BORRADOR REBELIÓN EN EL CONVENTO

Ja,ja,ja no es el dibujo de cuando era una cría, este es mi arte hoy en día. (Je, je)
Érase una vez un pueblo que estaba situado en el interior de Valencia, rodeado por la máxima belleza del verde de las montañas, pinos, romero… Un pueblo tranquilo con las calles empedradas, en la plaza que era el centro neurálgico de los lugareños una fuente con varios chorros frescos del agua que caía de las montañas. Las callejuelas estrechas, las casas con la fachada mezclada de madera y piedra, adornadas las fachadas con bonitas y variadas plantas, predominando el geranio. En invierno apenas un centenar de vecinos se atrevía a pasar los intensos fríos y las nevadas, sin embargo, en verano la afluencia de turistas había ido creciendo entre los amantes de la naturaleza y el senderismo, sus montañas daban la oportunidad de disfrutar de ambas cosas. Eran gentes que iban a pasar el día porque, si bien, el pueblo era muy acogedor, no contaba ni con una humilde posada.

A una distancia relativamente corta, tan solo separados por cinco minutos del final del pueblo, justo subiendo un camino por el que comenzaba la ascensión a la montaña, se encontraba majestuosa una construcción del siglo XII. Un convento que pertenecía a las carmelitas descalzas. Su construcción era hermosa, con muros anchos y aún bien mantenidos en el tiempo. (desarrollar) Rodeado de un intenso jardín, un pequeño establo y un campo cultivado. ¿Quién podía vivir allí? Se preguntara el intrépido lector, en estos tiempos tan alejados de estos lugares con paradigma santo.

Contestaré a esta pregunta presentando a las tres monjas que lo ocupaban. Teniendo en cuenta la grandeza del convento, podríamos decir que las tres hermanas se perdían allí dentro de aquel fresco lugar en verano y tipo glaciar en invierno.

La más veterana era la hermana Clotilde, a sus casi noventa años seguía teniendo la energía de una jovencita, era la encargada de tener el huerto vivo, también se encargaba de recoger los huevos de las tres gallinas que eran casi tan viejas como ella y, de sacar la leche a la única vaca que tenían, regalo de un lugareño por salvar la vida de su hija. A sor Clotilde la destinaron allí en primer lugar porque era un convento donde el silencio imperaba sobre las palabras, conociendo a la sor, había sido destinada en aquel convento perdido precisamente por su vena revolucionaria e inconformista.

Después se encontraba la hermana Rosalía, una joven de veinticinco años que había esperado a su novio en el altar durante media hora, al darse cuenta que su chico se había fugado con una de sus damas, que para más inri era su prima, asumió que había sido una novia abandonada y despechada en el altar ante Dios Nuestro Señor. Durante los seis días posteriores no paró de llorar noche y día, al llegar el séptimo, salió de su cuarto y les informó a sus padres que iba a meterse monja, que había visto la luz. Ni contar el disgusto de sus padres “ateos” por convicción. De nada sirvió la explicación de su padre refiriéndose a que aquella luz no era una llamada de nadie, era debido a una inflamación de los ojos de tanto llorar por un sinvergüenza que no se merecía que su niña perdiera tanto tiempo con él. Pero no entró en razón, se hizo monja y la destinaron a aquel convento a ver si con su dulzura calmaba un poco a la vieja cascarrabias Clotilde.

Y por último, pero no menos importante, se encontraba la Madre Abadesa Teresa. Que aunque haga rima es solo una coincidencia. Una mujer cuya mayor virtud era la paciencia. Y nada mejor que esa virtud para soportar a la sor Clotilde. Era algo así como la jefa del convento.

Las tres formaban un minúsculo equipo en el que para ellas lo más importante era poder ayudar a los demás. La crisis también había llegado a su pueblo, habían regresado familias enteras que habían tratado de buscarse un porvenir mejor en las ciudades, sin embargo, las altas tasas de paro habían obligado a muchos a volver a la humildad de su pueblo, a trabajar en el campo o con el ganado y, desgraciadamente, ni una cosa ni la otra estaba de moda. De los más pequeños de esas familias que no tenían más que una mísera ayuda del paro, se encargaban las tres monjas. Sor Clotilde era una maravillosa cocinera a la que hacer tortas y magdalenas se le daba de lujo. Aquel pueblo había vuelto siglos atrás instaurando el trueque. La leche de la vaca servía para que los niños pudieran seguir creciendo sin problemas, lo que sacaba del huerto patatas, tomates, cebollas, lo repartía con la gente del pueblo que les daba a cambio los ingredientes que les faltaban para poder cocinar las tortas y magdalenas. También la leña para el gran fogón que aún funcionaba a pesar del tiempo que tenía. Además, en invierno se hacían cargo de los mayores, a los que vivían solos nunca les faltó comida. Se encargaba de preparar hervidos y calditos para que estuvieran bien alimentados, de igual modo, cada vez que alguno caía enfermo si necesitaban ayuda allí estaban ellas. La unión con los habitantes del lugar era total.

En el convento era todo tranquilidad, por la mañana cuando se levantaban a rezar los maitines, las acompañaba un fresco que hacía las delicias en verano, el frío intenso en invierno. A sus voces se unían los cantos de los pájaros, el sonido de la fuente que tenían en el claustro del convento, todo el entorno era tan maravilloso que no podían imaginarse vivir de otro modo. Hasta que un día sucedió algo que no esperaban:

-¡Madre! ¡Madre! -apareció corriendo sor Rosalía con una carta en la mano que por el movimiento se agitaba como si sufriera de convulsiones.

-¿A qué se debe ese alboroto, hermana? –preguntó la Madre con su infinita paz.

-¡Qué diantres pasa! -apareció con el ceño fruncido sor Clotilde.

-Hemos recibido una carta certificada.

Sor Rosalía hablaba con la voz entrecortada, aquella carrera le había dejado los pulmones tan chamuscados como si fuera una máquina de tren antigua.

-Qué raro… del obispado. ¡A ver si es que nos envían otra hermana! –exclamó feliz y esperanzada la Madre.

-¡No me fío! -renegó sor Clotilde.

La Madre Abadesa comenzó a leer en voz baja, por el cambio del color de su rostro, las otras dos monjas pudieron percatarse que no era el envío de otra hermana, algo grave pasaba. Se intercambiaron una mirada de temor.

-¡Vamos Madre que nos tiene en ascuas! -le apremió sor Clotilde.

-Nos informan que vamos a tener que abandonar el convento… en una semana…

-¡Qué!

Las dos hermanas exclamaron afectadas e incrédulas a la vez aquel monosílabo.

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