CENIZAS AL VIENTO

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En vida, todos decimos “una vez muerta hacer lo que queráis conmigo”, pero todos, al fin y al cabo, en alguna comida familiar, a los más allegados… en fin.. alguna vez decimos lo que, realmente, queremos que hagan con nuestras cenizas.

Así pues, cuando llega el momento de ir por las de un ser querido, con esa pena que te embarga, con ese escozor de ojos, aún, de las lágrimas derramadas, te personas a recoger a tu pariente. Reúnes valor y le pides al funcionario, siempre de gesto adusto, que te dé los restos, con cara compungida. Y el tipo sale con una cajita y un lazo en cuyo interior se encuentra ese pariente, y la primera reacción es pensar que es imposible e, instintivamente, sueltas:

-¿Está todo ahí?

-¡Pues claro que está todo! –contesta irritado.

Más por su trato, que por su contestación, sales rápido para no parecer más estúpida de lo correctamente normal. Recoges la urna, como quien no quiere la cosa, y te vas. Al salir, te esperan fuera el resto de familiares y se van acercando hasta hacer un corrillo, quizá 7 u 8 familiares, los más cercanos y todos
hacen la misma pregunta que, segundos antes, has hecho tú al ver el tamaño de la urna. De ese modo, vas sintiéndote menos estúpida; ya se sabe “mal de muchos consuelo de tontos”, así que, todos los estúpidos que nos encontramos ante la urna, ya a estas alturas sin envoltorio, porque a alguien le ha picado la curiosidad más de lo normal, y ha tirado el papelillo a la papelera para decir “lo mona que es”, y lo bien que va a quedar encima de su mueble del comedor.

Lo siguiente, es el primer momento tenso del lanzamiento de cenizas

Nos miramos a esas caras un tanto desconcertadas, aún con una pregunta en los ojos, “¿ahora, que hacemos?”, tranquilos, siempre hay uno que sabe, perfectamente, lo que el difunto pariente quería que el resto hiciésemos con él .“¡Al mar!”, dice rotundo el sabiondo. Y tú piensas “¡dios mío, al mar!”, y sin querer te viene a la cabecita la cena de la noche anterior, una rica pescadilla de esas que se muerden la cola. Pero sabes, que anteriormente a morderse la cola, eran unos pececillos que comían otras “cosas” del mar. ¡Uf que apretón de tripa te da!, sacudes la cabeza, te quitas la sensación de haberte tragado un trozo de Pascual, Paquita o Manolín, y llevas, nuevamente, la atención a ese corrillo de familiares que tienen ganas ya de terminar con esa nueva moda, que vivo te parece fantástico, muy snob de hacer con tus cenizas ésto o aquello, ¡pero… guapa!, menuda faena si es a ti a quien le cae el muerto encima (nunca mejor dicho), de cumplir su ultima voluntad.

Bien, ya hemos elegido el lugar después de mucho debatir, “esta playa le gustaba mucho”, dice el familiar de turno. ¡Ale!, pues todos para allá! Dos coches y el primer dilema, ¿dónde ponemos la urnita?, “yo la llevo” dice algún sacrificado con cara de circunstancias. “Si no, se mete en el maletero”, dice otro, llevándose la mirada de todos, unos pensando “¡que animal!, ¿Cómo la vas a dejar sola?”, otros pensando “vaya final… ir a terminar tus días , terrenales, en el maletero del coche” y, por último, pero no menos importante, los dos dueños del coche pensando “que lo lleve el otro no vaya a caer y se me desparrame todo a mí, y ya me veo todo el día con el aspirador”.

La mejor decisión es ir llevándolo entre todos a ratitos ¡ale! Y cuando te llega a tus manos, el accesorio, quieres echar a correr, pero claro, si rehúsas el preciado momento, ya es que la querías poco o eres algo rara, pues es lo más natural del mundo llevar lo que queda sobre tus rodillitas. Y tú, rezando para que, no haya cola en la carretera de “El Saler”, en el momento te toca a ti llevar la dichosa urnita.

Llegas al sitio, comienzan las discusiones. “Allí”, señala uno la playa, “¡no hombre, que allí se baña la gente!”, y ale, urna y todo el corrillo para otro lado. “Allí es una buena zona en las rocas cerquita de la orilla”, “¡pero mujer, que ahí pescan!”, grita alguno ya desesperado de tanto paseo. Aunque, realmente, lo que le fastidia es que va a empezar el fútbol y aún vamos, paseo arriba paseo abajo, todos en procesión. Así que, después de pasear un buen rato la urna a escondidas, porque claro, parece que vayas a cometer un robo o un acto delictivo (que más bien lo es ¿eh?), decides ¡por fin! lo que parece el sitio más sensato (si es que, echar cenizas de alguna persona humana al mar es sensato), entre todos decidimos que, en unas rocas altas, al final, allí puede quedar bien. “¡Rápido, ahora hay que aprovechar que no hay nadie!”, todos andando deprisa, deprisa para que no te vean.

El momento cumbre llega, se abre la urna y, ante ti, aparece una bolsa cerrada a lo bestia, con un nudo que no hay manera de desatar y un montón de ceniza, como si fueran los restos de la leña de la paella del domingo. Un ¡Ooooooooh!, generalizado, sale de nuestras gargantas y, ahora a ver quien es el guapo, o la guapa, que echa las dichosas cenizas… todos nos miramos. Es un momento de mucha tensión, los diferentes ojos buscan a otro para que las eche. Es ese instante en que puedes captar una expresión diferente en cada par de ojos, miedo, repugnancia, superstición. La verdad, es un momento delicado, como si fuera una partida de cartas esperando la reacción del adversario. Pero claro, aquí nada más hay una carta que echar y es a la que todos temen. Y yo, en ese instante, me imagino al familiar muerto, pero muerto de risa, que no es lo mismo, al ver allí a la pandilla que tiene por familia y me la imagino retorciéndose, y llorando de la risa, por las caras, los gestos. Unos pensando, “¡qué lo tire éste que tanto le quería!, el otro “¡qué lo tire aquel que, a fin de cuentas, es quien más dinero le ha sacado!”, y siempre hay uno que piensa “¡no… no… si ya veras como me toca a mí!”. Y, efectivamente, le toca a él.

Llegado el instante final, alguien suelta “vamos a decir una oración”, ¡lo que faltaba!, venga va, todos nos juntamos lo más cercano a la roca donde está el valiente (porque hay que ser valiente para encaramarse a lo alto de las rocas), esperando el amén general como señal. En ese momento, abre la bolsa ante la gran expectación de todos, y alguna lágrima, para tirar el contenido al mar y entonces…



Entonces viene un aire de cojones y, ese aire, se lleva consigo al pariente en todas direcciones. Claro, los vivos salen huyendo dando gritos de pavor, mientras el pobre valiente encaramado en lo alto de las rocas se gira mirando con expresión muy, pero que muy cabreada a todos, que están tan atareados sacudiéndose las ropas. Alza la voz irritada, poniéndose en jarras “el próximo que se muera y diga en vida que quiere el mar…

¡¡¡LO ECHO AL RETRETE!!!

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN

PD: si yo fuera la muerta, puedo promerte y prometo, que viendo esto, tendrían que buscar entre las algodonosas nubes, un indasec. Porque me haré pipi de la risa.

 

3 comentarios en «CENIZAS AL VIENTO»

  1. Mi madre tambien quiere que sus cenizas las echemos en su pueblo y pienso que a lo mejor se las engullen alguna vaca o cualquier otro animalito .

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  2. Hola Luz, he leído tu “jocoso-dramático” relato sobre las cenizas. Reflejas muy bien algunas situaciones que se dan en estos casos. En otros no es así, en nuestro caso, con Carmen, solo los hijos y yo, sin dudas, ni viento que las aventase, las depositamos al pie de un limonero que a ella le gustaba, rodeada además de plantas aromáticas: tomillos, salvias, lavandas, albahacas, etc. Ah!! y a mi me encantan los “gin-tonic” con los limones de ese limonero, me saben a gloria………….!!!!
    Besos

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