AL OTRO LADO…

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http://josemiguelgaona.com (os lo recomiendo)

¡Hola a tod@s!

El escrito de hoy es, ciertamente, delicado. Y le quiero dar las gracias, y dedicárselo a Fina, quien me animó a transmitir en un papel unas vivencias algo especiales. Sin aquella conversación, creo que no me habría atrevido a compartirlo con tod@s.

Ya dije que la muerte es un tema tabú. Para mí, que hablé mucho de este tema con Pepa, es una circunstancia más de la vida y cuanto más tarde llegue mejor. Pero ha de llegar, y cuanto más asumido se tenga, mucho mejor. Y, precisamente, de eso trata este escrito, de lo que hay después de la muerte, lo que hay, como se dice coloquialmente, “al otro lado”. Sé que muchos pensaran que lo he soñado o inventado, que ésto no es posible y muchas cosas más. Pero, estoy segura de que, habrá gente que haya vivido una situación similar y le resultará familiar lo que aquí cuento.

Ojalá pueda sorprenderos para bien, y consiga ayudar a quien necesite encontrar la paz por la ausencia de los que se van.

Como siempre, gracias.

Un abrazo virtual desde este lado.

Antes de empezar a escribir la historia que os quiero contar, me declaro “fan total” del programa Cuarto Milenio. Lo descubrí hará cosa de cinco años y, desde entonces, no hay programa que me pierda. Sí, yo soy de las que cree que, al otro lado hay algo. Y agradezco que haya gente como Iker y Carmen que nos den otra visión de la vida.

Como buena buscadora de explicaciones, no hace mucho me leí el libro del Dr. Gaona, “Al otro lado del túnel”. Lo recomiendo, sobre todo para aquellas personas que les cuesta entender o aceptar la muerte. En ese libro, habla de experiencias cercanas a la muerte, la típica luz, el túnel… pero también, de muchas cosas que parece que no puedan ser verdad y, sin embargo, estoy segura que lo son.

¿Por qué, tan segura? Tengo algunos motivos que así me lo hacen creer. Un par que me sucedieron a mí misma, otros las historias que me contó mi abuela Pepa.

Comenzando por el principio de la historia, tengo que decir que, vengo de dos familias muy diferentes. La de mi madre, donde mi abuela materna me enseñó a querer y creer en la Virgen de los Desamparados, ella siempre decía que estaría a mi lado amparándome. Por otro lado, la familia de mi padre, donde mi abuela Conchín era atea y tenía una explicación que me parecía muy convincente -“cuando lo necesité, ¡y mira que lo necesité!, ¡nunca estuvo!”-. Y como, a estas alturas, ya ha quedado claro, mis abuelas fueron mi ejemplo y pilares. Después estaba mi tía Dida, era la mujer más atea que he conocido en toda mi vida. Así que, yo estaba en medio de dos modos de ver la vida, creyente (a su manera) y ateos convencidos. ¿Y qué hacía yo? Tener a todos contentos, creía (a mi manera) pero también, me planteaba muchas dudas por los argumentos que me daban los ateos.

Todo ello se esfumó un día que tuve la mala experiencia de perder a una amiga del colegio, murió en un accidente de moto. Para mí, que tenía a penas doce años, ¡y era muy niña!, empezó a aterrarme la muerte. Por las noches, imaginaba mi entierro, soñaba que moría y me quedaba sola en un limbo que me daba pánico, llamaba pero nadie me contestaba.. Muchas noches, le pedía a mi madre que se acostara conmigo porque temblaba de miedo. Si tenía que morir no quería hacerlo sola.

Hasta que un día, mi abuela Pepa me preguntó qué era lo que me sucedía. Se lo expliqué y he aquí la explicación que recibí:

… no debes temer a la muerte! Cuando tuve a tu tío Roberto, como las condiciones de la época eran tan malas, tuve una infección que estuvo a punto de costarme la vida. Tan a punto, que lo recuerdo como si fuera hoy… gritaba de dolores, me agitaba en la cama aferrada a las sábanas, no podía más… cuando, de repente… todo fue silencio. Abrí los ojos y me cegó una luz muy potente, muy blanca, en toda mi vida no había visto nada igual. Sé que floté, o algo así, no sé muy bien como definirlo, pero no estaba en mi habitación, a mi alrededor todo era oscuridad. Pero no me dolía nada, ¡era una sensación tan maravillosa! Fui entrando en un estado de dulzura total… empecé a caminar como si fuera sobre una nube de algodón… entonces… al final, cerca de la luz había alguien… me fijé porque no distinguía bien quien era, no tenía miedo, tan solo paz. Recuerdo que hasta me puse la mano derecha sobre la frente por la fuerza de la luz. Me pareció ver a mi padre, que había muerto cuando yo era pequeña… pero, entonces, algo me hizo ir hacia detrás…

-¡Te lo has inventado! –le dije sonriendo con esa típica sonrisa nerviosa.

-¿Cuándo me he inventado yo algo de lo que te cuento? –estaba enfadada por mi reacción.

-Entonces… morirse… no duele.

-No, ¿tú sabes el dicho ese de “estar mejor que en la gloria”? –yo asentí-. Pues morirse es tocar la gloria.

Esta historia que me contó mi abuela, es muy parecida a algunas que salen en este libro que os he comentado. Pero hay una salvedad, cuando me lo contó, por aquel entonces, no había programas de televisión que hablaran de este tema, tampoco en la radio o la prensa porque era un tema tabú. Y sé que mi abuela nunca me mentía, todo lo que me contaba era real. Así que, su experiencia cercana a la muerte, tengo claro que fue real.

Desde aquel momento, nunca más le tuve miedo a la muerte, es más… unos años después, tuve una pesadilla horrible, ¡mi abuela se moría entre mis brazos! Me levanté con los latidos de mi corazón a toda máquina, encendí la luz y tuve que tocarla. Un profundo suspiro me devolvió la calma. Cuando le hablé de mi pesadilla me dijo:

-¡Qué mejor muerte que esa! No sufras por soñar algo tan bonito.

¿Y sabéis qué? Muchos años después, cuando llegó su muerte, estaba entre mis brazos.

Mucho antes de ésto, tuvimos la desgracia de que, uno de sus hijos se murió con 43 años. Lo hizo de la noche a la mañana, de manera casi fulminante. Para ella, tener que sufrir aquel duro golpe, significó casi su propia muerte. ¡El abandono a la vida fue total! Para mí, fue un dolor profundo en mi corazón. Mi tío era un hombre con un corazón enorme, con el que tenía una relación muy estrecha. Es fácil entender que estábamos todos muy mal. Por las noches, oía llorar, desconsoladamente, a mi abuela, a pesar de taparse con la sábana. Yo misma, en la soledad de la noche, era incapaz de contener la rabia en un llanto silencioso. Una noche, me encontraba despierta llorando, estaba sobre mi lado izquierdo, frente a la pared. Noté cómo se sentaba alguien en mi cama, pensé, rápidamente, que sería mi madre, como alguna otra noche había hecho. Me giré poco a poco y me quedé paralizada, totalmente. Allí estaba mi tío, rodeado de una luz tan brillante, tan hermosa, que nunca antes había visto nada igual. Él me sonrió y me habló. Pero lo hizo sin mover los labios, su voz sonaba en mi cabeza y me dijo:

… he venido porque quiero que le des un mensaje a la yaya… dile que ahora estoy bien, que no debe preocuparse por mí, no quiero veros llorar… estoy bien.

Lo vi sonreír de nuevo y desapareció sin saber muy bien cómo. Me quedé tan paralizada que se me secó la garganta. Miré alrededor, no voy a negarlo, muerta de miedo. Sin embargo, algo había cambiado, me había quedado una calma en mi interior que me hizo suspirar profundamente.

A la mañana siguiente, debía darle el recado a mi abuela, cuando se lo conté, lloró con una sonrisa repleta de calma, lo único que me dijo fue:

-¿Por qué no ha venido a decírmelo a mí?

-No lo sé…

-Me hubiera gustado verle.

-Será mejor que no se lo digamos a nadie o nos tomarán por locas.

-¡Mi hijo…!

Lo más curioso de esto que me pasó es que, a partir de aquel momento, no volvió a dolerme pensar en mi tío. Cada vez que lo hacía, sabía que estaba bien y también sabía que quería verme sonreír. Aquella experiencia me sirvió para afrontar de manera diferente todas las pérdidas que llegaron después. Tal es así, que fui capaz de superar el momento de mayor angustia, que es el ver cómo se va la persona que tú tanto amas. Con mis dos abuelas fui capaz, desde la calma, de acompañarlas en su último viaje. No me preguntéis cómo, no lo sé, quizá por las enseñanzas de mi abuela sobre este tema. Cuando ella me pedía que, cuando le llegara la muerte, la lavara y vistiera con la ropa que eligió, siempre le decía:

-Mucho me dices que te haga… a lo mejor… no podré hacerlo.

-Claro que sí, sé que podrás hacerlo.

No era consciente de que sabía ella más que yo pero, efectivamente, lo hice con las dos.

Después de la muerte de mi abuela Conchín, la cual debo admitir que fue un trago muy duro y nos desgastó ¡terriblemente!, me quedó un dolor insoportable. Tanto era así que, en la soledad de mi casa, rompía a llorar sin poder controlar, ni el llanto, ni el dolor. Una noche estaba acostada en la cama, tal y como los últimos días hacía con mi abuela, ya recorriendo el camino de la morfina hacia el final de su vida. Me recostaba sobre mi lado derecho y la abrazaba con el izquierdo, mientras le contaba cosas de cuando yo era pequeña y ella estaba a mi lado. Pues bien, una de esas noches que lloraba sin parar, de repente, noté una caricia fría recorrer todo mi lado derecho. Me dio un escalofrío, me estremecí. Era como notar su presencia, tanto era así, que me incorporé de golpe en la cama y encendí la luz. No había nadie, sin embargo, sentía la presencía de mi abuela allí, a mi lado. Unos días después, volví a tener un ataque de llanto por su ausencia, en esa ocasión estaba sentada en el sofá, pero volví a sentir en mi lado derecho, desde la nuca, hasta la mano, la misma caricía fría. Aquella vez, no me asusté, tan solo cerré los ojos y susurré:

-¿Eres tú, yaya…? ¡Te echo de menos…!

Nuevamente, la caricia. Juro que noté esa caricia hasta que cesó el llanto. Entendí que mi abuela, al igual que mi tío, no quería verme llorar. Aquella caricia me hizo reunir la fuerza suficiente como para echarla de menos con tranquilidad y recordarla con su sonrisa; pero no volví a llorar con aquel dolor tan insistente. Y de igual forma que desaparecieron mis lágrimas y mi dolor, aquella caricia se esfumó, nunca más la he vuelto a sentir. Quiero creer que, si no la siento, es porque mi abuela está tranquila al verme feliz, nuevamente.

Después de esto que os cuento, quizás alguien pueda pensar que estoy loca. Pero sé que, como bien dice Iker… “estas cosas te cambian, cambian la manera de ver la vida, también de entender la muerte”.

1 comentario en «AL OTRO LADO…»

  1. Gracias Luz por dedicarme tu historia, en mi familia también he escuchado muchos relatos parecidos, y aunque a mi no me ha pasado ninguno, soy una crédula convencida.
    Tienes una sensibilidad especial que se nota con solo mirarte a la cara. Espero que tengas mucha suerte en todo lo que emprendas.
    Fina

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