CUENTO DE NAVIDAD

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¡Qué la Ilusión de la Navidad… nunca se agote!

 

Érase una vez, una historia repleta de magia e ilusión. Es la historia de Navidad, de un pueblecito pequeño de León. En él, nada más habitaban tres personas. El párroco, Jesús, acabado de salir de su formación como sacerdote; José el enterrador y alcalde del pueblo, que tenía setenta años y, María, la hornera, que por respeto, no diremos su edad.

Los tres conformaban toda la población del pueblo. Huelga decir, que estos tres residentes tenían sueños comunes. Cuando llegaba Nochebuena, soñaban que llegaría gente a pasar allí la mágica noche y, el día de Navidad. Sin embargo, hacía muchos años que eso no sucedía. Aunque no por eso, María dejaba de soñar en que la magia de Navidad llegara a aquel precioso lugar. Después llegaba Nochevieja y Año Nuevo, querían compartir las campanadas de su vieja Iglesia con las personas que buscaran un lugar del planeta, repleto de nieve y belleza a su alrededor, pero tampoco acudía nadie. La siguiente ilusión, llegaba con la Semana Santa, las montañas aún nevadas, eran unas protagonistas para ser fotografiadas y reveladas como el lugar más maravilloso de los montes de León, pero hacia tantos años, que ningún fotógrafo les visitado, que la posibilidad de recibir visitas cada año que pasaba era más remota. Y tras la Semana Santa, llegaba el verano, con él, regresaban algunos familiares de los que fueron en algún momento vecinos del lugar. Entonces el pueblo recobraba vida, las fuentes parecía que de ellas brotaba más agua limpia y fresca, las flores daban colorido y los pájaros cantaban con más fuerza y haciendo sonar gorgoritos imposibles de sus gargantas. Pero después, llegaba Septiembre y, con él, volvía la soledad. Se quedaban los tres solos, acompañados por el frío y la nieve, el ganado que seguía manteniendo José y las tortas de María. Hasta los perros y gatos del lugar, pasaban las horas con sus miradas fijas a la carretera, como si así, pudieran atraer a niños con los que jugar, mayores a los que arrancar caricias y abuelos de los que recibir comida de estraperlo.

Sin embargo, aquel día 23 amaneció diferente. El sol estaba muy alto, no calentaba el ambiente frío de la última nevada, pero sí daba el colorido hermoso a las casas de madera con los techos de pizarra. Las flores que sobrevivían gracias a la mano de María. Las calles empedradas y limpias.

-Padre… ¿podemos hablar? –le preguntó Jesús con el rostro algo cariacontecido.
-¿Qué ocurre? –el padre se detuvo en su trabajo de preparar el heno para las vacas, era un hombre joven y no podía estar todo el día sin hacer nada.
-Es María… no sé qué le pasa… está muy cantarina y preparando cosas en el horno.
-¡Ya sabes que todos los 23 de Diciembre le sucede lo mismo! –la disculpó con una sonrisa.
-Pero no como este, padre.
-¡De acuerdo! ¡Vamos a ver qué le pasa a María! –sonrió dándole una palmada cariñosa en la espalda. Llegaron al horno que María siempre tenía impoluto, con un olor que hacía las delicias de los dos hombres y despertaba los jugos gástricos a la velocidad de la luz.
-¡Buenos días! –los saludó feliz y radiante.
-¡Pero María! –el padre miraba a su alrededor asombrado-. ¿Y esto? ¡Aquí hay comida para un regimiento!
-Este año sí, padre, este año vamos a ser felices.
-¡Y a comernos las perdices nosotros solos! María… ¡qué ya estás muy mayor para esto!
-¡Quita tu pesimismo, José! Este año vamos a conseguir el milagro de la Navidad.
-¡Me voy con mis muertos! Al menos no tengo que oír tonterías ilusionistas, ¡eso sí! Me llevo mi torta
-Cascarrabias –lo acusó la mujer divertida.
-Ni en Navidad podéis dejar de chincharos –movía la cabeza Jesús divertido como siempre.
-¡Eso nunca! Tiene preparada la rosquilla de hojaldre… ¿se la lleva ya?
-¡Así María, es imposible no engordar!
-¡Quite, quite, padre! ¡Qué está usted hecho un fideo! –reía como casi siempre, con una risa contagiosa.
-Pero de los gordos –dio una carcajada en el mismo instante que sonó la bocina de una furgoneta. Era algo tan inhabitual, que el padre se giró asustado-. ¿Qué es eso?
-¡Ya está aquí… ya está aquí!

Los perros ladraban dando saltos alrededor de la furgoneta. El hombre silbaba y con el sonido, los animales se calmaban echándose al suelo. María salía con una sonrisa de oreja a oreja, el padre tras ella con el rostro pálido.

-¡Señora María! ¡Usted se ha vuelto loca! –le decía el carnicero del pueblo más cercano.
-¿Y esto? –preguntaba el párroco con la voz y el rostro desencajado al ver la cantidad de cajas que salían del interior de la furgoneta.
-¡Es para la cena de Noche Buena! –decía radiante María.
-¡Señora María…!
-Calle, padre, no me riña que este año se va a cumplir el milagro… ¡confíe en mí!
-Eso lo va diciendo los últimos veinte años de cada 23 de diciembre –refunfuñó José que había acudido al oír el escándalo de los perros.
-Pasa hijo, no les hagas caso.
-Cecina, chorizo picante, salchichón, chuletón… ¡pero quién va a pagar todo esto!
-Mis ahorros están bien invertidos –decía exultante con cada pieza que le pasaban por delante.

El párroco se miró con el enterrador y alcalde, ninguno entendía nada de lo que estaba sucediendo. La mujer estaba más radiante que nunca, más feliz de lo habitual. Pero aquello se escapaba a la lógica, a lo que todos los años hacía. Durante los últimos diez años, se había quedado con la mesa puesta, el cordero, el embutido y el champan. Y lo peor, había sido con el disgusto de ver que su estrella fugaz de la noche de Nochebuena no le había concedido el deseo el año anterior.

-Padre… creo que María ha perdido la cordura.
-Voy a hablar con ella.

El padre entró al horno, allí María había dispuesto todo. Iba y venía de un lado a otro, con su delantal impoluto. La sonrisa interminable y los canturreos de los villancicos.

-María, tenemos que hablar.
-¡Vamos padre! ¡Usted es joven! ¿Dónde está el espíritu navideño?
-María…
-No me venga con salmos ni historias negativas…
-María me voy a tener que marchar –le dijo serio preocupado por la razón.
-¿Por qué?
-Porque no hay fieles… mi Iglesia está vacía…
-¡Pero eso no es ningún problema! Lo vamos a solucionar –el cura miró a José quien elevó los hombros en señal de no entenderla-. Lo que debería hacer… es prepararla para la misa del gallo. ¡Vamos… vamos…! No seáis perezosos… hay que engalanar las calles, ¡venga!
-Esta mujer ha perdido la chota.
-Te he oído José, tengo una corazonada de que este año sí, me he pasado todas las noches mirando el cielo antes de acostarme, pidiendo deseos a cada estrella fugaz. Y el año pasado, mientras volvía de la misa, una estrella se cruzó por delante, ¡este año sí!–decía exultantemente feliz.

Los hombres salieron del horno con gesto preocupado, el pobre Jesús, pensaba que la noticia sobre su marcha iba a dejar a la buena de María tocada y, sin embargo, no le había dado importancia alguna. Estaba enfrascada con la cena, con la radio puesta y cantando sin parar. Era el fiel reflejo de la felicidad.

-¡Vamos estamos en Navidad es época de felicidad y milagros! –les gritó, finalmente, desde la puerta a la pareja.

No sabían muy bien que hacer, pero la vieron tan feliz, que el párroco se marchó directamente a prepararlo todo. Y José, buscó en el ayuntamiento, aquellas cajas donde estaban los adornos de navidad. Algo que no hacía desde… ni lo recordaba.

Llegó la noche y como siempre, José y Jesús, fueron a cenar a la casa de María. Durante las cenas, veían el telediario, después, se tomaban una mistela y cada quien se iba a su casa. Aquella noche, no fue diferente, los hombres habían decidido seguirle a María la corriente. Quizás era su manera de protegerse ante la soledad de Nochebuena. La veían tan feliz, que no quisieron estropear el momento. Por la noche, antes de irse a la cama, María miró por última vez el cielo…aquella leyenda sobre Navidad podía cumplirse con ellos, aquel año, sí. Unas semanas antes, María estaba escuchando la radio como había hecho durante toda su vida. Sin embargo, aquella tarde algo llamó su atención. Un anuncio donde pedían cumplir un sueño en Navidad que fuera casi imposible de cumplirse. Dejó la masa del pan que estaba preparando, se limpió las manos y descolgó el viejo teléfono gris que colgaba de la pared.

-¡Hola! ¿Es la radio? –el interlocutor contestó afirmativamente-. Yo tengo un sueño imposible de cumplir.

Durante largo rato, habló con él explicándole que habían tratado de acercar personas a su pueblo para que vivieran allí. Se vivía del ganado, de las tierras, sin embargo, habían ido algunas personas para ver la posibilidad de quedarse, pero todas se habían echado para atrás. Ella dijo que no lo entendía porque pueblo más bonito que ese, no había en todo el mundo. Su interlocutor, aparte de reírse mucho con la gracia de la señora María, le prometió que en verano cuando tuviera vacaciones iría a hacerle una visita y a fotografiar aquel bello paisaje escondido entre los montes de León. María se quedó feliz, aunque sabía que no iban a decir quién era el sorprendido porque ser haría desde la radio en directo. Desde ese día, en el más absoluto de los secretos, María imagino que su pueblo se llenaba de forasteros felices por estar allí, algunos se quedarían tan maravillados que decidirían dar vida a sus calles empedradas. Y así, se fue durmiendo soñando con un futuro repleto de vida en su pueblo. El día había nacido hermoso, estaba cubierto de nieve, pero le daba un toque totalmente navideño. María se había levantado a las seis de la mañana. Había estado preparando el viejo hostal donde podrían dormir unas veinte personas, el resto. Había estado ocupada en encontrarles un buen alojamiento en las casas que ya no estaban habitadas pero ella seguía cuidando con mimo para futuros vecinos. María, una vez, finalizada la revisión de las casa, volvió a su horno, abrió la parte trasera donde tenía una gran parrillada para preparar la carne. El olor llegó rápido a la Iglesia que estaba muy cerca. Jesús, había preparado la Iglesia, también la sotana que esa noche llevaría. En ningún momento dejó de hablar con el Jesús de la cruz. Hasta que ese olor a carne le obnubiló.

-Padre… María está cocinando -decía José con el vaho saliendo de su boca.
-Eso parece.
-Padre, no las tengo todas conmigo, esa ilusión suya.
-No podemos hacer nada, José, tendrá que ser ella misma la que se dé cuenta que nada va a pasar.
-Esto es una locura. El árbol está preparado con las luces.
-Gracias José… ¡de verdad!
-¡Qué vamos a hacer! Es la María.

Llegó la media tarde, el atardecer había sido maravillosamente espectacular, el sol jugaba con las montañas, mientras la luna apartaba las pocas nubes que existían para asomarse a la noche más mágica del año. María había preparado en el ayuntamiento una mesa grandísima con todos los cubiertos que tenía sin estrenar de su dote de novia. Jesús la miraba preocupado, aquello no era normal.

-Está empezando a nevar -dijo con su tono osco José. Se quitó el chaquetón y la bufanda, soplando sus manos. Al fijarse en la mesa miró absorto al sacerdote-.¿Y esto?
-¡José! Vamos… pasa… pasa… vamos a tomar un vinito antes de empezar…
-Pero María… esto es una locura ¡este año te has pasado! -la apuntó con el dedo índice, pero ella lejos de amilanarse, hizo un además para restarle importancia mientras daba una de sus risitas-. ¡Estás muy mal!
-A ver… un momento de paz -intervino Jesús mirándolos alternativamente-. Me gustaría brindar en esta noche tan especial.
-¡Eso… eso! -aplaudió divertida María.
-Quiero agradeceros vuestra ayuda desde que llegué.
-¡Padre, disculpe que le diga esto! Si con dos hubiera tenido problemas, era para darnos de hostias pero no de las suyas…
-¡Mira que eres animal! -le riñó María.
-Bueno… sea como sea…estoy muy agradecida a los dos y… ¿Qué es eso?-preguntó en voz alta el padre.
-Es un ruido extraño -dijo José poniéndose el chaquetón, nuevamente.
-¡Ya… ya! -gritó feliz María.
Los tres salieron hasta la puerta del ayuntamiento, a María se le cayó el alma al suelo. Ante ellos la máquina quitanieves.
-¡Oh! -murmuró decaída.
-Pero… -el padre no salía de su asombro.

Tras la máquina quitanieves apareció un microbús y, tras él, se veía un autobús. María salió a recibirlos emocionada. Sin apenas poder reaccionar, José y Jesús, se quedaron perplejos. Primero porque un fogonazo de luz les cegó, después porque vieron como un chico bajaba del microbús con un micrófono en la mano.

-¡María! ¡María! -la llamaba un chico joven.
-¡Soy yo! -levantó la voz feliz.
-¡Habló conmigo en la radio
-Lo sabía ¡lo sabía! ¡Sabía que ibais a elegirme! -decía feliz abrazándose al chico que se reía al ver la emoción de la mujer.
-Mire… aquí tiene este grupo de personas, vienen de Cáritas dispuestas a compartir con su gran corazón y la bondad que me demostró por teléfono, esta cena.
-¡Gracias! ¡Gracias! -decía feliz con las lágrimas en los ojos. José y Jesús, vieron como bajaban del autobús hombres y mujeres que mostraban en sus caras la felicidad de estar allí. Unos y otros, les abrazaban felices dándole las gracias.
-¡María! -empezaron a llamarla la gente para besarla y abrazarla- ¡Feliz Navidad!
-Gracias a vosotros… gracias… ¡Feliz Navidad, hijo! ¡La estrella… padre! ¡La estrella! -le decía feliz mientras abrazaba a una chica de color que le daba besos y las gracias por hacerles un hueco en su corazón.
-¡Dios mío! ¡Esto es un milagro! -decía feliz mirando a José que no paraba de sonreír.
-¿Ves… José? ¡Nunca hay que perder la esperanza! ¡La navidad es ilusión! -decía feliz María sin poder dejar de llorar de emoción-. Venga… ¡dale luz al árbol!, ¡música para todos!
-Queridos compañeros –dijo el periodista mientras le grababan-. Tengo que decir que este trabajo es una oportunidad maravillosa… hoy, he visto la emoción de María, cuando hablé con ella me dijo que no perdía la esperanza, que sabía que iba a cumplirse el deseo a la estrella fugaz. Ver esa emoción en sus ojos, la alegría, la ilusión es lo más maravilloso que me ha pasado desde que trabajo en la radio. ¡Feliz Navidad, compañeros! ¡Feliz Navidad, oyentes!
-¡Vamos Sergio hijo! ¡Venga! –le apremiaba María. El muchacho pasó por su lado sonriendo de felicidad. Entonces, antes de entrar, María se giró al cielo, allí una estrella le parpadeó como si le estuviera guiñando un ojo feliz. Con la voz emocionada, mirando fijamente a la estrella de Navidad, susurró-. ¡Gracias!

Y aquella noche, se cumplió el deseo de María, quien logró que veinte de aquellas personas se convirtieran en vecinos del pueblo. Las calles volvieran a tomar vida y el pueblo volviera a ser un lugar donde disfrutar del río, las montañas y los animales.
Colorín, colorado… este cuento… se ha acabado.

¡FELIZ NAVIDAD!

QUE VUESTROS DESEOS SE HAGAN REALIDAD.

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