EL DON DE LOS ANIMALES

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Ayer, tuvimos que llorar la pérdida de Tricky. Un perro peculiar, diferente, un tanto marqués y exquisito, pero cariñoso, dócil y fiel.

Sin embargo, no quiero enfocar este relato desde la tristeza o la inmensa sensación de pena, por la ausencia. Lo quiero hacer desde el sentimiento opuesto, la alegría, felicidad y amor que sientes, durante todos los años de vida compartida.

Cuando era pequeña, vivíamos con mi abuela Pepa, en una casa antigua, en pleno barrio chino, en el centro de la ciudad. Tenía un balcón que daba a la calle y a un solar repleto de maleza donde, por aquel entonces, estaban haciendo una finca. Desde aquel balcón, recuerdo pasarme las horas observando a los gatos de dicho solar. Desde bien pequeñita quise tener uno en casa, pero mi padre siempre me decía lo mismo… “Cuando te independices y tengas tu propia casa, ¡en la mía, no!”.

Yo, que era muy buena niña, tan solo daba la lata en las horas de la comida, ¡odiaba comer!, me puse muy pesada, rozando la histeria, porque una madre gata había abandonado a una cría en el solar. Mi madre, de la que he heredado su pasión por los animales, siguió los acontecimientos desde el balcón, a mi lado. Recuerdo, como si fuera hoy, nuestro intercambio de opiniones, sobre si se lo llevaba o lo abandonaba. La vimos ir a por cada cría y llevárselos con la boca, a un refugio que se había hecho. Sin embargo, en ningún viaje, que hizo, se llevó a uno gris. Mi abuela, con su valenciano de raíz, nos dijo “si lo deja, es porque está enfermo”. Y, ahí, me cogió una llantina que no hubo forma de parar, hasta que, mi madre (qué no haría una madre por su hija), se bajó al solar, pidió permiso para pasar a los obreros que la miraban atónitos, advirtiéndole que era un peligro entrar. Mucho más boquiabiertos se quedaron, cuando vieron a una niña gritando, aferrada a los barrotes del balcón, con su abuela al lado:

“¡Mamá… corre, no te pongas ahora a hablar con los obreros! ¡Mamá… a la derecha… por ahí no… vas mal! ¡Ahí… ahí!”

Y mis saltos de alegría hicieron que salieran las vecinas

“¿Qué le pasa a la xiqueta?” –le preguntaban a mi abuela.

“Que ha visto un gatito y está mi hija recogiéndolo”

“¡Seguro se muere!” –dijo la vecina.

“Claro que sí” –concluyó mi abuela.

Al escuchar las palabras de mi abuela, rompí a llorar otra vez porque, aunque era pequeña, sabía que mi abuela siempre tenía razón.

Mi madre subió con el recién nacido entre sus manos. El pequeñín, todavía llevaba la
placenta y no paraba de gritar. También, su rescatadora, subió con algún arañazo en la pierna, recibiendo por ello, la bronca de su madre, mi abuela. Lo cuidamos durante un día, mi abuela fue a buscar leche y, mi madre y yo, nos turnábamos para darle calor con los brazos. Sin embargo, el pequeño no paraba de llorar. No paró en toda la noche con lo que, mi madre, también se llevó la riña de mi padre, porque no lo dejaba dormir. Mi madre se pasó toda la noche cuidándolo. Le dábamos leche con una jeringuilla hasta que, al amanecer, dejó de llorar. ¡También de respirar! Cuando me levanté y me lo contó, lloré y lloré, lloramos mi madre y yo, mientras, mi abuela decía:

“¡Ya os lo avisé, pero ni caso a los mayores! ¡La madre sabía que no iba a sobrevivir!”

Aquel fue mi primer y único animal que tuve en la infancia. Mi abuela que, a su manera, era una persona creyente, me decía: “antes de dormir, hay que darle las gracias a la Mareta por todo lo que tenemos pero, sobre todo, pedirle salud”. Y yo, en lugar de salud, le pedía gatos.

Veinte años después, aunque el tango diga que veinte años no son nada, son muchos cuando sigues con el ansia de tratar de convencer a los mayores, que me dejaran tener un gato. Un día, fui a recoger un vestido que mi madre me había reservado en una tienda. Estaba pagando y, mientras hablaba con la dependienta, noté algo en mi pie. Al mirar hacia abajo, vi una bola negra que se había acostado sobre él. La dependienta me pidió disculpas, explicándome que era un perrito que iban a ahogar en la acequia y ella lo había salvado, en un principio. Sin embargo, no podía cuidarlo, necesitaba deshacerse de él. Salí por la puerta con el perro metido en la cazadora. ¡Eso sí!, me olvidé del vestido. Al llegar a casa, mi madre enloqueció de felicidad porque era una perrita muy hermosa. Mi abuela renegó y mi padre dijo que no se podía quedar, “no quería perros en casa”.

La lógica y yo, no nos llevamos demasiado bien, como la perrita era negra, le puse el nombre de “Blanquita”. Por aquel entonces, mi hermano, que aún era pequeño, me ayudó todo lo que pudo con Blanquita. Intentamos convencer a nuestro padre, diciéndole que él ni se enteraría de que estaba. Pero, la primera mañana que despertamos con nuestra perra en la cama, oímos a mi padre, muy enfadado, que se había comido su calcetín. Aquello fue determinante. Tuvimos que buscarle un hogar y, tanto mi hermano, como yo, nos quedamos desolados. Mi padre volvió con su frase de “cuando te independices…” El único consuelo que nos quedó, fue saber que tuvo mucha suerte con sus dueños; se hizo una viajera en moto. Al menos, sirvió para darle un futuro mejor.

Unos años más tarde me independice, y fui a vivir a Denia. Lo primero que hice, lógicamente, fue comprarme una casita pequeña, lo segundo la amueblé, discretamente, y lo tercero, adopté una gata.

Era pequeña y feucha, con unas orejas enormes y un cuerpo famélico. Pero, no soy capaz, por muchas palabras que existan, de definir cómo me sentí cuando la cogí por primera vez entre mis brazos. Bueno, más que brazos, entre mis manos. Aquel primer abrazo, jamás lo olvidaré. La encontraron en el cubo de basura, junto a sus otros tres hermanos y no la quería nadie por su aspecto. ¡Dana, fue lo mejor que me había pasado en la vida! Por fin, yo decidía si entraba un gato en mi casa y en mi vida. Dependería de mí y sería responsable de su cuidado y felicidad. Desde el primer, día tuvimos una conexión ¡fuera de lo común!, “decía la veterinaria”. Y cuanta razón tenía… Cuando llegaba a casa, de trabajar, me estaba esperando detrás de la puerta. Al meter la llave en la cerradura, la oía maullar y, en el instante en que entraba, me trepaba por la pierna para que la cogiera en brazos. Nos dábamos besitos y nos poníamos a jugar. ¡Sus ojos eran tan expresivos! Me conquistaba con su mirada felina, esa maravillosa mirada intensa que tienen los gatos cuando te miran fijamente.
Hasta que la tuve y la disfruté, no supe lo maravilloso que es tener un animal a tu lado. Me daba tanto amor. ¡Era increíble! Si lloraba por algo que me había pasado, se ponía a dos patas apoyando las delanteras en la cara, me daba lametazos en las mejillas y, después, se hacía una rosquilla entre mis piernas, y no me dejaba sola. Si me ponía enferma, no se separaba de mi lado, en la cama. Asombrosamente, si le decía ¡vamos a dormir, cariño! Venía con su andar chulesco. Si la llamaba desde cualquier rincón de la casa, siempre y cuando, no estuviera tomando el sol patas arriba, venía.

Los fines de semana, solía ir a ver a mis padres, abuela y hermano. A mi madre, el día que la cogí, la llamé feliz para decirle:

“¡Eres abuela!” –le di un grito enorme cuando descolgó el teléfono.

Después de la impresión, cuando le dije que era abuela de una gata, lo primero que me dijo fue:

“¡Ay! cuando se entere tu padre…”

Y mi padre se enteró. Al principio, cuando le dije que iba a ir a casa y que tenía que llevarla, me contestó:

“¡Bueno… vale… tráela! Pero no me hace ninguna gracia”.

Y al poco tiempo acabó diciéndome:

“¿No crees que hacer viajar a la gata tan seguido, puede ser malo? ¡Déjala aquí y la recoges el fin de semana que viene!

Ahí está el poder del amor de los animales. Hasta que no los tienes, no eres capaz de imaginarlo. Yo diría que es un poder “mágico”, se apodera de ti y no puedes escapar. ¡Es extraordinario!

Dana estuvo con nosotros once años. Fue la reina de la casa. No había día que mi padre, cuando se marchaba a trabajar, no la buscara para despedirse. Ni noche que, al llegar, no la buscara para tocarla los bigotes. A cada uno de nosotros le despertó el sentimiento del amor, del inmenso cariño. No hubo un solo día en que no nos provocará una sonrisa.

El día que tuvimos que despedirla, descubrimos atónitos y abatidos, cuánto puede llegar a doler el corazón, ¡con qué intensidad duele!

Y mi padre, ese hombre que no quería animales porque no le gustaban, aquel día lloró como un niño. La pena por la pérdida, le ahogaba y la rabia e impotencia se adueñaron de todos, también de él.

A los pocos días, tratando de ayudar a mis padres, sobre todo, a mi hermano, decidimos adoptar un perro. Alonso (sí, en honor del piloto de Fórmula Uno) fue toda una aventura. ¡Y nunca mejor dicho! Se comía los zapatos, robaba la ropa de la lavadora, nos rompía los libros. Era un perro podíamos decir “hiperactivo”. A mi abuela Conchín la quería tanto que, cuando la veía, corría descontrolado hacia ella y le daba tantos besos que, un día, le sacó el audífono del oído; ante sus gritos y carcajadas.
Alonso va donde vaya mi padre y, mi padre, lo saca a pasear. Si tiene que dar una vuelta a la manzana, al coche, para que no se quede sin batería, lo lleva en el asiento del copiloto con el cinturón puesto y, Alonso, no se mueve y va mirando por la ventanilla. En invierno, hacen la siesta juntos y hasta cuando marca un gol, el Valencia C.F, lo celebran juntos.

Con muchos años de retraso, pero llegaron a mi vida los gatos que le pedí a la Mareta, cuando era niña. He tenido cuatro. No son pocos. Después de Dana llegaron tres más. La historia de nuestros tres gatos es la historia que, desgraciadamente, vivimos con frecuencia. Demasiada, diría yo.

Al mayor le maltrataron físicamente, lo abandonaron en la calle. Cuando fue rescatado estaba malherido y, terriblemente, asustado. Tardó dos años en recuperar la confianza en los humanos. El que le sigue, fue un capricho que, al cabo de tres días, se convirtió en molestia. Peregrinó por tres casas hasta que, finalmente, llegó a la nuestra. Y, el último, lo abandonaron en la calle, un día de Julio con 40º bajo un sol abrasador.

No hay nada, en el mundo de los humanos, comparable con el Don que tienen los animales. La ternura, los juegos, el amor, las caricias, todo te lo dan a borbotones. Y sin ninguna duda, lo mejor, la sonrisa que provocan en ti mientras están a tu lado.

Espero que este relato pueda ayudar a entender lo que decía al principio, la tristeza y el dolor por la pérdida de un animal que forma parte de la familia.

También me gustaría buscar algo de esperanza ante los abandonos. Desear que, a los niños se les explique desde pequeños, que tirar piedras a los gatos callejeros, no es un juego y es cruel. O que, por ponerles petardos a los perros o pegarles con palos, no van a ser más guays, sino, más miserables. Que entiendas ¡qué hay que respetarles!

Yo, al menos, he tenido la suerte de encontrar esa esperanza, la veo en la mirada, en el brillo de los ojos de Blanca, en su sonrisa cuando habla de los perros que pasea de la Protectora. Muchos jóvenes nos hacen falta para continuar salvando y amando a perros y gatos. Ojalá, gente como Blanca sepa educar de alguna manera al resto y así, poder evitar tanto sufrimiento en los animales, cuando ellos, con su Don, están deseando hacernos felices.

HASTA SIEMPRE TRICKY.

4 comentarios en «EL DON DE LOS ANIMALES»

  1. Madre mía! Luz, cuando lea Blanca esto se me pone a llorar. Ha conseguido esta semana un hogar para una gatita pequeña abandonada y junto a sus amigas han puesto todas bote y la han llevado ya dos veces al veterinario. Seguramente se la quedará la semana que viene un chico de Valencia.Pero tenía apalabrada otra gata para una chica que a última hora se ha vuelto atrás y ayer noche no había consuelo para ella,lloraba y lloraba sin parar.

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  2. La emoción como siempre me puede y acabo hundida en un mar de lágrimas… es tanta la impotencia que siento cada vez que me encuentro con algún pequeño deshechado por alguien que no ha sabido apreciarlo..me ha encantado leerte, me ha llegado al alma y lo siento igual que tú. Gracias por todo!

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  3. Como sabes, cuando murió Siris, lloré con amargura. Fueron 15 años juntas y nunca la olvidaré.
    Todavía (y ha pasado mucho tiempo) sueño con ella y la veo cazando mariposas nocturnas y haciendo piruetas imposibles. La recuerdo vigilante al lado de mi cama cuando estaba con gripe, jugando al escondite detrás de las puertas……
    Al final enfermó y no hubo alternativa al sacrificio.
    Con ella se fueron muchas cosas, pero nos dejó otras que estarán para siempre.

    Creo que, las personas que quieren a los animales, tienen más capacidad de amar a los demás y a si mismos, son más tolerantes, menos egoístas.

    Por cierto y aunque tú, Luz, lo sepas perfectamente: Siris era mi gata.
    Un beso

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  4. Crecí con una bolita de pelo negro, a Xiqui lo trajo mi padre de la fabrica, un gato de una semana de vida legañoso y con más pulgas que gramos pesaba. Yo tenía 4 años, y aún recuerdo a mi madre dándole leche con una cuchara de mis muñecas. Vivió 19 años, fue mi hermano! Mi padre dijo que nunca más tendría otro animal. Lo que duele la perdida de un ser al que quieres tanto te hace decir eso. A día de hoy mis padres tienen 2 gatos, ya conoces su historia, y como ya sabes yo tengo otras dos preciosidades. Madre mía que sería de nosotros sin ellos.
    Quiero resaltar la importancia de las protectoras, de voluntarios y animalistas. Y de la necesidad de personas así, y de adoptantes y casas de acogida.
    No entiendo como se puede vivir con tanta rabia para llegar a abandonar y maltratar a unos animales indefensos. Justo por eso, porque no tienen voz, nosotros debemos ser la suya.

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