CARTA A LA ESTRELLA ALEGRÍA

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Esta carta va destinada a una estrella, si tuviera que poner la dirección pondría Estrella de la alegría y la bondad. Porque sé que debes estar ahí, sentadita en la punta más cercana a nosotros para que te permita vernos y protegernos.

Porque así eras tú, una mujer alegre a pesar de todo lo sufrido, con el corazón más grande y limpio que he conocido. Eras una persona que no sabía lo que era el rencor ni la maldad. Eras mi Sofía Loren, ¿recuerdas? Siempre vestida impecablemente con tus trajes chaqueta y tus blusas de seda, con tus faldas y suéter de lana. Hasta el último momento siempre con tacones. ¡Y no podía faltar los labios pintados! ¡No señora!, acompañados por la raya del ojo y una suave sombra. La mujer más elegante que he conocido.

¿Sabes una cosa, abuela?, con tu marcha nos has dejado un vacío que a pesar del tiempo transcurrido no hemos podido rellenar con nada, ni siquiera tu recuerdo consigue calmar el dolor. Como decimos, nos has dejado demasiado huérfanos de la noche a la mañana y casi sin avisar. Sin embargo, hoy en esta carta voy a hacer lo que mejor se nos daba y era reírnos, reírnos mucho así me obligo a recordarte. No quiero que leas mi tristeza que es la de todos nosotros, quiero que en la punta de esa estrella cuando la leas te rías y, lo hagas sabiendo, que a través de mis palabras en cada una de ellas va subrayado un te quiero.

Recordaré para ti, la anécdota que más nos hacía reír, tal y como la contábamos.

El verano estaba tocando a su fin, mis padres tenían un chalet y habían decidido que íbamos a pasar allí el fin de semana, porque dos primos que vivían fuera de España habían llegado de vacaciones para estar unos días con nosotros.

Aquel fin de semana nos fuimos mis padres con mi hermano que tenía cuatro meses, mis ya mencionados primos, tú y yo.

Se fue haciendo la hora de recoger las cosas para volver a casa, justo en el momento en que el cielo azul con algodonosas nubes blancas se volvió, en un espacio de tiempo corto, en un cielo negro como un túnel y empezamos a escuchar unos truenos aparentemente lejanos. Mis dos primos aseguraban que la tormenta estaba lejos, hacían sus cuentas dándoselas de hombres del tiempo pero el sonido decía lo contrario. Hace treinta años no teníamos móviles que nos avisaran del tiempo con el que íbamos a disfrutar o sufrir. Ante el último trueno mi madre, a quien le aterran las tormentas, empezó a entrar en un estado nervioso, y tú reaccionaste con tu grito habitual que tanto nos hacía reír como nos asustaba.

-¡Uhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh madre mía ha sonado como si estuviera aquí dentro de casa!

Hasta yo que tenía nueve años, tuve que ponerme las pilas y con rapidez ayudar a recoger sillas, almohadones y demás para salir lo antes posible de allí.

Nos metimos en nuestro Seat 124 y justo cuando entramos todos comenzó a llover, bueno, más que llover a diluviar. En el coche yo iba sentada sobre tus rodillas porque no cabíamos de otra manera. Ante la intensidad de la lluvia y la tormenta me abrazaste tan fuerte contra tu pecho que por poco me partes las costillas. Esos abrazos tuyos que son difícil de zafarse, no he conocido a nadie que abrace tan fuerte, te lo aseguro. Pero el miedo a la tormenta no fue lo único que apareció al entrar al coche, cuando mi querido padre, tu chiquillo, puso en marcha el coche una luz roja se encendió y fue como si un destello de terror iluminara todo.

-Madre mía, este chiquillo no lleva gasolina en el coche.

Y era verdad, no llevaba y nunca sabremos cual es el motivo por el cual le gusta ir en reserva, yo creo que lo hace porque le gusta hacernos sufrir… nuestra cábala era que debió gustarle aquello de los sufridores de “un, dos, tres”.

-Tranquilos que llegamos de sobra a la gasolinera.

Pero por si acaso, por el interior del pueblo íbamos con el coche en punto muerto porque para nuestra suerte las calles eran todas hacia abajo. Llegamos a la gasolinera y la tormenta se convirtió en un tormentazo parecía que no hubiera mañana, a la lluvia, los truenos y relámpagos se le unió el viento. Pero al menos, estábamos en la gasolinera. Mi padre abrió el coche, entró y nos dijo:

-No pueden ponernos gasolina no hay luz.

¡Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!

Aquella exclamación tuya y de mi madre fue como si sonara una sola voz.

-Pero no pasa nada… llegaremos.

Bueno, lo había dicho mi padre y, si mi padre lo decía yo no tenía miedo, pero claro, tú volviste a abrazarme con tanta fuerza que ya no sabía qué pensar. Ante nuestro miedo contrastaba lo divertidos que estaban mis primos, sin duda alguna, las hormonas masculinas les nublaban la sensatez, era obvio. Así que comenzamos la cuenta atrás de los veinte kilómetros que separan nuestra casa del chalet. Era un infierno, la carretera apenas se veía, mi madre pedía a gritos que parara el coche y la pusiera a ella y a mi hermano a salvo. Tú y yo abrazadas como si se nos fuera la vida, y los dos inconscientes venga a la risa. Claro el cachondeo fue mayor cuando mi padre dijo:

-Cuando empecemos a bajar la carretera desde dentro del coche vamos a empujar.

-¡A empujar! –exclamasteis tú y mi madre.

-Sí, todos a la vez cuando diga tres empujaremos, cogemos impulso de atrás hacia delante y lo mantenemos un rato.

Yo veía como ponías cara de pánico, entonces me entraba a mí miedo pero el cuadro era mi madre llorando en silencio con mi hermano en brazos.

-¿Preparados?

Y allá fuimos, coche en punto muerto y todos a la de tres como si fuéramos a bailar “Paquito el Chocolatero”. Tú y yo era imposible empujar mucho abrazadas, pero aun así íbamos al compás que marcaba mi padre, eso sí, a estas alturas muertas de risa ante el cabreo de mi madre por su terror ante la situación. Así fuimos un buen rato para goce y disfrute de aquellos dos adolescentes ávidos de aventuras. Hasta que en un momento dado mi padre se acordó que en el maletero llevaba una lata con gasolina. Nos hicimos a un lado de la carretera mientras tú tratabas de calmar a mi madre y los tres hombres bajaban del coche bajo un aguacero importante. Fueron a echar la gasolina, pero mi padre, al sopesar la lata, se dio cuenta que había realmente poca y para no desperdiciar ni una gota entró al coche y te pidió algo para hacer una especie de cucurucho por donde introducir cuidadosamente la gasolina. Te pusiste a buscar y encontraste que te habían dado en el supermercado un premio de una botella de colonia al hacer una compra, la colonia pasó a mejor vida porque tu hijo se llevó el folleto.

-¡Ay madre mía este chiquillo con la manía de ir en reserva!

-Me quiero bajar… quiero irme…

-Tranquila, mujer que no pasa nada –le decías a mi madre.

Cuando subieron al coche uno de mis primos empezó a decir a gritos que había perdido una chancleta y que el agua les llegaba por la rodilla, que aquello era una riada de todas todas. Vamos lo que mi padre había querido evitar por el bien de su mujer, su sobrino se lo había cantado a la primera de cambio.

-Te vas a constipar y tu madre me va a matar –le decía mi madre preocupada ya por toda la situación en general.

-¡No pasa nada, tía! ¡Y lo bien que me lo estoy pasando!

-Bandido… -le dijiste sonriendo-. Con el miedo que tenemos.

-¿Pero hay gasolina suficiente para llegar? –preguntó mi madre, la pregunta del millón que mi padre tenía miedo de responder-. ¿Hay o no hay?

-No hay. Pero llegaremos.

-Madre mía –susurraste apretándome nuevamente entre tus brazos.

Menos mal que entonces era un fideo y no ocupaba mucho sitio.

Volvimos a empujar durante las bajadas que tenía la carretera, pero llovía tan insistentemente que mi padre no podía ver casi nada, nosotras dos íbamos situadas justo detrás de él, entonces en un momento de agobio por no ver lo que sucedía a nuestro alrededor no se le ocurrió nada mejor que bajar su ventanilla, justo en mismo instante en que venía un coche por el otro lado ¿y qué ocurrió?

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

Que todo el agua que había en la carretera salió despedida hacia nosotras dos, mi padre se libró, pero a ti se te corrió todo el rímel de los ojos, la pintura y se te mojó el flequillo con lo cual comenzaron a crearse los caracolillos de la Estrellita Castro, a mí se me mojó todo el pelo, la cara y la camiseta, ¡ni qué contar el grito que dimos las dos a la vez! Y como no, las risas de mis dos primos y las suplicas de mi madre por parar e irse con alguien.

Hasta que llegó un momento en que el coche dijo que ya no iba más, nos quedamos tirados en la carretera. Para nuestra suerte, mis primos vieron a lo lejos una gasolinera y salieron con la lata en busca de nuevas aventuras, uno de ellos con una sola chancleta. No paró la lluvia en ningún momento pero hubo un taxista que tuvo para bien detenerse y ver si necesitábamos ayuda. Así que mi padre decidió que tú y yo nos fuéramos a tu casa. ¿Recuerdas el taxista el miedo que había pasado por la granizada? Pero no tanto como nosotras ¡y qué decir de tu cara con las lágrimas negras del rímel por tus mejillas!

Después, por la noche una vez nos acostamos en la cama recuerdas que dijiste.

-¡Mi cama! Pensé que no volvería a casa.

-Yo también, abuela.

-Mira que bajar la ventanilla… ¡este chiquillo menuda ocurrencia!

Y tras aquella afirmación, comenzábamos a reírnos sin parar.

Así quiero recordarte hoy que es tu cumpleaños, con aquellas risas que se adueñaban de ti y contagiaban a los demás. Porque estoy segura que desde tu estrella de la bondad donde debes descansar tranquila y feliz, habrás vuelto a reír.

Te quiero, abuela.
Te quiero, Conchín.

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