EL CACHIRULO Y LA MONA.

¡FELIZ PASCUA!

Hoy es día de Pascua. Y en este encierro que tenemos todos, a mí me ha llevado a recordar mi niñez. La mona, el cachirulo y la playa.

Nos íbamos mis padres y mis abuelas con el viejo Seat 600 que le llamábamos “el pebrera” porque era naranja, ya sabéis, ese afán que tenemos por poner motes a todo. Pues con el Seat 600 nos íbamos hasta la playa de Canet. Entonces era un viaje, ahora es un suspiro. Llevábamos nuestra paella hecha de casa, envolviéndola con el trapo de mi abuela a cuadritos naranja y marrón, tenía un arte increíble para hacerle un nudo y que no se moviera ni un grano de arroz. Yo me llevaba mi pelota para jugar al fútbol y el cachirulo (cometa) para echarlo a volar.

Una vez llegábamos a la playa, después de abrir nuestra mesa y sillas de plástico, que no sé cómo podían ir en aquel maletero tan pequeño junto a la paella, la nevera y el cachirulo, comíamos viendo el mar. Recuerdo que a veces éramos los únicos. Después de comer sacaban las monas, como a mí los anisitos no me gustaban, mi abuela, con toda la paciencia que da el cargo de abuela, me los retiraba todos con el cuchillo (sí, fui muy consentida en ese aspecto), mientras ella hacía su tarea, yo tenía que “esclafar” (aplastar) el huevo en la frente de alguien, de pequeña era ya muy patiora (palabra preferida por mis abuelas) (sufridora) porque me daba miedo hacerles daño y pegaba flojito. Y es que a mí lo que me gustaba, de verdad, era empinar el cachirulo. En la playa casi siempre hacia viento y recuerdo echar a correr con él en mi pequeña mano. Mi padre explicarme como se tenía qué hacer, y yo corría lanzaba con fuerza aquel pequeño y muy pobre cachirulo, recuerdo que solo una vez logré que se izara en el aire. El que siempre lo conseguía era mi padre. Y lo aguantábamos bien alto, mis ojos de niña ensoñadora ya por aquel entonces, describía su aventura, estaría jugando con las gaviotas, vería el mar y sus peces, se haría amigo de las conchas de mar, incluso si llegaba a una altura considerable, saludaría a la luna.

Benditos días de Pascua que atrás quedaron y que nunca más volví a vivir. Una de esas cosas de hacerse mayor. Y hoy supongo que debido a la carga mental que llevamos día tras día he sentido nostalgia de aquellos tiempos, de mis abuelas quitándome los anisitos, del cachirulo y las risas, de la voz de mi madre para avisarnos que ya nos teníamos que ir, de aquel viejo seiscientos, pero, sobre todo, de sentir que era libre como el cachirulo, cuando se es niño, no se ve la cuerda que ata la cometa y lo retiene. Algo así como lo que somos hoy, jamás pensamos que en una Pascua estaríamos metidos en casa temiendo encontrarnos de cara con un minúsculo virus que nos quiebre la vida. Porque ese minúsculo virus es la cuerda que nos mantiene, que nos impide ser libres, y es hoy más que nunca, cuando me doy cuenta de la cantidad de tiempo que perdemos, y hoy más que nunca me da más rabia mi enfermedad que es la misma cuerda que a veces cuando no la veo creo convencida de que soy libre, sin embargo, al dar un paso me tira recordándome que mi cuerpo dejó de pertenecerme. Que como ese cachirulo rojo y verde puedo volar hasta que su voz diga ¡hasta aquí! Y haya que recoger el hilo.

Una Pascua diferente, de la cual aprender, de la cual seguir recordando que nadie va a quitarme los recuerdos, ellos me hacen libre. Seguiremos viviendo, seguiremos sonriendo, y algún día volveremos a abrazarnos, seguiremos luchando por ser mejores y cumplir nuestros sueños. Sobre todo, seguiremos diciéndonos que sí podemos salir adelante.

Que no caiga en el olvido la Pascua del 2020, cuando esto acabe volvamos a ser niños y el año que viene os propongo, salir a empinar el cachirulo, comer la mona y esclafar despacito el huevo en la frente de algún ser querido. Eso volverá a hacernos libres.

Cuidaos.

 

 

IMAGEN: Miguel Muñoz Hierro

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