CUENTO DE NAVIDAD 2015. CAP 2

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¡¡QUE PASÉIS UNA FELIZ NOCHE!!

CAPITULO 2

Las clases habían tocado a su fin, Blanca iba con su bicicleta cruzando las calles de Valencia, tras comerse rápidamente un bocadillo en la cafetería de la Universidad, se machó camino a la Protectora. En su mochila las botas de agua, el pantalón viejo y gastado, y dos sacos de comida seca de gato que había pedido por Internet. Además, llevaba toda su emoción como siempre que acudía a ayudar.

Al llegar a la carretera los ladridos de los perros se escuchaban nítidamente. Era el momento en que a Blanca el corazón se le alteraba, sabía que allí la esperaban ansiosos por que alguien llegara para darles un paseo y mil caricias, ¡quién mejor que Blanca que amaba tanto a sus pequeños!

Tras dejar la bicicleta comenzó a saludar a los perros más grandes que se encontraban en la entrada. Ese abrazo del Pastor Alemán con beso incluido, la caída de ojos del Mastín grande y bonachón, el Mestizo con la cola sin parar de mover a dos patas esperándola para solicitarle el paseo. Y así, uno tras otro, los perros esperaban impacientes su turno para poder salir a pasear. Era una tarea complicada, si bien, satisfactoria. Blanca se encargaba de pasear a los perros más grandes.

Para cuando Macu llegó a la protectora, lo hizo en compañía de los demás voluntarios, comenzaron a sacar comida del maletero, un tupper donde llevaban el arroz para mezclar, un puchero donde había más comida hecha en casa, arena para los gatos, toallas y alguna manta. La algarabía de ladridos era como una intensa banda sonora que para ellos ya era como una sinfonía más de su vida, pero que para quien llega por primera vez impresiona.

-Hemos traído la comida preparada para los flacuchos.

-Genial, vamos a ir preparando igual con un poco de suerte la pareja que está en el despacho van a adoptar a reno.

-¡Qué alegría! -respondió otra de las voluntarias.

-Venga que esperan impacientes.

Y era cierto, los perros ladraban ansiosos por tener ese pequeño paseo que les daban los voluntarios.

Regresaba de uno de ellos Blanca cuando se cruzó con los chicos que bajaban más comida. Cuando llegaron el resto de voluntarios que paseaban al resto de perros de la misma jaula, se dispusieron a devolverlos a ellas. Blanca tenía la cualidad que cualquier perro por muy enorme que fuera terminaba abrazándola y besándola con divertidos lametazos en la cara para mostrar su alegría que le provocaban una sonrisa feliz.

Una vez todos estaban libres, se unieron al resto de voluntarios para preparar los cuencos de comida. Era un momento delicado y el más difícil de asimilar. Todos querían comer, ladraban nerviosos, aullaban de felicidad pisándose unos a otros, eran varios los voluntarios que debían ir para que no se hicieran daño. Era el momento de máxima tensión. Después tocaban los gatos, mientras, otros voluntarios se afanaban a limpiar, ningún trabajo era fácil, sin embargo, nadie se quejaba por ello, de lo que sí habían era mucha rabia por todo lo que veían a su alrededor, del abandono masivo al que se ven empujados los animales. Por mucho que hacían, por mucho amor que trataban de darle, siempre quedaba mucho más por hacer.

Una vez finalizaron el grupo de voluntarios, se hizo una pequeña reunión para ver quienes podían los días de nochebuena y navidad llevarse a su casa algún animal al que darle la oportunidad de estar durante unos días en libertad y, lo más importante, compartir el calor de un hogar.

Además de aquella idea harían rastrillos solidarios, recogidas de alimentos. Y colocaban por muchos establecimientos unas huchas para recaudar dinero con el que poder hacer frente a operaciones urgentes, a tratamientos necesarios para los animales enfermos. Todo sumaba para aquella protectora que necesitaba tanto para poder mantener a los animales en las mejores condiciones.

-Yo lo voy a intentar, voy a llevarme a “mi chico”, mi perrete, no sé cómo saldrá la idea con mis tres niños… Pero lo quiero intentar -dijo Macu con su sonrisa habitual.

Los demás fueron sumándose a la idea, unos y otros hicieron un esfuerzo para poder dar un poco de alegría a aquellos animales que tanto lo necesitaban.

Los demás sonreían de igual modo porque siempre que salía un animal de aquellas instalaciones que necesitaban una mejora urgnte, era una alegría para todos.

-¡Ya sólo nos falta que nos toque la lotería! –exclamó feliz Macu.

Por su parte, Javier, había hecho de tripas corazón al llegar a la casa en la que vivieron sus abuelos paternos Una vez fallecieron, sus padres les dejaron vivir independientemente a los hermanos en aquella casa. Allí habían sido felices, eran uña y carne aunque muy diferentes en carácter. Después de cuatro meses y de no haber podido llegar al entierro, estaba en la casa en la que compartió grandes cosas con su hermano, pero en la que nunca más estaría él.

Dejó las llaves sobre el mueble del recibidor, sin saber muy bien que se iba a encontrar. Lo único cierto que sabía era que su hermano había salido por la mañana camino de su trabajo En una tienda de electrónica. Trabajo al que nunca llegó. Era consciente antes de entrar del orden, casi podía verlo si cerraba los ojos.

Cuando cerró la puerta tras de sí, se encontró como si de una bofetada se tratara con la ausencia, intensa ausencia. Exhaló un profundo suspiro y, a pesar de pensar que ya no le quedaban lágrimas, se equivocaba, aún tenía para dejarlas correr en aquel instante de añoranza. A cada cosa que se encontraba que le recordaba a él, se le escapaba una pequeña sonrisa. Hasta que entró en el despacho, era amplio. Allí habían estudiado los dos. Se quedó parado mirando el enorme mural que tenía en una de las paredes donde se encontraba repleto de fotografías suyas con animales, animales solos o en grupo con lo que comprendió eran voluntarios. Le llamó la atención ver que en el suelo había una especie de caseta, debía estar trabajando en ella, sobre la mesa unas explicaciones básicas donde a base de dibujos sobre cómo podía montarse. Sonrió, como si el pensamiento lo manejara su hermano, sintió la necesidad de ponerse a terminar la caseta que ni siquiera sabía para quien era.

Mientras, Blanca se había cambiado y tras jugar con los perros se despidió del grupo para marcharse a su casa. Al salir por la puerta los perros ladraban intensamente como si así pudieran retenerla un rato más, y ella suspiraba con fuerza mientras sonreía al verlos mirándola, al mismo tipo que dos lagrimones recorría sus mejillas. Era el eterno sentimiento de dejarles allí, era como si les abandonara y aquello le provocaba tristeza, sin embargo, al mismo tiempo le animaba para continuar yendo a ayudarles, a quererles, a amarles.

Pero si había alguien increíblemente feliz, era Macu. Al día siguiente podría llevarse a casa a su niño iba a ser complicado, porque con los tres gatos iba a ser una aventura de las grandes, pero aquel perro le había robado el corazón. Se estaban despidiendo las dos, ya que Blanca se marchaba fuera cuando vieron llegar un taxi. Era algo extraño por esa razón se quedaron vigilantes a ver quién bajaba.

-¿Lo conoces? –le preguntó Blanca.

-No –respondió Macu sin perder detalle de lo que sucedía.

Y lo que sucedía era que un chico joven bajaba del taxi y acompañado por el taxista abría el maletero, de allí sacaba algo enorme que al segundo se percataron de que se trataba de una caseta de madera. Ambas se miraron sonrientes.

El chico cargado con la caseta se había quedado paralizado, los ladridos de los perros le habían causado un impacto brutal.

-¡Te ayudamos! Espera –dijo Macu tan servicial como siempre.

-Muchas gracias –respondió con la frente arrugada.

-No te preocupes, en cuanto lleves cinco minutos ya no oyes los ladridos –le dijo Blanca que también había acudido en su ayuda.
Pero a Javier, los ladridos se le habían metido en la cabeza, al igual que la imagen de la cantidad de animales que allí se encontraban. Se había quedado paralizado justo en la puerta. Los perros que hasta ese momento estaban ladrando se quedaron en silencio, alguno incluso se puso a aullar. Ante el espectáculo, Blanca y Macu se quedaron paralizadas. Dejaron la caseta en el suelo y se quedaron mirando fijamente al hombre que parecía realmente impresionado.

-No nos hemos presentado, somos Blanca y Macu –se presentó sonriente.

-Yo… yo soy… Javier soy el hermano de Mario.

La tristeza se marcó en su rostro.

-¡El hermano de Mario! –dijeron a la vez las dos-. ¡No sabes lo mucho que sentimos su perdida!

-Lo puedo imaginar.

-Era un chico extraordinario.

-Gracias. Quería hablar con alguna encargada referente a los perros que mi hermano tenía apadrinados. E imagino que esa caseta era para alguno de estos… -miró alrededor manteniendo el gesto de impacto-… pobres animales.

-Ven, nosotras te llevamos. Dejamos esto aquí y ellas nos dirán para quien era, no te preocupes.

Aquella visita inesperada hizo que la gente conforme iba enterándose de quien era aquel chico, se acercara y le diera el pésame, algunos un abrazo bastante reconfortante. Sin embargo, Javier, lo único que quería era marcharse de allí. Nunca pensó que una Protectora fuera lo que sus ojos veían, lo que sus oídos escuchaban y lo que, a pesar de no gustarle los animales, su corazón sentía. Una pena desgarradora.

No fue mucho mejor su visita a los despachos, tuvo que sortear varios perros pequeños que se encontraban en su camino. Al entrar, un olor que no sabía a qué identificar le revolvió las tripas. Lo atendió una de las responsables que lo primero que hizo fue darle el pésame, después hablarle de Mario con los ojos emocionados, y por ultimo agradecerle el gesto de acabar la caseta.

-Gracias a vosotros porque creo que mi hermano fue muy feliz aquí.

-Sí, era tan positivo que siempre veía una solución a todos los problemas que tenemos.

-He venido… porque quería hacerme cargo de los dos perros que él tenía –le dijo con cierto nerviosismo.

-Claro, ¿y de Pecoso?

-¿Quién es Pecoso? –le preguntó desconcertado.

-Es un gato que nació aquí en la Protectora, le falta un ojo y nadie lo ha adoptado en sus seis años de vida. Tu hermano cuando tenía vacaciones se lo llevaba a casa, estaban hechos el uno para el otro, iba a llevárselo ahora después de Navidades quería darle todo su amor.

-Pues… -no sabía ni siquiera que decir.

-Tranquilo, si no, no pasa nada… es un gato que ya no va a salir de aquí y… -le dijo al ver el apuro del hombre.

-Déjame pensar… la verdad estoy… impactado y…

-No te preocupes. Tranquilo entiendo que son muchas emociones.

-Gracias.

Sentía que necesitaba huir de allí, no podía aguantar los ladridos era como gritos desesperados de terror, de desamparo, de lastima. Saludó a Macu y Blanca con un frío adiós saliendo con la respiración entrecortada hasta la puerta. Al llegar a la puerta para irse sin mirar atrás, le llamó la atención que los perros cambiaron su tono de ladridos, la gente miraba a su alrededor algo sorprendida. Aquellos ladridos parecían diferentes, alegres, divertidos… Javier se giró desde la puerta y vio como algunos se habían puesto a dos patas saludándole, otros movían el rabo con ansiedad y alegría. Lo que nadie sabía era que detrás de Javier estaba Mario y, que desde allí, saludaba como siempre sonriente y feliz a sus “queridos compañeros” y, éstos a su vez, le devolvían tanto el saludo como el amor que había entregado a aquel lugar.

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