A VUELTAS CON LA VIDA. 3

vertigo

Sensación que sientes cuando te da un vértigo

Con el paso de las semanas, las crisis volvieron a llegar y cada vez eran más continuadas. Ahora pienso la cantidad de veces que con mi coche me hacia los 110 Kilómetros que me separaban de Valencia, debo agradecer a Dios o al Universo que no me diera ninguna crisis en esos momentos. Ese mismo año volví a Valencia debido a la enfermedad de mi madre en el fondo y, si soy sincera, diré que respiré porque al menos no estaría sola cuando me dieran las crisis, aunque guardaba la esperanza de que algún médico me dijera que era aquello que me hacía sufrir de aquella manera.

Paralelo a esto, mi madre fue diagnosticada de Cáncer de pecho, fue una época dura donde mis nervios y los del resto de la familia salieron al escenario de la vida. Después de la operación cuando ya estábamos en casa, me dio el bajón, y congido de su mano los vértigos. En especial el primero digno de mencionar en todos los libros de medicina sobre ellos. Recuerdo que la cama empezó a moverse, yo estaba durmiendo pero recibí tal golpe seco que el señor vértigo me despertó, no quería ni moverme, y rogaba a Dios que aquello se parara porque las cosas no estaban como para tener una de esas crisis que ya tan bien conocía. Pero aquella noche se ve que Dios estaba ocupado en otros menesteres, porque como pude tuve que levantarme a vomitar sujetándome en las paredes. Mis padres que no estaban acostumbrados a esto, se asustaron de verme temblar y sudar con una alegría increíble. Todo me daba vueltas pasaron cinco horas y no mejoraba, continuaban los vómitos y yo diciendo a todos tranquilos, esto es así. Asustados decidieron llamar otra vez al médico de cabecera, ya empezaba a acostumbrarse a mis mareos.

-Bueno, eso es de la situación de estrés que vives con el tema de tu madre, ahora te daré algo para los vértigos y arreglado.

En ese momento apareció en mi vida el “Serc”, pero aún con seis pastillas diarias estuve cuatro días sin poderme mover de la cama, con el agravante de dos días sin poder probar bocado porque mi estómago había puesto una barrera de “cerrado por revoltijo”. Así pues, podría decir que hasta aquel momento fue mi peor crisis y pensaba que aquello empezaba a ser muy raro. Mi única obsesión era que que alguien pusiera nombre a lo que me ocurría y pudiera dar con el tratamiento adecuado.

La situación con mi madre se complicó y dejé los vértigos en un segundo plano, me despertaba y me autoconvencía por las mañanas que no iba a pasarme nada, debía cuidar a mi madre y hacer de ama de casa, no podía fallar. Entonces me preguntaba a mí misma si todo era psicológico.

Pero el Sr. Mèniére no entiende de estados familiares, ataca cuando menos lo esperas y como más le gusta, a traición. Fue precisamente en el hospital mientras cuidaba a mi madre cuando me dio la crisis hasta aquel momento más fuerte. Como veis cada crisis que llegaba superaba a la anterior por imposible que pareciera.

Llegaron mi padre y mi hermano a relevarme, aquella noche se quedaba mi padre que venía el hombre con una bolsa en la que su madre, mi abuela Conchín, les había preparado los dos una de sus cenas favoritas, hasta aquel momento, luego sabrán porque dejó de serlo. Habas con morcilla y huevo. Me dijeron que me fuera a descansar y, en el momento en que estaba recogiendo el libro que estaba leyendo, ¡zas! Ahí estaba, había llegado brutalmente sin avisar, me puse a gritar como loca, todo me daba vueltas, la cara de mi padre se multiplicaba por siete, parecía una ruleta, alrededor de mis ojos. Llamaron corriendo a las enfermeras que me tomaron la tensión, yo me puse a llorar no podía soportarlo tenía que cerrar los ojos parecía que la televisión de la pared iba a estamparse en mi cara. Mientras, hay que decir que mi madre estaba en la cama con vertebras, tobillos rotos y demás ¡un número! Total que las enfermeras al verme decidieron llamar a un celador y que me bajara a urgencias. Cuando me levantaron para acostarme en la camilla, parecía que me caía al suelo porque era él quien subía hasta mis ojos y el cuerpo no obedecía al cerebro, iba por otro lado, di un grito aterrador que hizo que la señora de al lado se levantara sin saber muy bien que hacerme y mi madre se quedara llorando cual María Magdalena.

Me bajaron a urgencias y dos niñas, porque no eran más que eso, me pusieron unas gafas como si fuera a bucear, me hacían mirar fijamente a una luz  algo imposible en aquel momento mientras el gotero que me habían colocado en el brazo con un ansiolítico entraba a toda leche haciendo su efecto. Recuerdo que vomité como seis-siete veces, primero en el suelo, después tuvieron la amabilidad de darme una compresa, como vieron que aquello era poco me trajeron un pañal de bebé pero aquello también era poco, en aquel momento pasaba la señora de la limpieza y ante mi cuadro me dio una bolsa de basura negra de comunidad (tuvo que ser una limpiadora quien se percatara del asunto y acertara).

Diagnostico de las niñas:

-Bueno, podemos decirte que por lo que vemos en tus ojos es un vértigo (pensé “¡Dios mío que listas tanto estudiar para esto!”), vamos a darte unas pastillitas que se llaman “Diazepan”, te harán descansar, te damos cita para que vengas a la consulta del otorrino para que él decida.

Me quitaron el gotero me hicieron la pregunta si estaba bien para que dejara sitio. Después de estar unas siete horas en urgencias en una camilla porque no me podía ni levantar para sentarme en una silla de ruedas.

Sobre esta experiencia recuerdo algo gracioso ahora no en aquel momento, claro. Aquel gotero que me habían puesto hizo que cayera como un oso cuando le disparan dardos repletos de droga para dormirles, mi padre que el hombre estaba asustadísimo se encontraba a mi lado, en un momento dado abrí los ojos y me vi en el centro de un circulo rodeada de personas enfermas, sentadas en sillas de plástico o sillas de ruedas como podían y todos mirándome a mí, debía ser porque estaba tan nokeada que me caía una fina baba por el lateral de mi boca, me miraban algunos con pena otros con una sonrisa burlona, pero estaba tan sumida en mi sueño que ni me podía apartar la baba. Y mi padre tan paralizado que ni se percató. Eso sí, luego le eché la bronca ¡vaya cuadro, por favor! Mi reputación por los suelos.

Así que en cuanto me preguntaron si podía desalojar y dejar libre la camilla porque ya era demasiado tiempo utilizándola, conteste que sí, casi no me dieron tiempo ni a quitarme un camisón que alguien debió ponerme cuando llegué.

Pero esto del vértigo tiene mucha fuerza, tanta que me tenían que llevar entre mi padre y mi hermano, casi no podía ni andar, entre todo lo que llevaba metido en el cuerpo y los propios vértigos, fue una auténtica odisea llegar primero a que mi madre viera que drogada pero su hija estaba viva, y después al coche. Estábamos ya en el portal de casa y el señor impertinente volvió a la carga, me dio tan fuerte que en el ascensor de mi casa tuve que vomitar mientras entre mi padre y mi hermano me agarraban. Claro me pusieron a mano lo único que me dio tiempo a alcanzar ni más ni menos la bolsa donde llevaban los bocadillos de habas, morcilla y huevo para el hospital, lo siento, les fastidie la cena (entienden ahora porque dejó de ser el bocadillo preferido de mi padre). En este estado lo único que quería era ese “Diazepan” que me habían recetado para descansar. Me lo tomé con la esperanza de dormir, dormir profundamente, tanto como lo había hecho en el hospital, que el mundo hiciera lo que quisiera pero a mí, que me dejaran dormir. En este punto diré que cuando me entraron a casa, mi abuela Pepa pensaba que había tenido un accidente, se asustó tanto que le dio un ataque de azúcar. ¡Esto era una fiesta!

Al día siguiente nada más despertarme pedí a gritos a mi tía otro “Diazepan”, prefería eso que otra crisis, lo había pasado tan mal que tuvieron que quitarme las pastillas porque sólo quería dormir. A los tres días aún tenía resaca, pero al menos podía levantarme de la cama. Más calmada aunque igual de ansiosa por saber que era lo que me estaba ocurriendo.

Muy a mi pesar me tocó ir al otorrino del Hospital Clínico. Una vez entré en su despacho, ni siquiera me dejó hablar, leyó el cuadro que las chicas habían escrito y, allí mi padre, mi tía y yo, callados esperando que me dejara hablar. Levantó la mirada y me dijo:

-Bueno, por lo que veo tuviste una crisis vertiginosa, vamos a hacerte unas pruebas pero quiero que sepas que si es el Vértigo de Mèniére no hay nada que hacer, eso no tiene cura. Estas pruebas tardaran unos cinco o seis meses mientras tanto tómate el “Clinadil”. Pero tranquila que de esto no te mueres.

Muy bien, ¿y cómo se asimila eso?, era un respiro saber que no me iba a morir pero, ¡no se podía curar!, aquello desbarató mis nervios, salí gritando de la consulta y no fui a reservar fecha para verme, ni siquiera valió que yo le dijera que estaba mal que seis meses era mucho tiempo. Nada, no hay nada que hacer con esta seguridad social (lo escribo en minúsculas porque no se merece ni mayúsculas). Llegué a mi casa llorando de impotencia, no podía pasarme aquello a mí, ¿cómo iba a tener aquello?, ¡cómo, con todas las cosas que me quedaban por hacer!, ¿qué iba a pasar con mi vida? Me hundí, no encuentro otro adjetivo, simplemente me hundí en una apatía de la que me ha costado mucho tiempo salir. Pero centrémonos en aquello.

Mis padres estaban tan desesperados o más que yo, así que por mediación de un amigo me visitó al día siguiente un otorrino en el Hospital Doctor Peset Aleixandre. Le llevé la resonancia pensando que a ver si el otro médico no había visto un tumor y eso podía ser más sencillo de quitar que el vértigo, (estaba mal, ¿eh?). Pero pensó que era mejor empezar de cero, le vi escribir tantas pruebas en un papel que casi me da un patatús pero en ese momento lo que quería era una respuesta, cuando le hablé del Vértigo de Mèniére me dijo que no tuviera prisa, pero sobre todo que estuviera relajada. Salí de allí con una esperanza bajo el brazo y un montón de pruebas urgentes que me aseguraban en dos meses tener una respuesta definitiva. Leí en voz alta las pruebas para asegurarme que todo aquello estaba destinado para mí.

-T.A.C, oídos.
-RESONANCIA MAGNÉTICA, oídos.
-ELECTROENCEFALOGRAMA.
-ANALISIS DE SANGRE.
-ELECTROCARDIOGRAMA.
-ESTIMULACIÓN TÉRMICA.

Más o menos todo controlado menos aquello de la estimulación térmica, que me preocupaba un poc$o, más que nada por intuición y por el nombrecito.

Todo fue como lo previsto en dos meses tuve los resultados, y como me temía la estimulación térmica fue bastante desagradable, consistía en meter aire caliente y frío en los oídos pero se podía soportar. Nos sentamos frente al doctor.

-Bueno, descartamos el Vértigo de Mèniére, nos da negativo, descartamos cualquier tumor, ahora bien, aparecen en el cerebro unas manchitas que me gustaría que fueran revisadas, pero no parece grave. Yo creo que lo que has tenido se debe a una crisis nerviosa. Dentro de seis meses nos volvemos a ver.

Tratamiento: “Clinadil, Torecán y Dogmatil”.

No sabía como tomarme aquello, me alegré de no tener aquel Vértigo que tanto miedo producía en todos, claro, pero ¿y esas manchitas de la cabeza? Además, no me dio mi “Diazepan” y eso no me gustaba nada.

Pero yo necesitaba acudir a mis salvadores los hermanos Quinzá, necesitaba su opinión y les llevé los resultados. Los estuvieron estudiando y claro, yo tenía los síntomas claros de un Vértigo de Mèniére pero las pruebas lo negaban, y esto nos perdió un poco a todos. Como tenía fuertes dolores de cabeza y a veces jaquecas insoportables, decidimos entre todos acudir a un Neurólogo, un doctor “amigo de mi padre” me remitió al Nueve de Octubre, allí el hombre un poco raro la verdad, miró la resonancia durante tanto rato que di dos opciones:

-se había dormido de pie frente a mi cerebro.

-había visto algo que los demás al no ser neurólogos no vieron.

Llegado a este punto las pulsaciones me subieron a doscientos por hora, pero aquel hombre se giró mirándome, yo le expliqué los síntomas (estaba cansada de explicar lo mismo, además que es muy complicado describir lo que se siente en la cabeza por ejemplo, debía echarle mucha imaginación para encontrar las similitudes con cosas de la vida cotidiana, las olas del mar era lo que más se asemejaba, aunque también decía como pulsaciones, como un liquido que va y viene en fin…). Después me puso en pie y me hizo dos pruebas:

1ª_” La Prueba de Romberg”, tenía que estar quieta con los pies juntos y los brazos a ambos lados del cuerpo en posición anatómica y ojos cerrados. En esta prueba me movía bastante.

2ª_”La Prueba de la Marcha Ustenberger”. Ponerse en marcha sin desplazarse de un lugar y ojos cerrados. Aquí era un caos.

Después me hacia andar como si fuera un equilibrista sobre un hilo imaginario, menos mal que era en el suelo y no en el aire porque creo que ni la red más grande de cualquier circo me hubiera salvado de darme un buen tortazo. Y la prueba que más risa me daba, aún en mi depresión, era esa de tocarte la nariz con la punta de los dedos. ¡Por que ni con mi nariz acertaba a tocarla con la mano izquierda! En fin, aquel hombre me diagnosticó.

-Bueno, esos dolores de cabeza y jaqueca pueden ir relacionados con los mareos, y esas manchas que se ven… puede que todo esto que te ocurre sea que se te está declarando epilepsia, voy a darte un tratamiento y dentro de dos meses vuelves.

Tratamiento: “Neurontin 600mg”.

Un médico más, otro diagnóstico distinto, cuando volvíamos a casa me daban ganas de romper a llorar pero ni eso podía hacer. Seguía con más médicos, con tratamientos, pero ninguno me quitaba el vértigo, al contrario, me seguían las crisis una tras otra, descansaba unas semanas pero en seguida otra vez mal. Pueden imaginar además de mi estado de ánimo el de mi familia, sumidos en la preocupación de verme en el estado en el que me encontraba. A veces, y eso era lo peor para mí, cuando estaba en una de mis crisis, ni siquiera me podía duchar sola, unas veces mi madre aún estando mal, y otras mi abuela Conchín eran las encargadas de ayudarme.

Pero si yo estaba desesperada, también lo estaban los doctores Quinzá, por mediación de ellos acudió a su casa un Neurólogo del Hospital Arnau de Villanova, me hizo un reconocimiento y su opinión era.

-Bueno, esos dolores de cabeza vamos a tratar de quitarlos a ver si así desaparecen los vértigos.

Tratamiento: “Depakine 200mg”.

Los dolores de cabeza desaparecieron en gran medida pero no las crisis. Al contrario, se acentuaban más, los vómitos eran terribles, llegando hasta mi record de 22 vómitos en un día. Y no es que yo los contara que no tenía fuerzas, pero mi madre sí, asustada corría, es un decir, hasta la farmacia para traerme suero mientras mi abuela Pepa se sentaba a mi lado rezándole a la Virgen para que su nieta se pusiera bien. Sin embargo la Virgen como Dios en su momento, debía estar saturada de rezos y se dejó los de mi abuela para más adelante. Entonces mi abuela decía entre lágrimas:

-¡Señor dame a mí a pasar esto que tiene mi nieta!

Y yo le contestaba.

-¡Solo te faltan los vertigos, Pepa! Calla… calla… pide mejor que nos toque la lotería.

-¡Ay Mareta! -era su respuesta cargada de pesar.

Conforme pasaban los días las crisis también iban en aumento, ahora ya no eran unas horas y después poco a poco a recuperarme, no, llegaba a estar tres o cuatro días en cama, porque cada vez que trataba de levantarme, todo se movía. Siempre estaba aconsejada por los doctores Quinzá que tampoco veían normal aquello, insistían en que tenía todos los síntomas de un Mèniére. De este modo un día que mi madre les llamó desesperada después de que su hija con una voz de ultratumba le dijera.

-Mamá, no puedo más, me muero te juro que me muero.

En ese instante, el Dr. Vicente Quinzá decidió que era oportuno que un doctor especializado en vértigos, me viera y me hiciera todo lo que fuera necesario porque así vivir era imposible. Él estaba prácticamente seguro que era un Mèniére y que debían haber equivocado el anterior diagnóstico.

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