A VUELTAS CON LA VIDA. 2

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Mis días se volvieron negros como este mar y las montañas,

malvivía en la oscuridad

¿QUÉ ME PASA DOCTOR? 1

Todo empezó un día de invierno, estaba en la ducha con la calefacción encendida, era de estas de aire que si estás mucho rato carga demasiado el ambiente. Salí y me estaba peinando cuando de repente sin previo aviso todo lo que tenía delante de mí se puso de acuerdo para moverse al mismo tiempo. Mi cara en el espejo era incapaz de situarla tan pronto estaba arriba como abajo, a un lado que al otro, las pilas, los grifos, el mármol… todo iba dando vueltas hasta el suelo se levantaba hacia mí y yo estaba justo en el centro de todo aquello. Como pude agarrándome a las paredes y al marco de la puerta salí llamando a mi madre como si se me acabará la vida, juro que así lo pensaba, aquello era la muerte que estaba acechándome. Dándome golpes contra todo lo que se interponía en mi paso llegué acompañada de mi madre hasta el sofá, una vez allí como si el estómago hubiera tomado parte en aquella movida, empezó a contraerse y en menos de un minuto comenzaba a vomitar. Mi cabeza parecía que se había convertido en las olas del mar (aún hoy cuando me dicen que describa los síntomas no encuentro las palabras adecuadas).

Mi madre como supongo todas las madres, siempre tienen la clave para adivinar lo ocurrido, su versión fue esta.

-Has estado media hora encerrada en el cuarto de baño, con la calefacción, lo más seguro es que esto sea una intoxicación, lo que notas en la cabeza puede ser que te estuvieras quedando sin oxigeno por eso los mareos, hija.

Ante esta explicación tan convincente una es incapaz de refutar. Así pues todo controlado, juré no volverme a encerrar en el cuarto de baño con la calefacción porque aquel instante que había pasado no se lo deseaba ni a mi peor enemigo.

Casi un año después, estaba jugando con una tía mía, siempre acostumbramos a hacer tonterías, aquella vez ella estaba tirada en el suelo y yo levantándole los brazos, de repente otra vez aquella sensación de la cabeza, nuevamente las olas, nuevamente todo moviéndose ¿y dónde estaba la calefacción se preguntaran?, en ningún sitio porque era verano. Estábamos toda la familia reunida, era uno de esos domingos familiares, así que, cada uno daba su opinión, unos que si la tensión, otros que si no comía nada y ese era el problema, algunos que si podía ser la regla, pero mientras entre todos querían dar con el diagnostico yo continuaba con unos mareos apabullantes, tan sólo quería que todo el mundo se callara, que me dejaran en la cama. Entonces me percaté de algo, si me ponía de lado, justo del lado de esa oreja inservible que se me había quedado, aquello se frenaba bastante.

Aquel día fue el pistoletazo de salida de mi extensa lista de médicos y diagnósticos.

En aquella ocasión era una médica de urgencias, vino y supongo que debió asustarse primero de ver tanta gente después de que mis padres comenzaron a dar premisas y soluciones a ese nuevo ataque. ¿Qué contestó la medica una vez explicadas las olas y mareos?

-Bueno, yo creo que esto puede ser una reacción al ginseng (por aquel entonces me tomaba unas pastillas naturales para levantarme un poco el ánimo). No me preocuparía más, de todos modos no está reñido que vaya hacerse un análisis por si está anémica.

Y se fue más ancha que larga, lo juro.

Segundo médico, el mío de cabecera, el hombre me recetó vitaminas para mi inapetencia y los análisis. Los mareos, podían ser cosa de la tensión muy baja (eso es verdad, la tengo baja). Por primera vez en mi vida, aquellos análisis no me dieron anémica, así que empecé a preocuparme, si no era la calefacción, ni la anemia, ¿sería el ginseng?, mi médico de cabecera dijo que no, así que ¿qué sería aquello que me ocurría?, ¿por qué nadie me daba un nombre a lo que tenía?, ¿por qué solo probabilidades?, ¿tan raro era?

La neura aquella que me había entrado desapareció al poco tiempo porque aquellos síntomas desaparecieron por una temporada, exactamente un año. El trabajo que no tenía en mi ciudad me apareció en Denia, así que me fui para allí, junto a mi tía. Al poco tiempo de instalarme en su casa, estaba durmiendo y algo me sacudió, pero me sacudió tan fuerte que me desperté con unas ciento cincuenta pulsaciones al segundo (sí lo aseguro, ¡al segundo! estoy segura que quien lo haya pasado sabe que no miento). Toda la habitación giraba, las olas tímidas que aparecieron al principio de aquellos dos ataques en mi mente se habían convertido en un oleaje de mar brava, nuevamente vómitos, pero no de alimento, pura bilis era como si fuera a tirar las entrañas (con perdón por la expresión), creía que aquello sería mi fin, quizá lo que me pasaba era que tenía algo en la cabeza, ni el ginseng, ni la calefacción, y aquella fiereza con la que se me presentaba era mi final. Tras los primeros vómitos el frío se adueñaba de mí, una somnolencia que me hacía quedarme dormida de pie (es un decir), una tensión desde la uña del dedo pequeño de mi pie, hasta mi último cabello de la cabeza, unos sudores fríos que me hacían tiritar, unas taquicardias que parecía que el corazón se me salía del pecho, todo dándome vueltas, si me movía parecía que me caía al suelo, y que por Magia Potagia el suelo subía hasta mi cabeza con una facilidad insultante. Ante todo este trajín necesitaba quedarme tumbada pero quieta sin moverme un milímetro, hasta trataba de respirar lo menos posible, no quería que nadie me hablara solo quería dormir y que todo se detuviera, que las paredes volvieran a su sitio, que los muebles se estuvieran quietos, que la bilis se acabara, que el mundo avanzara rápido para que todos mis síntomas se acabaran. Pero una vez finalizaban todos estos síntomas, me quedaba lo que yo le di el nombre algunos meses después de “la resaca”. Consistía básicamente en una inestabilidad muy molesta, que me impedía hacer determinados movimientos.

En un principio, todo esto que he contado aquí de manera resumida, me duraba alrededor de unas tres o cuatro horas, por supuesto después llegué a estar semanassin poderme mover de casa, porque llegaba a no poderme mover de la cama.

El siguiente médico que me visitó, fue una doctora de la seguridad social, al explicarle mis síntomas (todos los anteriores), la señora me dijo:

-Bueno, me parece que esto puede ser que el corazón no te bombea bien, un problema de circulación sanguínea, por eso esa sensación en la cabeza, digamos que puede ser un mal funcionamiento del riego sanguíneo.

Bien, esta explicación me dejó un poco fuera de onda, ¡era demasiado joven para sufrir un mal riego sanguíneo! pero también parecía lógica y me aferré a ella. Me dio unas pastillas “Clinadil” para la circulación sanguínea y me mandó un nuevo análisis (debo confesar que los análisis me dan mucho respeto, más que nada para que se valore mi estado de locura casi al que llegué puesto que el de desesperación lo había rebasado a estas alturas).

Cuando llegué a Valencia, me fui a mi doctor otorrino Dr. Jacinto Quinzá hijo porque, desgraciadamente, aquel buen amigo mío, falleció y lo sentí muchísimo. En ese momento me atendieron los dos hijos Jacinto y Vicente (a los que confieso quiero mucho y estaré eternamente agradecida por todo lo que hicieron por mí). Como trabajaba en Denia el bueno de D. Jacinto me redactó una nota para que mi medica del seguro me hiciera unas pruebas en los ojos, porque ellos se dieron cuenta que tenía un pequeño problema al seguir la luz con la que me miraron, y había que empezar por ahí. La prueba que le pidieron a aquella mujer fue una “electronistagmografía” porque él pensaba que el problema radicaba allí. Cuando le entregué la nota a la médica me dijo.

-Esto aquí no se hace, lo siento. Sigue con el “Clinadil” que eso que tienes tú es del riego.

Para estas fechas, ya había logrado un record, tres mareos en una semana, con sus correspondientes vómitos, y demás compañeros de viajes. A estas alturas el abatimiento empezaba a tomar parte de mi vida. No podía hacer demasiadas cosas, además vivía sola y cada vez que me daba una crisis era una autentica tortura, me llegué a quedar en el pasillo sentada más de una hora porque no me podía mover. Aquí voy a hacer un inciso, mi gata Dana que vivía conmigo y que si pudiera hablar daría fiel testimonio de lo que cuento, me acompañaba en mis ataques, aquella vez que me quedé en el pasillo sentada tratando de tranquilizarme tras el golpe que me di, se sentó sobre mis piernas ronroneando, hasta que no me levanté no se apartó de mí, si por el contrario el vértigo me daba en la cama y no me podía levantar, en lugar de maullarme para pedirme comida, no sé como sabía que estaba mal, se hacia un ovillo en mis piernas o se acostaba en mi almohada sobre mi cabeza, ronroneando. Como no voy a quererla tanto, ha sido durante todo este tiempo mi compañera fiel en cada situación que el vértigo me provocaba estar.

En más de una ocasión llegué a vomitar desde la cama al suelo porque era imposible alcanzar el cuarto de baño que lo tenía a dos metros (mejor no imaginen esta escena). Incluso hasta una vez, me fui a levantar de la cama para salir corriendo al cuarto de baño y adonde llegué fue al suelo teniendo que ir a cuatro patas. La vida se me estaba acortando por todos lados, aunque cara a mi familia trataba de restarle importancia, la verdad que era muy duro en la soledad llevar hacia delante las crisis.

De esta manera, sin querer perder el control me fui a un otorrino en Denia ya que a mis queridos doctores Quinzá no podía recurrir aunque hicieron el esfuerzo de verme un Sábado para mi revisión, no podía hacerme las pruebas que me pidieron por mi trabajo.

Aquel otorrino era según todos el mejor de Denia, por el precio debía serlo sin duda. Me escuchó todo lo que le conté, que ya era mucho para mí, me hizo una audiometría para saber el alcance de mi sordera. Al salir y reunirme con él, mi madre que había venido a mi lado porque se acentuaron tanto las crisis que no podía estar sola, le preguntó, ¿contestación?, la hubo… ¿preparados?

-Bueno, creo que lo que su hija tiene es un tumor, habrá que localizarlo y saber su estado, pero me temo que con todo lo que me cuenta, debe haber desarrollado lentamente y tendremos que esperar a pronunciarnos después de la resonancia.

Bien, esta fue su respuesta, en aquel momento supuse que lo que yo tanto había pensado se convertía en realidad, el tumor que yo pensaba existía era real. Me sumí ya no en la desesperación, ni en el abatimiento sino, en algo mucho mayor. Podría describirlo de la siguiente manera.

“Salí de allí no sé muy bien como, si andando o volando o corriendo, no podía pensar, me quedé bloqueada y cuando reaccioné rompí a llorar, estuve llorando dos días, el final podía estar cerca”.

A esto tengo que sumar la preocupación de mis padres, de mis abuelas, mis tias, mi hermano… toda la familia pendiente de mí. Sin embargo, en mi mundo de sombras no era consciente de lo que estaban sufriendo, hasta que un día mi abuela Conchín me llamó al trabajo y me dijo con la voz entrecortada ¡y eso que no podía llorar!

-Cariño… no te preocupes, no va a pasar nada… lo que ese bruto te ha dicho no será verdad, y si lo es, estaremos contigo… no vas a estar sola… ¡no va a pasarte nada! ¡No señor!

Ni siquiera le pude contestar porque me quedé impresionada, ¡mi abuela llorando! Cuando salí de trabajar cogí el coche y me fui hasta la playa sola, pensé en mis padres, en mi hermano, en mis abuelas y rompí a llorar… hasta que escribo esto os puedo asegurar que no había llorado así nunca, con esa agonía en el pecho. ¿Me iba a morir?

Tuve que esperar cinco días para ir a Benidorm a hacerme una resonancia que me iba a costar una pasta al ser privada, y que mi abuela Pepa se ocupó de pagar. La resonancia se titulaba, “Resonancia Craneal con Contraste” (quiero dejar muy claro que me dan claustrofobia estos aparatos, profundamente, además). Me tuvieron dentro del tubo aquel largo y estrecho, durante cuarenta minutos, con una especie de mascara que me cubría el rostro y dos correas, una que sujetaba la frente (esa la apretaron demasiado, lo dije pero pasaron de mí), y otra que apretaba la mandíbula, parecía una guerrera de la época medieval, solo me faltaba el escudo, la espada y un caballo. Una vez estaba fuera y ya pensaba que había terminado, me pusieron un gotero y me volvieron a introducir allí dentro, el momento fue bastante desagradable y allí metida pensaba en las cosas que había dejado de hacer, lo que me iba a perder.

Cuando me dieron los resultados, los leímos, no entendíamos las palabras tales como “Sagital SE T1”, “Axial FSE T2”, “Coronal selectivo SE T1”, a saber que era eso, pero sí al final ponía una conclusión que estaba a nuestra mano para entender.

CONCLUSIÓN: estudio RM dentro de la normalidad.

Aún así llamamos a mi tío que es ATS y nos confirmó el diagnostico, no había tumor.

La alegría fue tanta, que pensé que me desmayaba en plena calle, mientras me abrazaba a mi madre y mi abuela. No tenía nada en la cabeza ni en el oído, ¡estupendo!

¿Pero entonces que tenía? Aquel otorrino no me dio ninguna causa, ni nombre a aquello que me pasaba, me recetó “Torecán” para cuando tuviera la crisis de mareos, y punto. Al principio pensé que por fin habían acertado, porque con el primer mareo el “Torecán” calmó la cosa, estaba curada.

¿O no?

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