EL PINTOR DE ABANICOS. CAP. IV

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-Mamá… el señor Francisco no ha abierto –fue a su encuentro con la Tablet entre las manos y un gesto preocupado que la acompañaba.

-Este hombre… ¡no va a saber seguir sin Aurora! -renegó moviendo la cabeza-

-¡Pues tendrá que hacerlo! Al igual que lo hemos hecho todos. Voy a acercarme hasta su casa.

La diferencia entre ambos negocios, el de Francisco y Catalina, a pesar de tener la misma antigüedad, era que Catalina había dejado en manos de su hija la tarea de publicidad, encargos y compras on line, de todos los artículos manufacturados y habidos en su tienda. Catalina, a su manera, era tan artista como Francisco. Creaba sábanas, toallas, impartía cursos de patchwork, tenía todo tipo de lanas, hilos, mouliné, perlé, botones, abalorios, puntillas, flecos, etc… Su mercería estaba reconocida con algún premio y una clientela abundante. Su hija, le había enseñado a ponerse frente al ordenador y, poco a poco, fue modernizando el estilo. De eso también se sentía orgullosa, sola había logrado encontrar una nueva vida. De vez en cuando, se gratificaba con algún viaje siendo la oportunidad que tenía para intercambiar, con gente nueva, tiempo, conocimiento de otras culturas, espacio y risas. Y, a parte de su hija, quien la había apoyado para darse esa oportunidad y no sentirse una mujer mayor, había sido Aurora. Ella la había dado el empujoncito que necesitaba para vivir la vida de forma diferente a la que siempre vivió acompañada por su marido. Era una de las cosas que le agradecía, la insistencia en el primer viaje, sus comentarios siempre favorecedores por su manera de vestir, de ser… Aurora fue la madre que hacía muchos años había perdido y, por esa razón, ella también se encontraba afectada pero, sobre todo, se sentía responsable de Francisco. Mientras llamaba al timbre, recordaba la promesa que le hizo a Aurora tiempo atrás:

-Catalina, quiero pedirte algo…-le dijo mientras le ayudaba a tejer un chaleco.

-Tú dirás…

-Quiero que me prometas que, si me pasa algo, ayudarás a Francisco. Él no está preparado para quedarse solo.

-¡Qué te va a pasar, mujer!

-Morirme, ¿te parece poco? –le dijo con su amplia sonrisa.

-¡Sabes que no me gusta que me mentes la muerte! ¡Pero sí… te prometo que me haré cargo de él! Aunque espero que, a ese momento, le quede mucho por llegar.

Algo debía notar Aurora o presentía porque, tan solo cuatro días después, un infarto fulminante acabó con su vida.

-Vamos… Sr. Francisco… vamos…-repetía con un cierto temblor que le había provocado el recuerdo.

-¿Quién es? –se oyó la voz cansada y lejana del hombre.

-¡Soy Catalina!

Subió con el pesar de no saber muy bien qué decirle. Entendía que no podía equiparar su viudedad a la del hombre. Ella tenía cincuenta años y mucha vida por vivir; además era mujer. Poseía una fuerza extra para sacar a su hija adelante y la mercería debía ser su sustento, porque la pensión… mejor ni recordarla. Pero, ¿qué tenía él? A su edad, cercano a los setenta, trabajaba por devoción y no pensaba jubilarse solo. El sueño de ambos era poder vender la tienda a alguien que tuviera la confianza de seguir, artísticamente, el trabajo de Francisco. Al verlo, se le vino el mundo encima.

-Pero, ¿qué quiere decir esto?–pasó siguiéndole hasta la cocina.

-Me he dormido… apenas he podido descansar en estos días y, hoy, no me podía levantar. –le dijo sintiéndose agotado.

-A ver… déjeme… -abrió la nevera-. ¡Tiene que comprar!

-Lo sé.

-Voy a prepararle la cafetera, vaya a asearse.

-¿Dónde tengo que ir? –le preguntó sin mucha gana.

-¡A trabajar! Han ido unos clientes y le han estado esperando… les he dicho que volvieran un poco más tarde.

-No tengo ganas…

-Pues sin ellas. ¡Vamos, como que le voy a dejar quedarse aquí!

-No puedo pintar.

-Está bloqueado, pero eso se va yendo a trabajar y buscando la inspiración –Francisco suspiró agotado-. ¿Cree que esto es lo que quería Aurora? –ante su silencio agregó-. Le aseguro que no. ¿Le recuerdo que fue usted el que me dijo un día, que debía sacar fuerzas de donde no las tuviera, y luchar? ¡Debía seguir viviendo y luchando por mi hija, por el negocio y por mí misma! ¿Le recuerdo eso? Sabe… aquel consejo me ayudó a levantarme. Entiendo que no es fácil, pero no nos queda más remedio que seguir.

A mitad de la mañana, Francisco había recibido la visita de una señora que tenía reservado un abanico. Aurora se lo había envuelto en papel de seda del mismo color que la tela. La mujer no paró ni un instante de hablarle de ella, de lo buena que era, lo detallista. Cuando se quedó solo, miró los cajones del mostrador, allí estaban sus tijeras, su metro de tela, sus agujas… y le vino el recuerdo de los comienzos del taller. Nunca dudó de que aquel negocio iba a darles de comer, de tener una moto Vespa con la que recorrieron Francia, ni tampoco dudó de que lograrían comprarse un coche para viajar por toda España, y vivir emociones divertidas sin parar. El trabajo había dado sus frutos y, a veces, mucho más de lo imaginado. Aurora siempre se mostró orgullosa del trabajo de su marido, el amor con el que pintaba los abanicos, esa era la clave de la venta. Las mujeres llegaban allí, no solo para comprar abanicos, también para hablar con ella, conversar de cosas suyas. Sin ella, la clave habría desaparecido. ¿Para quién iba a pintar? ¿Cómo iba a sacar aquello adelante, si no tenía el amor que le inspiraba? ¡Quién iba a amar tanto el arte de la pintura de los abanicos, como para ser un nuevo apoyo!

En la mercería, Catalina cosía una tela muy delicada, era para la madrina de una boda y había recurrido a ella por recomendación. Era conocida por ser la única que podía hacer un trabajo tan delicado como aquel. Estaba concentrada en la aguja, cuando oyó cómo sonaba el colgante de feng shui que su hija había puesto en la puerta de entrada, para atraer la energía positiva. Así como, en las esquinas del techo, los que representaban agua para atraer el trabajo. Levantó la mirada de la tela y vio al Sr. Francisco. Su presencia cansada y malcarada le hizo resoplar.

-¡Hola, Catalina! ¿Te molesto?

-¡Vamos… usted nunca me molesta! Ya lo sabe. Coja esa silla y póngase a mi lado, mientras termino esto –el hombre obedeció-. ¿Qué tal ha ido la mañana?

-He vendido un abanico.

-Bueno, ¡eso está bien! –le entregó su maravillosa sonrisa.

-He estado pensando que voy a vender el negocio –su voz sonaba apesadumbrada.

-¿Vender? –le miró con una expresión de pena reflejada en sus ojos.

-Sí, no tengo fuerzas para venir a trabajar… ni ilusión…

-Precisamente, por eso no puede vender. ¿Va a abandonar su trabajo y esfuerzo…? -lo miraba atónita.

-Lo mismo que deberás hacer tú. Llegará un día en el que tendrás que dejar lo que hoy te ocupa a diario. Tú tienes a tu hija, yo no tengo a nadie.

-Está usted pesimista, ¿eh? –dejó a un lado la tela para mirarlo fijamente-. Esta tienda es un museo y sus manos crean un arte que es la envidia de toda Valencia. ¿Por qué, justamente ahora, lo va a dejar? Ahora, más que nunca, necesita tener su mente activa, ¿Qué pretende, dejarse morir?

-¿Por qué no? ¿Qué otra cosa me queda? -elevó los hombros acompañando el movimiento con un gesto de desgana total.

-¡Aurora no estaría de acuerdo con esto! Si ella se hubiera quedado viuda…

-Lo habría sacado adelante, como tú.

-¡Pues de igual manera, usted también! ¿Se lo vuelvo a recordar, quién me dijo que tenía que sacar fuerzas de donde no las tuviera y trabajar? Yo también me hubiera quedado en la cama, tapada de pies a cabeza, y me hubiera dejado morir. Pero, usted y ella estuvieron a mi lado dándome ánimos y fuerzas.

-Tú y ella sois fuertes. Yo…

-¡Sr. Francisco! No me haga enfadar, que sabe que no me gusta –le dijo poniéndose muy seria. Sus ojos, tan expresivos, le hicieron ver al hombre que hablaba molesta por su pensamiento de abandono-. Su vida eran Aurora y esa tienda, y ahora… su vida es esa tienda, para sobrevivir a la pena de Aurora. Ella quería que fuera así, quería que siguiera adelante, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa –añadió mirándole con intensidad-. El dolor se supera con tiempo y paciencia. No la olvidará nunca, ni debe hacerlo, pero el dolor va cediendo en ese tiempo y hay que seguir viviendo, Sr. Francisco.

El hombre la miró sin decir nada, asintió con la cabeza como si pudiera sacudirse la pena. Era complicado para él, pero debía recomponer su vida. Entonces, llegó Begoña y, con su juventud, todo parecía menos duro. Estuvieron hablando sobre encontrar a una persona de confianza que pudiera estar con Francisco en la tienda. No iba a ser fácil que alguien pudiera trabajar a su lado. Catalina miró a su hija con ese gesto de… ¡eso va a ser imposible! Sin embargo, Begoña devolvió la mirada de su madre con una sonrisa, de oreja a oreja, que era casi tan bella como la suya.

 

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