A MI ABUELA AMPARO

Me cuesta encontrar las palabras para poder escribirte, Amparo. Si cierro los ojos me llega tu sonrisa y eso me da fuerza para tratar de hacerlo.

Tu sonrisa.

Has sido durante estos años que hemos compartido la vida, una persona muy importante para mí. Llegaste cuando acababa de morir mi abuela y aún tenía ese dolor en mi alma, como el que tengo ahora. Te dije tiene su misma sonrisa y me contestaste ¡le sonreiré todos los días para alegrarle! Y así ha sido durante todo este tiempo, tu sonrisa me ha ayudado no solo por recordarme a mi abuela, te ganaste pronto un sitio en mi corazón, además de ayudarme en algunos momentos en que fui a trabajar en un estado horrible, pero bajabas tú y, sin contarte toda la verdad, te explicaba como me encontraba y siempre me dabas algún consejo. Era curioso, pero fuiste una ayuda especial cuando nadie sabía lo mal que estaba yo, recuerdo que un día me dijiste tiene la mirada triste. Y me abracé a ti y me diste esos golpecitos en la espalda diciéndome, todo pasa. Y tuviste razón, pasó.

Hemos compartido muchas cosas, casi todas divertidas y eso es lo que me gustaría compartir. Recuerdo cuando bajabas y me decías muy seria ¡quite la puntas a la planta que están muertas! Y yo que no tenía ni idea de plantas aprendí a quitar las puntas, hojas muertas, tallos enfermos y a regarla cuando tocaba. O cuando los fines de semana me sentaba en el mostrador, me cogías la mano y nos pasábamos un buen rato cotilleando. ¡Anda que no nos reíamos! Nos lo pasábamos genial con esas críticas que quedaran entre tú y yo. O esa vez que estuviste en el hospital y te di de comer una papilla realmente mala, y me dijiste ¿no tiene hijos, verdad? Y te dije no, me respondiste ¡pues no los tenga qué no sabe dar de comer! Después nos pasamos la tarde riendo porque tenías toda la razón del mundo. ¡Y qué me dices de los fartones! Siempre recordaré, aquel día que era tu cumpleaños y a las nueve y media de la noche, nos los comimos, tú acostada ya y yo sentada a tu lado en la habitación. ¡Menuda bronca me llevé al llegar tarde a casa! Tenía una cosa muy importante que hacer, dije. Y era compartir el tiempo con quien un día me adoptó como nieta. Y las risas que nos daba cuando alguien decía ¡es su nieta! Y tú decías sí, lo es. Las veces que hemos compartido charlas de la vida, de tu vida, y también de la mía. Recuerdo lo que te reías cuando te contaba lo mala que soy como ama de casa y me dabas consejos. ¡Y el jazminero! Las veces que lo intenté pero se me moría. Y mira que me explicaste veces como cuidarlo. Pues nada. No hubo manera. Y las veces que me cogías la mano y no me soltabas, la última vez que te vi, estuvimos así y me despedí como siempre hacía, un abrazo, un beso y un ¡ya sabe que la quiero!

Pero también estaba esa Amparo de genio y figura. Que una vez fue cabecilla de revolución en el comedor, y que luego me lo contaba muerta de risa. ¡Qué hubiera sido de las mujeres de su generación de no tener ese genio!

Y lo que me costó ayer trabajar. En cada rincón parecía que te iba a encontrar, y es tan difícil aceptar que ya no estás. Aunque esa sonrisa me acompañó ayer durante toda la tarde, y me sigue acompañando.

Te echo de menos porque a la gente buena, es muy complicado aceptar que no está. Es lo que tú has sido en mi vida, a veces me decían, no sé si te conocerá y siempre me conocías, siempre un abrazo, nuestros besos de rigor de despedida o al encontrarnos.

Hoy me siento huérfana de abuela otra vez. No hace falta compartir la sangre para querer, no hace falta ser de tu misma familia para sentir que esa persona es importante, como lo fuiste tú y también Teresa y Amparo, tus nietos, la peque. Es lo que tiene ser buena gente, sí, que llegas al corazón y te instalas ahí para no salir ni olvidaros jamás.

Siempre, siempre daré gracias a la vida por cruzar nuestros caminos.

Me despido con una sonrisa y con uno de esos abrazos fuertes que nos dábamos.

Hasta el día que nos reencontremos.

Siempre te recordaré, mi querida abuela Amparo.

¡Y ya sabes que te quiero!

Luz.

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