EL PINTOR DE ABANICOS. CAP. V

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Desde aquella reunión improvisada, habían pasado tres días. Francisco había decidido comer y cenar en la cafetería de Ramón. Así, evitaba enfrentarse al momento más amargo del día, comer solo. Siempre lo había odiado, y Aurora no faltó ni un día en su mesa. Ramón, que sentía un profundo cariño por él, trataba de darle conversación. A veces, si estaba su hijo atendiendo, se sentaba con él para debatir. Hablaban de fútbol, del tiempo, el trabajo, política… sabía que le ayudaba de aquella manera. Francisco lo agradecía, abiertamente, sin tapujos.

Aquella mañana soleada, aunque fresca, de enero llegó, como todos los días, con un termo preparado por Ramón. En la puerta le esperaba Catalina, quien le tenía guardadas dos tostadas con aceite. Encendió las luces de la tienda y entró hasta el taller para dejar, en una mesa pequeña, el almuerzo. ¡Otro día más que debía enfrentarse a la soledad! Ese sentimiento de pena que le embargaba, desde que se levantaba, hasta que se volvía a la cama. Se puso la bata para tratar de pintar algo, tenía un encargo que terminar, pero… no le daban, ni la imaginación, ni las fuerzas. Se quedaba en blanco frente a la tela. A su mente llegaba Aurora, sonriendo, hablando sin parar, yendo de aquí para allá en casa, paseando los domingos, por los viveros, cogidos del brazo; tomando unas tapitas. Su imagen cubría todo. El sonido del feg shui que les regaló Begoña, sonó.

-¡Ya voy! –dijo con la voz queda. Se quitó la bata y salió hasta el mostrador-. ¡Hola! ¿En qué te puedo ayudar?

Ante él, había un chico moderno, de aquellos que llevaban el pelo largo, gorra y los pantalones caídos. Él siempre le decía a Aurora que debían vender cinturones, sería un negocio enorme para todos esos chicos y chicas que llevaban así los pantalones. Lo que arrancaba la carcajada de su mujer que, en ese preciso instante, pudo llegarle a su oído como si de verdad estuviera allí. El muchacho no debía llegar a los treinta años, lo miraba con cierto temor. Se apretujaba las manos en señal inequívoca de que estaba nervioso. Francisco se detuvo a su altura, estaban separados por el mostrador.

-Dime hijo…

-Hola… Sr. Francisco –le dijo el muchacho con cierto temblor en su voz.

-¿Nos conocemos? -le preguntó, que lo reconociera le dejó algo impactado.

-Bueno… no creo que usted se acuerde de mí, pero yo me he acordado mucho de usted.

-¿Me has dicho tu nombre? –lo miraba intensamente.

-¡No… no! Perdone… me llamo Alejandro, pero todos me llaman Alex.

-Alex –murmuró como si quisiera situar ese nombre en su memoria-. Lo siento… no te recuerdo.

-Yo era muy niño, como para que me recuerde. Hace muchos años, pasaba todos los días por esta calle, cuando iba y volvía del colegio. Me encantaba pararme delante de su escaparate. Mientras mi madre compraba en la mercería, yo devoraba con mis ojos todo y cuanto hacía usted. Y, a veces, tenía que subirme a la cartera para poderlo ver bien.

-¡Eres el niño del cristal! –le dijo con las cejas enarcadas y gesto sorprendido.

-¡Se acuerda de mí! –casi le salió un grito de felicidad al escucharle.

-¡Claro! Aurora y yo nos preguntamos, infinidad de veces, qué pasó con aquel regordete que le gustaba tanto observar.

-Mis padres se fueron a Alemania, a mi padre le ofrecieron un puesto de trabajo muy importante y nos fuimos; y, de ahí, nos destinaron a Canadá.

-Vaya… Espera… ¿por qué no nos sentamos y me cuentas?

-Claro… claro.

Alex estaba emocionado al darse cuenta de que no fue un fantasma apoyado en el cristal. Que Francisco lo recordara, le provocaba en su interior una emoción que no sabía, muy bien, cómo agradecer. Recordaba, perfectamente, a Aurora. Aquella mujer que, en alguna ocasión, al verlo, había salido y le había regalado una piruleta. La Sra. Aurora… recordó para sí con su hermosa sonrisa y aquella cara que parecía de porcelana. Y, también, llegaron a su mente aquellas veces en que Francisco le veía y le ponía caras graciosas, arrancándole carcajadas garantizadas. Aquel matrimonio marcó su infancia. Una vez Francisco salió del mostrador y se sentó en un taburete alto, junto a Alex, le preguntó olvidándose, por un momento, de la fuga de su inspiración artística.

-¿Y qué te trae por aquí?

-Verá… como le dije antes, mi interés por lo que usted hacía, era algo muy importante para mí. Desde siempre, quise ser como el Sr. Francisco –el hombre sonrió impactado por aquel deseo del joven que gesticulaba nervioso, se había quitado la gorra y parecía encantado de poder charlar con él-. Estudié en la Universidad de Bellas Artes, en Canadá e hice cursos a distancia sobre los abanicos, porque allí no había esa rama. Cuando acabé, les dije a mis padres que me volvía a Valencia. Necesito mis raíces para encontrarme ¿sabe?

-Sí, claro que lo sé. Uno puede vivir en mil sitios, pero… nada como en su tierra. Así que estudiaste Bellas Artes… ¿y a qué te dedicas, concretamente?

-De momento, he pintado algunos cuadros. Me gusta el arte, la pintura, transmitir con mis manos las emociones del corazón, de lo que veo y de lo que siento.

Por un momento, hubo un silencio sepulcral entre ambos, podían escuchar los sonidos que llegaban de la calle. Un motorista aceleraba su moto justo en la puerta de la tienda. Francisco había apartado la mirada del joven y, por un instante, retrocedió en el tiempo recordando cuando él le decía, más o menos, las mismas palabras a su abuelo. Alex no apartaba la mirada de aquel hombre que parecía agotado y contrariado. Pensó que le había ofendido en algo de lo dicho.

-¿Sr. Francisco? –el hombre hizo un gesto como si despertara de una ensoñación.

-¡Perdona, hijo! Estoy un poco aturdido…

-Me hago cargo, cuando Begoña me ha contado lo ocurrido con la Sra. Aurora, me ha dado muchísima pena. Tengo muy buenos recuerdos de ella.

-¿Begoña? –le preguntó algo desconcertado.

-Sí, íbamos juntos al colegio. Hace un tiempo nos encontramos por Facebook. Ella me lo contó y me animó para que viniera a verle.

-Ah… ¿te apetece un chocolate?

-¡Claro! ¿Quiere que vaya a comprarlo?

-No, no, déjalo… tengo un termo preparado –sonrió de lado con su rostro “tan amable”, como siempre, y con esas mejillas redondas que a Aurora “tanto” le gustaba apretujar-. Vuelvo en seguida.

Alex miró a su alrededor, no había olvidado ningún detalle y estaba todo tal como lo recordaba; no habían hecho cambios llamativos. Suspiró dejando la gorra a un lado. Cuando habló con Begoña, el corazón le dio un vuelco, ¡su viejo sueño…su ilusión! La puerta se abrió y, tras ella, entraron dos señoras que hablaban animadamente.

Francisco, en el interior de la tienda, preparaba tan concienzudamente las tazas con el chocolate, que no escuchó cómo se abría la puerta. La visita de aquel muchacho le había trastocado. Sus palabras, el brillo de sus ojos al hablar de la pintura. ¡Le recordaba mucho a él! ¿Sería una señal? No creía en esas cosas… pero era mucha casualidad que estuviera allí fuera.

-Esto es obra de Catalina, seguro. Esta mujer… -murmuró con la ternura que ella despertaba, tanto en él, como en Aurora.

Puso en una bandejita de madera, muy coqueta, las dos tazas de chocolate y unos fartones que le había llevado Amparo, la hornera. Al llegar a la puerta, se quedó perplejo. Tras el mostrador, Alex, enseñaba a las señoras un abanico. Había sacado varios que estaban sobre el cristal, y no le impactó la escena, si no escuchar lo que les decía:

-… está usted ante una joya, le propongo que pasee por otras tiendas y vea, estoy seguro de que no encontrara nada parecido. El Sr. Francisco es un auténtico maestro, de los que ya no quedan.

-La verdad, muchacho, ¡qué bien sabes vender! Me llevo este –dijo una de las señoras.

-¿Y usted? ¿Quiere alguno de los que le he mostrado?

-¡Venga mujer, anímate! No son nada caros y son bellísimos –le dio un codazo una amiga a la otra.

Las mujeres se fueron encantadas con sus abanicos. Alex se mostraba nervioso por lo que acababa de hacer y no sabía muy bien cómo se lo iba a tomar Francisco, se rascaba la cabeza y daba pasos cortos de un lado a otro. Francisco, se había escondido al ver la escena, nunca imaginó ver a otra persona, que no fuera Aurora, vender su obra. Al aparecer en la tienda, Alex se dirigió hacia él de manera atropellada.

-Sr. Francisco… le he llamado, pero no ha debido oírme.

-Lo he visto –le dijo dejando la bandeja sobre el mostrador.

-He vendido dos abanicos, ¡lo siento!, hubiera preferido que estuviera usted aquí. ¡Siento haber tocado el género y la caja y…!

-Vamos, vamos, muchacho… ¡Ya está!

-No sabe la ilusión que me hace –sonrió ampliamente.

-Venga, toma el chocolate antes de que se enfríe.

-¡Cuánto tiempo sin tomar un chocolate! –le ayudó a poner las tazas, cada una en una parte. Se sentó en el taburete sintiendo que el corazón le iba a mil.

-Parece que has echado muchas cosas de menos…

-Mmmmm… ¡qué ricos! -decía mientras mordía aquella artesanía, hecha farton, repleta de chocolate-. Disculpe lo de antes…

-¿Por qué debería disculparte? Me has ayudado, y te lo agradezco –lo miró sonriendo.

-¿Sabe? Cuando era niño, les pedía a mis padres que me compraran pinturas y pinceles para poder hacer lo que usted hacía. Siempre quise ser artista abaniquero, ¡siempre!

-¿Y qué vas a hacer, ahora, aquí?

-Buscar trabajo. Vivo en la casa de mis abuelos, ellos fallecieron y ni siquiera pude venir a despedirles. Tuvieron un accidente y fue… ¡horrible, la verdad!

-Puedo imaginarlo –lo dijo con la voz quebrada, con cierta envidia… lo que tanto había deseado para él y Aurora-. ¿Te gustaría trabajar aquí, conmigo?

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