CAPÍTULO FINAL. EL PINTOR DE ABANICOS

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Transcurrieron dos días en los que la tienda, oficialmente, ya funcionaba en las redes. El primer día cuando los dos jóvenes se dispusieron a trabajar, el señor Francisco se dio cuenta que había un problema. La mesa estaba preparada para una persona, en ese momento, tenía dos aprendices. Y estaba casi seguro que a partir de ese día aquellos dos muchachos que lo observaban en silencio trabajar, iban a formar un gran equipo. Y a pesar, que Kazuma tenía muy buena mano para el arte, le veía más preparado para atender con su exquisita educación y amabilidad a las clientas.

El primer día, los dos jóvenes se encargaron de recoger todo, guardarlo y dejar libre la mesa para que el señor Francisco pudiera trabajar. Había inventado una manera de recortar la mesa, que les iba a permitir trabajar cómodamente a los dos sin molestarse. Después, con el tiempo y si podían permitírselo, podrían comprarse mobiliario más moderno. Los dos lo observaban tomando medidas con el metro, las gafas a media altura de la nariz, un lápiz en la oreja y un papel para ir anotando. Una vez estuvo seguro de las medidas, le explicó a Alex su idea, al muchacho le pareció fantástica, a él, esas cosas no se le ocurrían. Kazuma lo miraba divertido, había hecho muy buenas migas con el señor Francisco. Su madre le había contado tantas cosas de él que era como si lo conociera de toda la vida. Una vez finalizaron con la mesa, dispusieron del lugar para ellos dos.

Aquella mañana habían cerrado al público, para poder iniciar el trabajo con más tranquilidad. Eso no era problema para que la gente se detuviera frente al cristal a observarlos porque ya se había corrido la voz de que el señor Francisco dejaba la tienda. Todos querían curiosear y aquel ventanal era fantástico para ello. Tanto era así, que aparecieron la señora Salvadora con su camiseta de STOP desahucios, orgullosa de sí misma, con la señora Lola y Carmen. Allí las tres les hacían gestos de que les abrieran la puerta, finalmente, se dieron cuenta del motivo, no era otro que les traían un suculento almuerzo para que retomaran fuerzas.

-¡Vamos…vamos…! Hay que alimentarse que estos dos están hechos dos fideos–decía Salvadora con su tono serio que más que un ánimo, parecía echarles la bronca mientras sacaba “fiambreras”-. Tenéis las fiambreras con pollo, algo de canelones y ensalda.

-No se dice fiambrera, Salvadora, ¡estás anticuada! Se llama tupper.

-¿Tupper? ¿De dónde demonios ha salido eso? Mira que os gusta las palabras raras ¡toda la vida se le ha llamado fiambrera!Con lo rico que es nuestro vocabulario.

-Tiene razón, Salvadora –decía divertida la señora Lola-. Poco a poco nos van invadiendo con cosas raras.

-¡Ea! ¡Hemos venido para que comáis no para discutir si es fiambrera o la cosa esa!

Los tres hombres reían divertidos mientras las observaban discutir entre ellas.

-Muchas gracias… -les dijo Alex, tratando de calmar los ánimos-. Son muy amables, las tres.

-¡Pero esto tiene un precio, eh! –sonreía divertida la señora Carmen.

-No me digan más –puso gesto de falsa sorpresa Alex mientras Kazuma reía divertido con el señor Francisco-. ¡Abanicos!

Las mujeres aplaudieron divertidas y durante un rato estuvieron gastando bromas, riéndose con algún chiste que les contaba el señor Francisco a quien parecía le había vuelto el brillo en la mirada. Finalmente, se marcharon complacidas por el intercambio que iban a recibir tras aquella visita.

Después, durante unas cuantas horas, el señor Francisco les estuvo enseñando algo que él había dejado de hacer, pintar abanicos para novias. Su vista ya estaba demasiado castigada como para hacer esos abanicos que debían tener una ejecución final excelente porque eran una pieza más del día más importante de una mujer, su boda. Sin embargo, aquellos muchachos tenían unas manos privilegiadas, no le extrañaba ver la destreza con la que pintaban. Abrieron después del almuerzo al público. Aún no podían ofrecer abanicos hechos por ellos, pero no podían perder la presencia del señor Francisco, él les iba a ayudar en explicarles sobre la marcha como trabajar. Pronto comenzó a llegar gente a la tienda, intercambiaron los papeles, el señor Francisco atendió a los clientes, mientras ellos pintaban y la gente se agolpaba con las cámaras de fotos sobre el cristal. Después, Kazuma salió para acompañar al señor Francisco, veía como atendía a las señoras, cuando llegó su turno, el hombre le dio dos palmadas en la espalda con una sonrisa amplia mostrando sus dientes separados.

-Parece que has nacido para esto, Vicent.

Desde la mercería, tanto Catalina como Begoña veían divertidas el continuo goteo de gente aproximándose al cristal. También habían recibido la visita de las tres mujeres que eran las encargadas de hacer llegar a todo el barrio la noticia del nuevo artista que había en la tienda.

-¡Es increíble el cambio de Salvadora! –decía Catalina con su amplia sonrisa mientras sacaba unas lanas.

-Sí, además, creo que con Carmen y la gata va a sentirse muy arropada.

-Y ahora que no nos escucha nadie, ¿ves preparado a Alex para afrontar la responsabilidad de mantener la tienda?

-Sí, perfectamente -Begoña lo dijo con una rotundidad abrumadora.

-Mejor, así.

La puerta de la tienda se abrió y ante ellas apareció Sakura les hizo la reverencia que fue respondida de igual manera por madre e hija. La hicieron pasar a la trastienda y prepararon un té. Era un ritual para ellas, siempre que llegaban a la ciudad, se pasaban por la mercería para departir con las dos mujeres, también lo hacían acompañadas por Aurora, y de ella hablaron un rato. Begoña en su perfecto inglés traducía a su madre.

-Dice que la extrañan, se divertían mucho con ella y su manera de dialogar.

-No me extraña –sonrió con un halo de tristeza.

-Gran mujer –asintió Sakura que de las tres amigas, era la que mejor hablaba español-. Pero yo quiero agradecer a ti, Begoña.

-¡Oh no tiene nada que agradecer!

-Sí, sin tu ayuda imposible traer a Kazuma.

Begoña sintió la mirada interrogante de su madre. Sonrió.

-Era cuestión de mover algunos hilos, pero no me dé las gracias su hijo es un artista y creo que va a ser de gran ayuda en la tienda y, sobre todo, para Alex –le respondió Begoña con cierto apuro.

-Catalina, tu hija es grande como su mamá.

-Gracias –miró a su hija con cariño. Sabía que algo escondía.

-¿Cuidaras de mi hijo?

-¡Por supuesto! –le dijo Begoña con seguridad.

-Gracias.

Siguieron departiendo durante un rato las tres mujeres, hasta que llegaron sus compañeras y juntas se marcharon. Tras varios saludos, sonrisas y gestos de amabilidad. Al quedarse solas madre e hija, Catalina miró a Begoña como esperando una confesión.

-¡Ay mamá! –suspiró al darse cuenta-. ¿Por qué quieres saberlo todo? Deja que las cosas te sorprendan.

-¿Qué tienes que ver tú en todo esto?

-Kazuma es gay.

-¡Oh! –dio un grito de alegría.

-¡Mamá no empieces con tus alegrías y aspavientos! –le riñó divertida-.En Japón es complicado ser gay.

-Ahora lo entiendo.

-Bueno, pues deja de entender la vida de los demás y… ¿qué hay de Sergio?

Catalina sonrió sin darse cuenta.

-¡Me alegro!

-¿Por qué no dejas de meterte en la vida de tu pobre madre?

-¡Eso no vale! –la apuntó divertida con el dedo.
Durante la hora de la comida el señor Francisco escuchaba emocionado las explicaciones de Alex, se notaba que había superado el miedo inicial para sentirse totalmente implicado en su negocio. Kazuma lo miraba divertido, sonriendo y aportaba sus conocimientos de atención al público que ejercía en la tienda de su madre. Al finalizar, volvieron a trabajar, sin embargo, el señor Francisco en lugar de entrar a la tienda fue a la mercería. Allí Catalina contaba botones con una concentración máxima. Esperó a que terminara y al levantar la mirada encontrándose con el hombre, sonrió ampliamente.

-¡Señor Francisco! Pase… pase…

-¿Qué tal, hija?

-Bien, me han hecho un encargo y estaba preparándolo. ¿Y usted? ¿Qué hace aquí?

-Bueno…ya no tengo que estar en la tienda… ¿recuerdas que me he jubilado? –mostró su mejor sonrisa.

-¡Me va a costar, eh! –sonrió-. ¿Cómo ve a Alex?

-Muy bien… la verdad que me siento contento el muchacho siente amor por lo que hace. Estoy seguro que he dejado en buenas manos el que fuera mi sueño.

-¿Y el muchacho japonés?

-Tiene unas manos y una presencia tras el mostrador exquisita… pueden hacer un gran equipo. El problema es que necesitará dinero para pagarle y no creo que ahora mismo pueda.

-Su madre ha dicho que él se pagará todo.

-¿Te has dado cuenta cómo se han unido dos países por un mismo motivo? –la miró con un brillo en los ojos que mostraba felicidad-. El abanico.

-¡Y lo que parece más maravilloso! Dos jóvenes artistas dispuestos a crear ¡y quién sabe si a compartir más cosas! –le guiñó un ojo.

-Estos días he recordado mucho cuando mi abuelo me enseñó bajo la atenta mirada de mi padre, recuerdo los nervios para no fallar, la ilusión de mi primer abanico ese me enamoró y ya no pude vivir sin ellos –su voz reflejaba la emoción por su trabajo.

-Parece que el destino haya querido poner a Alex en su camino.

-Sí, creo que desde su estrella, Aurora ha hecho mucho y desde aquí abajo Begoña ha trazado unos maravillosos lazos llegando a dos personas sensibles que van a tener un éxito rotundo.

-Voy a extrañarlo, ¿qué va a hacer ahora?

-Salvadora me ha propuesto unirme a los yayoflautas. Necesitan alguien que tenga creatividad para hacer las pancartas de protesta –elevó los hombros como si se rindiera a la evidencia de que iba a ser él.

-Me parece estupendo –le entregó aquella sonrisa amplia que era como un golpe de aire fresco.

-De todos modos, estaré por aquí de alguna manera.

-Estoy segura que los chicos lo van a necesitar.

Francisco la miró suspirando fuertemente, como si necesitara llenar los pulmones de aire para aplacar el nerviosismo ante lo desconocido, ante una vida completamente diferente de lo que había vivido hasta ese momento.

-Te dejo trabajar, están viendo telas para abanicos de novia.

-¡Me encanta!

-¿Habrá que crear uno para ti? –le guiñó un ojo.

-Deje…deje… como dice mi hija… ¡deje de meterse en la vida de los demás!

Ambos terminaron sonriendo divertidos. Sin embargo, aquella frase del señor Francisco dejó a Catalina un pellizco en su alma. No había imaginado volverse a enamorar. Sin embargo, Sergio le había aportado calma las veces que habían hablado. Era un hombre culto, educado y muy sensible… pero de ahí a…

-¡Pero qué hago yo pensando cómo una quinceañera! ¡Qué vergüenza!

Llegó la hora de cerrar y tanto Alex como Kazuma seguían embarcados en su aventura, Begoña pasó para echarles una mano, mientras el señor Francisco miraba embobado todo lo que salía por aquella pantalla de ordenador que llevó Kazuma.

-Increíble…lo que sale por ahí.

-¿Verdad, señor Francisco? –le preguntó feliz Alex-. Es su trabajo.

-No lo entiendo… -miraba atento la pantalla.

-Mire, mi idea es hacer que esta tienda sea una continuación de su trabajo, más moderna porque los tiempos han cambiado, evidentemente, y con la ayuda de Begoña y Kazuma, haremos un proyecto que va a llegar a todos los rincones del mundo.

-Desde Japón podrán pedirnos un abanico, desde Chile, Estados Unidos, Argentina…
-Y todavía quedan muchos de sus abanicos por vender… ¡va a ser famoso! –le dijo Begoña contenta.

El señor Francisco los miraba encantado, él sabía de todas aquellas posibilidades para ampliar mercados, pero le llegaron muy tarde, cuando Aurora se apuntó a la universidad popular para ir a las clases de informática, él la animaba pero se veía incapaz, con su lápiz en la oreja y su block de notas, se sentía más cómodo.

Durante los dos días siguientes, el trasiego por la tienda fue enorme. Se había corrido la voz de que la tienda de abanicos había sido traspasada, las clientas de toda la vida se acercaban para enterarse de los cambios. Y saber en manos de quién se quedaba aquella maravillosa tienda. Durante esos dos días, recibió el cariño de las señoras que durante años le habían comprado abanicos, por supuesto, la visita de Salvadora, Carmen y Lola, para ver cuales iban a ser sus próximos movimientos reivindicativos. Begoña pasaba de vez en cuando para echar un cable a los dos chicos que de la noche a la mañana vieron cómo iban recibiendo encargos. El señor Francisco les ayudaba a vender, con su simpatía, su cercanía y contando algún chiste cuando se lo pedían, las clientas estaban encantadas. Tanto Alex como Kazuma sabían que era todo un reto poder continuar tratando a la clientela de la misma manera que él, así que el mismo señor Francisco les advertía a las clientas que esos dos chicos eran como aire fresco y renovado que les iba a sorprender.
Aquella noche cuando el señor Francisco estaba en casa, había algo que no paraba de darle vueltas a la cabeza y por más que trataba de quitárselo iba y volvía.

-¿Por qué Alex registró los cajones? Bueno… ya está. Quizá deba ir al banco… no… no… ¡Quita esos pensamientos! Es un buen chico… ¿Cómo puedo pensar eso?
Se reprochó con algo de enfado, miró al cielo desde la ventana pero la estrella no había vuelto, dio un chasquido con la lengua a modo de desencanto.

Estaba amaneciendo cuando Alex abrió los ojos y miró el despertador. Los nervios seguían alterados de una manera que no podía controlar. Decidió levantarse para prepararse un vaso de leche. Se sentó mirando fijamente aquel vaso era como si pudiera ver reflejado en él a sus padres, ¿qué pensarían si supieran que se había convertido en el dueño de la tienda de abanicos que había sido su sueño? La reacción de sus padres era una espina que tenía clavada en su corazón, sin embargo, no podía quedarse anclado ahí, tenía que asimilar que sus padres habían decidido apartarle de sus vidas, y él tenía la suya propia por delante. Se apartó alguna lágrima de su rostro, carraspeó tratando de controlar las emociones. Aquel día iba a ser muy importante, había estado preparándolo con mucho mimo, con mucho trabajo y no podía dejarse llevar por ese momento de bajón. Exhaló un profundo suspiro, sonrió dejándose invadir por un pensamiento positivo, no solo había conseguido cumplir su sueño sino que, además, estaba rodeado por gente que no le iba a dejar solo. Era muy afortunado, para él la ayuda del señor Francisco era importantísima, dejarse guiar por él cuando pintaba le estaba siendo como si le diera clases intensivas, poder contar con la ayuda inestimable de Begoña había sido para su estado anímico una fuente inagotable de energía positiva y ayuda para asumir sus problemas. Y después estaba Catalina se preocupaba de él y le regalaba unas sonrisas que trasladaban ánimo. También contaba con la ayuda de Salvadora, Carmen y Lola, le mimaban como recordaba lo había hecho su abuela. Y por último, había aparecido Kazuma que iba a ser una gran ayuda para pelear por hacer de su negocio el mejor de la ciudad.

-Sí, soy afortunado… He conseguido mucho más de lo que soñé.
Tras sonreír ampliamente, recogió su vaso de leche y se fue a la ducha. Aquel día iba a ser inolvidable.

Durante el día el trasiego en la tienda fue intenso. Por la tarde, Alex envió al señor Francisco hasta su casa para arreglarse, tenían que ir a la fiesta del abanico y no podía acudir con su camisa y chaleco de lana habitual. Eso de tener que vestirse de otra manera más formal, no le gustaba demasiado pero ver a Alex tan implicado en aquella fiesta le animó. Sonó el timbre puntual, a las siete y media, Kazuma cerraría la tienda tal y como le dijo Alex. Cuando bajó encontró al muchacho diferente, acostumbrado a verlo con sus vaqueros y camisetas cómodas, le extrañó verlo con un pantalón negro, camisa y corbata con un abrigo de pañete combinado con unos zapatos negros de vestir.

-¡No pareces tú! -exclamó el señor Francisco con una sonrisa divertida mirándolo de arriba abajo.

-¿Ha visto? Hoy es un día importante -le abrazó con fuerza.

-Bueno… tan solo es una reunión más. Todos los años es más o menos igual, Aurora y yo, íbamos porque nos sabía mal no acudir, pero la verdad que no distan mucho unas de otras -le arregló la corbata a Alex que la llevaba ladeada.

-Nunca se sabe -le sonrió divertido-. ¿Nos vamos?

-¡Claro!

Al llegar al teatro Principal de Valencia, el señor Francisco pensó que aquel año habían echado por la borda el presupuesto. En el hall había muchos de sus compañeros abaniqueros, los iba saludando al tiempo que presentaba a Alex. Hasta que tuvieron que acudir al patio de butacas donde tomaron asiento en la segunda fila, justo quedaban cerca del pasillo.

-¡Siéntese usted ahí, Señor Francisco! -le dijo Alex con una sonrisa.

-De acuerdo, ¿sabes? Estoy un poco aturdido –se sentó en la butaca que estaba en el pasillo.

-¿Y eso? -lo miró Alex con seriedad.

-Me he encontrado con muchos compañeros que no veía en años.

-¿Y eso es malo?

-No, no… al contrario.

-Disfrutemos de la velada…

Alex acompañó aquella frase con una sonrisa, mostrándose algo nervioso.

La gala empezó con una banda compuesta por violín, violonchelo y arpa que hizo sonar bellas notas amenizando durante un rato el teatro. Sonaron como música celestial. Tras la música apareció en el escenario el presidente de la asociación de los abaniqueros, las luces entornaron un ambiente relajado. Alex miró al señor Francisco que parecía tranquilo y, entonces, se incorporó un poco en la butaca dirigiendo su mirada hacia el palco. Sonrió.

El presidente dio la bienvenida a todos, habló de la crisis que atenazaba el negocio de los abanicos, contrastando que tan solo el trabajo y la ilusión podía sacar adelante aquel maravilloso mundo tan único y especial. Después vinieron los premios, también las condecoraciones y escuchar algunos de los invitados hablar sobre el arte de configurar abanicos. Todos ellos fueron reconocidos con aplausos. Parecía que la gala llegaba a su fin y que el presidente iba a darla por concluida.

Entonces apareció una pantalla en el escenario, con un foco desde un lado del teatro alumbraron las manos de un hombre que pintaba sobre una tela, su trabajo se reflejaba en la pantalla. Tenía habilidad con el pincel todos los artistas pudieron contrastarlo. Mientras el artista dibujaba, el presentador habló a la gente:

-Este año ha sido una gala maravillosa -sonrió-. Sin embargo, no estoy aquí para anunciar el final. Al contrario, estoy aquí porque hoy vamos a reconocer el trabajo y la valía de quien para muchos artistas ha sido un ejemplo, sus manos han creado arte por doquier, llegando a rincones que no todos hemos conseguido. Esta gala quiere agradecer el trabajo y el arte de un hombre que tuvo a su lado un ángel a quien todos quisimos. Una pareja que nos ha regalado momentos inolvidables que vamos a poder ver en esta pantalla.

El foco que alumbraba al artista bajó en intensidad y, donde antes aparecía en la pantalla él pintando, apareció un rotulo con el nombre de una tienda.

“ABANICOS MONTÉS”

El señor Francisco se quedó paralizado allí estaba un recorte de prensa fechado en 1906 donde un tal Francisco Montés Crespo acaba de abrir una tienda de abanicos, era su abuelo. El hombre frunció el ceño, después reflejado en la pantalla el primer abanico pintado por su padre… una fotografía con los tres hombres de la familia dedicados al arte del abanico. La siguiente fotografía provocó una emoción incontenible en su interior, Francisco y Aurora habían sido retratados en la puerta de su tienda tras la riada de Valencia, después un recorte de prensa donde decía que habían ayudado en el barrio con la reconstrucción, entonces giró levemente la cabeza hacia Alex que lo miró con un gesto que llevaba cierta mezcla de orgullo y temor.

-¿Por eso estaba el cajón de mi despacho abierto?

Podía haberle agradecido todo lo que estaba viendo, sin embargo, para él en ese momento fue más importante comprender que Alex seguía siendo el muchacho por el que apostó sin equivocarse.

-Lo siento -se disculpó con la mirada repleta de emoción-. Quería devolverle de algún modo todo lo que usted ha hecho por mí.
La pantalla seguía mostrando abanicos pintados por el señor Francisco, la gente murmuraba, algunos eran tan exclusivos que a Alex le había costado lo suyo encontrarlos. Aquella visión de lo que había sido su trabajo y su vida finalizó con otra fotografía emocionante, él y su mujer sonrientes, orgullosos de su tienda. Tras ella la ovación fue intensa.

-Por favor, Francisco, sube hasta este escenario.

El señor Francisco no sabía qué hacer, Alex le ayudó a ponerse en pie sabía que la emoción le había bloqueado.

-Acompáñame, por favor -le rogó el señor Francisco.

Al llegar a las escaleras para subir al escenario escuchó como una voz se colaba entre los aplausos.

-¡Guapo! ¡Guapo! ¡Artista!

Giró la cabeza, allí en un palco estaba gritando y aplaudiendo como loca Salvadora, pero sus ojos también captaron a Catalina, Begoña, Sergio, Carmen, Amparín la horchatera y Lola. Allí estaban todos aplaudiendo y dándole ánimos.

-¡Bravo! ¡Bravo!-aplaudía emocionada Catalina sin poder evitar que las lágrimas de felicidad recorrieran su rostro.

Al subir al escenario sintió que las piernas le temblaban, podía escuchar los aplausos a su espalda, también la mano apoyada en el hombro de Alex transmitiéndole apoyo. El presidente le dio un abrazo emocionado y le invitó a darse la vuelta para agradecer a la gente aquel cariño. Sus ojos pequeños fueron a parar a donde estaba su gente, porque eran su gente, allí la emoción era el principal sentimiento, justo al lado, con una cara de felicidad máxima, Amparigues, Marieta, Concheta y Pepiqueta. El corazón del señor Francisco golpeaba con fuerza su pecho, Alex aplaudía retirado a un lado con los ojos repletos de emoción.
El foco de luz, volvió a enfocar a aquel hombre que de espaldas a todos seguía dibujando dando forma a la tela.

-Creo que sería bueno que digas algo, Francisco -apuntó el presidente.

-¿Y qué digo? -la gente en el patio de butacas comenzó a sentarse.

-Lo que sientas.

Le acompañó hasta el micrófono indicándole que podía hablar. El señor Francisco con sus mofletes regordetes, el bigote canoso y sus gafas bifocales, sonrió con amplitud y agradecimiento. Carraspeó.

-La verdad que no sé muy bien que decir… sé que habrá alguien que allá donde esté debe sentir la misma emoción que estoy sintiendo yo, imagino que su sonrisa debe iluminar las estrellas, ella lo merece más que yo. Los abanicos y, todos los que os dedicáis a esto lo sabéis, son una fuente inagotable de sensibilidad, amor y constancia, como la vida misma. No me había dado cuenta de lo importante que eran hasta que mi Aurora murió, a partir de ese momento en el que lo único que quería era irme con ella, aparecieron la gente que durante tantos años ha estado a nuestro lado, ese amor… vuestro amor -miró al palco donde las mujeres se mostraban emocionadas, sobre todo, Salvadora que no paraba de llorar-, me ha ayudado a sobrevivir y valorar la vida, la constancia de mis amigos en esta época de mi vida me ha llevado a conocer a quien va a convertirse en un gran artista abaniquero, Alex, ven aquí muchacho -Alex se acercó hasta él con un semblante emocionado-, la sensibilidad de este artista hará que Abanicos Montés sea una fuente inagotable de arte. Gracias porque sé que todo esto lo has hecho tú, el abanico vivirá por siempre porque necesita que le quieran, y aquí hay muchas personas que aman nuestro arte. Gracias… de corazón… gracias en mi nombre y en nombre de Aurora.

El patio de butacas volvió a aplaudir mientras Alex y el señor Francisco se fundían en un emocionado abrazo. El presidente entonces les dijo a los presentes que se fijaran bien en la pantalla. El artista había trazado letras de manera rápida pero bella, al juntarlas se leía Francisco y Aurora, Gracias, también lo había hecho en japonés. La gente aplaudió y entonces se giró quien había dibujado aquella obra de arte en tan poco tiempo.

-¡Kazuma! -el señor Francisco se emocionó. El chico le hizo una reverencia pero era tal la emoción del momento que el señor Francisco terminó abrazándolo.

Miró a los dos muchachos, aquel era el futuro. Entonces aún con el aplauso de la gente cogió a los dos y se puso en el centro del escenario. Tres artistas, el pasado y el presente y futuro juntos. El señor Francisco giró su cabeza hasta Alex y le dijo emocionado.

-Gracias, hijo.

-No me las dé, usted ha creído en mí… Begoña y usted me han devuelto la fe en mí mismo, por siempre voy a estarle agradecido.
Volvieron a abrazarse mientras todos los amigos de aquella pareja que abandonaba el escenario recibiendo felicitaciones, aplaudían felices.

-¡Vamos… vamos!-decía exaltada de felicidad Salvadora.

-Sí, vamos-Catalina fue la primera en salir.

En un pasillo se encontraron aquellos buenos amigos que realmente parecían una familia. Abrazos, lágrimas emocionadas y carcajadas. En aquel rincón la felicidad era tan palpable que hasta las señoras japonesas no podían contener la emoción. La primera en acercarse fue Begoña quien se abrazó emocionada al señor Francisco.

-¡Felicidades!

-Gracias… hija… gracias.

-Se lo merece, se lo merecían los dos, Aurora y usted. Soy muy feliz de ver cómo la gente ha reconocido su trabajo.

-Y yo soy afortunado de teneros a todos.

-Estoy muy contenta, señor Francisco -le dijo Catalina que esperaba tras su hija-. Y emocionada por sus palabras.

-Es lo que siento, Catalina, cuando Aurora se fue pensé que no valía la pena vivir, pero me equivoqué. Estabais vosotros y vuestro apoyo ha sido fundamental.

-Me alegro que diga esto, aún recuerdo el día que tuve que ir su casa y sacarlo casi a la fuerza. Aurora estará muy contenta.

-Lo sé… ¡y sigo pensando que la llegada de Alex es cosa suya!

-Le quiero mucho, señor Francisco -le susurró Catalina cuando lo abrazó.

El hombre sin poderlo evitar formó un puchero en su barbilla, estaba realmente feliz y emocionado.

-¡Vamos a cenar! Esto hay que celebrarlo -dijo Sergio mientras miraba a Catalina sonriente.

-Aprovecha, Catalina, creo que Aurora también se ha ocupado de ti -le murmuró el señor Francisco sonriendo para decir en voz alta y contento-. Invito yo… ¡aunque me hayáis tenido engañado todo este tiempo!

Cuando terminó la entrañable cena, Alex acompañó al señor Francisco a su casa, sintió el cansancio en sus huesos, y la emoción en el corazón. El muchacho ya se había quitado la corbata y le perjuró que tenía los pies destrozados por aquellos zapatos que tanto odiaba, ambos rieron de buena gana, la felicidad es lo que tiene te hace reír por cualquier razón.

-Bueno, hijo, gracias por acompañarme pero no hacía falta.

-Quería hablar con usted… pero no nos han dejado ni un momento a solas -el señor Francisco le miró con cariño-. Quería disculparme por mirar en sus cosas… pero era la única manera de hacer este homenaje.

-Ya me ha dicho Gabriel que lo propusiste tú, que no lo habían pensado.

-¡Era lo justo! Además, mi propuesta fue aceptada y aprobada por todos. Pero quería pedirle disculpas.

-Aceptadas.

-Espero no decepcionarle.

-Estoy seguro de que no lo vas a hacer. Mentalízate, Alex, uno no decepciona si es uno mismo si no quiere ser perfecto para los demás, debes aceptarte y quererte cómo eres, porque eres un ser único y al que no le guste… ¡camino! -le sonrió con cariño-. La vida hay que vivirla con entusiasmo y pasión.

-Gracias.

-¡Eres un artista mentalízate de esto!

Tras despedirse de un más que feliz Alex, el señor Francisco subió hasta su casa, se cambió mientras repasaba uno por uno todos los momentos vividos, sonreía mientras acariciaba la fotografía de Aurora. Se sirvió un vaso de leche fría mientras se sentaba en su sillón, no podía dejar de sonreír, mientras su corazón latía con fuerza, “quien siembra recoge ¡y tú has sembrado todo bueno, chato!, ¿qué esperas recoger?”. Aquella frase de su Aurora le llegó a la mente fresca y como si en ese momento estuviera a su lado diciéndole aquellas palabras. Entonces volvió su mirada hacia la ventana, sus ojos parpadearon con fuerza, allí estaba la estrella que había desaparecido, allí observándolo.

-¡Aurora!

Tras llamarla, notó como aquella estrella le hacía un guiño provocándole una sonrisa feliz.

-Hemos hecho un gran trabajo, chata… ¡No voy a decepcionarte! Tenías razón, éramos muy afortunados, había dos cosas importantes en la vida, el amor y la amistad, nuestro amor fue lo mejor que me pudo pasar, la amistad de todos nuestros amigos… ha sido… una sorpresa emocionante para mí pero sé que no para ti. Te quiero… mi amor, ¡gracias por hacerme tan inmensamente feliz!

FIN

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