A VUELTAS CON LA VIDA. FINAL

INFLUENCIAS DEL VÉRTIGO

 

Una de las cosas que he aprendido con esta enfermedad es a valorar las cosas más pequeñas, por ejemplo un paseo, leer un libro por la noche, poder escribir. Cosas que tuve que dejar de hacer durante mucho tiempo. Siempre he dicho que he perdido casi cinco años de mi vida entre crisis y crisis, entre la más profunda desesperación, pero de esta experiencia he aprendido a vivir de otro modo, con otra mentalidad, no sé si mejor pero es la que me ha quedado después de tanto sufrimiento. El momento, el ahora, el hoy, no hay más.

¿Secuelas?, muchas, tantas que el Dr. Villalba tuvo más trabajo conmigo de lo que esperaba. Quitar miedos y manías adquiridas durante la enfermedad no ha sido tarea fácil para él, mucho menos para mí. Una manía que me ha costado mucho superar, era cuando salía a la calle una vez recuperada andar cerca de la pared, incluso rozarla con mi parte externa de la mano y dedo meñique, esto me llevaba a momentos de ansiedad cuando me encontraba sin apoyo cercano o cuando estaba rodeada de gente. Durante mucho tiempo tuve la secuela de negarme a salir de casa, me había creado una muralla a mi alrededor, sabía dónde estaban las paredes, los sofás, las camas por si llegaba el Mèniére sin aviso para evitar caerme, mi casa era mi fortaleza. Pero ¿y en la calle?, ¿dónde me sujetaba si me pasaba?, me encerré tanto que si no es por la ayuda de mi familia, no lo hubiera logrado. Un día llegué a una conclusión que me gustaría compartir:

Si el vértigo me sorprende en la calle, puede que me caiga al suelo, o puede que me ponga a vomitar y que la gente pase por mi lado sin hacerme caso, ¿y qué?, de esta manera estoy muerta en vida, encerrada sin respirar aire, con miles de miedos ¿y si nunca me curo?, no puedo estar toda la vida encerrada entre cuatro paredes”.

De esta manera dejé el miedo en mi casa y empecé a salir dispuesta a retomar mi vida, a luchar. Al principio, acompañada, aunque si era por mi madre o mi abuela Conchín, no les dejaba que me cogieran sabía que el vértigo venía con tanta fuerza que podría echarlas al suelo a ellas también. Después de operada y con la rehabilitación en marcha, un día le dije a mi madre que era ya hora de salir sola, cada paso que daba alejándome de mi casa notaba como el corazón se alteraba, pero era necesario. Para esos primeros paseos la música era mi compañera, trataba de seguir la letra de la canción para no pensar, para no llenarme de angustia, era pura necesidad humana vencer al miedo, y es lo que me gustaría hacer ver a los demás. Hay que aprender a vivir con él y superarlo, no puede ganarnos.

Situaciones vertiginosas he tenido muchas, sobre todo con mi hermano, que ha llevado mi enfermedad como ha podido, siempre apoyándome y animándome para salir de casa y seguir luchando. Recuerdo un día que con toda la ilusión del mundo sacó las entradas para ir a ver un partido Valencia-Liverpool en el Mestalla (el campo de fútbol del Valencia), pudo encontrar sitio libre en la fila más alta del campo. Estaban los jugadores haciendo el precalentamiento cuando de golpe todo empezó a darme vueltas sobre mí, el césped estaba de repente aquí, de repente allá, mi hermano giraba también… era uno de esos fuertes que venía sin avisar y me tiraba al suelo. Nadie nos ayudó ni cuando vieron que me tenía que tumbar, y mi hermano desesperado trataba de sujetarme. Huelga decir, que era un número cuando llegaba, porque instintivamente daba un grito y mi corazón habitualmente latía sobre unas sesenta y cuatro pulsaciones en segundos se ponía a más de ciento veinte, perdía el rumbo y todo giraba a mi alrededor. Mi hermano decía que tenía cara de muerta y yo pensaba que él tenía cara de pánico. “¿Cómo vamos a bajar?”, me preguntó con los ojos abiertos de par en par, esa expresión impactante que da el miedo. Le dije que se tranquilizara que me pasaría, aunque debo reconocer que estuve a punto de decirle que llamara a la Cruz Roja y me sacaran en camilla, pero pudo más la vergüenza para mí, y el susto que sería para él. Otra vez, en el basket, aquí sí que me ayudó la gente hasta una señora empeñada en que era la tensión me subió las piernas tanto que casi me caigo de las sillas donde me tumbaron. Recuerdo una ocasión en la que iba por la calle con mi madre, vino el vértigo y me fui de morros, tal cual, contra la pared del edificio, justo se encontraban los basureros a escasos metros y, rápidamente, levantaron a un pobre vendedor de iguales de la ONCE para sentarme en su silla, me vieron tan mal que querían llamar una ambulancia, mi madre temblaba como unas castañuelas y otro amable basurero pretendía darme agua de su botella. La decliné y le dije a mi madre “¡sácame de aquí!” Pero la buena voluntad de aquellos hombres siempre la recordaré, lo mismo que el susto que se llevó el pobre vendedor al notar como lo levantaban entre dos hombres. Como lo largo que se le hizo a mi madre llevarme hasta casa, no la dejaba que me tocara por si la tiraba al suelo, así que iba pegada a la pared, parecía una borracha. Trabajando en el banco de telefonista, recuerdo que me dio uno tal, como si alguien desde detrás de mi cabeza me hubiera golpeado haciendo que cayera de cara sobre la centralita en la que trabajaba, fue tan brutal que no podía marcar los números de la centralita porque bailaban yo creo que a ritmo del rock. Ahí tuve que tomar aire y tratar de recuperarme sin decir nada a nadie. Tengo una lista interminable de situaciones vertiginosas, hasta conduciendo tuve una y desde ese momento de enorme angustia dejé de llevar el coche. Volver a conducir fue lo que más me costó, aunque para cuando lo pude volver a llevar me lo robaron (me alteré un montón pero no me dio el vértigo, impensable meses antes).

Cuando el Dr. Barona me dijo que le pusiera una situación de la vida real parecida a lo que yo había sufrido hasta llegar a su consulta y operarme le dije, “es muy sencillo, imagínese que está escalando una montaña… cuesta mucho, paso a paso lo vas logrando, ves la cima ahí a dos pasos de ti y das el último aliento a tus fuerzas, cuando crees haberla conquistado de repente vuelves a caer al suelo“. Así me sentía yo cuando había superado tantas cosas y, de repente, un nuevo vértigo me hacía caer, por eso aquí sin la ayuda de mi familia, especialmente, de mis padres que movieron cielo y tierra para curarme, no hubiese podido aguantar.

En una de las crisis tan prolongadas que tuve, recuerdo una noche despertarme por el Vértigo que hasta durmiendo me llegaba agitándome, recuerdo perfectamente ese momento y romper a llorar mientras pensaba que no podría nunca ponerme de pie para luchar, que estaba derrotada. Aquella noche en mi soledad me entregué ya no podía más, mi vida jamás sería una vida como cualquier persona, yo estaba entregada al Sr. Mèniére y admitía su victoria sobre mi moral.

Por ese motivo valoré tanto al Dr. Barona, porque sabía cómo me sentía, me comprendía y es algo básico para todos los que pasamos por esta enfermedad. La comprensión ante una angustia interminable, unos síntomas tan duros, una desesperación que no se puede describir de otra manera como la de un infierno, vivir en tu propio cuerpo compartiendo al Mèniére.

Pero sin duda gracias al Dr. Barona, al Dr. Quinzá y al Dr. Villalba que me han devuelto la vida, las ganas de vivir y la esperanza de que mañana será otro día tranquilo sin sobresaltos. Gracias también al Dr. Jacinto Quinzá por sus ánimos constantes para verme.

Pero, sobre todo, gracias a mis padres que aguantaban mi mal genio cada vez que esto me llegaba, que trataban de animarme a pesar de su propio sufrimiento al ver mi estado, dándome tranquilidad y siempre buscando soluciones, médicos, hospitales… Y como os podéis imaginar, todo cuanto me hicieron fue a costa de la ayuda económica de todos. A mi hermano que tantos momentos malos tuvimos que compartir, y que a partir de ahora nos tocan vivir los buenos. A mis abuelas que ya no sabían a qué dios, santo o santa rezar, por sus sabios consejos de vida para tratar de apaciguar mi ansiedad. Y a mi amiga Merche por acompañarme en mis primeros paseos.

Termino con la ilusión de que pueda ayudar a quien esté en mi misma situación, es duro, pero nunca debemos rendirnos, mucho menos dejar que el Vértigo nos limite la vida, a mí como ven me pasó y, si en aquellos duros momentos hubiese conocido alguien que me hubiera dado un poco de aliento, quizá no habría perdido tanta vida, no habría tenido tantos miedos y me habría ayudado a ver luz en el túnel oscuro en el que se convirtió mi vida. Por eso me gustaría ser el ejemplo para aquella persona que no tenga esperanza con el vértigo, la hay, claro que la hay.

LUZ

 

2 comentarios en «A VUELTAS CON LA VIDA. FINAL»

  1. Hola. Parece que has escrito mi vida. Pero te quiero preguntar algo. Yo no tengo ni familia (nadie) ni amigos (por el mismo encierro que llevo). Crees que en una situacion asi puedo llegar a superar el miedo a los vertigos?
    Gracias

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    • Hola Luz. Mil disculpas por tardar tanto en agradecerte que le tomaras atención a mi carta. Voy a poner en practica muchas de las cosas que me has aconsejado.
      Y quizás tengas razón con lo de que el encierro los alimenta mas. En 3 meses de este año baje mas de 20 kilos y sabes de que? De miedo….20 kilos de miedo.
      Quiero comentarte que tengo dos gatitas (Mishi y Nina) y te juro que si no llega a ser por ellas…por ponerles la comida..limpiarlas….etc. yo me hubiese quedado en cama y me hubiese dejado morir. Así de fuerte te lo digo.
      Y los médicos no lo entienden, la gente no te entiende. Y te vas encerrando mas y mas. Llevo 8 años con vértigos (solo me daban 1 o 2 veces al año) pero este año se complico con unos ansioliticos que dejaron ce comercializar y yo llevaba tomándolos desde hace 30 años. Pues todo se junto y ha habido días que los vértigos han sido seguidos incluso 3 veces me han despertado por la noche. Un horror. Este año ha sido un horror.

      Voy a poner en practica tus consejos que te agradezco profundamente. Y me gustaría seguir en contacto contigo. Mil gracias de nuevo. Hay pocas personas como tu. Que Dios te bendiga.

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