ratos que se evadía a escondidas pintando, dibujando, queriendo ser como aquel hombre que veía tras el cristal. Revivió el día que cogió al miedo por los cuernos y se enfrentó con sus emociones y sentimientos a flor de piel a sus padres. Le llegó nítidamente el rostro de su madre llorando al saber que su hijo era homosexual, el de su padre rojo de ira echándolo de casa. Su miedo a quedarse solo.

-¿Alex, estás bien? –le preguntó Catalina al ver que el chico no reaccionaba.

-Sí, sí…

-No quiero que te lo tomes como una carga para ti, hijo –habló el señor Francisco, con cierta preocupación.

-¿De verdad cree en mí? –lo miró fijamente a los ojos.

-Por supuesto… claro que creo en ti. ¡Cómo no voy a creer!

El señor Francisco veía cómo lo miraba con los ojos acuosos ante su comentario, el chico negó con la cabeza mientras trataba de controlar la respiración, y una congoja que se había apoderado de su pecho.

-¿Sabe? Nunca nadie antes había confiado en mí.

Se levantó y estrechó con fuerza al hombre a quien le sorprendió aquella reacción.

-Gracias…pero… pero… no sé cómo voy a pagarle.

-¿Tienes diez euros?

-¿Diez? –el hombre sonrió mostrando esos dientes separados que tanta gracia le hacían a Aurora-. Sí, claro.

Alex contestó algo turbado.

-¡Pues ya está!

-No puede ser… ¡cómo voy a quedarme con esto por diez euros!–respondió Alex impactado por aquella oferta.

-Entonces… ¿aceptas?

-Un momento…un momento –trató de poner cordura Catalina que estaba siendo desbordada por la situación-. Señor Francisco…

-Sé lo que me vas a decir –la detuvo-. No te preocupes.

-Pero usted estará conmigo, ¿no? –Alex lo miró con gesto asustado.

-No voy a dejarte solo, muchacho, iré y vendré pero tú no necesitas mi ayuda eres un genio. Nada más hay que verte trabajar, tienes la sensibilidad necesaria, el entusiasmo justo y la pasión inmensa por los abanicos. Y algo más… que es muy importante en este mundo, te gusta el trabajo bien hecho, disfrutas pintando… te dije una vez que este trabajo no te va a hacer millonario en dinero, pero sí, millonario en emociones.

-No me lo puedo creer –Alex emocionado se limpiaba los ojos.

-Aurora estará satisfecha. Nuestro legado tendrá continuación.

-Es una responsabilidad enorme… ¡deme… deme un segundo qué quiero enseñarle algo!

Alex se metió en la parte trasera con el corazón acelerado. Mientras, Catalina miraba al señor Francisco, su gesto distaba mucho del que habitualmente solía mostrar. Aquel cambio de dueño por la cantidad que lo hizo el señor Francisco le preocupaba.

-Señor Francisco…

-Tranquila, Catalina, con mi jubilación tengo más que suficiente para el día a día, además, tengo unos ahorros que íbamos a destinarlos para un viaje a París cuando nos jubiláramos. Ahora… ya no tiene sentido ese viaje.

En su voz se había instalado una profunda melancolía.

-¿Está seguro de lo que está haciendo?

-Sí. Siento en mi interior que… -la mirada de Catalina fue como si le estuviera pidiendo a gritos que no continuara con la frase-. Estoy cansado, Catalina. Antes tenía a Aurora a mi lado, nuestro día a día tenía sentido.

-Y ahora tiene a Alex.

-Hija… tengo setenta años… y pocas ganas de seguir luchando. Además, este negocio necesita un impulso nuevo, a mí ya no me queda ni entusiasmo ni pasión para seguir, necesito descansar.

Por el impulso de la felicidad más extrema que sentía Alex, le pasó desapercibido el gesto triste de Catalina. Se sentó junto al señor Francisco y puso en marcha su Tablet. Ante los cansados ojos del hombre apareció un gran abanico lila con motivos rosas, no sabía cómo Alex había logrado aquella fotografía, fue el primer abanico que le hizo a su mujer. Le impactó al ver que ponía “ABANICOS MONTÉS” era el nombre de su tienda.

-¿Y esto? –preguntó impactado.

-Ven, Catalina, ven,

Le animó Alex que la dejó sentarse en el taburete mientras la mujer sujetaba la Tablet. Por delante de sus ojos pasaron los mejores abanicos hechos por el señor Francisco. Así como fotografías de la tienda, del taller y, también, como recuerdo especial el rincón de Aurora. Todo con cuidado extremo bien detallado en cada fotografía, en cada comentario.

-Ves, Catalina, esto es lo que te decía… Alex tiene lo necesario para seguir, no hay más que ver esto.

-Señor Francisco… pero necesito la experiencia… tengo veinticinco años y la oportunidad de empezar con un negocio que me apasiona, pero, necesito de su colaboración.

-¡Y la tendrás! No vais a dejar de verme de un día para otro.

-¿Seguro? –Catalina lo miró con la ceja enarcada y su sonrisa apagada.

-¡Seguro! –sonrió ampliamente.

-¡Esto hay que celebrarlo! –exclamó cambiando el gesto Catalina.

-Mañana tenemos un día muy importante, vienen las señoras japonesas.

-Ves… Aurora se entendía con ellas a base de sonrisas, té, señas… Alex lo hará en su perfecto inglés –dijo orgulloso mirando a Catalina mientras le daba palmaditas en el hombro.

-Pero pasado mañana, vamos a celebrar la venta de los cien abanicos y que el señor Francisco se jubila.

-¡Y lo más importante, hijo! ¡Que tú eres el nuevo dueño!

En la mercería, Catalina no cesaba de dar vueltas a la noticia. Estaba algo inquieta por el señor Francisco, era cierto que la casa la tenía pagada, también que era un hombre que no tenía grandes caprichos, recordaba a Aurora salir de vez en cuando a comprarle ropa siempre quejándose con una sonrisa le decía:

¡Este hombre mío, si fuera por él no compraría nunca nada nuevo!”.

-¿De qué sonríes mamá?

-Estaba recordando a Aurora…

-¡Cómo la extraño! Parece mentira que ya no esté.

-Ha pasado algo sorprendente… que me tiene descolocada.

Begoña mientras tanto imprimía el cartel del nuevo curso para hacer peucos y capotas de punto.

-El señor Francisco le ha traspasado a Alex la tienda.

-¿Y eso es sorprendente? –le preguntó mientras miraba la impresora porque se había atascado.

-¡Mujer… no pensé que hiciera algo así! ¡Por diez euros!

-¡Vamos a tener que comprar otra impresora! Está ya no tira.

-¡Otro gasto más! –protestó Catalina.

-A ver, mamá. Eso se veía venir.

-¿La impresora o la tienda?

Se miraron con gesto simpático riéndose a la vez.

-El señor Francisco está cansado… ha adelgazado y no se le ve con ilusión. Era normal que si Alex se enganchaba un poco iba a dejarlo, esa tienda es el recuerdo vivo de Aurora.

-Debiste ver llorar a Alex. Pobre chico.

-Sí, lo ha pasado muy mal. ¿Sabes lo primero que me ha dicho?

-¡Vaya yo que pensaba que te estaba dando un notición! –protestó Catalina de manera irónica.

-Que es la primera vez que alguien confía en él.

-Eso debe ser muy duro, terriblemente duro que unos padres te den la espalda.

-¡Ahora solo tiene que pensar en positivo! ¡Poner rumbo a su vida y todo lo bueno llegará!

-¡No me extraña que la gente te quiera tanto! ¡Eres tan positiva!

-Me lo has enseñado tú, ¿eh? Bien… esto ya está. A partir de mañana abrimos el plazo de inscripción.

-¿Habías visto la página que ha hecho Alex? –le preguntó mientras observaba el cartel.

-Le ayudé, sí, el día que estuvo en mi casa lo tenía todo preparado pero quería una opinión, variamos algunas cosas, estaba nervioso pensando que el señor Francisco pudiera rechazar su idea.

-¡Pues le ha encantado! –sonrió con orgullo por la ayuda de Begoña-. Creo que el futuro de la mercería y la tienda de abanicos, está garantizado con vuestras ideas geniales.

La noche volvió a traer a la ciudad una fina lluvia acompañada por un viento voraz. Las papeleras del barrio antiguo de Valencia, estaban repletas de paraguas rotos. Así se sentía el señor Francisco, como algo inservible que se podía echar a cualquier papelera, sonrió de lado con el corazón encogido. Cenó con la compañía de su amigo Juan, estuvieron departiendo sobre el tema de moda, desgraciadamente, la corrupción. Después con el vaso de leche para no despejarse con el café, hablaron del traspaso de la tienda. A Juan le pilló tan de sorpresa como a Catalina, pero al igual que ella, en el fondo sabían que ese día iba a llegar, y con la partida de Aurora iba a ser antes de lo imaginado. Se alegró al ver que para él era como quitarse un peso de encima, Alex parecía un buen chico. Después, poco a poco, se marchó hasta su casa con las calles mojadas por la lluvia y alguna que otra hoja que el viento había arrancado, visceralmente, de los árboles. Sacudió el agua del chaquetón, lo tendió en el viejo tenderete en el que había ideado uno de sus muchos inventos para evitar que cuando lloviera la ropa se mojara. Dado el poco espacio que había, puso unos cables y, sobre ellos, una capota con tela azul que había sacado de una vieja tienda de campaña que tenían de cuando salían a viajar. A través de unos hilos aquella capota subía y bajaba. Aurora siempre acababa admirando las ideas del inventor de su “chato”.

-¡Ay cariño! –dijo con cierta melancolía cuando bajó la capota-. Hoy estoy seguro que debes estar feliz.

Se cambió con el pensamiento puesto en que por fin podían poner punto y final a su enlace con la tienda. Durante toda su vida y la de su padre y, con anterioridad, la de su abuelo, aquella tienda había sido el esfuerzo del día a día por mantenerla viva. Se sentó en el sofá mirando el cielo, a pesar de la lluvia, de las nubes, aquella estrella que parecía observarle mientras le hacía guiños, era la única que se veía en el medio de la oscura noche.

-¿Sabes chata? Por fin… hemos logrado nuestra última meta… La tienda va a sobrevivirnos y sé que Alex es la persona indicada. Hoy he terminado nuestro proyecto ¿lo recuerdas? ¡Tantas noches en vela pensando qué haríamos! Y fíjate –sonrió cansado mientras se acomodaba en el sillón-. La vida pone a cada quien en el momento idóneo. Me siento feliz… cansado, pero feliz… nuestra pelea diaria no fue en vano. No… chata… no… nuestra vida juntos ha sido maravillosa y hemos logrado poner el broche de oro… imagino que por eso me quedé yo, debía entregar el secreto “del amor y la sensibilidad” del pintor de abanicos… … te quiero chata…

En su casa, Alex, era incapaz de dormir. Tenía un reto demasiado grande ante él. Era caprichosa la vida, sus padres le obligaron a estudiar carreras serias para ser un hombre de provecho, y tener una empresa para sacarla adelante. No se equivocaron demasiado, tenía una empresa pero no como ellos querían. Tenía la empresa que él siempre había soñado. Cada día guardaba unos minutos para visualizarse en aquella tienda pintando abanicos ¡y lo había conseguido! Sí… la vida era caprichosa pero, tremendamente, maravillosa. Iba a poder transmitir a través de la pintura sus vivencias, sus emociones.

-¡Soy lo que quise ser! –se repitió como un mantra-. ¡Pintor de abanicos!

 

 

 

 

 

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