¿CÓMO ME AYUDA ESCRIBIR?

Durante estos días, que he tenido tiempo para pensar, he tratado de hacerme una pregunta, ¿qué significa, para mí, escribir? Pero no me había hecho otras, quizá más acertadas, ¿cómo me ayuda escribir, y de qué manera puedo ayudar “yo” con mis escritos?

Cuando vas a un psicólogo, te recomienda escribir en un papel lo que sientes, lo malo y lo bueno. Quizá porque, cuando lees lo plasmado en un papel, te das cuenta de cómo eres, de lo que te preocupa, de lo que te hace feliz o infeliz. Y ayuda, ¡claro que ayuda! Sin embargo, hay un hecho en mi vida que me lleva a entender que, escribir también sirve para rescatar a otras personas. Y eso es lo más maravilloso que me ha ocurrido en la vida. Y por lo que no habrá momento alguno en el que baje los brazos, ante negativas o malos resultados.

Por ejemplo, la escritura rescató a mi abuela Pepa. Os he hablado de ella, es más, ella os está contando su experiencia en la Guerra Civil. Pues bien, ¿cómo la escritura  la rescató?

Todo ocurrió hace unos veinte años. El pequeño de sus hijos, mi tío Tomás y ojito derecho de ella, murió con cuarenta y pocos años. Todos podemos imaginar el dolor de una madre al perder a un hijo. Mi abuela, cuya vida fue “auténticamente” un drama, como la mayoría de las mujeres de la época, había vivido innumerables episodios en su vida de manera trágica. Entre ellos, anteriormente, había perdido otro hijo de tres años. Pero, con Tomás no tuvo, ni el ánimo, ni la fuerza suficiente como para querer seguir viviendo. Se sumió en una depresión de la que no había manera de sacarla adelante. No quiso levantarse de la cama, no comía, no dormía y nada más lloraba, y lloraba suplicándole a Dios que la llevara con su hijo. Mostraba su indignación con la vida dejándose morir. No encontrábamos la manera de rescatarla y que volviera a nuestro lado. Nada parecía efectivo.

Sin embargo, lejos de tirar la toalla, mi hermano y yo buscábamos maneras de ayudarla. Él lo conseguía con sus bromas, su amor infinito… Yo me bloqueé. Primero, porque mi tío fue una persona a la que quise mucho. Segundo, porque no soportaba verla sufrir como lo hacía. Aún y así, un día ocurrió algo, que ya contaré más adelante (en un relato corto), que me hizo reaccionar. ¿Cómo podía ayudarla? No supe hacerlo de otra manera, voy a recrear aquí nuestro diálogo porque, por mucho tiempo que pase, cuando llego a ese cajón de recuerdos, me viene nítido.

-¡Pepa, levanta de la cama! –entré a la habitación que compartíamos con una libreta en la mano.

-No puc (no puedo).

-¡Claro que puedes! Ahora mismo vas a levantarte y vas a comenzar a contarme la vida de tus abuelos -le dije de manera enérgica.

-¿Y eso? –me preguntaba mientras la levantaba y sentaba en la cama tras arroparla bien, porque ella no tenía fuerzas para hacerlo por sí misma.

-¡Porque voy a escribir una novela! ¡Se va a llamar “Mujer Coraje”! ¡Y tú vas a ser la protagonista!

Y fue como insuflarle vida en aquel momento. Sus ojos se habían apagado para siempre, nunca más volvieron a ellos la luz. Sin embargo, un pequeño rayo brilló, el suficiente como para aferrarme a él y comenzar a trabajar.

Empezó a contarme toda su vida y yo iba tomando notas, a pesar de saberme toda la historia de principio a fin. Pero, quise que ella tuviera ocupada la cabeza contándome los hechos. Cuando tenía material suficiente, le pedía parar, iba a la habitación, porque a esas alturas habíamos conseguido levantarla de la cama, y me ponía a escribir frenéticamente. Una vez tenía un buen trozo, salía al comedor donde estaba sentada en el sofá, tapada con su mantita, y le leía el trozo. Este diálogo era, la mayoría de las veces, el que teníamos:

-¿Cómo que Encarna? –me preguntaba con el ceño fruncido-. ¡Yo no te he dicho Encarna! Mi abuela se llamaba María.

-¿Estás segura? –le decía yo pensando ¡bien, está atenta a las erratas que voy soltando adrede!

-Pero, ¿cómo no voy a estarlo? ¡La xiqueta esta dels collons! –(la niña esta de los cojones).

-Vale… vale… pues lo cambio. No te enfades –menudo genio se gastaba “la Pepa”

Seguía leyéndole y algo más aparecía cambiado.

-Eso te lo has inventado.

-Pepa… yo no me invento nada, cuento lo que tú me cuentas.

-No, no, no… eso yo no te lo he contado así, ¡vas a tornar-me carabassa! (vas a volverme loca).

-Bueno… pues habrá sido una confusión… “no pasa nada”.

-¿Cómo que no? ¡Has escrito lo que te ha dado la gana! ¡Dimoni! –(demonio)

Entonces, con todo el amor que sentía hacia ella, me echaba a sus brazos, le daba miles de besos y le provocaba carcajadas.

Así continuamos durante muchos meses. Por la mañana me contaba cosas, por la tarde escribía y le leía. Ella esperaba ansiosa el momento de la lectura de “su” novela. Tal fue su recuperación, que no superó el dolor, pero sí aminoró las ganas de morirse. Y hablando de morirse… Claro, en la novela ella tenía que morir, terminaba asi. Y cuando leí el final, y aparté mis ojos del folio, me encontré con que estaba llorando. Entonces, con su gracia de siempre me dijo:

-¡Collons! Soy la primera que llora su propia muerte…

Y así, conseguí que luchara por vivir, por sobrevivir al desgarro de la muerte de su hijo. Por eso, por esta razón, creo que me siento tan agradecida a la escritura, ella me ha ayudado a seguir hacia delante. De igual manera que fue posible hacer el regalo a mis padres, en el libro “Sobreviví”, y ayudar a más gente que sufría en ese momento. Lo mismo que curé mis heridas con el cuento “Un sueño hecho realidad” pero, sobre todo, lo mejor que me dio la escritura, fue la sonrisa de mi abuela y sus ganas de levantarse y vivir con “Mujer Coraje”

He querido dejar esta historia en el diario porque, para una escritora, el motor de pasarte horas y horas de trabajo para dar por finalizada una novela, es el ver que puedes llegar a la gente, compartir historias buenas o malas, pero hacer que la gente cuando lea, ¡sienta!

Estos días de parón, me han ayudado a ver que, con vuestra presencia en mi blog, me hacéis sentir feliz. Y, por eso, os doy las gracias.

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