A VUELTAS CON LA VIDA. 6

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DE VUELTA A LA VIDA…

La cita con el quirófano fue el 9 de Abril del 2003, no llevé ninguna preparación porque el Dr. Barona me dijo que era todo muy sencillo. ¡Claro los médicos lo ven todo muy sencillo!, pero yo estaba aterrada y los nervios me daban por reírme y no demostrarlo. Antes de entrar a quirófano llegó para darme ánimos mi querido Dr. Vicente Quinzá, al verlo se me abrió el cielo de la tranquilidad, él estaba seguro de que todo iría bien y la verdad que mi confianza con el Dr. Barona era total. Por esa parte estaba segura de lo que iba a hacer, pero el mismo miedo a que aquello no saliera bien y, volviera mi infierno me provocaba un alud interior de inseguridad, era tan necesario para mí sacar de mi cuerpo a Mèniére que me sentía completamente ansiosa.

Cuando me hicieron vestir de verde mi taquicardia comenzó a elevarse (no lo puedo evitar me da mucho respeto el quirófano), pero al ver al doctor mi músculo cardíaco empezó a tranquilizarse, me explicó lo que iba a hacer en mi oído traicionero y me dispuse a con una respiración profunda tranquilizarme. La operación según me habían contado era muy sencilla y duraba escasos veinte minutos. Tampoco podía perder la compostura así que decidí tener la mayor tranquilidad posible y sobre todo no mover ni un centímetro la cabeza, eso era vital. Cuando me puso las gotas para dormir un poco al traidor, me preguntó que le hiciera una valoración de mi susto sobre diez.

-Sobre diez, tengo un miedo de doce.

Le dije ante su sonrisa y la de la enfermera, lo que me estaba haciendo se llamaba una Laberintectomía, por medio de una válvula (que tiene el aspecto del diábolo) me introdujo un antibiótico llamado “gentamicina” a través del tímpano que pasa al oído interno y actúa en las células del equilibrio, con esta técnica lo que también hizo fue anularme por completo la poca audición que tenía. Una vez inyectada, me dejaron en una sala de espera con la cabeza girada hacia el lado derecho, así durante una hora para que aquel líquido que para mí debía ser milagroso no se moviera y actuara.

Todo había ido como se esperaba, yo que pensaba que aquello me iba a doler, ni me entere, aunque es cierto que cuando cené, el movimiento de las mandíbulas me daba un pequeño pinchazo en el oído. En casa estábamos todos esperando como reaccionaba porque el Dr. Barona me había avisado que tendría algún vértigo, no quería que si me ocurría mi moral volviera a flaquear. Mis abuelas me preguntaban cada cinco minutos ¿cómo estás? Mis padres no me perdían de vista y mi hermano, ¡cómo no!, me vigilaba de cerca por si me tenía que sujetar. Al día siguiente de la operación, fui a la revisión y todo estaba correcto, se mostraba contento y me dio dos semanas más de tiempo para ver la evolución. Ese mismo mediodía, llegó a mí una crisis, todo se movía pero algo extraño me estaba ocurriendo, mis ojos se movían de manera instintiva dando giros, no podía mantenerlos abiertos y aún cerrados aquella sensación me ponía muy nerviosa (cuando me dijo que le definiera los giros, no se me ocurrió nada mejor que decirle mis ojos se vuelven tipo Marujita Díaz) aquello duró hora y media. Volvieron a mí los miedos y me negué a levantarme de la cama durante dos días, con la compañía inestimable de mi gata. Reconozco que estaba muerta de miedo porque estaba tan aferrada a aquella válvula que no me podía fallar, estaba convencida de que si no resultaba la operación no me levantaría nunca porque ya no tenía fuerzas para una nueva lucha o, al menos, eso era lo que creía.

A los dos días mi padre con una merecida bronca me hizo levantar de la cama, miedo es poco, quería sentarme en el sofá para no provocar ni el más mínimo movimiento que pudiera desencadenar el vértigo. Menos mal que mis padres y mis abuelas no me lo permitieron, anduve por el pasillo bajo la vigilancia hasta de mi gata y mi hermano, entonces sucedió no pasaba nada, nada se movía. Poco a poco cambié el miedo por la seguridad. Hasta que un día salí a la calle y mientras caminaba junto a mi madre, las cosas se movían al mismo ritmo que mis pasos, aquella sensación me ponía de los nervios, una vez recuerdo que di media vuelta y me subí a casa no podía soportar aquellas sacudidas. Era como intentar caminar a la vez que un terremoto sacude todo a tu alrededor.

Tengo que confesar que a estas alturas el apoyo de mi familia fue fundamental y me ayudaban a entender que debía seguir luchando por recuperarme y tal como me decían los doctores, valorar el día a día. Es la lección que me estaba dando esta enfermedad pero, lógicamente, mientras estaba sumida en ella no era capaz de darme cuenta.

Cuando volví al Dr. Barona a las dos semanas, las cosas marchaban según lo previsto, tanto fue así, que me fue reduciendo la medicación, cuando le comenté aquella sensación que tenía y, que me hacía todavía dudar, me tranquilizó.

-Eso entra dentro de lo normal, ahora debes hacer rehabilitación, tendrás que trabajar el equilibrio para que esa sensación que tienes se marché definitivamente.

La tranquilidad volvió a mí.

Paralelamente a la visita de reconocimiento tenía que volver a la visita del Dr. Villalba, ya me habían operado, suponía que no tendría que acudir mucho más, pero aquella tarde descubrí algo que me ayudaría mucho en los días posteriores.

-Voy a hipnotizarte –dijo el doctor ante mi sorpresa-, pero no creas que esto es como las películas.

Primero tuve que saber si era o no capaz de recibir órdenes y que mi mente las trabajara en estado hipnótico. El proceso para saber si era receptiva o no, constaba de que el doctor Villalba sujetaba un péndulo entre sus dedos, me tenía que concentrar en él y mandarle que se moviera primero hacia la izquierda-derecha, luego hacia arriba-abajo, y para mi sorpresa el péndulo se movió.

-Enhorabuena… puedes hacerlo y esto es un gran paso para volver a tener el estado óptimo en tu cabeza.

De esta manera empezamos con la sesión de hipnosis. Yo había llegado aquel día con dolor de cabeza, y no estaba muy segura de poderlo conseguir pero la voz del Dr. Villalba hizo que mi cuerpo flotase, que mi mente dejará de pensar en otra cosa y se centrara en la levitación, conseguí sentir el frescor del río junto al que me sentó, conseguí llegar al pozo de la alegría, descender hasta la más absoluta oscuridad y soledad, allí estaba el mundo en el que había vivido por culpa del señor Mèniére, y ahí debía retomar mi vida, dejarlo atrás, subir el pozo poco a poco, al salir de aquel lugar solitario y frío conseguí sonreír. Cuando desperté, el dolor de cabeza se había quedado en el río.

Al salir a la sala de espera mi madre se quedó impresionada, parecía que estaba medio dormida me había quedado tan relajada que, se asustó pero le dije con una sonrisa amplia:

-Jamás me he sentido tan bien.

A partir de ese momento aprendí mucho con el Dr. Villalba sobre todo a quitarme miedos que el Mèniére me había dejado, conseguí autohipnotizarme y así cada vez que me sentía nerviosa por algún ligero mareo buscaba esa paz para olvidarlo.

En medio de mis visitas con el Dr. Villalba empezaron mis visitas semanales al centro Neurológico para mi rehabilitación. Allí me enseñaba como controlar nuevamente el equilibrio el Dr. Vicente Quinzá, trabajamos mucho y me mandaba deberes para casa, todos los días una por la mañana y otra por la tarde debía hacer los ejercicios, básicamente se trataba de provocar movimientos circulares para reeducar el equilibrio, me pasaba una hora por la mañana y otra por la tarde haciendo ejercicios, cuando eran con los ojos abiertos, la cosa iba bastante controlada, pero el caos llegaba cuando los tenía que cerrar, tanto era así, que mi hermano debía ayudarme, se convirtió en mi guardaespaldas para evitar que me cayera o me golpeara.

Los ejercicios eran de lo más variopintos, desde con una pelota tirarla a la pared y recogerla siguiendo fijamente la trayectoria de la pelota… hasta sentada en una silla sin mover la cabeza hacer que mis ojos hicieran un recorrido de una parte a otra siguiendo un punto imaginario. Uno de los más complicados era caminar por el pasillo de mi casa con los ojos cerrados hacia delante y hacia detrás, no había manera de seguir una trayectoria recta, mi hermano ponía sus brazos a mi alrededor para no golpearme contra las paredes, pero era tal la fuerza que me imprimía mi escaso equilibrio que alguna vez caí sobre su brazo contra la pared, más de un quejido al estilo de cualquier cante jondo, sonó en aquel pasillo. Además de esto, un ejercicio que no pude hacer hasta bien pasada la primera y segunda fase de recuperación era en la playa, debía caminar desde la arena hasta la orilla mirando fijamente el movimiento de las olas. Soy una amante del mar, una de las cosas que más me gustan en la vida es sentarme en la orilla cerrar los ojos y escuchar como hablan las olas. Sin embargo, aquel ejercicio era prácticamente imposible de hacer, entre otras cosas, porque conocía bien al vértigo, era época de playa y no me apetecía montar el numerito de caerme de golpe. Este ejercicio lo dejé para como os dije unos meses después donde poco a poco pude ir superando el movimiento de las olas.

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Durante tres semanas fue así, ejercicios y más ejercicios combinados con la rehabilitación de mi equilibrio en el centro Neurológico, allí seguía colgándome de aquel aparato con aquel chaleco, al que ya me estaba acostumbrando. Siempre acompañada por mi hermano fui dejando de escuchar según pasaban las sesiones cómo se mordía las uñas. Buena señal. Uno de los días que fui, el Dr. Quinzá pensó que sería bueno saber como llevaba el trabajo, pues veía que ya no era necesario sujetarme como al principio. Probamos otra Posturografía resultado: 85% del equilibrio recuperado.

Fue tanta nuestra alegría que no me lo podía creer, fue tan increíble que se lo hizo saber rápidamente al Dr. Barona que me dio la enhorabuena orgulloso aunque la verdad, soy yo la que les debe mucho. Entre otras cosas, vivir como un ser humano cualquiera.

Gracias a Amparo, por regalarme las fotografías tan espectaculares del mar

1 comentario en «A VUELTAS CON LA VIDA. 6»

  1. ¡Madre mía! qué periplo el tuyo con a vueltas con la vida…….y pensar que todo esto es real y no ficticio como una novela….con el paso del tiempo se debe de ver desde otra perspectiva y menos mal…
    De nada Luz. Besitos. Amparo.

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