EL MISTERIO DE DANA

En este cofre hecho en exclusiva para ella están sus cenizas.

Hoy hace siete años que viví el día más duro de mi vida. Tuve que tomar una decisión que no fue fácil. Me dolió el alma y eso que dicen que ese dolor no se puede llegar a sentir. Tras tres meses luchando contra un cáncer de riñón terminal, tuve que decidir sacrificar a mi gata, Dana. Es muy duro tomar esa decisión porque piensas por un lado soy egoísta y retraso ese instante por mí, por otro, ¿estará sufriendo y no me doy cuenta por el miedo a perderla?

Mi gata Dana, fue un ser especial para mí. Juntas vivimos tantas cosas que es imposible olvidarla, además no quiero hacerlo. Si a esto le sumo los acontecimientos que he vivido y os he hablado de ellos es como si fuera se ángel que me protege y ayuda muchas veces.

El día que fui a urgencias del hospital porque tenía aquellas alucinaciones, no sé si os acordáis que lo conté. Me encontré con un psiquiatra que le daba explicación científica a alguna experiencia que había vivido y os había dejado escrito aquí. Trató de desmontar mis experiencias con palabras técnicas y nombres del cerebro, dijo que todo era provocado por mí y mi necesidad de sentirla. ¡Ojo! No digo que no sea así, pero puedo entender que fueron así las visiones que tuve con el tratamiento, hasta quizá puedo entender alguna vez que yo no la he visto pero mis gatos han reaccionado de una manera que me ha hecho pensar era ella. Puede ser, pero una sabe cuando está viviendo y sintiendo algo a lo que difícilmente puede explicar sin que el que escucha no quedé impactado. Quizá lo vives porque como es mi caso estoy abierta de mente creo en esas cosas y dejo que lo que tenga que pasar ocurra, sin asustarme tan solo viviéndolo como algo cotidiano, la vida y la muerte, la muerte y la vida siempre están enlazadas.

Esta noche mientras mi insomnio seguía empecinado en no desaparecer pensaba qué homenaje podría hacerle. Y se me ha ocurrido contar algo que si lo leyera aquel médico de urgencias me diría que era imposible. Por eso este escrito está en el apartado de misterios.

Era uno de esos días en los que pasó la mañana en la Protectora. Aquel día había terminado mi gatera cuando me pidieron ayuda para terminar en otra. Entré y la verdad que el ambiente no era el mismo que en la que yo estoy acostumbrada a estar. Allí la mayoría de gatos estaban enfermos y se les daba un trato más especial si cabe. Es una habitación de forma rectangular con hileras de gatos en cada pared que la forma. En ese momento éramos cuatro personas, dos chicas les estaban dando la medicación pertinente a cada uno de ellos mientras las otras dos estábamos limpiando. De repente una de ellas alzó la voz llamando nuestra atención.

-¡Está fría! ¡Está fría! ¡Ay madre mía que no respira!

Con rapidez nos levantamos y acercamos a aquella gata fría que tenía los ojos completamente dilatados. Ni qué decir era la primera vez que vivía una situación así. Con rapidez las tres chicas salieron de allí para preparar las cosas de reanimación y yo me quedé sola con ella. Sin saber muy bien como actuar la cogí en brazos busqué algo con lo que taparla y comencé a mecerla hablándole.

Para los que no sepan cual es el ambiente en una gatera les diré que continuamente hay maullidos de los gatos que requieren tus mimos y atención, ladridos de los perros pequeños que están allí pidiendo también tu atención, es un auténtico continuar de sonidos. En un momento dado en el que miré a aquella pobre gata que era cierto respiraba cuanto apenas, cerré los ojos y dije en voz alta:

-¡Dana ayúdame! Dana por favor… ¡ayúdala! Te necesito no sé que hacer.

No puedo decir si inmediatamente o no, pero yo seguía meciendo a la gata en mis brazos cuando de repente se hizo el silencio, los perros se tumbaron a mis pies, los gatos se tumbaron en un impactante silencio cada uno. Tan solo había un gato erguido como si fuera una de esas figuras del viejo Egipto que veneraban a la Diosa Bastet. Aquel gato me miraba fijamente con unos ojos verde esmeralda que reconocí al segundo, un escalofrío recorrió mi espina dorsal, no pude mantener aquella mirada porque me dolía nuevamente el alma, tampoco quería pensar en qué estaba pasando. Volví mis ojos a la gata mientras el silencio allí dentro era espeso, entonces vi como sus ojos que estaban dilatados giraban despacio hacia mí, vi como sus dos patas delanteras se cogían a mi muñeca como tantas otras veces había hecho Dana. Levanté la mirada y aquel gato seguía allí mirándome. Le sonreí y quizá como un acto reflejo le di las gracias. Miré a la gata que dio un pequeño suspiro y le hablé con una sonrisa en los labios y un temblor en mi cuerpo difícil de describir. ¡Y justo ahí en ese momento en que la gata volvía a respirar el ruido volvió a hacerse presente! Los perros ladraban, los gatos me maullaban y, aquel gato erguido que fue el único que mantuvo su pose en ese quizá pequeño espacio de tiempo pero a mí se me hizo un mundo, estaba acostado durmiendo. La puerta se abrió de golpe.

-¡Respira! -dije como si me fuera la vida en ello.

Corrimos hasta la sala donde habían preparado todo para reanimarla, y al dejarla sobre la mesa la gata comenzó a maullar y se quedó de pie.

-Lo provocaste en tu mente, pero realmente no existió. Fueron las palabras del médico.

Dejo que vosotr@s penséis por vosotr@s mismos sobre esta experiencia.

Yo tan solo le doy las gracias a Dana por tantas momentos felices que me regaló en vida. Por encargarse de mí cuando estaba enferma. Por avisarnos que la muerte de Pepa estaba cercana, por acompañarla y por tantas cosas que nos hicieron reír. Sé que nunca nos separaremos porque el vínculo fue muy fuerte. Yo no la olvidaré jamás, la recordaré con ese profundo amor que sentí por ella. Y todos los 22 de marzo miró su retrato y le sonrió, porque no quiero recordarla con tristeza.

Gracias Dana por vivir a mi lado y hacerme feliz.

Te quiero, mi princesa guapa.

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